Bonsai

He tenido la suerte y el placer de leer la novela Bonsai de Eduardo del Llano (Ediciones Unión 2014).  No puedo calificarla un ápice menos de superestupenda y original, además de magistral; altura que no creí volvería a alcanzar tan pronto el autor después de Cuarentena, con la que guarda su parentesco, por lo de lo irreal o utópico dentro de lo real.  Es sin duda una de las más logradas en todo sentido.  Yo diría sin rival.  Es imposible abarcar todas sus implicaciones en un rápido comentario.  Esa fascinante y rica mezcla de historia, utopía, sátira, alegoría (el personaje del Anónimo), además de ingeniosa y divertida, permeada de una profunda carga sicológica, con un ramillete de singulares y disímiles personajes coherentemente perfilados y en constante evolución, que a sucesivos momentos invitan a serios replanteamientos y reflexiones sobre múltiples temas.  Una novela donde cada capítulo, tratando diferentes épocas, tiene la virtud de funcionar, ser disfrutable por sí mismo como toda una obra acabada, a la vez que la de incitar a descubrir con interés lo que ocurrirá en el siguiente. Una “plurinovela” con un telón tan eficazmente abriéndose y cerrándose sobre el mismo año y lugar, para el más convincente y menos predecible de los finales, dramática y sugerente coda para una excepcional aventura.

Ingenio unido a literatura de calidad; humor induciendo a la seria reflexión, y, como pocas obras de género similar, con un no menos importante contenido humanista, sicológico, además de todo un estudio sociológico trascendente de lo nacional.   

 No más me bastó un día de ocio para no poder soltar esta ya inolvidable utopía, mañosamente ideada dentro de la de, por muchos años, cuasi distópica realidad de la sociedad cubana; un disfrute único de ingenio y estética que a nadie dejará indiferente.   

Abel Lloret

LAS INICIATIVAS DE UN BONSAI EN CUARENTENA, a propósito de la novela más reciente de Eduardo del Llano.

Laidi Fernández de Juan

Hace dos años Eduardo mostró el alcance de su imaginación narrativa ubicando a los cuerdos de una sociedad irreal dentro de un manicomio, en la espléndida novela “Cuarentena” (Letras Cubanas, 2012). En ese entonces tuvimos la impresión de que quedaba satisfecha su necesidad de inventar ambientes disparatados pero verosímiles, cuyos argumentos, amén del descalabro que implican, demuestran no solo la deslumbrante fertilidad de su creador, sino la sutileza con la cual deja plasmada su postura ideológica. Por mucho que se intente catalogar la obra de del Llano como irreverente o incluso provocadora, y me refiero no solo a su literatura sino también a sus entregas cinematográficas, está claro que ya sea a través de la risa, de la oscuridad sinuosa de un referente pasado, o a situaciones absurdas, sus inconformidades, sus propuestas, y sobre todo los  sueños de su generación están ahí, con absoluta  y contundente lealtad, a flor de letras, a flor de imágenes. Y por mucho que se haya comparado su estilo con el de grandes escritores humorísticos como Woody Allen o John Kennedy Toole, lo cierto es que Eduardo del Llano solo se parece a Eduardo del Llano, desde “Virus” hasta este libro que hoy presentamos.

“Bonsai”, su nueva novela, editada por Marilyn Bobes y publicada por UNIÓN, sube aún más la parada, cuyo listón había dejado bien difícil “Cuarentena”, aunque no se aleja de la tendencia de Eduardo a una suerte de claustrofilia. Si en el ya citado manicomio era imposible la salida al espacio exterior, “Bonsai” alardea con las ventajas de dicho enclaustramiento. Sus ya conocidos personajes Nicanor, Rodríguez, Ana y Bolaños vuelven a la carga no precisamente con machetes (a diferencia de un delicioso isleño llamado Esteban, que siendo un guajiro violentísimo termina culto, manco y disidente), en un imaginario pueblo de campo, experimento diseñado por la dirección del país. Concretamente se trata de un lugar semejante a un kibutz pero con rascacielos, mercados y tres líneas de Metro, donde todos los habitantes gozan de grandes libertades basadas y dirigidas hacia “un socialismo menos intrusivo que no se enfrenta al desarrollo de la iniciativa individual” (p.159)

