AUTORES

Publicado: 29-07-2014 en Sin categoría

I

 El francés Jean Pierre Jeunet tiene un estilo tan reconocible como la voz de Louis Armstrong o el Picasso azul. Aunque la película de este año, The Young and prodigious T.S.Spivet no es exactamente mi favorita entre las suyas, lleva su firma en el protagonista a quien el universo considera un bicho raro, en esa obsesiva revisión de los detalles y la minuciosa concatenación de causas y efectos, en la presencia de actores fetiche, en el color saturado y los giros inesperados en la trama. Como al David Lynch de Dune –bueno, no tanto– a Jeunet los encargos no le salen bien; Alien resurrection (1997) es lo más opaco de su filmografía, aunque aún ahí se las arregló para inyectar en la dirección de arte algo de su peculiar imaginería y colar, si no a su colaborador habitual Marc Caro, sí a uno de sus actores fijos, Dominique Pinon. Con todo, sus mejores trabajos son Delicatessen (1991), Le fabuleux destin de Amélie Poulain (2001), Un long dimanche de fiancailles (2004) y Micmacs à tire-larigot (2009).

 Lo curioso es que la última película de Wes Anderson, The Grand Budapest Hotel, inspirada en textos de Stefan Zweig, me recordó a Jeunet tanto o más que a sus propios trabajos previos como The Royal Tenenbaums (2001) o The life aquatic with Steve Zissou (2004). No sé si Anderson se está contaminando de Jeunet, pero en cualquier caso el resultado es estupendo, y The Grand Budapest Hotel mi película favorita del texano.

 Agnes Jaoui es otra autora francesa bastante menos conocida, artífice de comedias sofisticadas, líricos collages del ridículo cotidiano. Alguna vez estuvo por acá, durante el Festival de Cine Francés hará cinco o seis años, y me impresionó su sencillez. Acabo de ver Au bout du conte (2012), que recomiendo junto a la exquisita Le goût des autres (2000).

II

 Por esencia, el cine es un arte colectivo: los estudios contratan a un director para un proyecto que no necesariamente ha partido de él, y tienen voz decisiva en la selección del personal técnico y artístico, en el rodaje, la posproducción y el corte final (de ahí tantas películas con el rótulo el corte del director: si eso ocurre es invariablemente porque la versión primera ha tenido éxito y los productores quieren sacar otra tajada con un corte alternativo; nunca verás el corte del director de una obra que haya devenido un fracaso comercial). Los actores sugieren cambios de líneas o meten abiertamente el pie, el editor, si es bueno, asumirá creativamente su trabajo, etcétera; en otras palabras, la presencia del autor queda por lo regular considerablemente diluida. Eso no es malo en sí mismo, como ningún autor es automáticamente bueno o tiene que gustarme por el hecho de serlo, pero vista la superabundancia de cine para usar y tirar, se agradece la existencia del reverso de la moneda: artistas como Chaplin, Woody Allen, los hermanos Coen, Nikita Mijalkov, Asghar Farhadi, Takeshi Kitano, Roman Polanski, Jean Pierre Jeunet, que dejan su huella en todas las fases del desarrollo de la obra y la convierten en un vehículo para su expresión personal, casi como un ensayo, una epístola, un diario íntimo al que nos asomamos fascinados.

III

 Y ya que hablo de cine, por estos días he visto Boccaccerías habaneras, de Arturo Sotto, premios Coral de Guión y del Público en el festival de La Habana el pasado diciembre. Es una comedia elegante, con el sabor de la commedia italiana de Dino Risi, Mario Monicelli, Ettore Scola, Luigi Comencini, Pietro Germi;  no sólo –ni tanto– por reformular historias de Boccaccio sino por la inteligente orfebrería del guión. Es otra película cubana acerca de la supervivencia, las jineteras, marginales tramposos y extranjeros aprovechados, de esas que hartan al personaje del escritor bien interpretado por el propio Sotto, y a la vez una apuesta por un cine que no se mire todo el tiempo el ombligo o todavía más abajo.

 Y el domingo 20 se estrenó Meñique, de Ernesto Padrón, versión libre del cuento de Martí, quien a su vez lo versionó del original francés. Se trata del primer largometraje cubano animado en 3D (referido al tratamiento volumétrico de los objetos, no a la estereoscopía). A mi modo de ver, lo mejor de la película es la manera en que funciona la mezcla de contexto europeo medieval y picaresca criolla. Eso sí, me habría gustado que el gigante tuviera más peso. En la trama, quiero decir.

