Perfecto amor equivocado

Autógrafo Con Cuernos por Abel González Melo

“El Caimán Barbudo”

 Parece que en verdad los temas no se agotan, ni la mente que los crea, ni quien cree en ellos. Parece que podemos contar otra vez El perro del hortelano de Lope y Los juegos del amor y del azar de Marivaux, La Lozana Andaluza de Delicado y La Celestina de Rojas. Y hacerlo como si se tratara de historias de amor cercanas, alterando acaso el nombre de los personajes, el modo elevado o común en que dialogan o dilatando el instante de una confesión repentina: tal es la eficacia de la fórmula. Perfecto amor equivocado, la reciente película de Gerardo Chijona, pacta con esa tradición memorable, no desoye los errores que la anteceden y sobre todo procura una ubicación real en el espacio de la cultura.

Durante los años 80 y principios de los 90 el teatro y el cine en Cuba permiten anotar títulos destacados de comedias, o de piezas y guiones donde el humor es parte ineludible de la materia dramática, incluso cuando en los mismos predominan rasgos melodramáticos o tragicómicos. Un humor que, en sus mejores manifestaciones, no condujo nunca a la mofa sin sentido, sino a la reflexión detenida en la butaca del espectador que, quizás apenas sonriendo, entendía en el texto, en la forma de decirlo, en la imagen total que un pasaje legaba, zonas inquietantes de debate con su universo peculiar. Recuerdo ejemplos de ello en directores tan diferentes como Orlando Rojas, Titón, Juan Carlos Tabío y Fernando Pérez, y en filmes (si no excelentes, todos memorables) como Papeles secundarios, Fresa y chocolate y Madagascar.

Es Fernando Pérez quien mejor ha resistido los embates que durante los 90 avanzados y hasta hoy han agobiado a la pantalla grande, época en la que pululan modelos maltrechos de comedias, repetitivos y extenuantes en la exasperada, rústica e impostada realidad que dicen mostrar. Los chistes de la peor calaña y el argumento baladí han hecho época, y despojarse de ellos, como de las lapas, es tarea de titanes. Cuesta a los realizadores separarse de estas comedias-dominó: el propio Chijona, que en 1991 dirige Adorables mentiras, muy bien construida de principio a fin y con excelentes actuaciones protagónicas, desbarra a finales de la década con Un paraíso bajo las estrellas. Pero como creador inteligente que es, espera un poco, organiza su experiencia como realizador, se hace de una buena idea original y de un guión incisivo, a la par que de cuatro actores de primera: y aquí está Perfecto amor equivocado, un título importante de nuestro cine contemporáneo.

El escritor Julio del Toro fue grande en una época, cuando obtuviera el Premio Casa de las Américas. Acostumbrado a su mujer, no se atreve a abandonarla ante las presiones de la amante, que intenta complacerse con otro. Su hija desea casarse con un español y largarse. Una joven periodista lo acosa y Julio no advierte un rumbo. Estas notas preliminares, extraídas a paso agigantado de un posible argumento, son incapaces de sorprender tras su sola mención. La virtud de la historia radica en la alternancia de tramas que propone, no porque sea este un procedimiento novedoso (entre Plauto y Almodóvar se cuentan a la ligera por lo menos cien casos notables de cruces sentimentales genialmente resueltos), sino porque la confluencia surge cómoda y la madeja se va enredando sobre la base de la verosimilitud y de la coincidencia (a diferencia de otras historias que el cine cubano ha contado, tejidas sobre la inercia y la casualidad). Alrededor del protagonista se perfilarán las regiones paralelas de accionar dramático, y todas lo tendrán a él como principio y fin, si no directamente siempre, sí tangencialmente. Casi todos los personajes anclarán en la riqueza interior. Apunto, de estas regiones, las cuatro que más me interesan:

