DOSSIER VINCI 4

Publicado: 10-06-2014 en Sin categoría

 Aunque Vinci se estrenó en enero de 2012, no ha dejado de suscitar polémica. Aquí transcribo los criterios de un crítico inglés y tres cubanos: uno que vive y trabaja en Miami, los otros dos en La Habana. ¿Mi opinión, después de dos años? La misma: que es una de las mejores y más originales películas cubanas de todos los tiempos.

 (…) Eduardo del Llano, who first came to cinematic notice as one of the scriptwriters of the polemical absurdist comedy, Alicia en el pueblo deMaravillas (Alice in Wondertown, Daniel Díaz Torres) back in 1991. He has subsequently made a whole series of satirical shorts, working independently but with help in kind from members of the ICAIC. Finally comes a medium-length fiction produced by the institute, which despite its light touch, has puzzled many Cuban critics and film-goers.

 Entitled Vinci, it presents us with the 23 year old Leonardo being thrown into jail on suspicion of an offence which is never spelled out but might have been sodomy. In del Llano’s version of a real incident in the artist’s biography, Leonardo finds himself in the company of an assassin and a thief, whom he keeps at bay by drawing their portraits with charcoal on the walls of the cell, which leads to discussion amongst them of the value or otherwise of art, science, and freedom. Allow for a little black humour, and this can obviously be read as a loose allegory of contemporary Cuba — hardly something that conformist critics are ready to admit. Beautifully scripted, acted and fluidly photographed by Raúl Pérez Ureta (Cuba’s finest cinematographer, who also shoots for Fernando Pérez), the film was passed over for last December’s International Film Festival because, apparently, the Festival didn’t think this recreation of Renaissance Florence was a Latin American theme (…)

Michael Chanan

From Putney debater (blog) 2012

 

El Hombre del Renacimiento vs. Vinci

No debemos permitir que lo universal solo sea patrimonio de Hollywood… Algo así expresó Eduardo del Llano en el estrado del cine Chaplin, la noche de la presentación especial de Vinci, su primer mediometraje producido al amparo de la industria cubana (ICAIC). Y tiene toda la razón. Los principales responsables de que los temas mayores y universales de la cultura humana hayan sido –por lo menos desde la Edad Moderna– un privilegio discursivo del primer mundo (en especial de Europa Occidental y luego de Estados Unidos), han sido los propios pueblos y culturas que terminaron aceptando, amén de los alardes de resistencia de algunos, un lugar periférico en el orden mundial. La pregunta es: ¿quién le prohíbe, impone, designa, o le selecciona, a un intelectual o a un artista, su objeto de indagación? Los países más desarrollados, los llamados centros hegemónicos: ¿les prohíben a los países menos desarrollados apropiarse, investigar, o aportar conocimiento sobre el patrimonio de la cultura universal? ¿En quién recae la responsabilidad de la permanencia del penoso complejo de inferioridad que conlleva a que nos limitemos a opinar solo sobre la calidad de nuestro vino? Claro, opinar sobre cuestiones que trascienden las angustias o el hartazgo de la comarca (introyectada como periférica), implica un mayor riesgo intelectual, en tanto se entra en un terreno de pugilato cognoscitivo en el que hay que competir con las mentes más brillantes del horizonte cultural e histórico global. En esos niveles, solo la contundencia del aporte, sea estético o cognoscitivo, es condición para el éxito y el reconocimiento. Mientras, se sabe que la mulata y el carnaval tropical, o el regodeo en el melodrama lacrimógeno y resentido, y en general la construcción de un exotismo estereotipado desde adentro, son los atajos más facilistas y efectivos para entrar en el mercadeo internacional.

 El filme que nos ocupa se inspira en un pasaje de la biografía de Leonardo da Vinci, ocurrido en la Florencia de 1476, donde el joven de 24 años, todavía un aprendiz de pintura, sufre prisión durante un breve tiempo. Los cargos que pesaban sobre Leonardo no son explicitados del todo en la película, quedan más bien en el plano de la ambigüedad. Solo se nos dice al final que los hechos fueron aclarados, y el joven, libre de culpas, fue puesto en libertad. La interrogante que sintetiza el núcleo dramático, y que parece ser la premisa principal del director y guionista, es: ¿cómo sobrevivir en medio de la barbarie cuando solo se cuenta con el poder del arte? Y en los albores del Renacimiento, el poder del arte se puede traducir como el don de producir belleza, ilusión y fantasía.