 (29 de julio 2014)

ROCK QUE PICA

Publicado: 22-07-2014 en Sin categoría
 En el espectro musical iberoamericano hay una serie de bandas que apuestan por el humor corrosivo, la provocación y la incorrección política. Molestan y fascinan; en algunos casos viven sorteando la censura y, aunque tengan falanges de seguidores y hasta éxitos, no trabajan exactamente para lograr el hit del verano. No son los únicos con actitud crítica o en oponerse al mainstream, pero insisto en que, con independencia del tipo de sociedad que desafían, su común denominador es el humor.
 Mojinos Escozíos se nombra una agrupación española liderada por Miguel Ángel Rodríguez, El Sevilla. La música suena como Deep Purple o AC/DC, pero las letras son ferozmente irreverentes y cachondas. Escriben los títulos de discos y canciones como suenan después de pasar por una garganta andaluza (Demasiao perro pá trabajá, demasiado carvo pál rocanró) y se presentan como tipos vagos, bebedores, elementales y machistas. La política no es lo suyo. Además del arriba mencionao… eh, mencionado, recomiendo los álbumes Las margaritas son flores del campo y Pá pito el mío. Sí, son escatológicos y directos, pero tienen gracia y mucha maña.
 Bersuit Vergarabat es un grupo argentino cuyos miembros se presentan en escena invariablemente ataviados con pijamas. María José, una amiga nicaragüense, me regaló por 1999 o 2000 un cassette con su disco Libertinaje –con temas estupendos como Yo tomo, Se viene y Sincerebro- y desde entonces he tratado de reunir su discografía. No son rockeros acérrimos como los Mojinos; en cambio sus letras son mucho más antisistema, incluso francamente anarquistas. Recomiendo también los álbumes Hijos del culo y La argentinidad al palo.
 En Méjico está Molotov con su rock alternativo y sardónico. Como en los ejemplos anteriores, me encantan los títulos de sus discos: ¿Dónde jugarán las niñas? (obvia parodia de un disco de Maná), Apocalypshit, Eternamiente… Recurren a las malas palabras, como debe ser en un proyecto cargado de crítica y rabia –crítica al sistema, a la corrupción, a las máscaras– y se caracterizan por constantes juegos de palabras, por el empleo de diversos estilos vocales que van desde el rap (á la Red Hot Chili Peppers) hasta el estribillo redondo y rockero, y por un inesperado patriotismo de fondo. Sugiero los temas Que no te haga bobo Jacobo, Cerdo, Polkas palabras, El carnal de las estrellas, Quítate que ma´sturbas, Gimme tha power.
 Porno para Ricardo es una banda cubana de neopunk. Aunque el grueso de su obra satiriza el sistema socialista y sus criaturas (Comunista chivatón, El delegado, El comandante) reflejando el desencanto y la negación del papel de hijos afortunados de la Revolución, Porno se mete además con el tejido social, las buenas costumbres (María) y la hipocresía en el terreno sexual ( Felación, Semen y castigo). Con su humor feroz y esperpéntico, Porno es una banda necesaria, y le escueza a quien le escueza A mí no me gusta la política pero yo le gusto a ella, compañero, Rock para las masas cárnicas y Soy porno, soy popular son discos clásicos que, junto a los de Frank Delgado, Tony Ávila o los Van Van, construyen y completan la crónica de estos años. 
 
Ps: Los grupos mencionados son los más conspicuos, pero no los únicos. En Uruguay está el Cuarteto de Nos…
 
(22 de julio 2014)
 

EL INMOVILISMO

Publicado: 15-07-2014 en Sin categoría

 El conmovedor documental acerca del GESI Hay un grupo que dice (2013) de Lourdes Prieto, incluye un breve pasaje en que el Che Guevara observa: la raíz de la burocracia está en cierta falta de motor interno de algunos funcionarios, que les falta sentir en sí mismos el problema de que se trata, cierto temor a las consecuencias de los actos… La agudeza del Che devino profética. Convertir en virtud el inmovilismo y la falta de iniciativa es una aberración inherente al sistema, y si ese temor ha cambiado en estos años ha sido para transformarse en pánico.

