TROVADORES

Posted: 20-02-2012 in Sin categoría

 

 El viernes 17 fui a la Casa de las Américas al lanzamiento del libro Trovadores de la Herejía, escrito por Fidel Díaz y Bladimir Zamora y dedicado a Frank Delgado, Carlos Varela, Gerardo Alfonso y Santiago Feliú. La idea era cerrar con un concierto de los cuatro, pero Santiago estaba de viaje y Frank tenía otro compromiso, así que al final tocaron Carlos y Gerardo.

 En el verano de 1985, nerviosos como fotógrafos que van a retratar su primer desnudo, los cuatro NOS-Y-OTROS de entonces nos subimos al escenario del Guiñol con aquellos trovadores casi desconocidos. Presentados poco antes por un amigo común, nos caímos bien, aunque a mi padre por poco le da un infarto cuando sus cabezas hirsutas, que hacían parecer mi modesta melena poco más que un pelado militar, se presentaron al unísono en mi casa para armar la escaleta del espectáculo que haríamos juntos: ellos, tres o cuatro canciones por cabeza, nosotros algunos textos que les habían gustado especialmente. En realidad, nos prestaron su breve e incondicional horda de seguidores -nosotros llevábamos algo más de un año publicando pero nunca habíamos leído en público, mucho menos en un ámbito teatral- quienes asumieron, supongo, que si sus ídolos nos consideraban buenos, probablemente lo seríamos. Fue Frank quien, tiempo después, habló en nuestro favor con el director de la Casa del Joven Creador para que estableciéramos allí nuestros fueros, y así ocurrió: tuvimos una peña mensual durante los dos años siguientes.

 En esa época, un sábado por la noche podías encontrar en la Casa del Joven Creador a trovadores y poetas que serían leyenda: además de los Cuatro, Donato y Roberto Poveda, Alberto Tosca, Xiomara Laugart, Kiki Corona, Iván Latour, Ramón Fernández Larrea… asistir al estreno de futuros clásicos, a dúos irrepetibles, a improvisaciones geniales. Y después, a seguir la descarga por ahí. Tengo una grabación inédita de los Cuatro en la CJC, el 18 de enero de 1986. Frank canta, entre otras, Orden del día, que según me ha dicho justo estrenaba, y María flaca; Gerardo, Spiritual y Amiga mía; Carlos La osa menor y El viejo; Santiago Luna rota y Por cuántos lados hay que defender la paz. En la grabación, como casi siempre en escena, los Cuatro se acompañaban, se hacían armonías; aunque los estilos individuales ya despuntaban, juntos hacían magia.

 Esas canciones me hablaban, y aún más, hablaban por mí mejor de lo que yo podría hacerlo nunca. Ahí estaban la ingenuidad y la esperanza, el desencanto, la fe y la rebeldía; ahí gente que hacía canciones desoyendo las fórmulas del éxito, que no rechazaba la publicación, la fama y el dinero, siempre que les llegaran por hacer lo suyo, por decir lo que pensaban sin importar el riesgo. La herejía como blasón, más o menos lo mismo que los GNYO empezábamos a asumir intuitivamente –credo, desde siempre, el más artístico que imaginar se pueda- y que trabajar con ellos nos mostró definitivamente como sendero, como actitud vital.

 Con las intermitencias lógicas, la amistad y la conexión se han mantenido durante todos estos años. Por eso cada vez que miro alrededor buscando gente que comparta mis puntos de vista, encuentro un puñado de sobrevivientes de mi generación, los encuentro a ellos. Por eso también quise que, si no en una grabación oficial, estuvieran juntos en mi Decálogo de Nicanor: en los cuatro primeros cortos, cada uno de ellos hace una versión del tema, compuesto originalmente por Frank (e incluido, por cierto, en el libro de marras).

 Y el concierto del 17… bueno, además de la maravilla de escuchar de nuevo esas canciones, pulidas y más sabias, estar allí me permitió reencontrar socios de esa época, y también gente nueva. Muchos no están aquí, muchos se cansaron, pero había gente nueva. No tanta como en otras épocas, pero más de una amiga de entonces apareció con su hija adolescente que se sabía de memoria las canciones. Y eso es de pinga, queridos amiguitos.

LA UNIDAD

Posted: 16-02-2012 in Sin categoría

 Hay que estar unidos frente al enemigo. Tenemos que ser un pueblo unido para hacer la Revolución.

 A ver, analicemos eso. El reclamo de unión y la unión misma tienen sentido en el contexto de una trinchera: hay que hacer caso a los jefes sin discutir, ningún ejército puede ser democrático. La unión también es clave para obtener la independencia de una metrópoli o para que los miembros de una clase o grupo social consigan un poco de justicia. Veo lógica la alianza, la mancomunidad de países con determinadas posiciones afines.

 El llamado a la unidad en torno a un núcleo que asegura saber lo que está haciendo resulta más difícil de justificar cuando se hace a toda la ciudadanía en una situación relativamente normal, de vida cotidiana. Unidad entonces significa callarse desacuerdos –dentro o fuera del status quo- para no dar armas al enemigo. En consecuencia, significa también la hibernación del estado de cosas imperante. Y, desde luego, implica estar unido a gente a la que uno desearía no tener que unirse nunca.

 Recuerdo a Fidel, en algún discurso, rechazando el concepto de un pueblo desunido, atomizado. Desde mi punto de vista, a un montón de países atomizados parece irles bastante mejor que a nosotros. De hecho, lo que yo rechazo es el concepto de un pueblo artificialmente unido durante varias generaciones. Más allá de algunas obviedades –nacionalidad, lengua, filiaciones deportivas- hay bastante poco en común entre la cosmovisión de un dirigente de cierto nivel, un cantante y un taxista particular. Esas diferencias se anulan en una trinchera, donde el soldado a tu lado puede ser, de civil, un científico, el otro un ejecutivo y el de más allá un vendedor de pizzas caseras, pero son visibles y tienden a crecer en tiempo de paz. Por jodidos que sean los tiempos de paz, no se les puede concebir con la lógica de la trinchera, entre otras cosas porque tampoco son igual de jodidos para todos. Claro que muchos dirigentes, ejecutivos y taxistas compartirán determinada posición política, pero no todos los dirigentes, todos los ejecutivos y todos los taxistas.

