DOSSIER VINCI 3

Publicado: 27-01-2012 en Sin categoría

                        

                    

 Vinci tuvo su premiere el 13 de enero en el Chaplin, y se estrenó en todo el país el jueves 19. La asistencia del público ha sido moderada, lo que no me sorprende: es una película rara para el espectador cubano, que en su mayoría cree ir a ver un nuevo Nicanor, esta vez con Mentepollo. La crítica se ha mostrado básicamente elogiosa, con algunos reparos. Si todos objetaran lo mismo sería para preocuparse, pero no hay dos que se repitan. De hecho, es divertido ver cuán a menudo se contradicen. A continuación, algunos extractos de lo aparecido hasta ahora:

 (…) Pensamientos y reflexiones de índole filosófica sobre la funcionalidad y sentido del arte; la debilidad y la sumisión del ser humano ante lo bello, y la posición del hombre como dador de utilidad a la ciencia, constituyen elementos discursivos que enriquecen las relaciones entre estos personajes, tan diferentes entre sí intelectualmente pero con vínculos ineludibles por su naturaleza humana.

 La  dramaturgia de la obra se construye a través de segmentos o actos visiblemente delimitados por el trabajo de la edición y la música del argentino Osvaldo Montes, esta última transformada en un personaje más que acentúa, acaso con demasiada grandilocuencia, las transiciones y escenas más notables.

 El empleo excesivo de la elipsis temporal hace que se pierdan los puntos de giro de la historia, pues ocurren cambios de registro y de acciones  de un segmento a otro sin saber cuáles fueron los motivos o situaciones que los generan.

 La corta duración del filme puede afectar su fluidez, así como la profundidad con que se expone el proceso de interrelación  entre los personajes. Sobre todo en el primer segmento, se vislumbra un acercamiento desde el lenguaje teatral, incluso en la proyección de los actores.

 Uno de los mayores aciertos en el desempeño histriónico es la naturalidad en el empleo de los diálogos, pues a pesar de contener palabras y expresiones propias del castellano antiguo, o ajenas a la variante del español que usamos en la isla, no sonaron falsas o sobreactuadas. Manuel Romero otorga a su Luigi una inusitada candidez que contrasta con el tono sórdido y oscuro en el diseño de su personaje; mientras, el Piero de Carlos Gonzalvo representa el lado tragicómico y bufo.

Muy adecuada la fotogenia de Héctor Medina para representar la belleza y garbo de un Leonardo da Vinci post adolescente; la interpretación de este novel actor crece durante toda la historia, para hacerse dueño absoluto de su personaje en la segunda mitad; un aspecto interesante de su caracterización son los amaneramientos inspirados en Mick Jagger, que por momentos también nos hacen recordar a cierto pirata hollywoodense.

 La dirección de fotografía de Alfredo Pérez Ureta (sic) es uno de los pilares de la producción. El acreedor del Premio Nacional de Cine en 2010 muestra una vez más su dominio del encuadre y de la luz, jugando constantemente con la ubicación de la cámara y la composición de los planos para sacar el mayor provecho a la única locación.

 Ningún plano se repite y en cada momento se descubren nuevos micro mundos dentro de la celda que, en unión con los dibujos de Fabelo, la transforman en un territorio donde se rinde culto a la excelsitud del arte y a la grandeza del cuerpo humano.

 Vinci tendrá su estreno oficial el 13 de enero de 2012, y desde ya se define como precursora de una tendencia hacia la ampliación de la diversidad en nuestro cine.

 Las grandes películas de época que retratan hechos o personajes nacionales son necesarias y de innegable prioridad, pero no debemos olvidar que formamos parte de un mundo cuyo legado también nos pertenece.

                                                      Ernesto Manuel López (boletín ICAIC)

 

