VIDAS PARALELAS

VIDAS PARALELAS

Me llegó una invitación a un congreso. Dentro venían un ID con un ganchito, unas tarjetas de parqueo y un bolígrafo. Del evento mismo no se explicaba nada.

Decidí ir el primer día, a ver qué pasaba. Debo aclarar que normalmente no asisto a esa clase de reuniones porque no soy un teórico, no me gustan los oradores, me subleva la gente que levanta la mano después de una ponencia chata y aburrida para exponer algunas ideas sobre el inciso b. Pero Ana me había dejado, y llevaba varios días luchando con el final de un cuento y cada versión salía peor que la otra, y a la sazón mi autoestima era la de san Francisco de Asís y mi optimismo el de Nostradamus, así que pensé que un poco de vida social y de comida insulsa pero gratis no podrían sino convenirme.

Desde que llegué tuve la sospecha de que acabaría arrepintiéndome. Y es que vi a Rodríguez. Rodríguez es, ya saben, ese crítico repugnante que parece haberla tomado conmigo. Se ha ensañado con todos mis libros, destrozando mi estilo, aventurando cáusticas observaciones acerca de mi inspiración y mis lecturas. Vaya, que Rodríguez me cae mal, pero seguramente yo le caigo peor a Rodríguez.

Aunque la sesión aún no empezaba, la sala estaba llena. Descubrí a numerosos críticos, una cifra igualmente generosa de artistas, científicos y hasta un puñado de políticos de segunda mano. Algunos me saludaron, otros me ignoraron con razón o sin ella. Me senté al fondo, al lado de un desconocido que parecía encajar menos que yo.

– Nicanor O’Donnell -dijo el tipo inmediatamente- usted es Nicanor O’Donnell, ¿verdad? ¿El autor de Nosotros los impotentes?

– Más o menos -gruñí, sin mirarle la cara. Para ser un perfecto grosero sólo me faltó escupir a sus pies. El tipo, sin embargo, siguió adelante con su obscena sociabilidad.

-¿Cómo que más o menos? Es Nicanor o no lo es. Escribió el libro o no lo escribió.

Detesto a la gente que cree que el ingenio consiste en ese tipo de observaciones, y así que desplegué toda mi pedantería y me puse a mentir con ferocidad.

– Se equivoca. Soy todo Nicanor, pero sólo parcialmente O’Donnell. Es un seudónimo. Y tampoco soy el autor de todo el libro. En la página ochenta y cuatro hay dos líneas que le plagié a Chinguiz Aimátov.

El tipo asintió con mirada inteligente, como si mis confesiones confirmaran sus sospechas.

– Soy Bolaños, bailarín folklórico. Y un gran admirador suyo. Déjeme decirle que esa es la mejor novela que se ha escrito en este país desde Cimarrón.

– Pues Rodríguez dijo que era la peor desde La última mujer y el próximo combate -recordé con amargura- y por si fuera poco, lo dijo en las teleclases.

– Claro que tenía que decirlo -repuso Bolaños- si no hiciera esas cosas nadie lo tomaría en serio. No estaría aquí, para empezar.

Decidí ser un escritor educado; el bailarín no tenía la culpa de mi soledad, ni siquiera de que a mi cuento le faltara la cola, y en cambio parecía familiarizado con el sentido último de un evento que convocaba tan  diversos estratos sociales. Cuando iba a preguntarle, empezó.

– Bienvenidos -dijo un presentador cuyo único rasgo expresivo era una calva opaca y con lunares- veo muchas caras nuevas… qué bien. Es un honor contar con delegación tan distinguida, superior al año pasado en número y valía. El comité organizador les agradece que hayan respondido a la invitación, y se complace en informarles que trabajaremos en comisiones; volveremos a vernos aquí cada día después del almuerzo. Los artistas y los críticos de arte, por favor, a la sala A…

La sala A tenía unos ventanales muy oportunos y un podio muy antiguo, como los de las viejas fotos de próceres. También había una pizarra con una lista de críticos; Rodríguez era el primero. Apenas nos sentamos, Rodríguez subió al podio y empezó a hablar mal de mí.

