FESTIVAL

Publicado: 17-12-2010 en Sin categoría

Hace unos días terminó el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Una buena parte de la población habanera es más joven que él. Ya son treinta y dos diciembres recibiendo a cineastas que vienen a competir, a encontrarse con el público o simplemente a vacilar la ciudad en su mejor momento del año.

Cuando el Festival era joven, cuando yo lo era, La Habana se paralizaba durante esos diez días. Conozco a un matemático, Peteko, que cada año elaboraba un organigrama para racionalizar el tiempo al máximo: cuando termina esta película tengo veinte minutos hasta el inicio de la otra, esto permite llegar a tal y tal cine por tal vía para la tanda siguiente, y luego… Peteko se sonaba seis o siete películas diarias, setenta durante el festival. Llegó a ser señalado como el Espectador Número Uno de la ciudad, y su nombre y estampa aparecieron en alguna guía europea de La Habana.

Falsificar credenciales era otro hermoso ángulo de nuestra cinefilia. Algunos estudiantes o jóvenes trabajadores con maña, talento y acceso a buenos ordenadores e impresoras te hacían copias prácticamente indistinguibles del original, y que nueve de cada diez veces funcionaban en medio del tumulto. Claro que algunas veces un policía se encarnaba contigo, y te preguntaba de dónde la habías sacado, pero a la larga el fenómeno era indetenible. Y hablando de policías, inspiraron a Arturo Sotto para escribir un hermoso monólogo de homenaje al Festival que, en la voz y maneras de Omar Franco, llevamos escuchando algún tiempo quienes tenemos en laspeñas nuestro nicho ecológico.

El Festival ya no es lo que era, dice la gente. Es cierto, bien que quienes lo aseguran no siempre se ponen de acuerdo en las razones de la decadencia. Ya no hay películas tan buenas como antes. Ya no vienen tantos extranjeros. Cuando joven sí, pero a estas alturas no tiene gracia hacer tanta cola para sonarse un clavo peruano. Después se consiguen las mejorcitas. Con todo, en un país sin televisión por cable –excepción hecha de los hoteles caros y emporios turísticos- y con un puñadito de canales de televisión central, en un país en que comprar una película es un acto imposible, no ya por los precios sino porque no se vende más allá de una veintena de títulos, en un país con más piratas por metro cuadrado que la isla Tortuga en sus días de gloria, el Festival era, y en buena medida sigue siendo, el único momento del año en que tiene sentido ver una película en la sala de cine. Incluso las producciones cubanas, cuyos estrenos tradicionalmente generaron colas eternas, ahora tienen menos público pues mucha gente espera a que alguien descargue una copia punto mpg o punto avi en la computadora de su trabajo, o que algún amigo se la pase en pendrive o disco externo. Y durante el Festival no van a verlas, porque total, ya las verán después, esas siempre se quedan aquí.

Quizás todo sea tan sencillo como que el Festival refleja la temperatura anímica de un país. Y la Cuba de hoy es una Cuba desganada, abúlica, contemplativa. En todo caso, sigue siendo un pretexto para sacar algunos trapos de invierno, salir un poco a la calle y pensar que a lo mejor, como diría Isaac Delgado, para el año que viene nos llega la buena.

 

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