 (…) Esto dos seres, regurgitados por la sociedad en la cárcel, gozan de una casi preciosista concepción visual e interpretativa por parte de la dirección artística y gracias a los propios actores, dotados de una sólida organicidad, que trasciende la resbaladiza neutralidad lexical del texto, sin vanos intentos frívolos por “parecer italianos”. Los roles son aprehendidos hasta el mismo tuétano, con un acertado énfasis en los códigos extraverbales de la gestualidad y la expresión facial. Tanto es así en el farsesco, pero visceral ladronzuelo de Gonzalvo, como en el cauteloso (y hasta elegante, por momentos) homicida de Romero. Contrasta con este explayamiento dramático, la tímida actuación de Medina, quien parece confundir la frivolidad con la contención y tras sus débiles procederes no delata contundentemente el magma latente de su genialidad.
 Resentido queda, pero no fallido, este nuevo atajo que Eduardo del Llano traza para la cinematografía nacional, con esta intimista y minimal obra, que cuestiona tanto la omnipotencia del conocimiento y el arte, como la prevalencia del positivismo pragmático. «Si el arte y el conocimiento sirven para algo (…) ¡Por qué tu pájaro no vuela!», espeta Piero, en paroxismo climático, al aterrorizado Leonardo, luego de reivindicar lo tranquilo que estaba antes de aparecer en su vida este inquietante y esperanzador intelectual. La máquina que los iba a liberar, en la que todos trabajaron de conjunto, salvando jerarquías y castas, se quebró por un error de cálculo, símbolo de lo accidentado del camino hacia la verdad, imposible de abarcar en el primer intento. Piero compensaba hasta entonces la angustia, marcando más de una raya por día en la pared de la celda, esbozando una idea de mujer para autosatisfacerse y soportar.
 El futuro diseñador del Hombre de Vitrubio les hizo entrever la libertad, la cual, más que el escape de la cárcel física, es clara apelación a la liberación de uno mismo, de la prisión simplista a la que los ignorantes se autocondenan. Pero los proscritos permanecen en ella, entreabierto el velo mas no trascendido, mientras el joven es liberado por no probársele la culpabilidad. Toda huella suya es borrada, por comando de un siniestro carcelero interpretado por Fernando Hechavarría. Terrible en su aparente bonanza con los presos, a quienes consigue aguardiente e higieniza las celdas, pues a la larga persigue una uniformidad libre de subversivas ideas y sus expresiones, en este caso los bosquejos realizados por Da Vinci en las ásperas paredes.
 Sin llegar a hacer un intimista cine de autor, fundamentado en las relaciones humanas, a lo Hitchcock (Rope, 1948), Bergman (Persona, 1966), Mankiewicz (Sleuth, 1972), Tommy Lee Jones (Sunset Limited, 2010) e incluso Ureta (La guarida del topo, 2011), del Llano articula con Vinci un decoroso pero cauto discurso acerca del intelectual, pletórico de sugerentes símbolos y alegorías su real connotación dentro de la comunidad humana, la efectividad de las ideas contra la acción apenas razonada. Se delata además como un realizador enzarzado aún en dura búsqueda de su verdadera medida en el cine de este mundo.

                                          Antonio Enrique González Rojas (Esquife)

 

 (…) En la transición de los duros y temerarios reos cautivados por la magia del arte desplegado por da Vinci, tiene la historia una dura prueba. El director la vence a medias, porque no siempre puede evitar que los subrayados didácticos de su filme de tesis se diluyan en la armonía de la historia.

 Más claro: allí donde la sugerencia debió prevalecer, se ve demasiado la mano en querer demostrar.

 Hermosa e ingeniosa a ratos, con la prueba de fuego de estar filmada en una sola locación y (en lo fundamental) con tres actores; además de tener encomiables fotografía, banda musical y ambientación, Vinci es de esos filmes que pensados como guion seducen y crean expectativas.

 De ahí quizá que, plasmado ya en pantalla y como realización artística en general, se le pida un poco más.

                                                     Rolando Pérez Betancourt (Granma)

 

 Me refiero a la singularidad de Vinci, entre otras razones, pensando en las características del personaje principal que eligió Del Llano. Infrecuentes resultan en nuestro cine las reflexiones sobre los grandes creadores universales, tal vez porque, discutiblemente, se ha decidido insistir en el localismo y la actualidad, o quizá algunos piensen que hablar sobre Leonardo y Miguel Ángel, Shakespeare y los Beatles, Cervantes y Buñuel, sea privilegio exclusivo que detentan italianos, británicos y españoles, además de Hollywood y la Disney, que decidieron hace años autotitularse como los grandes relatores de todas las historias nacionales y del patrimonio cultural universal.

 Del Llano asume sin complejos tercermundistas de ningún tipo su visión personal sobre Leonardo y la Italia renacentista, e intenta retratar a un artista de 24 años, encarcelado con graves cargos de sodomía, y arrojado a un calabozo florentino, donde tiene que compartir el espacio con dos delincuentes comunes. El joven aprendiz del maestro Verrocchio solo tiene su arte para impresionar a los otros y obtener el respeto de sus rudos y lascivos compañeros de celda. El hecho de que la película ocurra en un período de juventud del genio, sugiere una metáfora generalizadora, o alusión más o menos velada, sobre conceptos de eterna relevancia como la incomprensión del artista, la intolerancia, la contradicción entre vulgaridad y altura.

 Precisamente en esta contradicción o contraste entre lo común, chato, basto, brutal y prosaico, y la esfera del espíritu, la belleza, la creatividad, lo excepcional y la lógica más elevada, se localiza lo que a este cronista le parece el principal conflicto de esta trama bastante lineal, sencilla. Es en la defensa a toda costa de la segunda escala de valores antes mencionada que el filme estipula sus mejores lances, y vienen a la mente otros enfrentamientos de este tipo en la filmografía de Eduardo del Llano como guionista. Recuerdo el denuedo de la instructora de arte contra un medio adocenado y grotesco en Alicia en el pueblo de las maravillas; el empeño de los tres protagonistas de La vida es silbar por romper un cerco de vulgaridad y estulticia; las concesiones del intelectual interpretado por Luis Alberto García con tal de adaptarse a un contexto carnavalesco e hipócrita en Perfecto amor equivocado.