Quiero que entiendan bien esto. Cuanto el crítico había dicho o escrito con anterioridad para denigrar el fruto de mi estro eran puros cumplidos al lado del discurso presente. Rodríguez empezó por analizar mis composiciones de segundo grado de primaria para demostrar que yo empecé a escribir mal aún antes de saber escribir, que incluso en mis primeros “Yo amo a mi mamá” y “Mi mamá me ama” aparecían serios, reveladores problemas de estilo. Consiguió, quién sabe de dónde, un comunicado de mi puño y letra, leído en el asalto pioneril a una fábrica de acero, donde echaba a rimar victoria con bacterias, y, lo que era mucho más grave, Máximo Gómez con piedra pómez.

De mi primer cuento afirmó que no tenía introducción, nudo y desenlace como manda la dramaturgia aristotélica, sino tres introducciones sucesivas. En una ocasión, una sola en mi vida, escribí un texto ensayístico, que firmé junto con otros once autores, y él se las arregló para descubrir cuáles párrafos eran míos y asegurar que emporcaban el conjunto.

Cuando Rodríguez terminó su minuciosa exposición, que le tomó arriba de dos horas, mi estatura creativa había sido rebanada a la de un Mengele de la literatura. Mi furia, entretanto, creció en proporción inversa; si no interrumpí al orador fue porque la minuciosidad de su rastreo en mis bajos fondos me tenía paralizado. Pero todo el mundo aplaudió, y eso fue demasiado. Todo el mundo. Incluso Bolaños, que también aquí se sentaba a mi lado.

– Pero, ¿qué mariconá es esta? -dije entre dientes, incorporándome y avanzando hacia Rodríguez, que retrocedió acobardado- ¿acaso uno viene aquí a que lo insulten?

– Exactamente -me susurró Bolaños, tirándome de la camisa- siéntate y no hagas papelazos.

Mientras yo vacilaba, otro crítico tomó el lugar de Rodríguez y empezó a hablar mal de Bolaños.

– Estos no son críticos corrientes -me explicó el bailarín, mientras su detractor lo acusaba de tener el sentido del ritmo de Toulouse Lautrec-sino estudiosos que han dedicado su vida a la de un artista específico. Cualquiera puede escribir un artículo sobre tu novela, pero sólo Rodríguez sabe tanto sobre ti que es capaz de analizar cada línea que has escrito en tu vida.

-¡Pero es que todo lo encuentra mal!

– Naturalmente. ¿De qué crees tú que se trata esto? ¿Qué piensas que mueve a una persona a convertirse en el lado oscuro de otra, su sombra, su duplicado? El odio, por supuesto; la convicción de que la obra del elegido sólo valdría la pena reescrita por el estudioso, cuando no de que el mundo sería un lugar mejor sin ella.

– Eso es monstruoso.

– Depende de cómo se mire. Tanto odio nace del amor, y esa es una bella paradoja: admite que Rodríguez se dedicó a ti cuando pudo elegir a otro. Así, de la misma manera que un padre, por el hecho de serlo, adquiere obligaciones con sus hijos, eres tú responsable hacia tu crítico y su familia. Si mueres, si dejas de crear, Rodríguez se agostará como una plantica de marihuana en la nieve. Por otra parte, no olvides el viejo dictum de que, bien o mal, lo importante es que hablen de ti.

Durante el resto de la mañana, los críticos continuaron destrozando reputaciones y pasados. Al mediodía fuimos a almorzar; me tocó sentarme en la misma mesa de Rodríguez. Nos ignoramos mutuamente, claro está, aunque en cierto momento, al ver que yo buscaba una jarra de agua, se bebió a toda prisa el contenido de la que estaba a su alcance.

– Los que no pueden resistir el torrente de improperios se van -me explicó Bolaños cuando todos, ahítos y medio dormidos, ganamos el recinto principal, y le comenté que me parecía que éramos menos que por la mañana- cada sesión es eliminatoria.

-¿Cómo sabes tanto?

– Estuve en el primer congreso, hace cuatro años. Aguanté dos rondas. Ahora todos los años me mandan el boletín.

-¿Y cómo nos eligen?

– El comité organizador estudia cada caso. Es un honor, ¿sabes?

– Para la sesión vespertina, los científicos y los deportistas a la sala A -dijo el calvo- los políticos y los artistas a la B…

– No me queda autoestima pisoteable -le dije a Bolaños- ¿ahora también los políticos van a hablar mal de nosotros?

– No. Básicamente, somos nosotros quienes hablaremos mal de ellos.

– No entiendo.

