A LA MIERDA

Publicado: 10-11-2010 en Sin categoría

 Un país se conoce por sus baños.

 Es proverbial lo que ocurre la primera vez que un cubano viaja y entra a un baño. En el mismo aeropuerto en que hace escala, digamos. Llegada la hora de hacer correr el agua para lavarse las manos, o de descargar una vez empleado el inodoro, se siente como Edipo ante la esfinge. Titubea. Embaraja. La tecnología se lo come. Y cuando ya uno le ha cogido la vuelta a un tipo de lavamanos e inodoros, entra al baño de un restaurante y se encuentra con la obra de otro diseñador aún más creativo.

 Una sola cosa tienen en común los baños por ahí afuera: todos están limpios. Bueno, casi todos. Y los que están sucios, están más limpios que los baños más limpios en Cuba.

 Que un inodoro esté ostensiblemente cagado por dentro y, lo que resulta anatómicamente intrigante, también por fuera, es algo normal en este país. Es lo que uno espera. Como también espera que el cuidador del baño, en el mejor de los casos, te de un pedacito de papel sanitario tan inadecuado como unos ajustadores talla 28 para Pamela Anderson. Si no hay cuidador o no tiene nada que ofrecer, y no traes contigo un ejemplar del Granma, sabes que deberás establecer prioridades entre los papelitos con teléfonos, las tarjetas de visita y los carnets sin plasticar que lleves en el bolsillo.

 En los baños foráneos recuerdas la vieja frase: están tan limpios, que se puede comer en el piso. Da gusto entrar, te hacen sentir que la hostilidad ha quedado fuera. Hay agua. Los secadores funcionan. Son asépticos, pero también sensuales de una extraña manera. Aquí, un baño así sería sospechoso. Casi inmoral. Intimidante: algo anda muy mal aquí si todavía nadie se ha robado esto, o no ha ensuciado aquello. Están un poco mejores en algunos hospitales y teatros, lugares así, pero enseguida empiezan a corromperse como un bisté de puerco en la selva amazónica.

 Una sociedad que no cuida sus baños es una sociedad enferma. Del estómago. Todo el proceso digestivo, de principio a fin, debe implicar disfrute y placer. Al que opine que exagero, le digo que es con la atención a esos detalles que se va armando el bienestar social. La escasez o el bloqueo pueden explicar otras cosas, pero no los detalles. Sin los detalles, una sociedad se va a la mierda. Como decía Titón, el guión del socialismo es bueno, lo que falla es la puesta en escena.

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comentarios
  1. Pancho el Asqueroso dice:

    Para hablar un poco de mierda, aquí va mi explicación de un misterio “anatómicamente intrigante”.
    Cuando uno llega con urgencias defecatorias (o sea cagándose, aunque el gerundio esté mal empleado) a un baño “ostensiblemente cagado por dentro” y no tiene otra opción que usarlo (y además no le sobra papel para colocar en los bordes de la taza), uno adopta la clásica posición de semicuclilla, presiona con los brazos en cruz contra las paredes del baño… y deja su recuerdo. Si el bolo fecal está duro y la puntería es buena sólo habrá una leve salpicadura; si se trata de una diarrea, de esas que salen veloces como en un sistema de riego por aspersión, es la cagástrofe, como diría Zumbado, y los recuerdos quedan fijos y olorosos en el tanque, en la tapa (si la tenía) y en el piso. Y en el peor de los casos hasta se lleva uno su ramalazo de mierda, que dado el alivio que se siente se convierte en un asunto irrelevante.
    No sé si esta teoría tenga carácter universal, pero al menos alcanza a explicar lo asqueroso que estaba un baño del “Yara”, que además no tenía agua, en el Festival de Cine Latinoamericano del años 92. Mea culpa… o mierda culpa, para ser más exactos.

  2. eric dice:

    mostrísimo.. has ganado un fan al blog.. que ya lo era de los cuentos y de “los nicanor”..

    salu2

  3. Jorge Bacallao dice:

    Los baños públicos merecen que se les dedique papel. Para escribir sobre ellos, me refiero, aunque seguramente cualquiera hizo asociaciones más fugaces y lógicas. Es cierto que para evacuar los residuos de la digestión se necesita tranquilidad y limpieza.

    Cuando pasaron los años más terribles del período especial, hice un solemne juramento: no volvería a usar períodico de ningún tipo en virtud de la higiene corporal, o sea, mi interpretación de la Ley Periódica de Mendeleiev sería la correcta. Salvo alevosas excepciones, he cumplido. Me honra reconocerlo. Aún así, todavía guardo recuerdos tenebrosos de Juventud Rebelde y Granma, en el mejor de los casos o Mar y Pesca y Sputnik, en el peor, cada uno de los anteriores mencionados en homenaje a sus diversas cualidades para hacer impracticable o, en última instancia temerario el asunto del que hablamos.

    Cuando liberaron el acceso de los cubanos a los hoteles, algunos se sintieron al fin emancipados y otros burlados. Yo, contento en mi fuero interno de poder atravesar un lobby mentón en alto sin tener que pedir permiso para cagar. Quiero aclarar, los baños de los hoteles no sustituyen jamás al inodoro propio, incluso al que comparten los vecinos de un solar. No se por qué, pero tener al menos una lista de nombres y rostros conocidos para asociar a aquella persona que nos antecedió en el inodoro, da cierta tranquilidad al espíritu. Hay pocas cosas que inpiren menos confianza que un culo anónimo.

    De todas maneras, por mucho cuidado que pongamos, siempre llega el poco afortunado día en que tenemos que resolver en un baño público para cubanos, con los riesgos que eso entraña: ser observados in fraganti en posiciones y actitudes no decorosas (aunque naturales) por cualquier transeunte que no llama a la puerta del servicio, o ser salpicados por la respuesta airada del líquido que reposa en el fondo del servicio ante el súbito chapuzón de nuestras deposiciones. Para eso último, un consejo, que leí en la pared de un baño público, en una de esas ocasiones en que la vida recompensa a los ávidos lectores: deposite una hoja de papel en el líquido del fondo antes de hacer nada y evitará salpicarse.
    Y me voy, con un cartel que apareció hace más de cien años en el baño de un teatro cubano:
    por muy macho que tu seas
    y por muy hombre que te hagas
    al llegar aquí, te cagas
    o por lo menos te meas

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