 Por supuesto que la colisión entre lo común y lo excepcional (que también aparece en otras películas escritas por Del Llano como Hacerse el sueco, Kleines Tropicana y Lisanka, o en la decena de cortometrajes sobre el inconforme Nicanor) puede dar lugar a decenas de películas extraordinarias (…)

 Vinci se apoya demasiado en las virtudes del diálogo, y coloca en boca de los personajes algunos textos cuya esencia filosófica, y propósito dramático, es demasiado fácil de discernir y asimilar. Entonces, aparecen en este o aquel momento de la bien urdida trama inflexiones hacia el verbalismo y la redundancia, por más que estemos prácticamente en la obligación de agradecerle a Del Llano su más que útil, inspiradora, apuesta a favor de la belleza, la inteligencia y el respecto a la diferencia, sobre todo en una época dominada por el reguetón, por ciertos hábitos marginales y por algunas manifestaciones de intolerancia, rapacería y egoísmo.

 Por supuesto, que para sublimar el talento y la belleza muchas veces es preciso mostrar la miseria, y el medio hostil y mezquino, y en Vinci «los malos» lucen, por momentos, tan sobreactuados, que rozan la caricatura, o terminan redimidos con demasiada facilidad y presteza. Había que darle más tiempo y verismo a las transiciones, se imponía que el arte y la belleza triunfaran al final, por supuesto, pero para disfrutar a plenitud ese triunfo se necesitaba de mayores obstáculos e ignominias.

 En una locación casi única, y con recursos mínimos en cuanto a la ambientación, el vestuario y la utilería, Del Llano y sus excelentes colaboradores —mención aparte para la hermosa música de Osvaldo Montes, la foto claustrofóbicamente lírica de Raúl Pérez Ureta, y la excelente apropiación de los primorosos dibujos realizados por Roberto Fabelo—, Vinci confía no solo en la potencialidad de los diálogos, sino también, y mucho, en la intencionalidad y talento de los intérpretes para reedificar ante nuestros ojos un Renacimiento bastante sombrío y convulso, todavía medievalista. Sus actores comunican con certeza y convicción las ideas del autor en torno al papel del artista en la sociedad, solo que la dirección de actores insiste en pintarnos un Leonardo cuya inspiración y suavidad se confunde con amanerada petulancia.

Luego de su elogiado descubrimiento mediante Boleto al paraíso, y la popularidad conquistada con la aventura televisiva Adrenalina 360, Héctor Medina asume con gran responsabilidad y entereza el papel del Leonardo juvenil, el creador absoluto, el genio por antonomasia, un hombre decidido a adelantarse a su época en todos los órdenes. A su lado, se destacan la sobriedad convincente de Manuel Romero, y la amplificación del énfasis con que fue dirigido Carlos Gonzalvo, sin olvidar las breves y significativas apariciones de Fernando Hechavarría.

 Los cuatro actores logran comunicar la esencia de una época de ignorancia y oscuridad que muchas veces socavó al artista, pero que también contribuyó a mejorar su obra. Porque cuando el reo trastornado por la envidia, el encierro y la concupiscencia le grita a Leonardo que nunca llegará a nada ni será alguien, al espectador apenas le queda otra salida que sonreír con el delirio del pobre imbécil, aferrado a la balaustrada de sus instintos bestiales.

 Porque cualquier espectador puede compartir el convencimiento de Leonardo respecto a que el amor a la belleza puede embellecer los grises muros de la vulgaridad, y conferir poderosas alas para escapar a la prisión de la grosería. Y si también estamos de acuerdo con el pintor en que «el placer más noble es el júbilo de comprender», entonces habrá que afirmar que Vinci es una película cuya comprensión provoca una sensación de placer muy cercana al júbilo.

                                                        Joel del Río (Juventud Rebelde)