 Un país es una convención sostenida sobre un mínimo de reglas y contratos. Es, y debe ser, diverso, variopinto y contradictorio. En Martín H, el personaje de Federico Luppi preguntaba a su hijo algo como esto: ¿qué tiene en común conmigo el tipo que vive en la otra cuadra, en una ciudad del interior? O, si nos vamos al viejo cuento, en verdad existe el Lobo, y puede asomar su oreja peluda y entonces habrá que defenderse y expulsarlo, pero entretanto el número de pastores, harto de vivir entre privaciones y con los nervios tensos, se ha reducido a la mitad.

 Después de todo este tiempo, la gente está más desunida que nunca a nivel de barrio, a nivel de empresa, incluso a nivel familiar. Desunidos en criterio político, desunidos en aspiraciones y porcentajes de fe. No se trata de hacer oficial el sálvese quien pueda, sino de revisar una retórica hueca y al vacío. No de regañar al pueblo, sino de ofrecerle un país atractivo.

COREA DEL NORTE

Posted: 08-02-2012 in Sin categoría

 Mi padre estuvo una vez allá. Me contó que, entre muchos otros sitios relacionados con la figura del Gran Líder, lo llevaron a la tumba del abuelo de Kim Il Sung… un campesino cuyo único mérito revolucionario fue, justamente, ser el abuelo del tipo. Transmitir su preclara simiente le valió un mausoleo que avergonzaría a Luis XIV.

 En la Universidad, allá por los tempranos 80, teníamos el chiste de que el Gran Líder se llamaba Kill Him Soon y tenía dos hijos, Kim Zong Il y Parkin Zon Il. Fue también en esa época que escuché del escándalo que armó un estudiante norcoreano en la beca de 12 y Malecón porque alguien, al limpiarse el culo con un periódico, favoreció criminalmente el área concreta en que aparecía una foto del Gran Líder (más o menos la misma que decoraba el consabido sellito de que era celoso propietario) dejando luego la prueba del crimen a la vista de todos… es decir, de todos los que no tuvieran nada mejor que hacer que husmear en el cubito de los papeles cagados. Recuerdo haberme preguntado cómo habría descubierto el intransigente que lo que había bajo la mierda era un retrato de Kim Il Sung y no, pongamos por caso, de Richard Nixon. Supongo que una faena no muy distinta a la del arqueólogo que le quita el polvo al maxilar de un Homo Erectus le haya permitido poner el dedo en la llaga.

 Cuando hacía mi servicio social en la Dirección de Aficionados del Ministerio de Cultura, allá por 1987, en una ocasión tuve que ir a Nueva Gerona a cubrir el Festival de la Toronja o algún evento parecido. Nos alojaron en las instalaciones de un Preuniversitario prefabricado; un Preuniversitario para estudiantes norcoreanos, centenares de adolescentes devotos a la idea Suche, todos con sus puñeteros sellitos prendidos en la camisa. A ver, insisto en que era un Pre, de manera que los educandos andarían por los dieciséis o diecisiete años. Bueno, la primera noche que pasé ahí los chicos disfrutaron, a guisa de recreación, de un documental sobre su amada y lejana Patria, que los huéspedes nativos nos sonamos estoicamente, y que arrancó en ellos espontáneos ramalazos de aplausos. Luego, afuera, en vez de irse en parejas a sitios oscuros a apretar como Dios manda, se ponían en círculos a practicar juegos de manos no muy distintos a los que las niñas de primaria cubanas iniciaban con el conteo “Seis, seis, seis” (que ahora descubro debía ser una invocación a la Bestia).

 Daniel Díaz Torres me contó que en Pyongyang le regalaron un tesoro literario firmado por el Kim menos viejo y titulado El arte cinematográfico, con instrucciones minuciosas acerca de cómo concebir, escribir, producir, filmar, editar, mezclar, en fin, cómo hacer una película correcta, cuya versión en inglés tuvo la imprudencia de mirar con curiosidad el primer día; a la mañana siguiente le entregaron, forradito y virgen, tan docto tratado vertido al castellano. Eso trae a mi memoria el inmortal bocadillo en una película norcoreana, pronunciado por un contrarrevolucionario aterrorizado: ¡Huyamos como ratas, que ahí se acerca el invencible Ejército Rojo! Como para traducirlo al latín e incluirlo en las páginas rosadas del Larousse, digo yo.

 En los países socialistas europeos, con todo y la represión, debió haber momentos divertidos. Incluso momentos en que el estado de cosas dominante parecería tener sentido. En China se sabe de matanzas abominables y encarcelamiento de disidentes, pero al menos la economía prospera y los dragones tienen colores. Pero coño, es que en Corea del Norte todo es gris, la ropa es negra y gris y parece diseñada por el modisto de San Francisco de Asís. La arquitectura es gris, la vida negra, el control omnímodo. Si alguna noticia llega de allá es invariablemente una hambruna o el fracaso de una ronda de negociaciones. Y nadie va a olvidar fácilmente la coreografía del pueblo lamentando la muerte de Kim Zong Il: millares de personas vestidas en tonos oscuros, con un codo sobre la rodilla y la barbilla sobre el puño correspondiente, haciendo ostentación pública y uniforme de su dolor. Un sentimiento humano repartido entre una marejada de robots.

 

LOS RODRÍGUEZ

Posted: 01-02-2012 in Sin categoría

Alfredo y Osvaldo fueron arquetipos del kitsch musical durante cosa de tres décadas. El primero, en la arena romántica; el segundo en cualquier terreno, aunque fue prácticamente imbatible en la canción política.

