Vinci tuvo su premiere el 13 de enero en el Chaplin, y se estrenó en todo el país el jueves 19. La asistencia del público ha sido moderada, lo que no me sorprende: es una película rara para el espectador cubano, que en su mayoría cree ir a ver un nuevo Nicanor, esta vez con Mentepollo. La crítica se ha mostrado básicamente elogiosa, con algunos reparos. Si todos objetaran lo mismo sería para preocuparse, pero no hay dos que se repitan. De hecho, es divertido ver cuán a menudo se contradicen. A continuación, algunos extractos de lo aparecido hasta ahora:
(…) Pensamientos y reflexiones de índole filosófica sobre la funcionalidad y sentido del arte; la debilidad y la sumisión del ser humano ante lo bello, y la posición del hombre como dador de utilidad a la ciencia, constituyen elementos discursivos que enriquecen las relaciones entre estos personajes, tan diferentes entre sí intelectualmente pero con vínculos ineludibles por su naturaleza humana.
La dramaturgia de la obra se construye a través de segmentos o actos visiblemente delimitados por el trabajo de la edición y la música del argentino Osvaldo Montes, esta última transformada en un personaje más que acentúa, acaso con demasiada grandilocuencia, las transiciones y escenas más notables.
El empleo excesivo de la elipsis temporal hace que se pierdan los puntos de giro de la historia, pues ocurren cambios de registro y de acciones de un segmento a otro sin saber cuáles fueron los motivos o situaciones que los generan.
La corta duración del filme puede afectar su fluidez, así como la profundidad con que se expone el proceso de interrelación entre los personajes. Sobre todo en el primer segmento, se vislumbra un acercamiento desde el lenguaje teatral, incluso en la proyección de los actores.
Uno de los mayores aciertos en el desempeño histriónico es la naturalidad en el empleo de los diálogos, pues a pesar de contener palabras y expresiones propias del castellano antiguo, o ajenas a la variante del español que usamos en la isla, no sonaron falsas o sobreactuadas. Manuel Romero otorga a su Luigi una inusitada candidez que contrasta con el tono sórdido y oscuro en el diseño de su personaje; mientras, el Piero de Carlos Gonzalvo representa el lado tragicómico y bufo.
Muy adecuada la fotogenia de Héctor Medina para representar la belleza y garbo de un Leonardo da Vinci post adolescente; la interpretación de este novel actor crece durante toda la historia, para hacerse dueño absoluto de su personaje en la segunda mitad; un aspecto interesante de su caracterización son los amaneramientos inspirados en Mick Jagger, que por momentos también nos hacen recordar a cierto pirata hollywoodense.
La dirección de fotografía de Alfredo Pérez Ureta (sic) es uno de los pilares de la producción. El acreedor del Premio Nacional de Cine en 2010 muestra una vez más su dominio del encuadre y de la luz, jugando constantemente con la ubicación de la cámara y la composición de los planos para sacar el mayor provecho a la única locación.
Ningún plano se repite y en cada momento se descubren nuevos micro mundos dentro de la celda que, en unión con los dibujos de Fabelo, la transforman en un territorio donde se rinde culto a la excelsitud del arte y a la grandeza del cuerpo humano.
Vinci tendrá su estreno oficial el 13 de enero de 2012, y desde ya se define como precursora de una tendencia hacia la ampliación de la diversidad en nuestro cine.
Las grandes películas de época que retratan hechos o personajes nacionales son necesarias y de innegable prioridad, pero no debemos olvidar que formamos parte de un mundo cuyo legado también nos pertenece.
Ernesto Manuel López (boletín ICAIC)
(…) Esto dos seres, regurgitados por la sociedad en la cárcel, gozan de una casi preciosista concepción visual e interpretativa por parte de la dirección artística y gracias a los propios actores, dotados de una sólida organicidad, que trasciende la resbaladiza neutralidad lexical del texto, sin vanos intentos frívolos por “parecer italianos”. Los roles son aprehendidos hasta el mismo tuétano, con un acertado énfasis en los códigos extraverbales de la gestualidad y la expresión facial. Tanto es así en el farsesco, pero visceral ladronzuelo de Gonzalvo, como en el cauteloso (y hasta elegante, por momentos) homicida de Romero. Contrasta con este explayamiento dramático, la tímida actuación de Medina, quien parece confundir la frivolidad con la contención y tras sus débiles procederes no delata contundentemente el magma latente de su genialidad.