A Eduardo del Llano, guionista (Alicia en el pueblo de maravillas, Madrigal… ), y realizador (la polémica serie de cortos en torno a su criatura “Nicanor”) que ahora une ambas facetas en su primer mediometraje de ficción: Vinci (2011) –estreno en La Habana esta misma semana- le interesaba más que un acercamiento global a la cimera figura del Renacimiento, una visita a su etapa juvenil cuando, con apenas 24 años, aprendiz del maestro Verrochio,  conoció una breve estancia en la cárcel acusado de sodomía.
 Y todavía estrechando más el marco, en vez de un intento de “biopic”, el cineasta toma de pretexto la convivencia del muchacho, -artista en ciernes- con dos malhechores en una sucia y estrecha  celda, para reflexionar un tanto acerca del arte, la libertad, las relaciones humanas y varios temas que no por abordados, dejan de poseer aristas siempre novedosas. Y claro que, ubicado en tiempo (1476, la primera y sombría etapa de ese período tenido por luminoso para el pensamiento y las artes) y espacio (Florencia) salta a la vez por encima de estos para llegar a aquí y ahora.
 Los dibujos que plasma en la pared (un habilidoso Fabelo imitando al bisoño, pero ya avispado Leonardo), las conversaciones con sus compañeros de prisión y los intentos por, mientras sobrevive en tan duras condiciones, crear un mecanismo destinado a romper los barrotes para una posible fuga –no olvidemos que el artista sería también un matemático y científico respetables- dan médula a los 60 minutos de Vinci, film que desde el minimalismo de su propuesta escénica propone una sugerente ars poética a la vez que un sondeo filo-ontológico que en circunstancias como las que envuelven a los protagonistas (encerrados, hambrientos, sucios, carentes…) asume peculiaridades bien singulares.
 Si apartamos ciertos lugares comunes –uno de los presidiarios abocado a la lujuria y la violencia, la polarización a ratos esquemática de los puntos de vista manejados -, Del Llano ha conseguido interesantes contrapuntos entre los personajes, incluyendo ese carcelero ambiguo y sinuoso que magistralmente asume Fernando Hechavarría. Y lo que dice, callan y sugieren en torno a los temas abordados resulta casi siempre motivador y polémico.

 En tanto la puesta, choca un tanto la impronta televisiva que en términos generales impera, lo cual no tiene exactamente que ver con la limitación espacial (baste evocar cintas de ambiente y temática semejantes como El beso de la mujer araña, de Héctor Babenco) y que empobrece un tanto la imagen general, algo que de cualquier manera eleva hasta donde es posible la lente sutil y escrutadora del maestro Pérez Ureta.
 Pero si hay un rubro excepcional es la música del argentino Osvaldo Montes (El lado oscuro del corazón) , la cual ha captado la majestuosidad y belleza de ese período en que se enmarca el relato- el Renacimiento- sin privarla sin embargo de ciertas adiciones contemporáneamente latinas; las inserciones de la “flauta dulce” en medio de un discurso de cuerdas que protagoniza el emblemático órgano, por ejemplo, ilustran a la perfección tal hallazgo; sin embargo, en los momentos finales, con el intento de escape, el excesivo protagonismo del discurso sonoro satura un tanto la atmósfera dramática.

 Otro señalamiento iría a cierto gazapo en el lenguaje durante esas escenas que enmarcan el desenlace; mientras durante todo el relato se establece saludablemente una norma más o menos internacional del castellano, libre de arcaísmos pero también de modernizaciones y localismos, al final la entrada de formas pertenecientes al español antiguo genera cierta entropía en este ítem. La dirección de arte (Carlos Urdanivia) , el maquillaje (Magaly Pompa) y el vestuario (Miriam Dueñas) clasifican también como categorías logradas desde su sencillez aparente.
 Las actuaciones son muy notables- ya  nos referíamos al secundario de Hechavarría-: Héctor Medina (Boleto al paraíso)  logra un acertado contrapunto entre languidez y convicción, entre delicadeza y autenticidad ; entendió a la perfección el concepto directriz de que la ambigüedad sexual que la referencia anecdótica sugiere, no interfiriera para nada en las cuestiones mucho más generales e importantes que se debaten durante el tiempo fílmico –de más está decir que no se aclara nada a este respecto, ni falta que hacía.

 Carlos Gonzalvo (El premio flaco) y  Manuel Romero son dos caras de la marginalidad que sus intérpretes conducen matizadamente; instintivo y visceral el primero, más sensible y aprehensivo el segundo, se enfrentan a la irrupción –revolucionaria en sus vidas- del genio en ciernes que les conduce por senderos inéditos de su triste existencia.   

  
 Vinci resulta, entonces, limitaciones a un lado, un convincente acercamiento a temas y problemas que nos conciernen, y  otro voto de confianza  a la, sin dudas, fructífera carrera fílmica de Eduardo del Llano.

                                                                   Frank Padrón (Noticine)

 

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comentarios
  1. Ray dice:

    Eduardo:

    Me explico la falta de comentarios a este post, porque los que pueden haber visto tu film no tienen acceso a internet para comentar y viceversa. No me atrevo a opinar sobre la película porque no la he visto, pero leyendo las criticas que publicas, no se por qué le he hallado una similitud en el tema a un material fílmico, no se si llamarle documental, que acabo de ver en Internet, realizado en La Habana por unos alemanes y que se titula: “Habana – Arte Nuevo de Hacer Ruinas”.

    Comencé a verlo diciéndome: “seguro que poco pueden decir unos alemanes de La Habana”, sin embargo, pude ver una narración impresionante de la realidad cubana, que utilizando personajes de la vida real y sin panfleto político, logra que nos adentremos en la forma de pensar y vivir de esas personas. Si no lo has visto te recomiendo que lo hagas, ya que muchos artistas cubanos han sido testigos de esta devastación y han optado por permanecer en silencio, o peor, desestimar las ruinas de La Habana, cosa que logran captar de forma, en mi criterio artísticamente legítima, estos dos alemanes. La dirección de Internet es:

    Saludos y el deseo que la suerte y tu ingenio le reserven lo mejor a tu película, que quisiera poder ver pronto.