 Del Llano hace encarnar la barbarie –la dimensión más animal y agresiva del hombre– en dos grotescos delincuentes: un ladrón y un asesino. Cuando el joven esbelto, delicado, de fino vestir y algo amanerado, es arrojado a la mazmorra, entra en una dimensión de la realidad donde nada ni nadie lo podrán proteger; solo su ingenio. Un tercer actante sería el poder, encarnado en el personaje del carcelero (Fernando Hechavarría). El poder represivo, encargado de castigar las conductas desviadas del cauce de lo «normal», se limita aquí a velar por el cumplimiento del castigo (en este caso la privación de libertad). Lo que sucede en el interior de la celda, la violencia que allí se puede desatar, no le concierne. El poder mira a través de los barrotes de la puerta con ojos cínicos. En este aspecto el diseño de vestuario juega un papel decisivo. El gorro rojo del uniforme del carcelero solo deja al descubierto su rostro, lo cual le permite a Hechavarría concentrar toda la intención y expresividad de su personaje en la mirada. Una especie de voyeurismo morboso, ligado con angustia, pero también cinismo, nos transmite este excelente actor, cuando el plano se cierra sobre su rostro, y él mira hacia el interior del calabozo, donde las dos bestias en celo se abalanzan sobre la tierna carne fresca.

Parece un «lugar común»[1] que el más inminente peligro que corre un novato en prisión es el de ser violado por los veteranos, cuya libido ya no hace distingos entre géneros. De este recurso echa mano el director para poner al artista ante su primer reto, cuando entra al reino de la hostilidad: ¿cómo evitar que los delincuentes lo violen? A Leonardo no se le podía ocurrir otra cosa que negociar: se ofrece para dibujar sus rostros en la pared a cambio de su integridad física. Luigi, el asesino, se percata de que nunca antes lo habían pintado, y acepta el trato. Se abre entonces el juego de la representación, de la ilusión estética. En ese espacio heterotópico –diría Foucault–, dos sujetos marginales, excluidos de todo contacto con la espiritualidad cultivada de la época, comienzan a ceder ante la fascinación del arte, en la medida en que son introducidos por el hábil pintor en un universo totalmente desconocido para ellos: el de las posibles realidades que genera el ilusionismo de la representación estética, el refugio de la fantasía materializada en forma. Después de pintar con carbón los rostros de Piero y Luigi en las rudas piedras de la pared abovedada, Da Vinci prosigue su labor creativa: dibuja a una voluptuosa Virgen María, da forma a la prostituta amada por Piero, e incluso les pinta una paloma, etcétera.    

 Sin dudas, Del Llano logra extraerle al hecho histórico, que le sirve de inspiración y pretexto creativo, varios filones sustanciosos. La mazmorra se convierte en un espacio heterotópico desde el instante en que Leonardo es arrojado allí, junto a los delincuentes comunes. En el lugar donde se pudre el desecho humano de la sociedad, comienzan a habitar también el arte, la razón, el espíritu refinado, los pensamientos más avanzados de entonces: la energía lógica de la nueva época, que tiene en Da Vinci un propulsor paradigmático. Barbarie versus civilización, naturaleza versus cultura, fealdad versus belleza, el mal y el bien humanos, la vil mediocridad frente a la virtud en desarrollo del genio; todo comprimido en un mismo espacio, durante 61 minutos. Ese micro escenario, esta historia mínima, bien pudiera ser definida sin exageración como una mónada de la batalla campal entre las fuerzas que participan en la cúpula histórica que engendra la modernidad occidental. Al nivel humano más primario, la reflexión del director parece interesada en pulsar la naturaleza de las relaciones de poder que se establecen entre los hombres, en especial, los factores que hacen que estas varíen, se trastoquen, se inviertan, generando nuevas relaciones de dominación, etc. Al comienzo del filme la condición de la dominación es la fuerza bruta, la violencia, el poder de los más fuertes. Después de este estadio primario (natural) de relaciones, se produce una inversión del poder, y por medio de la inteligencia, el pensamiento racional, la fascinación artística, la ilusión y la fantasía, el joven termina imponiéndose y domesticando hasta cierto punto a la fuerza bruta. Cuando al final Luigi se niega a borrar el pájaro (símbolo de libertad), se está negando a renunciar a la única puerta de escape con que cuenta para evadirse de su insoportable realidad: la fantasía de la libertad, que se hace concreta, fáctica, perceptible, en el dibujo de la paloma. Esa actitud evidencia que Leonardo había logrado hacerles entrar en el reino del arte: universo de lo posible.