Resentido queda, pero no fallido, este nuevo atajo que Eduardo del Llano traza para la cinematografía nacional, con esta intimista y minimal obra, que cuestiona tanto la omnipotencia del conocimiento y el arte, como la prevalencia del positivismo pragmático. «Si el arte y el conocimiento sirven para algo (…) ¡Por qué tu pájaro no vuela!», espeta Piero, en paroxismo climático, al aterrorizado Leonardo, luego de reivindicar lo tranquilo que estaba antes de aparecer en su vida este inquietante y esperanzador intelectual. La máquina que los iba a liberar, en la que todos trabajaron de conjunto, salvando jerarquías y castas, se quebró por un error de cálculo, símbolo de lo accidentado del camino hacia la verdad, imposible de abarcar en el primer intento. Piero compensaba hasta entonces la angustia, marcando más de una raya por día en la pared de la celda, esbozando una idea de mujer para autosatisfacerse y soportar.
El futuro diseñador del Hombre de Vitrubio les hizo entrever la libertad, la cual, más que el escape de la cárcel física, es clara apelación a la liberación de uno mismo, de la prisión simplista a la que los ignorantes se autocondenan. Pero los proscritos permanecen en ella, entreabierto el velo mas no trascendido, mientras el joven es liberado por no probársele la culpabilidad. Toda huella suya es borrada, por comando de un siniestro carcelero interpretado por Fernando Hechavarría. Terrible en su aparente bonanza con los presos, a quienes consigue aguardiente e higieniza las celdas, pues a la larga persigue una uniformidad libre de subversivas ideas y sus expresiones, en este caso los bosquejos realizados por Da Vinci en las ásperas paredes.
Sin llegar a hacer un intimista cine de autor, fundamentado en las relaciones humanas, a lo Hitchcock (Rope, 1948), Bergman (Persona, 1966), Mankiewicz (Sleuth, 1972), Tommy Lee Jones (Sunset Limited, 2010) e incluso Ureta (La guarida del topo, 2011), del Llano articula con Vinci un decoroso pero cauto discurso acerca del intelectual, pletórico de sugerentes símbolos y alegorías su real connotación dentro de la comunidad humana, la efectividad de las ideas contra la acción apenas razonada. Se delata además como un realizador enzarzado aún en dura búsqueda de su verdadera medida en el cine de este mundo. |
Antonio Enrique González Rojas (Esquife)
(…) En la transición de los duros y temerarios reos cautivados por la magia del arte desplegado por da Vinci, tiene la historia una dura prueba. El director la vence a medias, porque no siempre puede evitar que los subrayados didácticos de su filme de tesis se diluyan en la armonía de la historia.
Más claro: allí donde la sugerencia debió prevalecer, se ve demasiado la mano en querer demostrar.
Hermosa e ingeniosa a ratos, con la prueba de fuego de estar filmada en una sola locación y (en lo fundamental) con tres actores; además de tener encomiables fotografía, banda musical y ambientación, Vinci es de esos filmes que pensados como guion seducen y crean expectativas.
De ahí quizá que, plasmado ya en pantalla y como realización artística en general, se le pida un poco más.
Rolando Pérez Betancourt (Granma)
Me refiero a la singularidad de Vinci, entre otras razones, pensando en las características del personaje principal que eligió Del Llano. Infrecuentes resultan en nuestro cine las reflexiones sobre los grandes creadores universales, tal vez porque, discutiblemente, se ha decidido insistir en el localismo y la actualidad, o quizá algunos piensen que hablar sobre Leonardo y Miguel Ángel, Shakespeare y los Beatles, Cervantes y Buñuel, sea privilegio exclusivo que detentan italianos, británicos y españoles, además de Hollywood y la Disney, que decidieron hace años autotitularse como los grandes relatores de todas las historias nacionales y del patrimonio cultural universal.
Del Llano asume sin complejos tercermundistas de ningún tipo su visión personal sobre Leonardo y la Italia renacentista, e intenta retratar a un artista de 24 años, encarcelado con graves cargos de sodomía, y arrojado a un calabozo florentino, donde tiene que compartir el espacio con dos delincuentes comunes. El joven aprendiz del maestro Verrocchio solo tiene su arte para impresionar a los otros y obtener el respeto de sus rudos y lascivos compañeros de celda. El hecho de que la película ocurra en un período de juventud del genio, sugiere una metáfora generalizadora, o alusión más o menos velada, sobre conceptos de eterna relevancia como la incomprensión del artista, la intolerancia, la contradicción entre vulgaridad y altura.
