EUROPA

Publicado: 21-06-2011 en Sin categoría

Uno quisiera llevarse a Europa en el bolsillo. O sustanciarla en una mujer y hacerle el amor, sin prisas, deleitándose con su acento y su fragancia.
Europa es hermosa y limpia y con clase. La he visitado muchas veces, y no me engaña. La deseo y le tengo miedo.
Europa no ve bien de lejos ni de cerca. Lo que ocurre más allá de sus fronteras o debajo de sus narices le resulta confuso e incómodo. Aunque es esencialmente democrática, no está muy lejos del pensamiento único. Ha visto caer los edificios del socialismo real y no desea intentarlo de nuevo. Se tiene por el mejor de los mundos posibles, y recela de los cambios, de los inmigrantes, de las razones de los demás. No entiende a los indignados, que tampoco tienen muy claro qué hacer con su rabia.
El viejo continente parece una postal turística donde nadie trabaja y todos se la pasan sentados en los cafés tomando aperitivos. No se puede fumar, los perros viven como humanos, no comer vegetales ni examinar las tablas de calorías de los alimentos es casi una herejía. Los europeos son libres para viajar y comprar, para pensar y quejarse, pero con sus tarjetas de crédito, las cámaras y chips en todas partes están más controlados que animales de laboratorio. Los jóvenes emos compran su rebeldía cara y de marca.
Apadrinan niños en lugares exóticos pero no compran flores a los inmigrantes en un restaurant. Han tenido numerosos conflictos en los últimos decenios, pero actúan como si vivieran en un presente idílico y eterno, jamás cambian la rutina, compran siempre el mismo periódico y no se olvidan de llevar una botella de vino cuando los invitan a cenar. Son refinados y cultos, pero pueden ser muy ignorantes.
Europa es tan ordenada que hasta los bosques parecen artificiales, y cuando uno lleva caminando quince minutos y cree encontrarse en territorio más o menos salvaje, descubre un banco solitario emplazado en el sitio ideal para descansar y contemplar el paisaje. Su naturaleza es bella y apacible, y encima tienen tanta suerte que terremotos, tsunamis y volcanes son cosa del tercer mundo, o de sus zonas más apartadas, como Islandia o el sur de Italia. Las frutas y los vegetales son perfectos, el transeúnte que cometa transgresión tan horrenda como arrojar un papel al suelo es inmediatamente reprendido, el azar tiene sus horas y sus áreas para manifestarse.
Hace unos días, en Eslovenia, vi en un documental imágenes impresionantes de un enorme barco que, a comienzos de los noventa, navegó durante dos días de Albania a Italia con más de veinte mil emigrantes a bordo. Bueno, siendo cubano tampoco es que me resulte raro que la gente emigre, pero es que se trataba de veinte mil en un solo barco. Años atrás había visto fotos, y recuerdo que me sobrecogió descubrir gente cayendo del barco en plena travesía, porque eso sólo podía significar la muerte.En el documental se registraba la llegada a puerto, un navío colosal cargado de gente de pie, gente de todas las edades, gente con un único sueño. En su momento, esas imágenes recorrieron el mundo… pero no llegaron a Cuba, como en su momento tampoco llegaron otras de China o Checoslovaquia.
Uno quisiera llevarse Europa en el bolsillo.

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