 Un eminente comunicador me contaba hace poco que debió impartir una conferencia a cierto grupo de dirigentes; les habló de las aciagas consecuencias del inmovilismo… y todos movían la cabeza asintiendo. En su fuero interno están de acuerdo con que la iniciativa es tan buena como nefasto el control omnímodo, me decía el especialista, pero luego vuelven a sus oficinas y esperan que sea otro quien tire la primera piedra.

 El miedo a lo nuevo, al menor cambio, opera en quienes dirigen, pero también ha remodelado a los dirigidos. Anestesiada, la mayoría de los cubanos no espera ya un día mejor, se conforma con ver un nuevo día. No somos una verdadera sociedad: cada uno sobrevive en su madriguera, y escasean los proyectos y las asociaciones espontáneas.

 La Ley de Cine fue ninguneada en el reciente Congreso de la UNEAC como el inoportuno zumbido de una mosca. El temor de base es a que la gente decida por sí misma, a que las iniciativas, por justas y razonadas que sean, creen precedentes incómodos, a que las cosas se les vayan de las manos a quienes ejercen el control. No importa si la mayoría de los países latinoamericanos, incluidos algunos con una producción cinematográfica mucho más breve y errática que la nuestra, exhiben flamantes Leyes de Cine que constituyen valiosas herramientas legales para la protección del séptimo arte nacional. No importa, si nosotros somos un mundo aparte. En el escudo cubano debía figurar un avestruz con la cabeza enterrada en la arena.

 En la panadería contigua al teatro Trianón venden casi todos los días un pan grande, redondo, exquisito. Venden literalmente uno, es decir, una sola hogaza, y aun así a veces voy a mediodía y ahí está, impertérrita. La gente compra bolsas del pan que conoce.

 

Ps: Acaba de terminar el festival Aquelarre. Recomiendo el espectáculo Humor de afuera, de la Leña del Humor de Santa Clara. Por demás, fui presidente del jurado de Narrativa; en cuento ganó un relato de mi socio Otto Ortiz titulado Matar a Eduardo del Llano, que cuenta como él, año tras año, obtenía mención en ese concurso porque el premio lo ganaba yo. Decidió que la única manera de sacarme del juego era matándome, y lo hace. Entonces obtiene efectivamente el premio… Eduardo del Llano in memoriam.

Pss: A mi amigo Tony Ávila trataron de joderlo en Miami, acusándolo de represor. Se metieron con el hombre equivocado. No conozco mucha gente con la probidad y pureza del trovador.

(15 de julio 2014)

LAS PELÍCULAS QUE NO HICE

Publicado: 08-07-2014 en Sin categoría

 Parafraseo el título de un libro de entrevistas a Titón para referirme a un puñado de guiones y argumentos que escribí total o parcialmente y que no llegaron a sustanciarse en películas cabales, o bien lo hicieron sin mi crédito en ellas.

 De los proyectos con realizadores cubanos, recuerdo aquéllos con Rolando Díaz, Guillermo Centeno y Julio García Espinosa. No había demasiados guionistas en los tempranos noventa, y después de mi trabajo con Daniel en Alicia… al menos otros dos realizadores me ficharon de inmediato: Fernando Pérez y Rolando Díaz. Con Fernando, allá por el 95 y 96, escribí La vida es silbar –que tenía una primera versión, del propio Fernando con el joven nicaragüense Humberto Jiménez, pero Humberto había regresado a su país y entonces Fernando me llamó a continuar el proyecto con él-; Rolando, por su parte, me pasó con entusiasmo un argumento que tenía como protagonistas los elevadores de una empresa. Era una buena historia llena de posibilidades, pero no llegamos a encontrar un tono común –probablemente por culpa de mi inexperiencia- y la cosa no pasó de un primer tratamiento.

 Centeno ha realizado cierto número de documentales interesantes –recuerdo, por ejemplo, Sueño tangos–, y a finales de esa década sintió que era hora de asumir el largometraje de ficción y me propuso una historia: la de una mujer cuyo matrimonio no funciona y a quien el Período Especial le permite descubrir sus potencialidades y su valía. Llegamos a presentar una versión del guión en un taller en la Escuela de Cine con el veterano Walter Bernstein, un profesional sobreviviente del macartismo y sus listas negras; en esencia, nos señaló que teníamos buen material dramático, pero no una historia. (Y pese a su edad, me derrotó varias veces al ping pong, juego en que me tengo por diestro). Centeno y yo trabajamos todavía un par de meses más y luego lo dejamos. Hasta donde sé, ha seguido haciendo documentales.

