YO, EL ESPELEÓLOGO

Publicado: 21-10-2014 en Sin categoría

 Debió ser allá por abril o mayo de 1979. Fabio Popowski, Gustavo Loret de Mola, Jorge González y yo cursábamos el onceno grado en la Lenin; una noche salíamos del estudio individual cuando unos tipos de grado doce nos cerraron el paso al pie de una escalera y nos preguntaron si queríamos integrar un grupo de Espeleología que iría durante el verano al valle de Pica Pica, más allá de Sumidero, en la Sierra de los Órganos de Pinar del Río. Mis amigos y yo teníamos dieciséis años y buena parte de las aburridas sesiones de estudio las pasábamos hablando de libros y música, escribiendo cuentos o soñando con las bellas del aula. Naturalmente, dijimos que sí.

 Pasé algo más de un mes tratando de convencer, sobornar o imponerme a mis padres, que se negaban en redondo a dejarme ir una semana con otros muchachos de mi edad a unas cuevas remotas, sin control adulto de ninguna clase. Es más, ellos trataban de convencerme o sobornarme a mí; la noche antes el viejo llegó a proponerme la exorbitante cifra de cincuenta pesos si abandonaba la idea. Al día siguiente él y un amigo suyo me llevaron al cine Lido, donde habíamos quedado en vernos para salir hacia Pinar del Río. La primera contrariedad fue descubrir que ni Fabio, Gustavo o Jorge estaban allí, pero cuando los mayores comprobaron que los expedicionarios no eran un mazacote de maricones sino estudiantes bastante normales –una o dos muchachas incluidas– mi padre, aún reticente, me dejó ir.

 Yo no le había contado al viejo el objetivo supremo de la expedición, porque entonces ni la elocuencia de Cicerón me habría permitido salirme con la mía. En realidad, íbamos a cazar al Megalocnus rodens. Me explico: hasta hace unos pocos miles de años vivió en Cuba un gigantesco mamífero herbívoro, con la apariencia de un oso pero emparentado con los perezosos, al cual probablemente los taínos llegaron a conocer y cazar, pero que ya se había extinguido a la llegada de los españoles. Bueno, pues unos meses antes de nuestra aventura, unos campesinos de la zona avistaron un animal grande y peludo en una de las lomas de Pica Pica, y lo reportaron a la Academia de Ciencias, donde trabajaba un conocido del jefe de nuestro grupo o algo así. Si los campesinos vieron un perro jíbaro, estaban borrachos o de verdad se toparon con un Megalocnus sobreviviente no se supo nunca, pero a efectos de mi relato eso es irrelevante; el punto es que nosotros fuimos allá a capturar al animal prehistórico.

 La estancia en el valle fue una verdadera aventura. Dormíamos dentro de Cueva Clara, una caverna que comunicaba a Pica Pica con el valle adyacente, nos bañábamos en el río –la mayor parte del tiempo, la verdad, andábamos sucios como salvajes– y por las noches hacíamos una fogata y comíamos el contenido de las latas de conserva traídas desde La Habana. Todos los días nos íbamos a explorar, subíamos y bajábamos por corredores estrechos alumbrándonos con linternas y faroles, nos aventurábamos en cuevas de varios kilómetros de longitud, descubriendo la majestuosidad y belleza de los paisajes subterráneos del oeste cubano; recorrimos salas enormes, profundas espeluncas, complejos sistemas de túneles donde encontrábamos todas las formaciones posibles: estalagmitas y estalactitas, gours, helictitas, concreciones y columnas, mientras bandadas de murciélagos nos pasaban veloces por el lado y alguna que otra araña nos contemplaba incrédula. Al atardecer, felices y hambrientos, regresábamos a Cueva Clara.

 Los peligros más probables eran perderse, caer y pescar la histoplasmosis, pero la peculiar naturaleza de nuestra expedición aportaba riesgos exclusivos. O eso esperábamos. En una ocasión escuchamos unos ruidos dentro de una galería y allá fui yo de voluntario, pensando que nadie iba a quitarme la gloria del primer encuentro con el Megalocnus. El túnel se estrechaba hasta que tuve que arrastrarme, pero no veía animal alguno; en un momento determinado apunté con la linterna a la pared y allí, a diez centímetros de mi cara, había un… cangrejo, probablemente tan asustado como yo. Recuerdo haber tenido un solo pensamiento, diáfano como una revelación: ¿qué coño estoy haciendo aquí? Ignoro lo que pensaría el crustáceo.

