LAS MILITANCIAS ESTÉTICAS

Publicado: 16-02-2016 en Sin categoría

Sería alrededor de 1975 que tuve mis primeros jeans. Yo andaba por los trece años, mi padre me los trajo de la URSS: en un bolsillo trasero campeaba una etiqueta… del lobo y la liebre, con el texto Nu, pagadí! en caracteres cirílicos. Aun así me tuve por afortunado, pues la única alternativa viable eran los Jiquí, de producción nacional y con tanto swing como un grano en la nariz. Asistí a más de una fiesta embutido en ellos, y dice bastante de esos tiempos el hecho de que si me fue bien o mal no dependió del lobo en mis asentaderas…

 En 1985, cuando me gradué de la UH, tuve que pasar seis meses como teniente en una Unidad Militar cercana a Güines. Me llamó la atención que algunos reclutas se afeitaban la cabeza; primero pensé en un castigo o un acto de rebeldía. Sabedores de que los universitarios no nos dábamos ínfulas de oficiales auténticos, eran bastante comunicativos con nosotros, de manera que les pregunté la razón de la afeitada, y me sorprendió escuchar que lo hacían motu proprio. Toda la vida los reclutas han sido propensos a escaparse a la primera oportunidad, así que cuando eran advertidos de que a la próxima fuga irían presos, optaban por una medida extrema: raparse. El razonamiento era: bueno, uno se ve tan feo con la cabeza afeitada, que eso me impedirá salir a la calle durante, por lo menos, un trimestre, a ver si así me quitan el ojo de encima… Treinta años después, una testa bruñida constituye el súmmum de la elegancia masculina.

Una voz interior nos llama a ser –o, por lo menos, lucir- diferentes. Otra, a no destacar demasiado y acatar lo socialmente aceptable. Por lo general, la segunda se hace más fuerte con los años, el individuo suele alejarse de las estridencias y adoptar el uniforme del triunfador; como diría Umberto Eco, cada vez somos menos apocalípticos y más integrados. Aun así, hay gente que asume un look a guisa de código o bandera y le es fiel durante décadas a contrapelo de la moda, en tanto otros cambian con la marea y llaman a eso renovarse. Yo, lo admito, soy más bien del primer grupo. No sigo creyendo que los pantalones acampanados y las camisas Manhattan sean el no va más, el Everest estético, pero mantengo mi devoción por el desenfado hippie y el cabello estilo rockero. En fin, no hay más que mirarme. Los del otro bando, por el contrario, si le muestran a alguien fotos de unos años atrás, tienen que explicar “sí, ese de la melena soy yo, y también el de las motas sobre las orejas y el McCartney y los pinchos punk y las hombreras, y este con el mohawk también soy yo, y bueno, ahora dejo que el pelo me cubra un ojo a la usanza emo, pero la semana que viene voy a raparme”.

El primer grupo tiene militantes ilustres: todavía hoy vemos a algún distinguido profesor universitario vestir de traje y corbata –y no precisamente traje nuevo, de corte moderno- en cada una de sus apariciones públicas, sean en la TV o por la calle 23 con treinta y cuatro grados a la sombra; aún los fieles al tango aprovechan cada oportunidad para echarse un pañuelo al cuello, y los devotos del jazz para calzar zapatos de dos tonos. Abel Prieto persiste en su corte de pelo a lo McCartney, y los viejos galanes se esculpen el bigote con tanto esmero como hace cincuenta años.

 Los que se pliegan a las sucesivas oleadas de la moda son, en todo caso, mayoría, pero esa falta de compromiso con una estética concreta no significa que las militancias se ignoren sino que se renuevan estratégicamente, que la dictadura de paso les viene tan bien como cualquier otra y están en cada momento dispuestos a renegar de lo que les funcionaba la semana pasada.

Los jóvenes se integran a una tribu urbana –mikis, repas, rockers, emos, hipsters- como en definitiva hacemos todos, el ejecutivo, el funcionario, el nuevo rico y el artista, que a diario aplicamos nuestras militancias en la música que escuchamos, en la selección de los amigos, en la manera de entender el mundo. Por otra parte, algo tendríamos que haber aprendido en estos años, y es a no ridiculizar desde el Poder -cualquier poder, emane de un arbiter elegantiarum, de nuestra paternidad o del gobierno- lo que no compartimos, a no estigmatizar al Otro por sus gustos y opiniones, pues la imposición de una militancia estética como exclusiva o straight no es más que una forma de intolerancia, de represión. Conviene no olvidar que en aquellos contextos en que se busca anular al individuo –el Ejército, la población penal, Corea del Norte- la gente está obligada a llevar la misma ropa y el mismo corte de cabello…

(16 de febrero 2016)

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comentarios
  1. Ruben dice:

    Mis memorias? Que memorias?

  2. Buen post. Le faltó un comentario sobre la vestimenta del Yoss, quien permanence impérterrito ante los avatares de la moda… Je je je. Pero le queda bien. Es auténtico. Eduardo me sigue pareciendo un rockero tímido, pero su aspecto tiene que ver con su personalidad. Otro que ha marcado época en el humor cubano es Carlitos Fundora, con su semptierna apariencia de guajiro… Muchos más que Angelito Garcia, aplatanado a la urbe.
    En fin. Que cada quien se vista o pele como le venga en gana. Por mi parte, la nieve de los años va cediendo paso a una inminente calvicie que no me deja demasiadas opciones…
    Eso sí, ni la prominente panza impide que me ciña un Levi’s Strauss cada mañana de Dios.

  3. Dromedario dice:

    Apaga y vamos !!!

  4. Dayron Paz dice:

    el apocalipsis!!!