  2. 😉 Espero con ansia el momento en que la pirateen… 🙂

  3. angel dice:

    Perdido en Del Llano

    Orlando Luis Pardo
    |

    La Habana
    | 10-02-2012 – 8:15 am.

    En ‘Vinci’, episodio fílmico de la vida de Leonardo, Eduardo del Llano bordea la indigencia.

    Héctor Medina en el papel de Leonardo. (JUVENTUD REBELDE)

    “No se engañen: mi película está buenísima”, nos regaña su guionista y director Eduardo del Llano en el blog homónimo que él administra.

    La sentencia no podía ser más exacta. “Está buenísima” se dice en Cuba cuando en las aventuras de la televisión se acerca el conflicto definitivo. Y no es que en la locación única del filme Vinci (2011) quepan muchos héroes o acción. Es que por su duración y visualidad esta obra bien podría asumirse como el capítulo final de una de esas series “de época” que recurrentemente ocurren en la fortaleza de La Cabaña (no hay dirección de arte que logre disimular a esta cárcel de La Habana, hoy tan carnavalizada). Y, como en cualquier capítulo final que se respete, en Vinci todo es un poco precipitado y traído por los pelos larguísimos de un Leonardo casi impúber.

    Rodeada de una guerrillita de los e-mails sin mayores consecuencias en el campo cultural cubano, en enero Vinci se estrenó por fin en la Isla, y lo hizo nada menos que con una gigantografía que alardea en público que se trata del mismo autor del cortometraje censurado Monte Rouge, obrita canónica que puso a Eduardo del Llano entre la La Jiribilla y la CIA, entre la disidencia y el G2 (¡despiértenme si no estamos ya en la Transición!).

    Por esta vez, como era costumbre en cada audiovisual independiente de su Decálogo de Nicanor (Sex Machine Producciones), no fue necesario aclarar en los captions que se prohíbe su exhibición en los Estados Unidos. Tal vez Del Llano intuyó que, de costa a costa del exilio, a ningún “canal enemigo” le interesará piratear y hacer “campaña anti-cubana” con ésta, su más reciente “película buenísima”.

    Vinci es, con todos y para el bluff de todos, a pesar del currículo de su director, una película de principiante y los implicados deberían saberlo, más allá de las cartas de protesta o solidaridad por su exclusión del ruedo competitivo del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana 2011. Un staff de lujo —incluidos el director de fotografía Raúl Pérez Ureta y el compositor argentino Osvaldo Montes, quien prefirió rebajarla solo a “una buena película”— no es garantía de salir airosos con un veni-vidi-Vinci.

    Praxis versus arte, verdad versus mentira, acto versus discurso, deseo versus razón, quién sabe si también capitalismo versus utopía: temáticamente el Renacimiento es eso, un sombrero de magister ludi de donde es posible extraer el conejo de casi cualquier conflicto. Mejor no le hagamos juego a los eruditos exégetas de este Gólgota con final feliz (VINCI como acrónimo de INRI).

    Más que de Mick Jagger, hay mucho del amaneramiento maravilloso del Diego de Jorge Perugorría en el Leonardo de Héctor Medina acusado de sodomía (aunque este beso de la mujer no araña, como el del director brasileño Héctor Babenco).

    Sea inconsciente (co)lectivo o convergencia evolutiva, hay mucho del David cayuco y noble de Senel Paz en los dos presos comunes que comparten celda con el más político Da Vinci, quien “plantado” a la inversa exige, como un siervo servil piñeriano, usar el ropón de los desclasados. Uno de sus compañeros lascivos, el ilustrado y paternal asesino en serie (Manuel Romero), se gasta un parecido imperdonable a la mímica maniaca del poeta cubano Delfín Prats en el documental Seres extravagantes. El otro, raterito con mente de pollo y dientes podridos (Carlos Gonzalvo), es un corte-y-pega del humor estilo Pateando la lata, que es la única crítica social que se permite a duras penas nuestra televisión nacional: el idiota como hipóstasis del intelectual.

    Justo a mitad de Vinci se atisba un trino de lucidez en esta falsa Florencia de 1476 que no escapa de su cubículo en la Feria del Libro de La Habana. Después de ver las plantas de los pies limpísimos de Leonardo (¿acaso flotaba sobre la inmundicia de atrezo de su celda?), ocurre entonces literalmente una animación entre los barrotes: un pajarito volando que ningún crítico se atreve a citar para no pecar de ignorantes intertextuales. Pero si se hubiese concebido al revés —una hora de muñequitos animados y solo unos segundos de filmación realista (por ejemplo, las ratas de raza del CENPALAB)—, los ballets tipo Tomás Piard de Vinci y sus diálogos sobreactuados serían perdonados ahora como una obra de culto.