 De regreso, me quedé unos días en Pinar del Río, donde tengo familia. Mis abuelos no podían entender qué encontraba yo de fascinante en pasar trabajo y hambre toda una semana. Luego, en septiembre, Fabio, Gustavo y Jorge se justificaron con razones fantasiosas y oblicuas. Sabiendo lo que me costó convencer a mi padre, imaginé la verdad de fondo.

 Del colectivo de bisoños espeleólogos recuerdo a Val, Baqués, Eduardo Lorenzo, Monty (otro socio de mi año que al fin se incorporó al grupo), El Cazador… Al año siguiente fuimos de nuevo a Pica Pica, y luego un montón de veces a Cueva del Agua, un sitio no lejos de San José de las Lajas, y varias cavernas más. Asistimos a alguna conferencia en la Academia de Ciencias, y en algunos casos cartografiamos las cuevas con rigor científico, como ellos nos enseñaron. Cuando comencé en la Universidad me fui distanciando; a otros les ocurrió lo mismo. Nunca supe si el grupo continuó y por cuánto tiempo, y si algún archivo guarda nuestros croquis, si las muestras que reunimos sirvieron para algo.

 En los años que siguieron, recién casado con cada una de mis tres esposas –y también, en su momento, con alguna novia entusiasta– marchaba de guerrilla para algún sitio de Pinar del Río: Guanahacabibes, el Pan de Guajaibón, las cuevas no turísticas de Viñales… Todavía en el 2002, a punto de redondear los cuarenta, fui con un grupo de amigos –y mi hija Ana, a la sazón de catorce años– a una cueva entre la Habana y Matanzas, no lejos del puente de Bacunayagua, ésta con los atractivos adicionales de un lago subterráneo y una pictografía aborigen.  Durante tres días volví a sumergirme bajo la piel de la isla, a cocinar sobre una fogata, a participar en juegos de ingenio y luego dormir en el piso. Y otra vez fue la maravilla.

 Cualquier día de estos…

(21 de octubre 2014)

APARTHEID

Publicado: 14-10-2014 en Sin categoría

 Del 6 al 12 de octubre se celebró acá la IV semana de cine sudafricano. Fueron presentadas películas como Sarafina (1992) y Cry, the beloved country (1995) de Darrell Roodt, Drum (2003) de Zola Maseko y White wedding (2009) de Jann Turner. Las tres primeras, y alguna otra que no vi, tratan sobre los tiempos del apartheid en esa tierra meridional. La última, ambientada en el presente,  es una comedia romántica.

 Instaurado en 1948 –aunque aplicado desde mucho antes por la población bóer, de origen holandés, contra los nativos– y abolido paulatinamente de 1992 a 1994, el apartheid es, para mucha gente, historia antigua, como la guerra de Viet Nam y el bloque socialista… pero estuvo ahí la mayor parte de mi vida. Nelson Mandela fue condenado a cadena perpetua en 1963 y liberado en 1990, así que para mí siempre estuvo preso: desde mi más remota infancia me son familiares los reclamos por su libertad, las canciones que hablaban de él. Recuerdo textos educativos de primaria y artículos de prensa que se referían a la inhumana institución afrikáner, a Pier Botha, a la masacre de Soweto; recuerdo también el entusiasmo mundial cuando Frederik de Klerk liberó a Mandela y Sudáfrica empezó a cambiar.

 A pesar de la fuerte oposición internacional, el apartheid se mantuvo, entre otras cosas, gracias al apoyo de Estados Unidos y Gran Bretaña, que veían en el régimen de Pretoria un oportuno aliado contra la expansión de regímenes de izquierda en Mozambique y Angola. La geopolítica era, evidentemente, más importante para esos gobiernos democráticos que los derechos de millones de negros africanos.

 El cine mantuvo una activa denuncia del apartheid: desde Cry freedom (1987) del recientemente fallecido Richard Attenborough hasta la polisémica District 9, de Neill Bloomkamp (2009). La música también, de Miriam Makeba –quien, por cierto, actúa en Sarafina– a Peter Gabriel, pasando por Sun City, el tema grabado en 1985 por un grupo de artistas de mentalidad progresista para boicotear el centro turístico surafricano de ese nombre (y criticar a otros, como Julio Iglesias o Queen, que habían actuado allá).

 Aunque el apartheid ya no existe en Sudáfrica, no ha desaparecido del planeta. La discriminación, el racismo y la xenofobia siguen ahí, presentes a cada paso.