 Julio García Espinosa me habló una vez, en su casa del Nuevo Vedado, de construir un guión con cuatro cuentos míos que le habían encantado. Lleno de entusiasmo, escribí un argumento, le pareció bien… pero los años y la salud impidieron que Julio continuara ese proyecto, o cualquier otro. Lleva un tiempo retirado, tranquilo, bajo el cuidado de su esposa Lola. En 2011 asistieron a una presentación especial de mi primer largometraje, Vinci, gesto que me conmovió profundamente.

 De los extranjeros recuerdo casi una decena; el más conspicuo, el español Benito Zambrano, con quien trabajé en una protoversión de lo que años más tarde se convertiría en Habana blues y por entonces se llamaba ¡Negro! Fueron dos o tres meses difíciles, pues mi impresión era que en realidad Benito no necesitaba otro guionista, le costaba lo suyo aceptar una línea de diálogo que no fuera escrita por él… eso, o que yo sencillamente no era lo bastante bueno o no conectaba con el tono de su película soñada; el caso es que nos separamos y él siguió adelante con el proyecto hasta convertirla en el éxito que fue.

 Hubo otro español, Antonio Cabral, y un francés, Pierre Maraval, y tres alemanes diferentes, Peter, Tuki y Ernst, y hasta un griego de nombre Evris. Atraídos por el boom del tema Cuba que siguió al Buenavista Social Club, todos ellos vinieron a Cuba con una idea y a veces una versión primera de un guión bajo el brazo, preguntaron quiénes eran los mejores guionistas en activo y terminaron recalando en mí.

 El alemán Peter, ex DDR, traía una historia construida a base de clichés puros y duros: una mulata alemana que se quedaba atascada en una Habana en que todos los hoteles estaban llenos (¡!) y debía sobrevivir en la casa de una familia humilde de Centrohabana en los años más duros del Período Especial, con su puerco en una bañera y todo. En ese contexto, el personaje de un médico/botero, por ejemplo, que sostiene una relación sentimental con la chica, responde así cuando ella le sugiere irse con ella a Alemania: No puedo ir contigo, la Revolución me necesita. Peter había pasado apenas una semana por acá, pero creía conocer Cuba mejor que yo, según el expediente de trasladar al trópico sus amargas experiencias con la Stasi. Trabajé unos días con él en Hamburgo en construir el argumento, y entonces le dije que me salía, que no seguiría con él durante las subsiguientes versiones del guión. Renuncié a varios miles de euros, pero la verdad es que no podía con aquel tipo y su rabia acumulada.

 Tuki era un alemán-venezolano que tenía una historia fantástica acerca de Dalí. Fui de nuevo a Hamburgo a trabajar con él, y en pocos días tuvimos un argumento de diez páginas. Lo que ocurrió esta vez fue que al productor Karl Baumgartner –responsable, entre otras, de Luna Papa de Khudojnazarov y Gato negro gato blanco de Kusturica– le encantaron mis aportes a la historia, pero a Tuki no. Karl me llevó con él al festival de Rotterdam a discutir alternativas pero, naturalmente, no podíamos quitarle al tipo su propia película. Al final, no se hizo una ni la otra.

 El tercer alemán, Ernst, era un lunático caraeguante que se creía la reencarnación de Hemingway y quería una película en que a un tal Ernst se le aparecía… el fantasma de Hemingway. Me zafé rápido; años después le fue con el proyecto a Pichi Perugorría, y tampoco consiguió nada.

 La del galo Maraval era un relato en clave cinema noir acerca de bandas gansteriles que, según él, controlaban la Habana actual. Tenía el guión más o menos escrito, pero me contrató para cubanizar los diálogos, y me puso de asesora a su novia, una negra bellísima de Marianao con aserrín de barco pirata en la cabeza, como diría mi socio Bacallao. Las sesiones en que la muchacha me explicaba lo que significaba tenerobsorbo o las diversas maneras de nombrar una pistola o a la policía en slang de Marianao son de lo más surrealista que me ha ocurrido en la vida. Curiosamente, de todas estas películas fue la única en hacerse: Maraval la filmó acá con actores aficionados, socios de su novia, vaya. Según acuerdo previo, yo no figuro en los créditos. Cuando vi la película me alegré muchísimo de que así fuera.