    “¿Es que tendría que haber creado a un Da Vinci indígena?”, se cuestiona en las entrevistas de rigor Eduardo del Llano. Peor imposible. Todo en esta ópera prima es de un indigenismo al borde de la indigencia. Sin mencionar la fatalidad de la fauna de un Fabelo demasiado fabélico para ser creíble. Para colmo, un cameo del director en las postrimerías cae ya en el ridículo: Eduardo del Llano con armaduras de museo diríase salido de las aventuras de Astérix y Obélix.

    Vinci es el tipo de tragedia estética causada por estar en misa y en institución. Hace años que el ICAIC es una camisa de fuerza para Eduardo del Llano y ambas partes lo saben sin pronunciarlo. El autor de Monte Rouge no debiera emplear con mediocridad sus micrófonos. Puestos a hablar, solo nos queda hablar hasta que la Seguridad del Estado nos separe, como en el drama alemán La vida de los otros (¿La vida de Nos-y-Otros?). Del Llano corre el riesgo de aburrir a los agentes que lo “atienden” y hacerlos sospechar que se trae entre manos algo más fuerte que la segunda temporada de un Nicanor. De todas formas, él ya es un caso perdido con el que nunca bajarán la guardia, por más que defienda el “ideal de un socialismo democrático que aún no existe”.

    O precisamente por eso.