1. El mundo de Miriam, la esposa de Julio. Uno de los detalles más hermosos del filme radica en la posibilidad de que el espectador conozca, silente, mínimamente, a una Miriam que ya no existe junto a la Miriam del presente, gracias a las imágenes de video que de vez en cuando Julio proyecta en casa. Del blanco y el negro de esos cuadros, de la felicidad del rostro de esa mujer en compañía de la hija pequeñita que ya tiene más de veinte años, he deducido las ansias de la Miriam doctora que no pierde preocupación por la casa que se le viene abajo, ni por la felicidad de la hija, pero que quiere ante todo ser ella y ser feliz, circunstancias que justifican un texto tan ingenioso como este, cuando Julio le reprocha el auto roto: “Es un Lada, ¿te suena? Si en vez de ginecóloga fuera salsera, tendría un Nissan”. O la insistencia tras la contemplación de los vetustos cuadros del proyector: “¿Tú me has engañado?”, “Estamos envejeciendo juntos”. No importa entonces que acepte los halagos del español luego de saber que su hija Mili se ha cansado de él (un poco abrupto el cansancio, pero provechoso al fin para el curso de la acción), luego de tratar de salvar un matrimonio embotado. Para la historia queda el encuadre, logrado por el lente exquisito de Raúl Pérez Ureta, del llanto de Miriam en soledad: esa gran actriz que ha sido siempre y es Susana Pérez, que puede desnudarse sin reservas y parecer una mujer de treinta con el pelo suelto, merece el aplauso más prolongado que doy a esta película.

2. El mundo de Silvia, la amante de Julio. Beatriz Valdés regresa al cine cubano para bien nuestro, y su rol advierte el empaque de la vida misma. Arquitecta de profesión, es maestra de Mili. Enamorada del hombre, no resiste compartirlo por más de dos años: sumo a ello las crisis que el carácter variable de Julio genera, la inseguridad de una mujer casi madura que conserva a plenitud las gracias de su mocedad y sus encantos, una mujer sagaz que no dudará en embullarse con un David que le gusta de súbito. Ahora, su chico resulta bisexual y la urna se resiente: en el espíritu de Silvia hurga Beatriz con ahínco a partir del momento en que sorprende, en su propia cama, a su nuevo amante con otro muchacho. Si Miriam, que atenderá el embarazo de Silvia, ve natural que el padre sea bisexual, ella no concibe todavía esa posibilidad, le cuesta trabajo asimilarlo, le da carcomillas: su modelo de personaje no está listo para asumir el hecho. Beatriz Valdés triunfa en los entresijos de un rol complejo y vivo. Cuando el amante de su amante la visita, casi no tiene palabras, queda derrotada: su triunfo será lanzarse otra vez a los brazos de Julio. Sus labios la delatan, mirando al escritor y enseguida a David, quien se agazapa tras una puerta en una fotografía magnífica: “La gente tiene que pagar por lo que hace, y por lo que es”. (Un gesto malévolo en Silvia/Beatriz me fascina: el instante en que decide contarle a Miriam que Julio ha sido su pareja).

3. El mundo de Ana, la periodista. El aliento filosófico del personaje encuentra en el ánimo de la joven Sheila Roche un asidero orgánico. Ana aparece en la vida de Julio cuando la situación de él es tensa con Miriam y con Silvia, y con esa misma llaneza está dispuesta, sin temor, a olvidar. Cuenta una verdad que parece incierta, afirma que Julio no está en la obligación de creerle y exaspera al hombre: le confiesa no tener nada que preguntarle. Lee a Eco, cuelga señales del tráfico en la pared, de niña amaba a Mijail Gorbachov, cabe que haya tenido un romance con una chica. Enfrenta al escritor con un texto de la declaración de los derechos humanos y crea así un arco de sentido inmediato: “Todos los hombres son iguales”. Ana insiste en producir un documental sobre Julio del Toro, idea que se materializa en sucesivas entrevistas a sus “familiares y amigos” que van alternándose a lo largo del filme: arma a un hombre ideal, conocido desde el fragmento.

4. El mundo de David, el amante de Silvia. Hasta la última escena de la película, cuando la acción se aleja dos años, no aparecerá junto a Julio: lo hace de manos de Mili, y la ironía se torna eco en la imagen de David entrando en casa de Silvia, ahora como novio de su hijastra. De alguna forma, aun tras el rechazo, David vuelve a Silvia cuando ella es feliz con Julio. El bisexual que desde el guión Eduardo del Llano y el propio Chijona han fundado, es un hallazgo para la cinematografía nacional, explorado con toda la pertinencia que el entramado permite. Desde el ángulo secundario, la historia de David y su joven amante Dieguito (curioso guiño en paralelo con los nombres del clásico de Titón y Tabío) cobra enorme importancia en términos de significado global. Pero de nada estaría hablando si no fuera por Mijail Mulkay, actor versátil e intrincado de las pantallas cubanas, quien con el David alcanza cotas de virtuosismo histriónico difícilmente superables. Sin aspavientos, sin extremos, Mijail conforma una trayectoria agónica, donde el estatuto poético de su rol sale a la luz sin exceso, sin mentira.