 Cabral, un fanático de los videojuegos y de Monty Python, me propuso la historia de unos jugadores que, en diferentes ciudades del mundo y desde sus respectivos ordenadores, se enfrentan en una batalla naval a la usanza del siglo XVIII. Trabajamos un tiempo en Cuba; luego, en junio de 2005 estaba yo en Innsbruck con Evelin, mi novia de entonces, y el tipo me llamó desde Tenerife para que me reuniera con él allá a dar unos retoques al guión. Le expliqué que estaba pasando unos días con mi chica y su familia, y sin pensarlo me contestó: pues tráete también a tu novia. Fuimos, pues, y finiquitamos el asunto; Evelin alucinaba en las playas tinerfeñas. Entiendo que después Antonio no consiguió hacer la película, más que nada porque la historia apostaba a avances tecnológicos que llegaron demasiado rápido. Pero es un buen tipo, y me gustó trabajar con él.

 La historia del griego, y la de una temba francesa que apenas recuerdo, implicaban a un ciudadano griego o francés que llegaba a Cuba y se enamoraba de una hermosa nativa. Evris era muy informal, desaparecía durante meses hasta que lo hizo del todo; a la gala le entregué lo que me pidió y nunca volví a saber de ella. También hubo otra francesa, joven, a la que rechacé de entrada –traía una historia de una chica parisina varada en Cuba; el único cubano que no parecía subnormal y no trataba de joderla de alguna manera era un periodista independiente– una peruana que me lloró miserias, y un norteamericano, Alex Wolfe, buen socio pero con una historia demasiado escorada hacia los mismos estereotipos, y que encima se fue diluyendo una versión tras otra…

 Una de las últimas películas que escribí para un comitente extranjero fue Óscar: una pasión surrealista. A fines de 2005 me contrató el tinerfeño Lucas Fernández para escribir una película acerca de Óscar Domínguez, un pintor surrealista injustamente preterido, el centenario de cuyo nacimiento se hacía inminente. Escribí el guión y Lucas dirigió la película, que contó con Victoria Abril, Joaquim de Almeida, Emma Suárez y Jorge Perugorría. Estrenada en febrero de 2008, el resultado no fue gran cosa, pero tampoco para arrepentirse: algún crítico la vapuleó, obtuvo un par de premios…

 La vida de cualquier guionista está llena de proyectos que no cuajaron, de broncas con directores, de buenos guiones malogrados… En mi caso, independientemente de que algunas de las historias que me ofrecían me interesaron más que otras, se trató en definitiva de experiencias útiles, de clientes que contrataron mis servicios profesionales –no como bracero, stripper o asesino a sueldo, sino en aquello con que me gano la vida– pagaron bien y en su mayoría quedaron en buenos términos conmigo. Lo que ve la luz es siempre la punta del iceberg…

 

 Hace unos días murió Miriam Dueñas, legendaria diseñadora de vestuario del ICAIC, mulata aún espléndida pese a rondar los ochenta años. Trabajó con los grandes, y me honró al trabajar conmigo en Vinci.

(8 de julio 2014)

TODO SE ROMPE

Publicado: 01-07-2014 en Sin categoría

 En este país siempre tenemos algo roto en casa.

 No tiene que ser el apartamento más humilde: cualquier vivienda cubana adolece de un techo con goteras, un motor del agua averiado cada dos o tres meses, una pared rajada o a medio construir, un bombillo fundido, una hornilla, una llave rota. Impúdicos, los sacos de cemento apilados en el portal o la sala han pasado a formar parte de la decoración.

 A tal punto se agolpan los problemas que nos vemos forzados a negociar con el inmueble: voy a arreglarte la meseta de la cocina, pero terminaré de construir el baño cuando vuelva a caerme dinero, así que no más roturas, por favor. Claro que, por mucho que la vivienda ponga de su parte, la otra cara de la moneda es la negligencia y falta de ética de numerosos carpinteros, albañiles y plomeros que te hacen una chapuza y cobran una fortuna.

 Si alguien del núcleo familiar tiene carro, es lo mismo: el vehículo te controla y dicta sus normas, hace ruiditos y se queja. Por demás, el problema no se limita a nuestros exiguos metros cuadrados: en la calle, el agua mana de tuberías reventadas, el sistema eléctrico falla a cada rato -siempre en nuestro barrio, gracias a Murphy- o bien exige mantenimiento que nos deja sin luz un día a la semana.