Precisamente en esta contradicción o contraste entre lo común, chato, basto, brutal y prosaico, y la esfera del espíritu, la belleza, la creatividad, lo excepcional y la lógica más elevada, se localiza lo que a este cronista le parece el principal conflicto de esta trama bastante lineal, sencilla. Es en la defensa a toda costa de la segunda escala de valores antes mencionada que el filme estipula sus mejores lances, y vienen a la mente otros enfrentamientos de este tipo en la filmografía de Eduardo del Llano como guionista. Recuerdo el denuedo de la instructora de arte contra un medio adocenado y grotesco en Alicia en el pueblo de las maravillas; el empeño de los tres protagonistas de La vida es silbar por romper un cerco de vulgaridad y estulticia; las concesiones del intelectual interpretado por Luis Alberto García con tal de adaptarse a un contexto carnavalesco e hipócrita en Perfecto amor equivocado.
Por supuesto que la colisión entre lo común y lo excepcional (que también aparece en otras películas escritas por Del Llano como Hacerse el sueco, Kleines Tropicana y Lisanka, o en la decena de cortometrajes sobre el inconforme Nicanor) puede dar lugar a decenas de películas extraordinarias (…)
Vinci se apoya demasiado en las virtudes del diálogo, y coloca en boca de los personajes algunos textos cuya esencia filosófica, y propósito dramático, es demasiado fácil de discernir y asimilar. Entonces, aparecen en este o aquel momento de la bien urdida trama inflexiones hacia el verbalismo y la redundancia, por más que estemos prácticamente en la obligación de agradecerle a Del Llano su más que útil, inspiradora, apuesta a favor de la belleza, la inteligencia y el respecto a la diferencia, sobre todo en una época dominada por el reguetón, por ciertos hábitos marginales y por algunas manifestaciones de intolerancia, rapacería y egoísmo.
Por supuesto, que para sublimar el talento y la belleza muchas veces es preciso mostrar la miseria, y el medio hostil y mezquino, y en Vinci «los malos» lucen, por momentos, tan sobreactuados, que rozan la caricatura, o terminan redimidos con demasiada facilidad y presteza. Había que darle más tiempo y verismo a las transiciones, se imponía que el arte y la belleza triunfaran al final, por supuesto, pero para disfrutar a plenitud ese triunfo se necesitaba de mayores obstáculos e ignominias.
En una locación casi única, y con recursos mínimos en cuanto a la ambientación, el vestuario y la utilería, Del Llano y sus excelentes colaboradores —mención aparte para la hermosa música de Osvaldo Montes, la foto claustrofóbicamente lírica de Raúl Pérez Ureta, y la excelente apropiación de los primorosos dibujos realizados por Roberto Fabelo—, Vinci confía no solo en la potencialidad de los diálogos, sino también, y mucho, en la intencionalidad y talento de los intérpretes para reedificar ante nuestros ojos un Renacimiento bastante sombrío y convulso, todavía medievalista. Sus actores comunican con certeza y convicción las ideas del autor en torno al papel del artista en la sociedad, solo que la dirección de actores insiste en pintarnos un Leonardo cuya inspiración y suavidad se confunde con amanerada petulancia.
Luego de su elogiado descubrimiento mediante Boleto al paraíso, y la popularidad conquistada con la aventura televisiva Adrenalina 360, Héctor Medina asume con gran responsabilidad y entereza el papel del Leonardo juvenil, el creador absoluto, el genio por antonomasia, un hombre decidido a adelantarse a su época en todos los órdenes. A su lado, se destacan la sobriedad convincente de Manuel Romero, y la amplificación del énfasis con que fue dirigido Carlos Gonzalvo, sin olvidar las breves y significativas apariciones de Fernando Hechavarría.
Los cuatro actores logran comunicar la esencia de una época de ignorancia y oscuridad que muchas veces socavó al artista, pero que también contribuyó a mejorar su obra. Porque cuando el reo trastornado por la envidia, el encierro y la concupiscencia le grita a Leonardo que nunca llegará a nada ni será alguien, al espectador apenas le queda otra salida que sonreír con el delirio del pobre imbécil, aferrado a la balaustrada de sus instintos bestiales.
Porque cualquier espectador puede compartir el convencimiento de Leonardo respecto a que el amor a la belleza puede embellecer los grises muros de la vulgaridad, y conferir poderosas alas para escapar a la prisión de la grosería. Y si también estamos de acuerdo con el pintor en que «el placer más noble es el júbilo de comprender», entonces habrá que afirmar que Vinci es una película cuya comprensión provoca una sensación de placer muy cercana al júbilo.
Joel del Río (Juventud Rebelde)
A Eduardo del Llano, guionista (Alicia en el pueblo de maravillas, Madrigal… ), y realizador (la polémica serie de cortos en torno a su criatura “Nicanor”) que ahora une ambas facetas en su primer mediometraje de ficción: Vinci (2011) –estreno en La Habana esta misma semana- le interesaba más que un acercamiento global a la cimera figura del Renacimiento, una visita a su etapa juvenil cuando, con apenas 24 años, aprendiz del maestro Verrochio, conoció una breve estancia en la cárcel acusado de sodomía.