  5. Samuel Smith dice:

    Confesión. En los 70’s solo pude resolver botas rusas para ir a la escuela. Rompe rocas le decían. Después, en los 80’s llegó la moda de los botines y desde entonces, solo uso botines, jeans, t-shirts, y en ocasiones especiales blazer, t-shirt y, por supuesto, botines. Los fines de semanas, ando en shorts, tenis, y camiseta deportiva. Soy anti-etiqueta por naturaleza y enfermo al jean.

    A principios de los 80’s, viviendo en Cuba, tuve la suerte que unas amistades llegadas por la comunidad (los gusanos traidores que se convirtieron en mariposas traedolares) me regalara un jean LEE, unos botines negros de charol y un pulóver de fondo amarillo con la bandera americana. Aquello fue un escándalo. El domingo siguiente me estrené el atuendo, me miré al espejo y por poco me caigo a besos ¡Coño parecía un pepillo de verdad! Con mis 20 años Salí a conquistar el mundo –o eso pensaba- Al bajarme en la parada del parque de la Fraternidad rumbo a la calle Cienfuegos donde vivía mi novia Teresita, un policía me ordenó que me detuviera. Sin más, me pidió el carnet de identidad, mi miró fijo a los ojos y me dijo: ¿No te da velgüenza vetirte con la bandera americana? En lo absoluto, esa es la bandera de Lincoln, Martin Luther King, y de cientos de estudiantes americanos que estudian en Cuba. Eso lo hizo emperrarse. Me ofendió llamándome “jipe ‘e mielda”. Le contesté que trabajaba y estudiaba en la universidad y que era un ignorante. Ahí ardió Troya. Me esposó y me llevó detenido por desacato para la estación de policías al lado del Teatro Martí. Allí estuve sentado en un banco durante horas. Por fin, el oficial de guardia me llamó. Un teniente de unos 25 años, cinco mayor que yo. Apenado me dijo: Disculpa que te haya tenido tanto tiempo aquí, pero esperaba que se fuera el agente que te trajo. Tú no tienes problema y te puedes ir, pero, chico, no te pongas más el condena ‘o pulóver para que te evites problemas.

    ¿Qué si seguí usando el pulóver? Si, pero en ambientes más flexibles al “divisionismo ideológico”

    • Smith, a esos pulóveres de “la comunidad” debo el conocimiento tardío de Bruce Lee (muierto ya para esas fechas) y el haber creído durante mucho tiempo que “Stars War” se estrenó en 1978. También por esa vía supe de “Saturday Night Fever”.

      • Samuel Smith dice:

        Claro que me acuerdo del pulóver con Bruce Lee cubriendo todo el frente y las famosas Manhattan. De ésas si tuve una.

  6. También hay que reconocer los prejuicios que teníamos contra prendas como las “guayaberas”, despojadas de todo swing por ser (casi) el uniforme de los burócratas. Años después, en México, fue que vine a descubrir su elegancia en el vestir y la belleza de su confección. Lo que sí mantengo es la aversión hacia aquellos trajes “safaris” que también abundaban en los 80: solo me puse uno el día de mi graduación en la Universidad.

  7. Mr. Ladilla dice:

    Me voy a apropiar de la frase de Charlitos que tanto me gustó. Hace falta que el bloguero ponga un palo en medio del blog para que al menos los perros vengan a mear. Estos post están de peste.

  8. Juan Miguel dice:

    Hola viejo amigo, como te dije una vez, tu eres lo mas parecido que yo tengo a un amigo. Pasaba por aqui y me dije: si, lo voy a saludar. Como prometi, no he vuelto a escribir en tu querido sitio y no creo que este saludo rompa mi promesa. Tu amigo, Juan Miguel.

  9. Dayron Paz dice:

    ¿Amigo de Eduardo del LLano usted, sr. Juan Miguel? Ese tipo no tiene amigos.

  10. charlitos dice:

    Despues de unos dias sin pasar por aca , entro y me encuentro este post que es lo mas parecido a la apologia de la miseria, sera lo que en el se escribe parte de nuestra realidad forzada y digna del “no” recuerdo, pero al parecer hay algunos que disfrutan con las patadas por las nalgas y hasta las añoran, pues es evidente que en cierto modo quisieran volver a vestir andrajosos y calzar botas rusas en el mejor de los casos.
    Pienso que un buen nombre para este post debio ser “La militancia Estatica” . Pues hay unos cuantos como Eduardo y sus cofrades que preferirian una vida al estilo año 1975 con congreso del partido Stalinista incluido.

  11. Mr. Ladilla dice:

    Esto se Samuelito aparecio en “Contactos”

    Samuel Smith dice:
    22-02-2016 en 14:21

    Aqui le envio un cuento que escribe hace unos años. No sé, a lo major se inspira y le sale un corto de Nicanor o algo por el estilo.

    http://apuntesalmiqui.blogspot.com/2015/08/la-guagua.html

    Y digo yo: iii Otro escritor !!! y de nuevo hasta el cansancio Nicanor. Ya no basta con tenerse que empujar al bloguero para que pululen otros con anhelos escribanos. ¿Será contagioso?

  12. Juan Varela Pérez dice:

    Mr. Ladilla, la joyita del link está firmada por un tal Jorge Luis de La Paz. Esta persona y el señor con nick de cerveza son los mismos? En tal caso ya entiendo por qué el tipo llevaba (y aún calza) botines de charol y pulóver amarillo con la bandera americana. Si, como dices, estos macutos se dan por contagio urge encontrar una cura. Con el inefable Abelito ça suffit.

  13. Dayron Paz dice:

    Estoy entrando al blog cada diez minutos para ver el momento en que el autor decide desaparecerlo y cerrarlo para siempre.

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