    • LA NOCHE Y EL DÍA

      Eduardo del Llano

      Vaya, qué original. Perdido en Del Llano, qué elevado juego de palabras. Y eso lo dice un tipo que ni siquiera tiene unas iniciales con swing: las suyas suenan como siglas de alguna oscura entidad regional. Organización Latinoamericana de Pederastas Linfáticos.
      En esencia, la principal objeción que OLPL hace a Vinci es ser una película cubana. No me sorprende: es el mismo reparo que pone a cualquier otra. Para apuntalar su fundamentalismo, necesita creer que toda obra nacida en la Cuba de hoy y no firmada por él o sus adláteres viene con estigma y está condenada al fracaso. Objeción he dicho, que no crítica, porque OLPL es sin duda un opositor, tal vez un periodista y seguramente un mediocre, pero desde luego no un crítico de cine. He malgastado mi tiempo leyendo algunos de sus libelos acerca de producciones recientes; sin excepción, se trata de textos plagados de chismes y ataques personales, sin el más leve atisbo de real análisis crítico.
      Empecemos por el principio. Yo dije que mi película estaba buenísima en una carta de protesta dirigida al Comité Organizador del Festival de La Habana. Copié la carta, además, a una serie de personas e instituciones que hubieran podido influir entonces en una revisión del criterio selectivo aplicado por el Comité. Por más que el concepto le resulte raro a un periodista independiente cegado por la rabia, yo no pretendía generar un episodio sensacionalista, sino reparar o al menos denunciar una injusticia. La increíble respuesta del Comité Organizador aclaraba que “La decisión de que tu filme Vinci no haya sido seleccionado para competir en el Festival, no obedece a valoraciones artísticas ni de otra índole, sólo temáticas”. Dicho de otro modo: “tu película no es mala, ni siquiera nos tomamos el trabajo de juzgar su calidad, pero no toca un tema latinoamericano”. Puede, en efecto, que el intercambio de emails que se generó en ese momento no tenga mayores consecuencias en el campo cultural cubano; en ese sentido, es de ponderar la virtud de OLPL para el vaticinio a corto plazo. Por lo pronto, he leído al menos a dos críticos (Juan Antonio García Borrero y Joel del Río) que, a partir de lo ocurrido, llaman a cuestionarse si lo latinoamericano debe excluir lo universal, y al Festival a repensar su política.
      ¿Qué objeciones le hace OLPL a Vinci? Bueno, algunas tan profundas y sólidas como que se filmó en la fortaleza de La Cabaña, gastada, según él, por aventuras televisivas de época. Si esa es su preocupación, puede estar tranquilo: los breves planos iniciales en que Leonardo es conducido a la mazmorra son los únicos en que se ve algo de la fortaleza de La Cabaña. La celda como tal era un gran cañón de cuarenta metros de largo, revestido de yeso que ocultaba a su vez cascotes de ladrillo; el equipo de escenografía construyó todo el entramado de bloques de piedra que constituye la piel visible de la mazmorra. O sea, que después de la secuencia de créditos no se ve un solo centímetro cuadrado de La Cabaña. Si OLPL la vio de todas maneras, sería desde luego en otra película.
      Hay una camada de inexactitudes que demuestran la poca seriedad –y esto es ser generoso- del libelo de los Pederastas Linfáticos. La gigantografía no dice que Vinci sea del autor de Monte Rouge, sino del Decálogo de Nicanor. La película tiene final feliz porque a Leonardo lo soltaron en la vida real. ¿O es que querías que el muchacho se muriera al final? Las producciones Sex Machine no tenían letreros diciendo que se prohibía su exhibición en Estados Unidos, sino lo siguiente, como será fácil comprobar: Copia exclusivamente para promoción. La venta, copia, distribución y difusión mediática viola los derechos de los autores. ¿Podría OLPL sacarse por un minuto los Estados Unidos de la cabeza? Y no incluí algo como eso porque Vinci es una producción del ICAIC, no independiente, lo que significa que es el ICAIC y no yo quien tiene que preocuparse si la película es pirateada. Puede -en esto lleva razón el Pederasta- que no lo sea nunca: uno de los riesgos que asumimos al producir Vinci era crear una película de tema y sabor universales, cuando los distribuidores y buena parte del público sólo esperan de Cuba crítica feroz, predicciones agoreras y música salsa.
      OLPL dice que la película es un bluff, una obra de principiante. ¿De veras, asere? Osvaldo Montes elogia la película. Raúl Pérez Ureta, lo mismo. Actores como Enrique Molina, cineastas como Chijona o Díaz Torres, críticos como Frank Padrón y Joel del Río. Ah, pero es OLPL quien tiene la verdad, aunque no haga nada por argumentarla: lo dice él, y punto. Linfático, tú no reconocerías el talento, el genio y la auténtica audacia ni aunque te los pusieran enfrente pintados de azul con globitos amarillos. Si tu maniqueísmo ramplón es lo mejor que el pensamiento artístico de la oposición tiene que ofrecer, estamos muy jodidos.
      ¿Que el personaje de Gonzalvo está diseñado con humor estilo Pateando la lata? Por favor, Pederasta, ten al menos la decencia de enumerar dos o tres de esos chistes de baja ralea para darle alguna gravidez a tu despropósito. ¿Que los personajes están sobreactuados? Alguna vez leí algo tuyo –discúlpame por no recordar qué ni dónde, no presto a tu obra la misma cuidadosa atención que prestas a la mía- donde afirmabas que los actores cubanos te suenan falsos y sobreactuados. Todos. Y luego… ¿de verdad te vas a meter con Fabelo, compadre? ¿Con Fabelo? Uno se pregunta qué clase de amor sientes por el país que afirmas defender, cuando desprecias de ese modo a sus artistas. Uno se pregunta cómo se puede ser tan arrogante, en especial si la arrogancia se edifica sobre la grisura e ignorancia absolutas. Uno quisiera saber, además, por qué me rogaste con tanta insistencia –un par de emails, solicitud personal en plena calle, recado con tercera persona- que te autorizara a publicar dos artículos de mi blog en la revista Voces.
      Los pies limpísimos de Leonardo… Mira, Pederasta, esa escena ocurre durante la tercera noche del artista en la celda; hasta ahora no se ha descalzado. Justamente se quita las botas, de pie sobre la esterilla que le sirve de lecho, un par de minutos antes de revelar las plantas de los pies cuya pulcritud tanto parece haberte impresionado. No podía tenerlos sucios pues aún no había pisado la inmundicia de atrezo de su celda; ten la vergüenza de comprobar, al menos, lo que escribes. Por cierto, que la inmundicia sea de atrezo es lo correcto; espero que no creas que en una película americana pondrían a Brad Pitt a pisar mierda auténtica.
      ¿Que bordeo la indigencia? Cada elemento en Vinci está pensado y asumido luego de largas reuniones creativas con los mejores profesionales que conozco, y si hubiera rodado la película en Hollywood y no en La Habana (¡cómo la elogiarías entonces, Linfático!) hubiera buscado y conseguido exactamente la misma imagen que tiene ahora. ¿Que mi cameo es ridículo? ¿Se puede saber por qué, Pederasta? A un espectador que no sepa que soy yo, ¿también le parecería ridículo? ¿Quizás te verías mejor tú, con tu aspecto de labrador nordestino sodomizado, bajo la armadura? Por cierto, luego de lo mucho que te aplicas en denostar de la visualidad de la película, le haces un favor inconsciente al decir que la que llevo es una armadura de museo. En realidad es de cartón, pintada con polvo de grafito.
      Miren, otro juego de palabras: La vida de los otros, La vida de NOS-Y-OTROS. En verdad harías mucho más por la cultura cubana dedicándote a escribir un ensayo sobre lo que fue GNYO, que cuando hacía poco que tú habías (mal)nacido, ya ponía en escena textos mucho más inteligentes y audaces que tus bravatas pajeras. Porque, entendámonos, OLPL, la gente se queja de que lo que escribes es a menudo ininteligible no porque tu estilo sea muy profundo o muy culto, sino porque es malísimo, hinchado y artificioso, el único verdadero bluff en todo esto.
      A ver, OLPL, en tu libelo no hay una sola razón contra Vinci. Vinci es una buena película, que tu alergia contra lo cubano no alcanza a empañar. Por demás, no creas que voy a honrarte con una polémica. Cuanto tenía que decirte acaba aquí: no me molestaré en contestar cualquier nueva sarta de tonterías que se te antoje pergeñar. No tienes estatura para mí, OLPL. No eres un contrincante digno. De aquí en cincuenta años, cuando le cuentes a tus (improbables) nietos lo que ha sido tu patética vida, lo único que vas a poder referir con orgullo es que alguna vez yo, Eduardo del Llano, dediqué tres cuartillas a desenmascararte e insultarte. Mis insultos serán tu única herencia, Pederasta.
      E.