 Cuba es un gran polígono de pruebas para la resistencia de marcas y materiales. Cualquier efecto electrodoméstico, cualquier aplique de plomería o capa de pintura ha triplicado aquí el tiempo de vida útil vaticinado por el fabricante, y ahí sigue. Eso sí, nos obliga a medrar para ellos. A inventar. A buscar soluciones emergentes que se instauran como definitivas. Y la miseria humana emerge en todas partes: me pongo a martillar los domingos y que se jodan los vecinos; tiro basura al pasillo que delimita el edificio, y que se jodan los vecinos de los bajos; a mi apartamento llega el agua con normalidad, así que no voy a poner un centavo para comprar el motor nuevo… y claro, que se jodan los vecinos.

 La escasez, la indiferencia y la humedad juegan a diseñar nuestras vidas. Coexistimos con la improvisación y el error, habitamos un viejo disco de acetato y nos esforzamos por oír la música por encima del scratch.

 

 El viernes 27 estrené el corto No somos nada en mi peña de la casa del ALBA. Es una historia de humor negro en 18 minutos; actúan, entre otros, Carlos Gonzalvo, Aurora Basnuevo, Mario Limonta y Cristina Obín. Pronto lo regaré por ahí.

 El 20 de agosto a las 8 de la noche, en el Chaplin, será la premiere de Omega 3.

(1 de julio 2014)

¿QUÉ SE ESPERA DE UNA PELÍCULA CUBANA?

Publicado: 24-06-2014 en Sin categoría

 He leído a propósito de la excelente Conducta de Daranas que se queda corta, que por qué la película no se mete con barrios habaneros donde la policía no se atreve a entrar, que es un juego permitido, etcétera. La idea subyacente es que una película cubana sólo resulta auténtica si se lanza a criticar a fondo, tan a fondo que haga felices a los apocalípticos. No tiene que ser buena o bella, pero está obligada a ser fuerte.

 Lo gracioso es que esa misma gente afirma que le encanta ir al cine a desconectar. Es la filosofía de que las películas americanas son de acción, espectáculo y cosas bonitas, las europeas clavos para intelectuales, las latinoamericanas no hay quien las vea porque sólo saben hablar de la miseria (salvo algunas comedias mejicanas taaaan graciosas) y las cubanas lo dicho, juegan con la cadena pero no con el mono.

 Vaya manera de hablar mierda. El arte es una cosa y un espejo otra. La realidad es un punto de partida, incluso en esas películas que claman estar basadas en hechos reales. Ni siquiera el cine documental refleja la existencia cien por ciento; todo lo contrario, la manipula, pues hay tantas realidades como puntos de vista. La película de Daranas no es la única, ni mucho menos, que bucea en aguas oscuras, pero es probablemente la que lo hace con más alto nivel artístico: por eso funciona y conmueve, por el guión y las actuaciones y la fotografía, no porque el tema escogido legitime el esfuerzo de manera automática.

 Por demás, Conducta es una obra única, no una receta. En otras palabras, asumir que un solar es más autóctono que un aula universitaria constituye una soberana tontería. Pero el solar es más representativo, dirán. ¿Y qué? ¿Acaso el arte es mera estadística? Parece como si por ser cubanos estuviéramos condenados a hablar sólo de jineteras, corrupción y sueños rotos y lloriquear porque el sistema hace aguas, porque es lo que se espera de nosotros, porque nuestra cosmovisión no debe pasar de ahí. Absurdo. Nadie le exige al cine español que hable exclusivamente de la crisis o de la Zanja Real. La conquista de los derechos de los homosexuales es una causa justa y necesaria que nos compromete, pero no por eso tenemos que convertir nuestro arte en el faro gay de Latinoamérica.

 La razón de este fenómeno probablemente radique en que el público le exige al cine el rol que debe jugar y no ha jugado jamás el periodismo. Así, el cineasta ha de ser un Mesías de grado o por fuerza. Pero ni eso basta: unos cuantos estiman que el mero hecho de hacer arte en Cuba implica entrar por el aro del Gobierno, y descalifican de antemano a quien lo hace. Esa visión reduccionista ignora, por demás, la paradoja de que el arte absolutamente independiente es a la vez cautivo absoluto, dado que sólo puede ser de desencanto y denuncia.

 Una buena parte de mi propia obra indaga ferozmente en la realidad inmediata, y lo seguirá haciendo, buscando el nervio, según mi punto de vista; eso no excluye hacer otras cosas, tocar otros temas. El artista debe meterse en candela, tiene que jugársela, pero también ha de buscar, siempre y en todas partes, la belleza. Negar lo primero conduce a la torre de marfil; negar lo segundo, al panfleto político.