 Pero existe un tercer elemento a favor del mancebo, que es explotado mediante el recurso de la actuación con suma sutileza: el poder de la belleza física, de la seducción sexual… Leonardo evita ser violado, lo aterroriza la violencia, la brusquedad; pero se sabe admirado, deseado por los malhechores, y no escatima en explotar esta ventaja para manipularlos. La homosexualidad de Leonardo da Vinci es algo no discutido en términos históricos; lo cual le permite a Del Llano diseñar una relación homoerótica entre los personajes, que termina siendo significativamente funcional en términos dramáticos. El juego de seducción mediante miradas, gestos, poses, veladas caricias, roces, interpretado con organicidad, con tacto, sin excesos, por Héctor Medina, constituye un gran logro de este novel actor –y de la dirección de actuación. La escena paradigmática en este sentido es aquella en la que el joven pide despojarse de sus ropas, para vestir igual que sus compañeros de celda. Ese instante simboliza la consumación de su triunfo. Los bandidos quedan a sus pies, rendidos, expectantes ante la belleza del joven que los obnubila, los somete, los ata al piso. Y Leonardo exhibe su desnudez con descaro, con cinismo, consciente de su poder. Los planos visuales de esta secuencia refuerzan con acierto la inversión de poderes. Los dos pobres diablos, ahora dominados, sentados en el suelo (el plano bajo de lo horizontal); y el objeto de deseo gozando de la verticalidad.

 Las actuaciones de Carlos Gonzalvo (Piero) y Manuel Romero (Luigi) son más que memorables. Estos dos personajes, en cuyo diseño la mugre externa es el correlato de una aún más oscura mugre interna, ya han entrado para siempre en la historia del cine cubano. Sin embargo, ambos actores consiguen corporizar la más compleja paradoja de la esencia humana. En medio de la bestialidad de sus comportamientos, vemos aflorar los más puros sentimientos, las más hondas carencias espirituales, los más humanos deseos e ilusiones, y el más escalofriante desamparo. También, la sensibilidad estética en estado bruto, aún sin esculpir; de ahí que la misión del artista sea hacer las primeras incisiones en el alma de tales seres, y de paso, absorber toda la experiencia posible de sus maltratadas y miserables vidas.

 No se puede dejar de mencionar la dirección de arte, a cargo de Carlos Urdanivia. El diseño de vestuario (Miriam Dueñas), y sobre todo el maquillaje (Magaly Pompa), aportan un realismo, una crudeza, un relieve a la degradación humana, sin el que esos personajes no hubieran podido alcanzar con todo y la excelencia de los actores la fuerza y contundencia que poseen en la película. La iluminación y la fotografía de la mano (y los ojos) del maestro Pérez Ureta tributan a este verismo grotesco, haciendo posible que el lente penetre y escrute en el micromundo del churre, el sudor, las arrugas, las heridas, la sangre ennegrecida, elementos que adquieren un protagonismo propio, una carga semántica cuasi autónoma.

 Ahora bien, como reza el dicho, no todo es color de rosa. Por ejemplo, algunos parlamentos en boca del joven aprendiz de pintura, sobre todo aquellos que expresan ideas sobre la incipiente concepción moderna (renacentista) del arte, la ciencia, la técnica, etc., suenan a «consigna fría», a panfleto aprendido, a estereotipo de época; parecen inverosímiles en boca de quien se supone que debió tener un pensamiento en formación, dinámico, cuestionador, y por ende, aún libre de esquematismos sentenciosos. Por otra parte, considero exagerado, gratuito y hasta un tanto forzado, el que Da Vinci tuviera que construir un artefacto para escapar de prisión. ¿Era necesario esto? ¿Aporta algo significativo al tema de la complejidad de las relaciones humanas antes analizado? Este camino que además dilata el tiempo de metraje  se vuelve una cuerda floja, un punto de desequilibrio, que amenaza con un descalabro tardío. Cuando Leonardo fracasa en su empeño, sus compañeros sienten que él los ha traicionado, y Piero salta furioso sobre él momento en el que entran los guardias para poner en libertad al joven, salvándolo así la campana. Este desenlace nos lleva al punto cero de la historia: ¿hubiera podido el tierno prisionero librarse nuevamente de la violencia de Piero? ¿Se nos está incitando a dudar de todo lo que había logrado antes el Hombre del Renacimiento, con el arte y el influjo erótico ejercido sobre Piero y Luigi?

