LUGARES COMUNES

Publicado: 23-11-2010 en Sin categoría

En el cine contemporáneo hay una serie de entendidos dramáticos que, de tan familiares, cualquier espectador lee sin tropiezos.  Es normal, por ejemplo, que el marido diga nunca permitiré que gastes dinero en esos zapatos y el corte sea a los pies de la mujer que un untuoso dependiente calza en una tienda, mientras el marido, resignado, hace una mueca al fondo. Se comprende que el tipo se rindió, y eso es gracioso, y no es necesario que veamos la discusión que el cineasta nos escamotea con esta familiar elipsis.

Hace unos días pensaba que al espectador cubano tendrían que resultarle insólitos algunos de esos lugares comunes.  Algo tan sencillo como que el chico le diga a la chica “Vamos a tomar un café”. Dado cualquier punto de La Habana, el sitio más cercano en que se expende café está, como mínimo, a tres kilómetros de distancia. Y es un café horrible que debes tomarte de pie, o un café carísimo que te tomarás con amargura. No, la gente no dice eso por acá.

Otro lugar común: el chico está comprando en un gigantesco supermercado –y gigantesco, para el consumidor cubano, es cualquier supermercado en que vendan bandejas de pollo- y se encuentra con la chica, cuyo carrito de compra tropieza con el suyo, y eso sirve de excusa al guionista para ponerlos a conversar.  Primero, en los supermercados cubanos, como en el aeropuerto, no hay carritos.  Y los pocos que hay los tienen los demás. En segundo lugar, nadie se encuentra con una chica asequible en un supermercado. O con un chico, según lo que cada cual esté buscando. La gente, o bien se muestra huidiza, o exhibe un porte aristocrático que habla de familiares generosos y cónyuges europeos. Nadie es asequible. No te encuentras a una que estudie o trabaje contigo, y si te la encuentras se hará la que no te ha visto. En ese sentido, es como encontrarse a un socio en la cola para tomarse una muestra de semen.

El ejemplo más dramático es este: en todas las películas del primer mundo, el corte cuando al personaje le da un infarto es, invariablemente, al pasillo de un hospital, donde la cámara adopta la subjetiva del agonizante y vemos luces en el techo y unos enfermeros tensos y operativos gritando cosas incomprensibles, como que preparen diez centímetros cúbicos de epinefrina. En Cuba…. bueno, para empezar, hay que preguntarse si el Lada de Manolo, el vecino, estará funcionando y tendrá gasolina, y apostar a la sobriedad de Manolo. O salir a una calle relativamente céntrica a parar un carro. Y luego, llegados al hospital, encontrar los enfermeros, la camilla y un doctor disponible y medianamente interesado. O un doctor a secas. Y que haya las medicinas, y la cama, y este o aquél aparato no esté roto o esperando por un reemplazo que lleva meses embalado en China. No, en Cuba no es posible hacer esa elipsis. Aunque el tramo anterior sea mejor que El Padrino y lo que venga después emule a Kieslowski o Zhang Yimou, el lapso entre el infarto y el ingreso va a ser lo mejor de la película.


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comentarios
  1. Armando dice:

    LOL!

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