 En Europa, que durante la primera mitad del siglo XX fue un gigantesco emisor de emigrantes, no hay país sin grupos de extrema derecha que aplican directamente la violencia contra musulmanes, negros, latinos o rumanos; sin partidos que abominan de los inmigrantes y dicen que ya, ni uno más, que la cultura y la nación están en peligro por culpa de ellos.

 Para los ojos occidentales, en la cultura musulmana la mujer y los homosexuales enfrentan graves limitaciones de sus derechos.  

 Estados Unidos abolió la esclavitud en su territorio en 1865, tras la Guerra de Secesión, pero mantuvo la segregación hasta 1965. Y tiene un muro que lo separa de México, y voluntarios que, por deporte, van a cazar inmigrantes. Organizaciones supremacistas como el KKK persisten hasta hoy. Otro de sus aliados favoritos, Israel, aplica un feroz apartheid hacia los palestinos.

 En países de América Latina como México y Chile la discriminación de los pueblos indígenas dista mucho de ser cosa del pasado: el primero, con su televisión llena de rubios; el segundo, al acorralar a los mapuches y desdeñar a los emigrantes peruanos.

 …Y llegamos a Cuba, donde hay un verdadero rosario de manifestaciones discriminatorias. Para empezar, en el lenguaje: ¿quién no ha dicho alguna vez eso detenía que ser negro o aquello de vamos hacer las cosas como los blancos?

 Aunque el racismo clásico no es institucional y la Revolución se empeñó en dar iguales oportunidades a todos, la mentalidad segregacionista sigue ahí, en policías y funcionarios y padres de familia. En general, para los negros todo es más difícil.

 Mientras en el resto del mundo la xenofobia es un problema, aquí la crisis de los noventa nos trajo la xenofilia: todos los extranjeros son ricos e inteligentes y su palabra la voz de Dios. Y, por supuesto, el xenocentrismo: la idea de que los cubanos somos inferiores, brutos, perezosos, incapaces de competir. De ahí que para ciertas voces los más atrofiados somos quienes decidimos vivir y trabajar en Cuba.

 Tuvimos discriminación por motivos religiosos y políticos. El primero se ha difuminado, pero todavía se segrega a los opositores. Pese a los encomiables esfuerzos por combatirlo, persisten el maltrato y el doble rasero hacia las mujeres y los homosexuales.                                                                             

 Por ser cubanos, durante casi un cuarto de siglo padecimos el injustificable apartheid turístico: no podíamos alojarnos en hoteles ni tener teléfonos móviles. La imposibilidad de viajar libremente al extranjero o de vender nuestras propias casas duró todavía más tiempo, y hace apenas un año y medio hemos recobrado ese derecho que no debimos perder en primer lugar. Aunque oficialmente abolidas, esas disposiciones humillantes tienen ramificaciones y matices que siguen ahí, todavía ciertas autoridades asumen que nos pueden maltratar y no hay que explicar o consultarnos nada porque Ellos saben lo que nos conviene, lo que en definitiva implica que nos discriminan a todos porque somos la Masa, y nuestros derechos, letra muerta.

(14 de octubre 2014)

CINCUENTA Y DOS

Publicado: 07-10-2014 en Sin categoría

Eduardo 52

 El 9 de octubre cumplo cincuenta y dos años.

 Nací, en palabras de Mick Jagger, in a crossfire hurricane: en Moscú, unos días antes de la crisis de los misiles. El mío fue un mundo sin computadoras personales, sin teléfonos móviles, un mundo en que poblar otros planetas sonaba como algo que iba a ocurrir durante tu vida; un mundo, en fin, donde el comunismo no parecía sólo una opción, sino la opción viable. Tuve el primer televisor a los trece años, y era, naturalmente, en blanco y negro y con dos canales; hasta entonces vi mis programas favoritos en casa de amigos y vecinos. Y leía mucho. Entonces los cines se llenaban, la gente leía.

 La aceleración es un hecho. Un hecho sicológico, al menos. Cuando uno estaba inmerso en ella, la infancia parecía eterna; la adolescencia, larguísima, llenas una y otra de descubrimientos y hechizos. Es después de los veinticinco que la máquina del tiempo empieza a acelerar, un año se hace indistinguible del precedente y zas, de un día para otro estás enfrascado en una de esas edades obscenas. Llegado que eres ahí, descubres que la tan cacareada experiencia es principalmente un timo –volvería a cometer sin pestañear la mayoría de mis errores– y, a la vez, como Borges (sí, uno de los privilegios de la edad es echar mano a un montón de citas de gente que admiro) aprendes a valorar los momentos que perdiste y los que te han tocado en suerte. 