(24 de junio 2014)

QUÉ SE HACE CON UNA PELÍCULA DESPUÉS DE TERMINADA

Publicado: 17-06-2014 en Sin categoría

 Qué bien, qué vacilón, se dice el cineasta cubano después de muchos meses de trabajo y estrés, ya tengo mi película, es un hecho, existe, mírenla aquí… ¿Y ahora qué?

 Lo primero es llenar las planillas de inscripción para festivales internacionales. El problema es que de un tiempo a esta parte todas están online, lo que hace mucho más cómodo el proceso… para cualquiera que no viva en Cuba. Es muy normal que te metas una hora llenando la primera página de una planilla de ocho, y al cabo de ese tiempo se caiga la conexión y hala, da capo.

 Para decidir si les interesa aceptar tu obra en competencia, un buen número de festivales ya no exige que envíes un disco –y no es que resulte fácil o barato enviarlo, ni siquiera para el ICAIC– sino que subas a Internet una copia en resolución razonable, un fragmento o un tráiler. De nuevo, prueben a hacer eso desde Cuba. Es célebre el caso de un estudiante de la Escuela de Cine que, no hace mucho, trató de subir un corto de cinco minutos a la red… y siete horas después aún iba por el setenta por ciento. Y eso fue en la Escuela de Cine.

 Los festivales de más pedigrí exigen que tu obra no haya sido estrenada o exhibida previamente, lo que crea un problema adicional: ¿me arriesgo a apostar por un festival de clase A que equivale a darle la patada a la lata pero bien puede no aceptarme después de meses de espera, tiempo que podría aprovechar inscribiéndola en festivales de menor categoría y exigencia que se celebran más temprano en el año? Pero eso no es nada; más serio resulta que hoy la gran mayoría de los eventos cinematográficos de envergadura pone como requisito que la película sea exhibida en DCP. El DCP no es un formato comercial, un disco en el sentido en que lo son el Blu ray o el DVD, sino una estructura de almacenaje concebida para presentación en cines, sin compresión, grabada en un disco duro externo, que requiere un proyector específico. En Cuba no se hace, o mejor, ciertos especialistas pueden hacerlo pero no hay manera de probar el resultado, pues en todo el país no contamos con un solo proyector de DCP. La variante, entonces, es hacerlo fuera de Cuba… pagando, claro, los precios que se pagan fuera de Cuba.

Y luego está la publicidad. Puedes hacer un tráiler para la TV, un póster y un plegable, pero para la promoción más allá de las fronteras nacionales hace falta bastante más que eso: anunciar el producto en Internet, en revistas especializadas, conseguir sponsors, organizar giras promocionales, negociar con distribuidoras y salas de cine para que incluyan tu tráiler en el bloque correspondiente de su programación regular, etcétera. En un mundo ideal, todos tendríamos iguales oportunidades y sólo triunfaría el talento, y tu único problema sería si lo tienes o no. En la concreta, cualquier bodrio americano fácilmente olvidable cuenta con varios millones destinados a convencerte de que es un must see.

 Por si fuera poco, la piratería puede joder en veinticuatro horas lo que te ha tomado más de un año. En algunos casos se ha regado incluso una copia no terminada. Todo lo que hace falta es un funcionario o especialista corrupto en el ICAIC y voilá, tu película está en los bancos de video llenando los bolsillos de unos tipos que no van a pagarte siquiera un porcentaje porque, dato fascinante, vender discos quemados es una actividad legal en Cuba. Luego otro sapingo subirá la película a Youtube –a veces creyendo hacerte un favor– y el daño es completo: nadie va a comprar algo que puede obtener gratis. Sí, es cierto, prácticamente todo el cine que consumimos acá es gracias a ese mismo fenómeno. Y es que la piratería es como la peste a pata: sólo la tuya es agradable. 

 Con suerte, tu película es aceptada en el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano en diciembre, cónclave al que asisten representantes de otros festivales buscando obras interesantes, y con más suerte aún quién quita que escojan la tuya. Entonces sabes que el año próximo irás –o por lo menos tu obra– a uno, dos o tres eventos. Y si la suerte se ha hecho tu cortesana, puede hasta que consigas un premio.

 En una palabra, y parafraseando ese cartel de uso obligado en todas las oficinas, para ser cineasta en Cuba no hace falta estar loco, pero ayuda.

(17 de junio 2014)