 Contra lo que puedan sugerir esas líneas de arrancada, los recuerdo con algo muy parecido a la admiración. Ay, que me encapricho, Sagitario… Se requiere talento para pergeñar versos a la altura de estos de Alfredito:

 

 Buena persona, buena persona

 Que se respire parejo, que el aire huela a buena persona

 

 No podría estar más de acuerdo. La invitación a respirar parejo me sugiere la curiosa imagen de multitudes en concertación inhalando precisos volúmenes de aire a una señal autoritaria, aunque supongo que es mi culpa no entender nada. En cambio, si no es fácil ver o escuchar a las buenas personas, olerlas resulta desde luego compensatorio. Y si la buena persona se ha rociado un buen perfume francés, mejor.

 Osvaldo era mejor músico, qué duda cabe, con una respetable carrera marcada por la tímbrica del rock. Algunos de sus temas con los 5 u 4 fueron himnos absolutos, melodías pegajosas con textos de regusto vagamente surrealista, como Se me perdió el bastón o Son cosas que se me ocurren. Pero luego, en solitario, se superó a sí mismo. La Canción del XX aniversario consigue empotrar en verso todos los clichés políticos al uso, y eso es mucho decir. Fue muy popular con temas como Enhorabuena, San Nicolás, El amor se acaba, Canción a mi compañera; en esta última nos regala

 

 Hablamos del trabajo cotidiano

 Muy juntos y tomados de la mano

 Admiro tu carácter bello y sano

 

 el cuarto verso bien pudiera ser y a tu lado me siento un enano.

 A Alfredito lo adoraban las mujeres, en especial las de cierta edad, que veían en él al galán correcto y sacarínico, sucedáneo de cantantes intensos como Aznavour, Dyango, Leonardo Fabio o Julio Iglesias; Osvaldo era un favorito de las autoridades, un ciego talentoso que cantaba cosas comprensibles y comprometidas. En cotarros intelectuales era inevitable hacer bromas a su costa, pero ahora mismo puedo recordar una decena de canciones de cada uno, y atesoro dos CDs de Osvaldo en mi ordenador.

 Silvio y Pablo tenían su propio público, a los trovadores los pasaban en la radio a veces nada más, el rock era una criatura extraña, el jazz materia de festivales… Era el pop quien dominaba la palestra, y durante varias décadas los Rodríguez reinaron en el pop cubano, junto a una realeza que nos regaló una joyita tras otra; Siempre internacionalistas o Heridas por Annia Linares, las versiones de Maggie y Luis, los dúos de Mirtha Medina… those were the days, my friend.

DOSSIER VINCI 3

Posted: 27-01-2012 in Sin categoría

                        

                    

 Vinci tuvo su premiere el 13 de enero en el Chaplin, y se estrenó en todo el país el jueves 19. La asistencia del público ha sido moderada, lo que no me sorprende: es una película rara para el espectador cubano, que en su mayoría cree ir a ver un nuevo Nicanor, esta vez con Mentepollo. La crítica se ha mostrado básicamente elogiosa, con algunos reparos. Si todos objetaran lo mismo sería para preocuparse, pero no hay dos que se repitan. De hecho, es divertido ver cuán a menudo se contradicen. A continuación, algunos extractos de lo aparecido hasta ahora:

 (…) Pensamientos y reflexiones de índole filosófica sobre la funcionalidad y sentido del arte; la debilidad y la sumisión del ser humano ante lo bello, y la posición del hombre como dador de utilidad a la ciencia, constituyen elementos discursivos que enriquecen las relaciones entre estos personajes, tan diferentes entre sí intelectualmente pero con vínculos ineludibles por su naturaleza humana.

 La  dramaturgia de la obra se construye a través de segmentos o actos visiblemente delimitados por el trabajo de la edición y la música del argentino Osvaldo Montes, esta última transformada en un personaje más que acentúa, acaso con demasiada grandilocuencia, las transiciones y escenas más notables.

 El empleo excesivo de la elipsis temporal hace que se pierdan los puntos de giro de la historia, pues ocurren cambios de registro y de acciones  de un segmento a otro sin saber cuáles fueron los motivos o situaciones que los generan.

 La corta duración del filme puede afectar su fluidez, así como la profundidad con que se expone el proceso de interrelación  entre los personajes. Sobre todo en el primer segmento, se vislumbra un acercamiento desde el lenguaje teatral, incluso en la proyección de los actores.

 Uno de los mayores aciertos en el desempeño histriónico es la naturalidad en el empleo de los diálogos, pues a pesar de contener palabras y expresiones propias del castellano antiguo, o ajenas a la variante del español que usamos en la isla, no sonaron falsas o sobreactuadas. Manuel Romero otorga a su Luigi una inusitada candidez que contrasta con el tono sórdido y oscuro en el diseño de su personaje; mientras, el Piero de Carlos Gonzalvo representa el lado tragicómico y bufo.

Muy adecuada la fotogenia de Héctor Medina para representar la belleza y garbo de un Leonardo da Vinci post adolescente; la interpretación de este novel actor crece durante toda la historia, para hacerse dueño absoluto de su personaje en la segunda mitad; un aspecto interesante de su caracterización son los amaneramientos inspirados en Mick Jagger, que por momentos también nos hacen recordar a cierto pirata hollywoodense.

 La dirección de fotografía de Alfredo Pérez Ureta (sic) es uno de los pilares de la producción. El acreedor del Premio Nacional de Cine en 2010 muestra una vez más su dominio del encuadre y de la luz, jugando constantemente con la ubicación de la cámara y la composición de los planos para sacar el mayor provecho a la única locación.

 Ningún plano se repite y en cada momento se descubren nuevos micro mundos dentro de la celda que, en unión con los dibujos de Fabelo, la transforman en un territorio donde se rinde culto a la excelsitud del arte y a la grandeza del cuerpo humano.

 Vinci tendrá su estreno oficial el 13 de enero de 2012, y desde ya se define como precursora de una tendencia hacia la ampliación de la diversidad en nuestro cine.

 Las grandes películas de época que retratan hechos o personajes nacionales son necesarias y de innegable prioridad, pero no debemos olvidar que formamos parte de un mundo cuyo legado también nos pertenece.