Al rondar a Julio del Toro, Miriam, Silvia y Ana conviven con un tipo de hombre. Uno lee que este personaje posee rasgos que tienden a esquematizarlo, pero tal lectura sólo funciona en un nivel primario de comprensión del relato. El género cómico suele ejercer ciertas limitaciones sobre su protagonista, quien a menudo detenta la condición de fracasado, inestable, incomprendido o delirante. Luis Alberto García, un actor con mucho temple, ofrece una versión sugestiva de Julio en términos de disposición ante la vida, de conexión éxito-realización-talento. Con Luis Alberto siempre se tiene la certeza de que no hay gato por liebre: el actor lucha con todo ante la cámara, la mirada justa, es cordial cuando comparte escena con Susana Pérez o con Beatriz Valdés.

Un detalle a favor del punto de vista: Julio es un machista pasado de moda, y lo destaco porque el machismo rancio sólo conduce al estancamiento. (Pasaje que me explica, y que se adentra en la posición de una mujer cubana ante el fenómeno: Cuando Miriam se larga con el español, Julio le reprocha que no lo deje porque “Ese cabrón es igual que yo”, y ella responde: “Por eso es que me voy con él”.) En señales como esta distingo un vértice. (La noción del machismo genera también chistes forzados, recuérdese al amigo de Julio afirmando: “No puedo ser un buen cínico, no estoy casado”).

Perfecto amor equivocado bosqueja un catálogo bastante amplio de relaciones amorosas verificables en Cuba contemporánea y no cae en lugares comunes ni alardosos golpes de efecto. Abre la grieta, escarba, no hay tiempo en una hora y media para demasiadas angustias ni privacidades. Casi todo se percibe desde la pareja: un guión armado con la primacía de duetos, habituales como los de las parejas estables, o repentinos como el de Mili con un amante de ocasión en una noche única. Hay dos o tres secuencias ricas, donde el texto halla una síntesis muy elogiable: David y Silvia (ella le cuenta del novio que insistía en hacer el amor con la careta puesta, incisiva ironía), la charla de Diego y David (brujitas por medio), el encuentro de Silvia y Diego, Ana y Miriam en el estudio de televisión… Creo que me hubiera encantado presenciar ese diálogo en el parque entre Miriam y David, inexistente en el largometraje, que las fotos prometían en la fachada del Acapulco.

Tema tan complejo como la realización del proyecto de vida para diferentes generaciones, es abordado con la claridad y la rudeza de un buen pulso literario. La música de Edesio Alejandro resulta muy efectiva cuando monta en alternancia escenas de dos líneas argumentales. A las bondades ya anotadas del guión y su puesta en pantalla, añado las oportunas citas que ambos ejercen sobre hitos de la historia del cine (aquellos tacones rojos, digamos), el sarcasmo promovido por ciertos signos (un autógrafo con cuernos que Julio del Toro regala, el pulóver con cartel de España), el doble sentido (la foto de Mili ante la pared agrietada y la expresión: “Está pidiendo a gritos que le metan mano”). La frase popular adquiere corporeidad: tirar la toalla se convierte en una acción visible. El filme tiende guiños sobre zonas de su realización (alguien aguarda a Chijona en el aeropuerto, Edesio aparece en una pantalla de TV, y la novela Tres de Eduardo del Llano se disimula entre un montón de libros). Alguien relaciona el marxismo con las fabadas, y la ausencia de la señal de pare que Julio roba para Ana hace a Manolo chocar: confluencias que van atando los cabos de la historia.

Me gusta el marco social en que se desplaza Perfecto amor equivocado. Me gusta que sean un escritor, una doctora, una arquitecta y una periodista los protagonistas de esta fábula de amor, y que desde ellos, con los tonos a veces áridos del descontento y la premura, hayan sido leídas zonas de nuestra identidad como la chusmería, el bullicio y la hiperkinesia. Me gusta que el extranjerismo, la marginalidad y la “guaracha política” marchen detrás de la historia y no delante cual postales turísticas, incluso cuando la salsa tenga “su Shakespeare, su Cervantes y su James Joyce”. Me gusta que la gente viva y se desplace por habitaciones lindas y feas pero que en todos los casos la dirección de arte haya cuidado el tratamiento ficcional de la realidad, no como calco, sino como copia representada de, construida para. Me ha gustado, en fin, reinventarme el mundo en esta fábula de pasiones e imaginar, por un rato apenas, que volverse loco de amor es una metáfora.

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