Y todavía estrechando más el marco, en vez de un intento de “biopic”, el cineasta toma de pretexto la convivencia del muchacho, -artista en ciernes- con dos malhechores en una sucia y estrecha celda, para reflexionar un tanto acerca del arte, la libertad, las relaciones humanas y varios temas que no por abordados, dejan de poseer aristas siempre novedosas. Y claro que, ubicado en tiempo (1476, la primera y sombría etapa de ese período tenido por luminoso para el pensamiento y las artes) y espacio (Florencia) salta a la vez por encima de estos para llegar a aquí y ahora.
Los dibujos que plasma en la pared (un habilidoso Fabelo imitando al bisoño, pero ya avispado Leonardo), las conversaciones con sus compañeros de prisión y los intentos por, mientras sobrevive en tan duras condiciones, crear un mecanismo destinado a romper los barrotes para una posible fuga –no olvidemos que el artista sería también un matemático y científico respetables- dan médula a los 60 minutos de Vinci, film que desde el minimalismo de su propuesta escénica propone una sugerente ars poética a la vez que un sondeo filo-ontológico que en circunstancias como las que envuelven a los protagonistas (encerrados, hambrientos, sucios, carentes…) asume peculiaridades bien singulares.
Si apartamos ciertos lugares comunes –uno de los presidiarios abocado a la lujuria y la violencia, la polarización a ratos esquemática de los puntos de vista manejados -, Del Llano ha conseguido interesantes contrapuntos entre los personajes, incluyendo ese carcelero ambiguo y sinuoso que magistralmente asume Fernando Hechavarría. Y lo que dice, callan y sugieren en torno a los temas abordados resulta casi siempre motivador y polémico.
En tanto la puesta, choca un tanto la impronta televisiva que en términos generales impera, lo cual no tiene exactamente que ver con la limitación espacial (baste evocar cintas de ambiente y temática semejantes como El beso de la mujer araña, de Héctor Babenco) y que empobrece un tanto la imagen general, algo que de cualquier manera eleva hasta donde es posible la lente sutil y escrutadora del maestro Pérez Ureta.
Pero si hay un rubro excepcional es la música del argentino Osvaldo Montes (El lado oscuro del corazón) , la cual ha captado la majestuosidad y belleza de ese período en que se enmarca el relato- el Renacimiento- sin privarla sin embargo de ciertas adiciones contemporáneamente latinas; las inserciones de la “flauta dulce” en medio de un discurso de cuerdas que protagoniza el emblemático órgano, por ejemplo, ilustran a la perfección tal hallazgo; sin embargo, en los momentos finales, con el intento de escape, el excesivo protagonismo del discurso sonoro satura un tanto la atmósfera dramática.
Otro señalamiento iría a cierto gazapo en el lenguaje durante esas escenas que enmarcan el desenlace; mientras durante todo el relato se establece saludablemente una norma más o menos internacional del castellano, libre de arcaísmos pero también de modernizaciones y localismos, al final la entrada de formas pertenecientes al español antiguo genera cierta entropía en este ítem. La dirección de arte (Carlos Urdanivia) , el maquillaje (Magaly Pompa) y el vestuario (Miriam Dueñas) clasifican también como categorías logradas desde su sencillez aparente.
Las actuaciones son muy notables- ya nos referíamos al secundario de Hechavarría-: Héctor Medina (Boleto al paraíso) logra un acertado contrapunto entre languidez y convicción, entre delicadeza y autenticidad ; entendió a la perfección el concepto directriz de que la ambigüedad sexual que la referencia anecdótica sugiere, no interfiriera para nada en las cuestiones mucho más generales e importantes que se debaten durante el tiempo fílmico –de más está decir que no se aclara nada a este respecto, ni falta que hacía.
Carlos Gonzalvo (El premio flaco) y Manuel Romero son dos caras de la marginalidad que sus intérpretes conducen matizadamente; instintivo y visceral el primero, más sensible y aprehensivo el segundo, se enfrentan a la irrupción –revolucionaria en sus vidas- del genio en ciernes que les conduce por senderos inéditos de su triste existencia.
Vinci resulta, entonces, limitaciones a un lado, un convincente acercamiento a temas y problemas que nos conciernen, y otro voto de confianza a la, sin dudas, fructífera carrera fílmica de Eduardo del Llano.
Frank Padrón (Noticine)