– Por Dios, Nicanor, parece mentira que escribas tan bien. A ver, ¿nunca le has echado la culpa de tus males al gobierno? ¿No has pensado que si este o aquel político desapareciera, las cosas irían mejor? ¿Nunca has oído declaraciones y discursos de un hombre público X sólo para criticarlos al día siguiente con tus amigos? Claro que lo has hecho, no me jodas. Bueno, ahora puedes decírselo en la cara, con la garantía de que no habrá represalias.

– Pero bueno, los que están aquí no son los que yo…

Bolaños me miró con lástima, enarcando una ceja.

El bailarín tenía razón, claro está. Había un político concreto que, en mi opinión, era un estorbo. La mayor parte de mi obra se dedicaba a atacarlo, más o menos veladamente. No soportaba verlo, aunque quizás en mi fuero interno le profesaba una admiración incómoda. De cierta manera representaba para mí lo que yo para Rodríguez.

La sala B era más pequeña. Una media docena de artistas se habían marchado después del almuerzo. En la pizarra vi que mi nombre era el cuarto. Un trovador empezó a echar pestes del secretario del Partido en un provincia periférica. Cuando me llegó el turno la tomé con otro político allí presente, atendiendo al principio de que este es un sistema de vasos comunicantes.

– Así es la sociedad -me dijo más tarde Bolaños, en el bar- todos nos odiamos, todos acusamos a los demás de corrupción, falsía o mediocridad. La estética, la política, no son sino decorados del mismo escenario. Verás que al final sólo quedarán dos delegados; pueden ser un artista y un científico, o un político y un crítico. A menudo ni siquiera se conocen, pero cada uno tratará de demostrar que el otro es un mierda. En eso radica la belleza de este evento.

-¿Y qué recibe el ganador?

– Dinero, naturalmente. ¿Qué cosa hay más universal?

El segundo día no éramos sino cuarenta, entre todas las profesiones. En la mañana me tocó criticar a un periodista cualquiera. Escogí a un vejete desagradable que comparecía en televisión con irritante frecuencia para explicar por qué vivíamos en el mejor de los mundos posibles. Conseguí, no exasperarlo, sino provocarle un fuerte dolor en el pecho y falta de aire, lo que bastó para sacarlo del juego.

Por la tarde, un científico la tomó conmigo. Estuve a punto de golpearlo, y en consecuencia de ser descalificado, cuando aseguró que yo tenía herpes crónico. Bolaños, por su parte, también rebasó la segunda jornada, y expresó su alegría salmodiando cánticos yorubás por los pasillos. Rodríguez, según me contaron, se mantuvo firme mientras era injuriado por un político, un dirigente obrero que ya no era obrero desde hacía tiempo, que consideraba que sus artículos y ensayos eran demasiado intelectuales y no reflejaban el sentir del pueblo.

Volvimos al bar de la planta baja. En las escaleras estuve a punto de tropezar con Rodríguez; al verme murmuró “piedra pómez” de manera que nadie más pudiera oírlo y, naturalmente, lo oyó todo el mundo. Bolaños me contuvo cuando iba a darle una patada a traición.

– No te dejes provocar.

Me compró un trago, y empezó a hablar. Según el bailarín, la tercera jornada sería decisiva. Siempre habían bastado tres días para tener a un rey del odio.

– El del año pasado fue un político. De hecho, en tres de los cuatro congresos celebrados han ganado ellos; sólo en el tercer congreso ganó un crítico.

– Pensé que siempre ganarían los artistas. Somos los más creativos.

– Ser creativo es más bien un problema. No se puede odiar como es debido si uno está pensando en cosas bellas.

Antes de irse, el bailarín me recomendó ensayar discursos modelo para el gran finale. Me quedé un rato en el bar, practicando, y me sorprendió lo fácil que era. Resulta que todo está ahí: rencores inexpresados, talones de Aquiles que necesitas curtir. Yo no había inventado el juego del Congreso, pero sentía el orgullo de ser un sobreviviente.

El tercer día comenzó con sólo doce contendientes.

En la sesión matutina tuve que enfrentar las invectivas de un deportista, campeón olímpico. Su línea de ataque se centró en la idea de que todos los artistas eran maricones y gusanos, y que los escritores eran los más artistas de todos. Nada nuevo, pero lo estuvo repitiendo por tres horas, hasta que ya no sabía si darle un piñazo o un besito.

– Rodríguez, Bolaños y O’Donnell pasan a la sesión final -dijo el calvo a una sala casi vacía.