                                                      Ernesto Manuel López (boletín ICAIC)

 

 (…) Esto dos seres, regurgitados por la sociedad en la cárcel, gozan de una casi preciosista concepción visual e interpretativa por parte de la dirección artística y gracias a los propios actores, dotados de una sólida organicidad, que trasciende la resbaladiza neutralidad lexical del texto, sin vanos intentos frívolos por “parecer italianos”. Los roles son aprehendidos hasta el mismo tuétano, con un acertado énfasis en los códigos extraverbales de la gestualidad y la expresión facial. Tanto es así en el farsesco, pero visceral ladronzuelo de Gonzalvo, como en el cauteloso (y hasta elegante, por momentos) homicida de Romero. Contrasta con este explayamiento dramático, la tímida actuación de Medina, quien parece confundir la frivolidad con la contención y tras sus débiles procederes no delata contundentemente el magma latente de su genialidad.
 Resentido queda, pero no fallido, este nuevo atajo que Eduardo del Llano traza para la cinematografía nacional, con esta intimista y minimal obra, que cuestiona tanto la omnipotencia del conocimiento y el arte, como la prevalencia del positivismo pragmático. «Si el arte y el conocimiento sirven para algo (…) ¡Por qué tu pájaro no vuela!», espeta Piero, en paroxismo climático, al aterrorizado Leonardo, luego de reivindicar lo tranquilo que estaba antes de aparecer en su vida este inquietante y esperanzador intelectual. La máquina que los iba a liberar, en la que todos trabajaron de conjunto, salvando jerarquías y castas, se quebró por un error de cálculo, símbolo de lo accidentado del camino hacia la verdad, imposible de abarcar en el primer intento. Piero compensaba hasta entonces la angustia, marcando más de una raya por día en la pared de la celda, esbozando una idea de mujer para autosatisfacerse y soportar.
 El futuro diseñador del Hombre de Vitrubio les hizo entrever la libertad, la cual, más que el escape de la cárcel física, es clara apelación a la liberación de uno mismo, de la prisión simplista a la que los ignorantes se autocondenan. Pero los proscritos permanecen en ella, entreabierto el velo mas no trascendido, mientras el joven es liberado por no probársele la culpabilidad. Toda huella suya es borrada, por comando de un siniestro carcelero interpretado por Fernando Hechavarría. Terrible en su aparente bonanza con los presos, a quienes consigue aguardiente e higieniza las celdas, pues a la larga persigue una uniformidad libre de subversivas ideas y sus expresiones, en este caso los bosquejos realizados por Da Vinci en las ásperas paredes.
 Sin llegar a hacer un intimista cine de autor, fundamentado en las relaciones humanas, a lo Hitchcock (Rope, 1948), Bergman (Persona, 1966), Mankiewicz (Sleuth, 1972), Tommy Lee Jones (Sunset Limited, 2010) e incluso Ureta (La guarida del topo, 2011), del Llano articula con Vinci un decoroso pero cauto discurso acerca del intelectual, pletórico de sugerentes símbolos y alegorías su real connotación dentro de la comunidad humana, la efectividad de las ideas contra la acción apenas razonada. Se delata además como un realizador enzarzado aún en dura búsqueda de su verdadera medida en el cine de este mundo.

                                          Antonio Enrique González Rojas (Esquife)

 

 (…) En la transición de los duros y temerarios reos cautivados por la magia del arte desplegado por da Vinci, tiene la historia una dura prueba. El director la vence a medias, porque no siempre puede evitar que los subrayados didácticos de su filme de tesis se diluyan en la armonía de la historia.

 Más claro: allí donde la sugerencia debió prevalecer, se ve demasiado la mano en querer demostrar.

 Hermosa e ingeniosa a ratos, con la prueba de fuego de estar filmada en una sola locación y (en lo fundamental) con tres actores; además de tener encomiables fotografía, banda musical y ambientación, Vinci es de esos filmes que pensados como guion seducen y crean expectativas.

 De ahí quizá que, plasmado ya en pantalla y como realización artística en general, se le pida un poco más.

                                                     Rolando Pérez Betancourt (Granma)

 

 Me refiero a la singularidad de Vinci, entre otras razones, pensando en las características del personaje principal que eligió Del Llano. Infrecuentes resultan en nuestro cine las reflexiones sobre los grandes creadores universales, tal vez porque, discutiblemente, se ha decidido insistir en el localismo y la actualidad, o quizá algunos piensen que hablar sobre Leonardo y Miguel Ángel, Shakespeare y los Beatles, Cervantes y Buñuel, sea privilegio exclusivo que detentan italianos, británicos y españoles, además de Hollywood y la Disney, que decidieron hace años autotitularse como los grandes relatores de todas las historias nacionales y del patrimonio cultural universal.

 Del Llano asume sin complejos tercermundistas de ningún tipo su visión personal sobre Leonardo y la Italia renacentista, e intenta retratar a un artista de 24 años, encarcelado con graves cargos de sodomía, y arrojado a un calabozo florentino, donde tiene que compartir el espacio con dos delincuentes comunes. El joven aprendiz del maestro Verrocchio solo tiene su arte para impresionar a los otros y obtener el respeto de sus rudos y lascivos compañeros de celda. El hecho de que la película ocurra en un período de juventud del genio, sugiere una metáfora generalizadora, o alusión más o menos velada, sobre conceptos de eterna relevancia como la incomprensión del artista, la intolerancia, la contradicción entre vulgaridad y altura.

 Precisamente en esta contradicción o contraste entre lo común, chato, basto, brutal y prosaico, y la esfera del espíritu, la belleza, la creatividad, lo excepcional y la lógica más elevada, se localiza lo que a este cronista le parece el principal conflicto de esta trama bastante lineal, sencilla. Es en la defensa a toda costa de la segunda escala de valores antes mencionada que el filme estipula sus mejores lances, y vienen a la mente otros enfrentamientos de este tipo en la filmografía de Eduardo del Llano como guionista. Recuerdo el denuedo de la instructora de arte contra un medio adocenado y grotesco en Alicia en el pueblo de las maravillas; el empeño de los tres protagonistas de La vida es silbar por romper un cerco de vulgaridad y estulticia; las concesiones del intelectual interpretado por Luis Alberto García con tal de adaptarse a un contexto carnavalesco e hipócrita en Perfecto amor equivocado.