[1] ¿Sucedía también en la Florencia del siglo xv?

Hamlet Fernández

En Cine Cubano 183 (enero – marzo 2012)

 

Pintura cubana en el séptimo arte

Algunos ejemplos de cuadros de pintores cubanos como parte del decorado o la trama de diversas películas   

 (…) Y más recientemente la obra de Roberto Fabelo fue expuesta en “Vinci”, ópera prima de Eduardo del Llano. El mediometraje recrea hechos reales en la vida de Leonardo Da Vinci cuando fue encarcelado en su natal Florencia a temprana edad. La película transcurre en el calabozo donde Leonardo acude a su ingenio para sobrevivir en un peligroso medio, donde filosóficas conversaciones acerca de la belleza y el arte son incomprendidas por uno de los violentos reclusos. Durante su estancia de más de veinte días el protagonista que interpreta al joven Leonardo dibuja carboncillos en las paredes que representan mujeres, retratos, maquinarias, pájaros, y hasta un adelanto del hombre vitruviano. Todos los dibujos fueron creados en realidad por Fabelo, que siendo un pintor de corte expresionista y surrealista, extrapola su personal estilo para acercarse al del genio renacentista. En esos dibujos y otros que se muestran durante los créditos de cierre se esconde la inconfundible técnica del que es considerado el mejor dibujante cubano entre los pintores cubanos vivos. Lamentablemente a la película del fundador del grupo Nos y Otros, guionista del censurado filme “Alicia en el pueblo de Maravillas”, y creador del suspicaz personaje de cortos Nicanor O’Donell, le cerraron puertas para concursar en el Festival de cine de La Habana. Ni siquiera un elenco que incluía un premio nacional de cine en Pérez Ureta y un premio nacional de artes plásticas en Roberto Fabelo fue suficiente. Valiente propuesta del creador por apostar a temas universales y apartarse de los trillados caminos del cine latinoamericano.

Jorge Hernández (2013)

 

 En una estación de la historia donde la mácula, la corrupción, la belleza devuelta a Dios (a lo divino) y el acercamiento de Dios al orbe de los hombres (la humanización de lo sagrado) son tópicos inevitables, el cuerpo llega a ser el cuerpo posible y se metamorfosea en un eje, una sede, una médula. El Renacimiento es, entre otras cosas, el cuerpo vigilado, atisbado, admirado y, con enorme frecuencia, reducido a cenizas desde la óptica de poderes más o menos teocráticos. Y son estos indicios los que hacen de Vinci (2011), de Eduardo del Llano, una película fuertemente alusiva.

 En Vinci casi no podemos creer que estemos asistiendo a un episodio de juventud del pintor —alumno entonces de Andrea del Verrocchio—, cuando aún no era el Leonardo misterioso y trans-histórico de La Gioconda, capaz de reunir dentro de sí, y en su obra, la totalidad esencial de una época. Y, sin embargo, el cuerpo de Leonardo está allí, a merced de un ladrón y de un asesino, y la acusación de sodomía que pende sobre el artista no sólo acentúa la morbidez elástica y restallante de su cuerpo, sino que transforma sus movimientos y su hablar en una fantasía del deseo.

 En ese sentido, lo mejor de Vinci reside en un hecho donde también hay espejos terribles en los que la desnudez desamparada viene de súbito a subrayar, desde una perspectiva diferente, una obsesión (entre muchas otras) de un hombre plural y despierto. El cuerpo fue para Leonardo una máquina maravillosa, una forma de formas y un referente inasible, difícilmente representable en tanto sacramento del arte. Y ahí lo vemos, desnudándose con cierta morosidad junto al asesino y el ladrón, a sabiendas de que es ambicionado por ellos. Esa obsesión, ¿habría, en otra circunstancia, pasado alguna vez por la conciencia de sí mismo? El asunto del cuerpo propio, ¿habría habitado esa conciencia suya, si no hubiera sido encarcelado por una delación en la que se le toma por sodomita?