 De los cincuenta y uno acá mi película Casting obtuvo el Coral al Mejor Corto o Mediometraje en el 35 Festival del Nuevo Cine Latinoamericano; terminé y exhibí el largometraje Omega 3 y el corto No somos nada. El primero ya ha dado muchísimo que hablar, y sospecho que lo seguirá haciendo; el segundo apenas ha asomado la nariz, pero estoy igualmente persuadido de que generará polémica. Ahora me tomo un respiro cinematográfico y empiezo a escribir algunos cuentos. En otras palabras, mi modesta fuente de ideas y mi energía no muestran indicios de agotarse.

 Aunque cada vez me descubro más casero, durante el último año estuve en Santa Clara y México DF. El 13 de agosto nació Oliver, mi primer nieto, retoño de Ana, mi primogénita. Perdí, en cambio, a otro buen amigo, un ser humano muy especial: Santiago Feliú.

 La mayoría de la gente dice que quiere vivir tranquila. Me parece muy bien para quienes en verdad prefieren días sin sobresaltos. Yo necesito correr riesgos, hacer planes que puedan implicar empezar de cero. Para mí la tranquilidad no es tanto una meta como un estado sólo tolerable en tanto transitorio. Los resultados están a la vista: a estas alturas, las convenciones sociales suponen que tengas un trabajo estable, esposa y familia, una casa, que te muevas en auto propio… y yo me he divorciado tres veces y tengo una vida privada bastante desordenada –por decir lo menos- he esbozado proyectos de vida en Innsbruck, Madrid y Santiago de Chile y más tarde renunciado a ellos, nunca me ha interesado aprender a conducir y trabajo para el ICAIC, pero no en el ICAIC. Soy, como diría Silvio, un embutido de ángel y bestia: cultivo odios magníficos, y sin embargo mantengo una peña mensual por la que no cobro un centavo, no sé decir que no cuando me reclutan para dar conferencias gratis o un casi desconocido me pide ayuda. Definitivamente, tengo que aprender a ser un adulto mayor clásico. Por lo pronto, cada vez me descubro más gruñón, más obsesivo con los detalles, con que las cosas vayan en su sitio.

 Llevo este blog hace cuatro años, así que ya saben cómo termina esto: beban un trago a mi salud. Y otro a la suya. Y varios más por si la idea no quedó suficientemente clara.

(7 de octubre 2014)

DOSSIER OMEGA 3 (II)

Publicado: 30-09-2014 en Sin categoría

 Hace algunas semanas, en la primera parte de este dossier, reproduje Las guerras cubanas del hambre, de Antonio Enrique González Rojas, una crítica acerca de Omega 3 que me pareció razonablemente equilibrada y profunda. Ahora voy al bulto: he compilado aquí las principales reseñas en periódicos y revistas, algunos de ellos digitales, y hasta algún comentario en este blog, aparecidas en los cuarenta días transcurridos desde el estreno. Aunque prácticamente todos coinciden en señalarle a mi película problemas de ritmo y diálogos cansinos por una parte, y por otra un maquillaje poco creíble –disiento en ambos puntos, en particular con el primero, pero ya dije lo que tenía que decir y no voy a rebajarme a discutir con críticos profesionales o improvisados– es casi cómico ver como se contradicen en todo lo demás: si uno elogia la secuencia de animación, otro dice que no tiene razón de ser; para este la mejor actuación es la de fulano, y aquél encuentra a fulano detestable; este se queja de que la película se le hizo larga, y otro de que le pareció demasiado corta; el de allá dice que el vestuario es excelente y muy cuidadosa la dirección de arte, mientras que el de acá los tilda de encartonados; uno asegura que la mejor escena es, pongamos por caso, cuando el oficial Mac insta a Ana a tocarle el pecho, y otro jura que dicha escena, precisamente, sobra; hay quien dice que la música es lo mejor de la película y quien, por el contrario, la considera confusa e inoportuna. En fin, que suena como “esto hay que criticarlo de todas maneras, esto tiene que estar mal así que diré lo primero que me venga a la cabeza sin meditarlo mucho”. Yo sonrío y espero: tengo todo el año próximo para mover la película por latitudes menos rabiosas.

 Vamos allá.  