 Por supuesto que la colisión entre lo común y lo excepcional (que también aparece en otras películas escritas por Del Llano como Hacerse el sueco, Kleines Tropicana y Lisanka, o en la decena de cortometrajes sobre el inconforme Nicanor) puede dar lugar a decenas de películas extraordinarias (…)

 Vinci se apoya demasiado en las virtudes del diálogo, y coloca en boca de los personajes algunos textos cuya esencia filosófica, y propósito dramático, es demasiado fácil de discernir y asimilar. Entonces, aparecen en este o aquel momento de la bien urdida trama inflexiones hacia el verbalismo y la redundancia, por más que estemos prácticamente en la obligación de agradecerle a Del Llano su más que útil, inspiradora, apuesta a favor de la belleza, la inteligencia y el respecto a la diferencia, sobre todo en una época dominada por el reguetón, por ciertos hábitos marginales y por algunas manifestaciones de intolerancia, rapacería y egoísmo.

 Por supuesto, que para sublimar el talento y la belleza muchas veces es preciso mostrar la miseria, y el medio hostil y mezquino, y en Vinci «los malos» lucen, por momentos, tan sobreactuados, que rozan la caricatura, o terminan redimidos con demasiada facilidad y presteza. Había que darle más tiempo y verismo a las transiciones, se imponía que el arte y la belleza triunfaran al final, por supuesto, pero para disfrutar a plenitud ese triunfo se necesitaba de mayores obstáculos e ignominias.

 En una locación casi única, y con recursos mínimos en cuanto a la ambientación, el vestuario y la utilería, Del Llano y sus excelentes colaboradores —mención aparte para la hermosa música de Osvaldo Montes, la foto claustrofóbicamente lírica de Raúl Pérez Ureta, y la excelente apropiación de los primorosos dibujos realizados por Roberto Fabelo—, Vinci confía no solo en la potencialidad de los diálogos, sino también, y mucho, en la intencionalidad y talento de los intérpretes para reedificar ante nuestros ojos un Renacimiento bastante sombrío y convulso, todavía medievalista. Sus actores comunican con certeza y convicción las ideas del autor en torno al papel del artista en la sociedad, solo que la dirección de actores insiste en pintarnos un Leonardo cuya inspiración y suavidad se confunde con amanerada petulancia.

Luego de su elogiado descubrimiento mediante Boleto al paraíso, y la popularidad conquistada con la aventura televisiva Adrenalina 360, Héctor Medina asume con gran responsabilidad y entereza el papel del Leonardo juvenil, el creador absoluto, el genio por antonomasia, un hombre decidido a adelantarse a su época en todos los órdenes. A su lado, se destacan la sobriedad convincente de Manuel Romero, y la amplificación del énfasis con que fue dirigido Carlos Gonzalvo, sin olvidar las breves y significativas apariciones de Fernando Hechavarría.

 Los cuatro actores logran comunicar la esencia de una época de ignorancia y oscuridad que muchas veces socavó al artista, pero que también contribuyó a mejorar su obra. Porque cuando el reo trastornado por la envidia, el encierro y la concupiscencia le grita a Leonardo que nunca llegará a nada ni será alguien, al espectador apenas le queda otra salida que sonreír con el delirio del pobre imbécil, aferrado a la balaustrada de sus instintos bestiales.

 Porque cualquier espectador puede compartir el convencimiento de Leonardo respecto a que el amor a la belleza puede embellecer los grises muros de la vulgaridad, y conferir poderosas alas para escapar a la prisión de la grosería. Y si también estamos de acuerdo con el pintor en que «el placer más noble es el júbilo de comprender», entonces habrá que afirmar que Vinci es una película cuya comprensión provoca una sensación de placer muy cercana al júbilo.

                                                        Joel del Río (Juventud Rebelde)

A Eduardo del Llano, guionista (Alicia en el pueblo de maravillas, Madrigal… ), y realizador (la polémica serie de cortos en torno a su criatura “Nicanor”) que ahora une ambas facetas en su primer mediometraje de ficción: Vinci (2011) –estreno en La Habana esta misma semana- le interesaba más que un acercamiento global a la cimera figura del Renacimiento, una visita a su etapa juvenil cuando, con apenas 24 años, aprendiz del maestro Verrochio,  conoció una breve estancia en la cárcel acusado de sodomía.
 Y todavía estrechando más el marco, en vez de un intento de “biopic”, el cineasta toma de pretexto la convivencia del muchacho, -artista en ciernes- con dos malhechores en una sucia y estrecha  celda, para reflexionar un tanto acerca del arte, la libertad, las relaciones humanas y varios temas que no por abordados, dejan de poseer aristas siempre novedosas. Y claro que, ubicado en tiempo (1476, la primera y sombría etapa de ese período tenido por luminoso para el pensamiento y las artes) y espacio (Florencia) salta a la vez por encima de estos para llegar a aquí y ahora.
 Los dibujos que plasma en la pared (un habilidoso Fabelo imitando al bisoño, pero ya avispado Leonardo), las conversaciones con sus compañeros de prisión y los intentos por, mientras sobrevive en tan duras condiciones, crear un mecanismo destinado a romper los barrotes para una posible fuga –no olvidemos que el artista sería también un matemático y científico respetables- dan médula a los 60 minutos de Vinci, film que desde el minimalismo de su propuesta escénica propone una sugerente ars poética a la vez que un sondeo filo-ontológico que en circunstancias como las que envuelven a los protagonistas (encerrados, hambrientos, sucios, carentes…) asume peculiaridades bien singulares.
 Si apartamos ciertos lugares comunes –uno de los presidiarios abocado a la lujuria y la violencia, la polarización a ratos esquemática de los puntos de vista manejados -, Del Llano ha conseguido interesantes contrapuntos entre los personajes, incluyendo ese carcelero ambiguo y sinuoso que magistralmente asume Fernando Hechavarría. Y lo que dice, callan y sugieren en torno a los temas abordados resulta casi siempre motivador y polémico.