 Leonardo ve, de pronto, que es su cuerpo, y no otro, el objeto. Su cuerpo se dramatiza ásperamente. Comprende que la cognición del cuerpo pasa, además, por un tipo de experiencia personal que no está amurallada y escoltada, digámoslo así, por las ideas científicas o artísticas. Es el cuerpo vivo, en peligro, lacerado, de la ulceración y los malos olores, del lamento y de las formas cuya belleza no se aplaca —él es allí, en la penumbra del encierro, la curiosidad perfecta— ni siquiera en un calabozo.

 Lo mejor de todo, al final, es que la convivencia (el roce), el paso del tiempo (la confianza) y la articulación del genio con el ingenio, atraen la verdad y le allanan el camino: los gestos, la figura casi insinuante del pintor, las palabras, las reticencias frente a las admiraciones sucesivas de lo bello, van dibujando a un hombre que, ciertamente, deseó y amó a otros hombres, con tanta inocencia y tanta frescura —de los tecnicismos de lo artístico al soma de lo sensual— como manifiestan a su manera, de forma instintiva y directa, el asesino y el ladrón, hombres que saben extraer de lo masculino una feminidad perturbadora.

 Vinci muestra con claridad —y, por suerte, con un énfasis justo— la importancia del sueño como ensueño del deseo. Leonardo es proteico. Primero se descubre un cuerpo, el suyo, envuelto en el refinamiento de su propio sensualismo. Después se añaden la convicción y el hecho, poco menos que electrizante, de ser un artista. Ha pintado varias cosas en los muros de la celda: los rostros de sus compañeros, una mujer desnuda y un pájaro. Cuando lo liberan, el carcelero se detiene ante el dibujo del pájaro y ordena borrar todo. Uno de los prisioneros ruega por que le dejen el pájaro. Y el carcelero susurra, casi temblando: el pájaro es lo peor.

Alberto Garrandés

Acápite 2 del capítulo “Interzona: cine cubano de los últimos años”//, perteneciente a El ojo absorto: la mirada y el cuerpo en el cine.

(10 de junio de 2014)

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comentarios
  1. Mr. Ladilla dice:

    “¿Mi opinión, después de dos años? La misma: que es una de las mejores y más originales películas cubanas de todos los tiempos.”

    ¿Esto lo escribió el propio director de la película o estoy confundido? Por que yo vi la película y es tremendo clavo. ¿Megalomania?

  2. ayito rodríguez Alemán dice:

    Una de las mejores películas del cine cubano, no, es la mejor.

    • Mr. Ladilla dice:

      “Rodriguez Aleman” Oigame por casualidad Ud es el nieto de Mario Rodriguez Aleman, el que mas mierda habló en la television sobre las películas americanas? De tal palo…

  3. Samuel Smith dice:

    Hola Eduardo. He visto los trailers pero no la película. ¿Nos puede dar algún link donde se pueda bajar? Gracias y felicidades.

  4. charlitos dice:

    Yo no he visto la pelicula , aunque a pesar de no ser muy fan del cine me gustaria verla , de lo que si soy fan fan es de la pintura y de Fabelo , por lo que quisiera ver los dibujos que el hizo para Vinci.
    ?Seria possible que en algun momento se exibieran en alguna galleria de Miami los bocetos , retratos y en fin lo que el hizo para la pelicula? Gracias por la atencion . charlitos.

  5. Gonzalo dice:

    La pelicula indudablemente es insipida desde todos los pintos de vista.

    • Dromedario dice:

      No se como se le ocurre al propio director decir él mismo que es una de las mejores películas de todos los tiempos. La máxima expresión de la inmodestia, máxime cuando la película es mediocre.

  6. […] Publicado por Eduardo del Llano en su Blog […]

  7. Mr. Ladilla dice:

    Eduardo apretaste, decir que esa porqueria de película es de las mejores. Se te fue la mano.

  8. Kamikaze dice:

    Por favor, suban la película a youtube u otro sitio, para poder verla y comentar. Gracias.

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