La idílica comarca nombrada República Democrática Cubana Auténtica Maravillas (con su órgano de prensa La verdad maravillosa), recuerda  la Mulgavia de la que habló Abel Prieto en “Los viajes de Miguel Luna”, pero en una versión tropicalizada, cuyo enclave es la provincia de Pinar del Río. Fundada en 1963 con apenas seis o siete familias, compuestas por castigados y reducadores, alcanzó un esplendor considerable hasta que cuarenta y tres años después, cuando se llevara a cabo la cuarta y última de las iniciativas propuestas por los máximos organizadores, se va a eso tan indefinible llamado en Cuba el garete. La primera de las campañas, la Iniciativa Integradora, logra el sueño de formar parejas interraciales aunque sea por decreto, lo que al cabo resulta tan feliz o desdichado como en el caso de los matrimonios que no han sido preconcebidos. A este proceso le siguió la Iniciativa Verde, con los mismos argumentos dietéticos de la película Omega 3, aunque afortunadamente sin la parte del futurismo bélico. A continuación, como gesto solidario ante los cubanos o sea, los otros, que transitaban por la crisis de los noventa o Período especial, recientemente catalogado de forma admirable como período jodido por un joven periodista que nació en los post ochenta, se estableció la Iniciativa Solidaria, a resultas de la cual muchos cubanos de la otra parte, o sea, extramogotes, arribaron al pueblo  Maravillas  en calidad de refugiados. Por último, como ya anuncié, se llevó a cabo la Iniciativa Democrática, que consistió en la convocatoria a elecciones libres. De todos los personajes memorables de “Bonsai”, que son muchos y muy bien estructurados en términos de coherencia psicológica, de delineación de caracteres y de lenguajes diferenciados, quizás el más atractivo, además del fabuloso Nicanor O Donnell, de quien hablaré más adelante, sea El Anónimo. Esta figura, que tiene voz pero carece de rostro, expresa lo que la mayoría del pueblo piensa pero no se atreve a decir, y se mantiene en perpetua juventud (p.43). Llega un momento en que resulta imprescindible su presencia corpórea, y solo entonces aparece bajo la bruma de un azul desteñido, para enfrentarse a un contrincante que resulta de color escarlata. Los resultados de dicha controversia deben descubrirla los lectores, me la reservo para no estropear el suspense. Decía que Nicanor merece comentario exclusivo. Si en “Cuarentena” ya comienza su decline físico, o al menos su arribo a la llamada media rueda de la vida, en “Bonsai” alcanza el clímax de su madurez emocional, entrega lo mejor de su brillantez, y se esfuma con más de ochenta años, al estilo de un esquimal en el país de las sombras largas. Este proceso de envejecimiento se logra con total coherencia, no hay nada abrupto ni incomprensible en su conducta de hombre inteligente, entregado a causas mayores que le acarrean múltiples, dolorosas pérdidas personales. O Donnell está condenado a la soledad, y él sabe, asume las consecuencias de sus actos con la misma naturalidad con la que no puede traicionarse a sí mismo, sin que esto sea óbice para cuestionarse hasta qué punto un hombre es víctima de las circunstancias (p.78), y una brizna de sentimiento íntimo lo obliga a sentirse “una cosita chiquitica necesitada de afecto”. 

Si bien Eduardo es capaz de elaborar parlamentos francamente hilarantes en cuanto a comicidad implícita o humor de expresión, como se evidencia sobre todo en la primera mitad de “Bonsai”, también es verdad que alcanza dramatismo sobrecogedor en la medida en que las consecuencias que ese mismo tono ligero e irrespetuoso consiguen. Tal parece que el derrumbe de una estatua (pongamos por caso), ese acto emancipador de echar abajo iconos marmóreos, para brincar encima de los restos como si así nos despojáramos de rigideces ancestrales, nos dejara desprovistos de asideros, sin tener luego una bandera para enarbolar, sin saber qué hacer con todo lo que se alcanzó. Al decir del profesor de literatura Walker Percy, la verdadera tragedia de “La conjura de los necios” fue precisamente la tristeza de su autor, y sin embargo, nadie dudaría en considerar  esa novela como extremadamente divertida. Algo semejante ocurre con “Bonsai”, que siendo como es, una extraordinaria comedia, es también, y sobre todo, mucho más. Disfrutemos entonces de las peripecias, tribulaciones y osadías que suceden en un lugar imaginario pero posible, donde, como dice el protagonista en un momento de profunda reflexión, no existe nada tan frágil como la certeza.

Diciembre, 2014 

Anuncios