 En tanto la puesta, choca un tanto la impronta televisiva que en términos generales impera, lo cual no tiene exactamente que ver con la limitación espacial (baste evocar cintas de ambiente y temática semejantes como El beso de la mujer araña, de Héctor Babenco) y que empobrece un tanto la imagen general, algo que de cualquier manera eleva hasta donde es posible la lente sutil y escrutadora del maestro Pérez Ureta.
 Pero si hay un rubro excepcional es la música del argentino Osvaldo Montes (El lado oscuro del corazón) , la cual ha captado la majestuosidad y belleza de ese período en que se enmarca el relato- el Renacimiento- sin privarla sin embargo de ciertas adiciones contemporáneamente latinas; las inserciones de la “flauta dulce” en medio de un discurso de cuerdas que protagoniza el emblemático órgano, por ejemplo, ilustran a la perfección tal hallazgo; sin embargo, en los momentos finales, con el intento de escape, el excesivo protagonismo del discurso sonoro satura un tanto la atmósfera dramática.

 Otro señalamiento iría a cierto gazapo en el lenguaje durante esas escenas que enmarcan el desenlace; mientras durante todo el relato se establece saludablemente una norma más o menos internacional del castellano, libre de arcaísmos pero también de modernizaciones y localismos, al final la entrada de formas pertenecientes al español antiguo genera cierta entropía en este ítem. La dirección de arte (Carlos Urdanivia) , el maquillaje (Magaly Pompa) y el vestuario (Miriam Dueñas) clasifican también como categorías logradas desde su sencillez aparente.
 Las actuaciones son muy notables- ya  nos referíamos al secundario de Hechavarría-: Héctor Medina (Boleto al paraíso)  logra un acertado contrapunto entre languidez y convicción, entre delicadeza y autenticidad ; entendió a la perfección el concepto directriz de que la ambigüedad sexual que la referencia anecdótica sugiere, no interfiriera para nada en las cuestiones mucho más generales e importantes que se debaten durante el tiempo fílmico –de más está decir que no se aclara nada a este respecto, ni falta que hacía.

 Carlos Gonzalvo (El premio flaco) y  Manuel Romero son dos caras de la marginalidad que sus intérpretes conducen matizadamente; instintivo y visceral el primero, más sensible y aprehensivo el segundo, se enfrentan a la irrupción –revolucionaria en sus vidas- del genio en ciernes que les conduce por senderos inéditos de su triste existencia.   

  
 Vinci resulta, entonces, limitaciones a un lado, un convincente acercamiento a temas y problemas que nos conciernen, y  otro voto de confianza  a la, sin dudas, fructífera carrera fílmica de Eduardo del Llano.

                                                                   Frank Padrón (Noticine)

 

TRES PELÍCULAS CUBANAS

Posted: 20-01-2012 in Sin categoría

  Larga distancia, de Esteban Insausti, es una película del 2010. Se presentó por primera vez en el Chaplin en diciembre de ese año, durante el 2011 giró por varias ciudades (principalmente) norteamericanas, y se estrenó hace un mes, poco después de concluido el último festival de La Habana.  

 Esteban es un orfebre, un perfeccionista. Diez años le tomó materializar este, su primer largometraje; descontando un par de trabajos de juventud, su obra previa la constituían el tercer (y mejor) cuento de aquella desigual película, Tres veces dos, y el documental Existen. En Larga distancia toca el tema, inagotable para nosotros, de la emigración. Con puesta en escena,  fotografía y posproducción de lo mejor del cine cubano, le sobran, para mi gusto, ciertos bloques de entrevistas documentales, adolece de alguna actuación menor, echa mano a un par de clichés y fuerza un poco la causa y el efecto en algunos pasajes; a guisa de ejemplo, el feroz resentimiento de la empleada de tienda contra el personaje de Tomás Cao. Sin embargo, es una sólida jugada de apertura de un creador que sabe muy bien que la rabia y la prisa no son per se buenas consejeras.

 Juan de los Muertos, de Alejandro Brugués, es una película divertidísima, para empezar. Fluye bien, tiene una pareja protagonista que merece regresos y secuelas –Jorge Molina, en particular, regala la mejor actuación de su vida- y ofrece un puñado de efectos especiales bastante más que aceptables. Se pasa tres cuadras, eso sí, en lo tocante a vulgaridad y marginalismo. No soy un puritano, de hecho me tengo por bastante malhablado, y sé, como todo el mundo, que el cubano promedio siempre tiene la pinga en la boca, como el francés su merde y el gringo su fuck. Pero una cosa es la realidad y otra un guión: que un personaje diga una mala palabra puede ser casualidad, dos una coincidencia, pero tres ya lo caracterizan; no hay, entonces, que hacerle repetir cincuenta veces a todos los protagonistas un rosario de palabras, frases y acciones que consiguen la risa fácil. (Más divertido, en verdad, habría sido que uno de ellos reconviniera a los demás a cada rato: caballero, no digan malas palabras). Hay también un par de secuencias flojas y una que sobra del todo, y que es una obvia concesión a los productores: la del cazador de vampiros extranjero, que aparece para salvarlos de una situación que no es nueva, cuenta cómo sobrevivió… y muere inmediatamente, de una manera que, por demás, también hemos visto a esas alturas. Secuencias brillantes, en cambio, hay varias: aquella en que los zombies acorralan a los (anti)héroes a la entrada de un edificio, uno dice: bueno, siempre podría ser peor, Juan pregunta ¿Cómo?, y entonces… se va la luz. O la conversación nocturna entre los dos amigos, cuando el personaje de Molina cree haber sido fatalmente mordido. O el final, con la versión de My way por los Sex Pistols.