Rodríguez consiguió que descalificaran a Bolaños. Fue evidente que no sabía mucho de él, pero la tomó con las danzas folklóricas en general, afirmando que no evolucionaban, y luego acusó al bailarín de tener mala dicción en yorubá. Bolaños replicó entonando vibrantes loas a Obatalá, pero le dio hipo, y de la rabia se echó a llorar.

Me llegó el turno de criticar a Rodríguez.

– Acaba con él, Nicanor -me dijo un Bolaños resentido- el cabrón se ha pasado la vida jodiéndote. Es la hora de la venganza.

Sí, aquello parecía justo. Rodríguez y yo, el creador y el crítico, de nuevo frente a frente. Bien mirada, esa podía ser una buena línea ofensiva: ya se sabe que los de su especie son artistas fustrados… Pero el muy bicho podría citarme algo de Derridá o Mukarovsky o cualquier otro teórico comepinga para demostrar que la ensayística es la forma superior de inteligencia, porque es a la vez analítica e intuitiva… No, mejor sería burlarme de su afectación o de su figura…

– Rodríguez -dije lentamente, y vi que mi enemigo tragaba en seco, preparándose para recibir el golpe- Rodríguez es…

Entonces se me ocurrió el final para mi cuento. Lo vi con claridad, como si lo tuviera grabado con una aguja en el interior del ojo, y era el único posible, el que hacía que todo encajara.

– Tengo que irme -dije- tengo que escribir.

El crítico suspiró aliviado, y recompuso su altivo continente. El presentador calvo me miró con incredulidad. Y a Bolaños casi le da un infarto.

– No me hagas eso -gimió el bailarín- escribes después. Apuntas la idea en cualquier papelito…

– A Rodríguez nunca voy a ganarle, me lleva ventaja. Y, aun suponiendo que le ganara, eso no me haría más feliz.

– Ya lo creo que te haría más feliz. Es un montón de dinero.

– Dinero por odiar a un tipo, por seguir su juego. No, Bolaños, tiene que ser ahora. ¿No entiendes? Supongo que es como cuando recreas un difícil paso de baile, quieres repetirlo muchas veces, gozar lo que has logrado. Es… delicioso. Escribir mi cuento es lo único que tiene sentido.

– Seguro será una mierda -dijo Rodríguez.

Cuando llegué a casa, escribí de un tirón hasta la madrugada. Luego, con las cuartillas en la mano, fui hasta el teléfono y llamé a Ana.

– Oye -le dije- escucha esto.

28 de agosto de 2004.

comentarios
  1. Frank dice:

    compadre, mi admiracion y respeto, esto esta buenisimo; ademas, hoy me entero que eres es guionista de “La vida es silbar”, que junto con “Alicia..” son para mi peliculas de culto, que hay que observarlas y escucharlas mas que verlas y oirlas. Te reitero mi admiracion y respeto hacia tu obra, como profano e ignorante pues soy médico…ah!! y que conste que no soy maricon!! abrazos Frank

  2. Frank dice:

    by the way era una broma el ultimo comentario relacionado a lo que habla el atleta olimpico del cuento! ok!!?? nada de homofobia de mi parte, please!!

  3. Habanero dice:

    Homofobia y bien, si hay que respetar a los maricones por ser maricones, hay que respetar a los homófobos por su homofobia, sino donde esta la democracia???…ah…magnífico el cuento..como siempre.

  4. Edgar dice:

    Me parece genial al igual que el resto de tu obra que he tenido la suerte de disfrutar a través de los cortos. Me reído mucho leyendo e inevitableme las imágenes pasan por mi cabeza imaginado las escenas del corto. Cuando estará listo?
    Muchas gracias,
    Edgar

    • Bueno, no voy a hacer un corto con ese cuento. Ya sabes, filmar una película, aunque sea de manera independiente, es muy caro, y siempre complicado. Escribir es un arte, en ese sentido, más sencillo. De cualquier modo, si otro realizador se embulla y quiere hacerlo, estaré encantado.
      Gracias por tus elogios
      E.

      • Darién dice:

        Recuerdo cuando oí por primera vez este cuento. Fue en una peña en la facultad de Filosofía e Historia de la Universidad de La Habana. Hace como 5 o 6 años y hoy lo he vuelto ha leer y he vuelto a recuperar aquella sensación. Gracias once again… no te lo pude decir aquel día.

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