  4. Pirata Somaly dice:

    Este O.L.P aparte de andar en Sayita en La Habana ,solo escribe Mierda ,se cree una Reencarnacion Pirata de Lezama ,despues de fumarse varios Cigarros de Yerba Buena y Que no es tan Buena ,le da por escribir divagaciones producto de sus alucinaciones ,pero que a creado este Payaso que no sea un panfleto publicado por sus Centro Municipal para cumplir la cuota de promoccion a jovenes valores del Municipio del Cerro ,Ja ,Ja ,consistente con la tirada de 10 Libritos de Mierda,pues hasta su publicitado Panfleto ,lo tuvo que llevar en CD pues ni siquiera lo habian publicado ,nadie que no sea patrocinado por la USAID o NED ,le hubieran cacareado tanto el huevo ,a que ningun promotor real y con intereses realmente mercantiles ,le publica nada a ese Payaso ,pues sabe que mas de 30 libros no vende y eso es una realidad lo demas son PAJAS de fumadores trasnochados ,me imagino que cuando Lia o Elenita hagan los Churros que hacen ,tambien los critique con ese mismo espiritud y no solo sean para Kimbar y echarse unos Drinks o Fumarse un Porro Mezclado con Yerba del Parque porque la Mierda de Perro parece que da unos vuele tremendo y el OLP es fe de eso

  5. Veroco dice:

    “Para apuntalar su fundamentalismo, necesita creer que toda obra nacida en la Cuba de hoy y no firmada por él o sus adláteres viene con estigma y está condenada al fracaso”

    Santa Palabra.
    No obstante, él, y sus adláteres, no llegaron a la punta de esa lomita de ego sin ayuda. Los empujaron a fuerza de premios, reseñas en el Caimán Barbudo, y de publicarles cuanto les diera la gana de escribir. Ahora no es de extrañar que se lo crean, cuando el aparato cultural se pasó años confirmándoselo.

  6. Pirata Somaly dice:

    Eduardo ,Creo que tu Respuesta es contundente y sensata ,pues a este Payaso de Circo de Cuarta uno no debe de hacerle mucho caso …Dejame decirte una Anecdota ,hace unos meses una amiga mia que realmente NUNCA simpatizo con la revolucion y me consta personalmente pues desde muy ninna su familia tenia presentado para irse del Pais y por cosas de la vida coincidio en una Fiesta Reunion con el grupo de el Mentando Payaso y su Banda de Mononeurales ,ya sabes Lia ,Elenita ,Claudio ,Claudia ,Gorky ,Yoani y su Piquete y cuando estos personajes empezaron a hablar MIerda despues de unos Drinks ..Mi amiga me dijo que Nunca en su Vida se hubiera visto ,ni imaginado ,que estuviera haciendo lo que estaba haciendo DEFENDER A LA REVOLUCION ,ante el nivel de Imbecilidad y Simplismos de de estos Personajes ,me rei tanto ante tanta realidad y espontaniedad,pero como tu dices si estos son los Intelectuales de Olla de Presion ,estan Jodido y habra Revolucion para mucho Rato

  7. VMM dice:

    Mira que se gastan palabras en Boberias que se puede esperar de ti cuando “La jorobilla” te apoya

  8. Bertín Osborne dice:

    Pedazo de basura tu película

  9. Aldea dice:

    Eduardo, eres un ingreido, aburrido y frustado. No has descubierto el agua fria, te has enterrado. Arrogante y bochornoso tu escrito, das pena y repugnancia, como muchos pseudointelectuales de alla. Verguenza para la cultura cubana.

  10. Perucho dice:

    Por qué los insultos? Si a alguien no le gusta lo que yo hago pues es su opinión, no? He leído la crítica de Orlando y la respuesta de Eduardo, pero como no he visto la película no puedo ir más allá de decir que independientemente de quien tenga la verdad, que nunca es una sola, por qué los ataques personales? Las películas son para apreciarlas y criticarlas, y un artista sincero nunca debe pensar que su obra es intocable. Pederasta? Me quedo boquiabierto con esa sarta de ataques a alguien que bien o mal solo ejerció un derecho a opinar libremente.

  11. aldea dice:

    Al Pirata le conviene que haya Revolucion, porque el pobre tendria que trabajar y dejar de escribir tanta mierda.

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