 Verde verde es la nueva película de Enrique Pineda Barnet. Admiro profundamente a Enrique por tocar temas delicados y sensibles cuando podría acomodarse sobre los laureles que bien ha ganado. Respeto su coraje y la lucidez de sus juicios. Dicho esto, debo confesar que la pieza no me gustó. Es una obra mucho más valiosa por la lanza que rompe que por su estética. Las apariciones de Farah María como el costado femenino del protagonista, con humo y caritas, me parecieron lamentables. Y actuaciones y puesta en escena tiene el mismo aire de inverosimilitud del pelo de Steven Seagal.

 

DICTADORES DE FILAS

Posted: 11-01-2012 in Sin categoría

 Hace unos días me encontré, a la entrada del ICAIC, un grupo de amigos que trabajaron conmigo en Vinci y se disponían a empezar una película de Pichi Perugorría. Me contaron que buena parte de la misma se desarrollaba en el cementerio, pero que las autoridades de la Necrópolis de Colón aún no habían autorizado el rodaje; según ellos, había irrespeto implícito. (Supongo que un gran número de cadáveres habrá protestado). Uno de los funcionarios llegó a decir que si él hubiera estado allí entonces, no habría autorizado a Tomás Gutiérrez Alea a filmar La muerte de un burócrata.

 Al final dieron el permiso.

 Daniel Díaz Torres me contó otra anécdota extraordinaria del rodaje de La película de Ana (con guión suyo y mío) terminado a mediados de diciembre pasado. Filmaban una fiesta cederista en un barrio centrohabanero; no se trataba, por supuesto, de una fiesta real, sino de una puesta en escena, una fiesta modélica, con júbilo, bombillos y cadenetas. Bueno, pues en cierto momento se presentó un funcionario, miembro del Buró Municipal del Partido o algo así, a preguntar quién organizaba aquella fiesta, y por qué ellos no habían sido informados. Aunque le enseñaron las autorizaciones firmadas, el tipo seguía preocupado y suspicaz, no porque hubiera nada raro en la fiesta propiamente dicha, sino porque la felicidad cederista le parecía sospechosa. Como al personaje de Néstor Jiménez en mi corto Pravda, que la gente mostrara iniciativa y alegría le resultaba antinatural.

 El individuo con una parcela de poder te amarga la vida todos los días. Te hace volver mañana porque falta una firma, no te deja pasar, te censura, te oprime. No entiende lo que le explicas, se molesta porque reclames. Ese gran mazacote de funcionarios, dictadores de filas, son un enorme obstáculo en cualquier proceso de apertura. Por más que el gobierno apruebe reformas útiles, necesarias, largamente esperadas, la mentalidad del empleado intermedio sigue siendo la misma que durante más de cincuenta años ha tenido los derechos humanos por una frase obscena, a los artistas por larvas contrarrevolucionarias y a los homosexuales por basura subhumana. Claro que ha desarrollado esa mentalidad no porque fuera muy, muy malito, sino porque era ese el deber ser: ha pensado así y obrado en consecuencia con la aprobación y estímulo del gobierno.

 Para que la transformación de la sociedad cubana funcione habría que criar funcionarios nuevos. El año pasado se eliminó un número de puestos de trabajo innecesarios y se echó a mucha gente a la calle, gente que no tenía la culpa de que esos puestos fueran creados en primer lugar. Alégrense de que yo no sea un político, porque si de mí dependiera, este año echaría a todos los funcionarios. A todos, desde los más conservadores en el Buró Político hasta los que, a nivel de municipio, sospechan de la alegría de la gente.

 

LOS HECHOS

Posted: 05-01-2012 in Sin categoría

 Los hechos no demuestran nada.

 Uno de los últimos discos de Oasis fue Don´t believe the truth. Aunque me gustaba la banda, esa sentencia en particular me pareció, a primera vista, más bien estúpida como aserto filosófico. Ahora, aunque sigo sin saber lo que los Gallagher estarían pensando al escogerla como título, la frase me parece llena de sentido. No creas en la verdad: la verdad no basta, no existe La Verdad.

 Se suele afirmar que tal cosa, cualquiera, es así pues los hechos lo demuestran. Falso: lo que en todo caso demuestra algo es la selección que hacemos de ellos. Funciona para todos, todos decidimos en cuáles hechos creer y en cuáles no, o mejor, en qué puñado de sucesos basar nuestros principios. Elegir una realidad para vivir en ella es estar loco. Paradoja: la estrategia para sobrevivir sano y cuerdo conduce a, o presupone, la locura.

 A menudo llegan por el correo electrónico o se encuentran en Internet noticias y artículos que relatan planes siniestros de este o aquel gobierno –sobre todo islámicos o comunistas- conspiraciones maquiavélicas en el presente o el pasado, revelaciones de testigos, extractos de archivos secretos, masacres develadas, etcétera. Todo eso se presenta como Historia y, para el receptor acrítico, deviene en sucedáneo de aquella. Bueno, yo decido no creer en la mayoría de esos documentos, o al menos guardarlos en alguna gaveta mental para ver luego, sin prisas, qué haré con ellos. Hoy día es un juego de niños construir hechos, desarrollar el síndrome de Blair Witch Project; resulta muy difícil deslindar lo cierto de lo falso, y más difícil aún decidir qué vamos a hacer con lo que damos por cierto pero agrede el entramado de verdades en que basamos nuestra cosmovisión y nuestra cordura.

 Hay gente que ve un par de documentales del History Channel y cree que sabe cuanto hay que saber sobre la Segunda Guerra Mundial, que comprende a Marx o a Gandhi. Y he hablado de hojarasca histórica, pero es que la Historia misma implica, no sólo una interpretación determinada, sino la selección y jerarquización de los hechos. La Historia es, en definitiva, algo que ocurrió allá lejos y hace tiempo, algo que nos cuentan otros, y en consecuencia no está menos manipulada que un blog o un periódico.

 En los libros de historia hay suficientes razones para creer en la justeza del socialismo o considerarlo un atajo inevitable a la dictadura; para apostar por la democracia occidental o tenerla por diseñadora de genocidios apenas visibles por el rabillo del ojo, porque el ojo mismo está muy ocupado mirándose el ombligo.

 En mi balanza particular me inclino por la izquierda y el socialismo, no porque no vea o minimice la inoperatividad hasta ahora imbatible de su modelo económico, las purgas de Stalin o la insania de Corea del Norte, sino porque tengo los crímenes del capitalismo por mucho peores, y olvidarlos o justificarlos parece estar de moda. Prefiero el ideal de un socialismo democrático que aún no existe, de un ideal que no ha dejado de serlo, al de un sistema ferozmente pragmático que estimula el egoísmo, te obliga a pensar sólo como individuo y olvidar los metarrelatos. (Por demás, aunque el socialismo real metió la pata a mansalva, no hay que olvidar, primero, que ha tenido menos tiempo histórico para cuajar, y segundo, que algunos países con engendros sociales abominables se llamaron comunistas sin serlo, de la misma manera que no basta que una nación se diga democrática para funcionar como tal). Se puede argumentar que Cuba no es, a estas alturas, exactamente ni de izquierda ni socialista, apenas una gerontocracia que se hace un calmoso lifting. Tal vez, pero en mi opinión lo que le da un sentido histórico a la Revolución cubana no es un Castro más o menos, sino la osadía de haber intentado una alternativa al neocolonialismo y el neoliberalismo.

 Ofrezco dos pensamientos brillantes: he preferido hablar de cosas imposibles, porque de lo posible se sabe demasiado, dijo Silvio. Marx no fue más responsable de la opresión monstruosa del mundo comunista de lo que lo fue Jesús de la Inquisición, dice el británico Terry Eagleton.

 

¿DÓNDE SE PASAN LAS DEPRESIONES EN LA HABANA?

Posted: 22-12-2011 in Sin categoría

 Hace muchos años estuve en una Peña de Deprimidos. Un tercio en broma, dos en serio, nos reuníamos a contarnos desgracias -en ese entonces, como es natural, relacionadas casi todas con mujeres, sus veleidades y su ausencia-. Estaba prohibido alegrarse: la idea es que en una Peña de Deprimidos uno blasona de sufrimientos. Duró hasta que tuvimos novias nuevas.

 Ahora, casi un cincuentón, tristeza y Weltschmerz son casi seductores. Me encanta pensarme en un bar, enfrentando un vaso medio vacío, con música de fondo y un poco de humo. Después una hermosa desconocida, o un tipo que está pasando por lo mismo, aventurarán un comentario, amagarán un diálogo, vendrán a salvarme. Es una imagen cinematográfica, qué duda cabe.

 La Habana está muy jodida para emular a Bukowski o a Sabina. Hay pocos bares, la mayoría indiferenciados y repletos. O bien caros y con turistas ruidosos en medio de su séquito. Las mujeres interesantes no asoman por ahí. Si uno está deprimido y busca soledad, o al menos una soledad selectiva, ni siquiera el Malecón es lo que era. Cada vez hay menos peñas, sitios donde conocerse y hablar. Y cada vez, también, hay menos gente.

 Indiferenciados, dije. Debe haber bares para pasar después del trabajo, bares para ligar, bares de intelectuales. Hay un Café Literario en 23 y 12 que cierra a las nueve de la noche. Eso es como hacer un baile para vampiros al aire libre a las doce del día.

 Si uno se engorriona, no puede hacer mucho más que caminar a la ventura, o bien encerrarse en casa a ver películas. Emborracharse al duro con algunos socios es fácil, pero ahí la melancolía cede protagonismo al alcohol. La depresión tiene guión y escenografía.

LA INCORRECCIÓN

Posted: 22-12-2011 in Sin categoría

Estamos demasiado domesticados. Una vez escuché decir a Luis Alberto García que a esta ciudad –y a este país- le hacía falta un poco de escándalo.

 Tengo que admitir que la corrección no es mi fuerte. Siempre he tenido problemas para decir esas cosas –buenos días, cómo sigue de la espalda, felicidades- que hacen felices a suegros y vecinos. Y, desde luego, para caerle simpático a la autoridad.  

 Escoger siempre las palabras, no lanzar opiniones por temor a que sean malinterpretadas, tiene que ver en principio con el respeto y la delicadeza. Genial, pero la línea que separa delicadeza y respeto del apocamiento y la hipocresía no es fija ni clara. No digo que tengamos que ser anarquistas o delincuentes, brutales o maleducados, pero necesitamos la transgresión. Quien transgrede cree en algo; todo uniforme es un camuflaje, y el que dice que no se resuelve nada con alzar la voz o ser diferente opta por la pasividad y la fuga.

 A mucha gente la rebeldía y la fe en que hay que enfrentar la injusticia le duran lo que dura su adolescencia. En Cuba, la convicción de que este país no tiene arreglo lleva a que la gente mire la protesta como un suicidio y prefigure con cierto gozo el escarmiento del atrevido. Si alguien se queja, lo mismo en una cola que en una oficina estatal o en plena calle, es muy raro que otro levante la voz para secundarlo. A mi modo de ver, se trata menos de miedo que de nihilismo: no creer en nada es la nueva corrección, el nuevo deber ser. El sucedáneo de la rebeldía es, entonces, el enfrentamiento horizontal; de ahí la hostilidad e incluso la violencia que se sienten en la calle, que marcan en estos años nuestro nicho ecológico.

 En el mundo de hoy el café, las carnes rojas y las revoluciones son incorrectas. Para el buen ciudadano, transgredir los modelos de belleza o el estilo de vida al uso cae en el mismo saco que los crímenes más abominables. Dicho de otra manera, es tan inapropiado asesinar como no hacer ejercicios, ser racista como ser gordo. No importa tanto lo que piensas si encuentras una manera inocua de decirlo; más o menos como en ese libro, Cuentos infantiles políticamente correctos, de James Finn: no se puede hablar de enanos, princesas o caldereros pobres, sino de hombrecillos verticalmente limitados y ciudadanos económicamente desfavorecidos.

 Me gusta una ciudad con personajes, con gente pintoresca. Me gusta la provocación.