(30 de septiembre 2014)

 

 ¿Perdió Omega 3 ante su primera presentación al público?

 El estreno del filme Omega 3 venía precedido de una gran expectativa por tratarse de la primera película cubana genuinamente de ciencia ficción. Con guión y dirección de Eduardo del Llano, la cinta cuenta los avatares de tres personajes que se alinean a distintas maneras de ver la vida a partir de lo que comen, y que representan, a su vez, grupos o sociedades en guerra para lograr la hegemonía mundial.

 El filme se estrenó en la noche de este miércoles en la sala principal del cine Chaplin, de La Habana, totalmente llena de personas que esperaba un suceso de singular relevancia en el horizonte cinematográfico nacional. Sin embargo, no ocurrió así. Las expectativas no fueron cubiertas. Omega 3 perdió en su primera presentación ante el público.

 A mi modo de ver, la principal debilidad de la película radica en su falta de ritmo, que por momentos invita al cinéfilo a cerrar los ojos medio adormecido o a abandonar la sala. Sobre todo en los diálogos de los protagonistas: Carlos Gonzalvo y la joven Dailenys Fuentes.

 Me resulta a la vez incongruente la inserción en la trama de un segmento en dibujo animado, que rompe de manera absurda con el formato que se ha venido usando hasta ese momento, y que solo se mantiene unos minutos, los necesarios para exponer la discusión y reyerta en un supermercado entre un cliente y la vendedora.

 En declaraciones que hizo días antes del estreno, del Llano había dicho que echó mano a ese recurso porque no encontró un lugar que se ajustara a los requerimientos del guión. Lo cierto es que rompe abruptamente y de manera poco feliz la estructura seguida por el filme.

 Los elementos de la ciencia ficción incorporados no resultan espectaculares, tal como habían anunciado los realizadores, pero ante un primer vistazo parecen creíbles. No son tantos, por otra parte, para llamarnos particularmente la atención. Pasan ante nuestros ojos sin detenerse.

 Sobre las actuaciones vale señalar en particular la de Héctor Noas, que parece sobresalir por encima del resto del elenco, así como la de Dailenys Fuentes. Su coprotagonista Gonzalvo, sin embargo, no logra sortear su papel con la misma suerte, se muestra plano y poco convincente en sus diálogos.

 La mùsica de Omega 3 es, en mi opinión, su mayor virtud. A cargo del argentino Osvaldo Montes, logra generar un ambiente que armoniza de manera perfecta con la trama de la película, y como en los filmes musicalizados por el italiano Ennio Morricone, esta, en ocasiones, se vuelve la protagonista de toda la obra artística.

 Y para terminar, me gustaría señalar que a pesar de estos puntos de vista, Omega 3 rompe la conocida cadena de películas del patio que potencian la parte disfuncional de la familia y la sociedad cubanas. Es al mismo tiempo un ejercicio de creación novedoso, original y valiente, tan necesarios en el cine de la Cuba de hoy.

Pedro M. Otero Cabañas

 

 Ciencia ficción a la cubana

 Lo mejor de Omega 3, la nueva película de Eduardo del Llano, es su brevedad.

 El miércoles 20 de agosto tuvo lugar, en el Cine Charles Chaplin de La Habana, la premier de Omega 3, segundo largometraje del realizador y guionista Eduardo del Llano. Asistieron el viceministro de Cultura, Fernando Rojas, y el presidente del ICAIC, Roberto Smith, además de integrantes del elenco y personal técnico del filme.

 Eduardo del Llano es conocido como guionista de largometrajes de otros directores, incluido La película de Ana, por la que ganó el Premio Coral al mejor guión en el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano 2012. Sus cortos, agrupados bajo el título Los cuentos de Nicanor y distribuidos de memoria flash en memoria flash, le dieron fama clandestina en el país. Pero no es la realidad cubana el tema de su segundo filme.

 Como en su debut –intento de recrear un pasaje de la vida de Leonardo Da Vinci–, con Omega 3 del Llano busca escapar a la crítica social que amenaza con convertirse en un –necesario, a falta de una prensa que refleje nuestra realidad– género cinematográfico. Omega 3 es un filme de ciencia ficción, y de hecho los medios lo promocionaron como el primero cubano de este género.

 En la premier, del Llano mencionó antecedentes cubanos que podrían ubicarse dentro de la ciencia ficción o de la ficción especulativa, como clasifica a Omega 3. Explicó además que la película fue realizada con un nivel de factura para evitar el condescendiente comentario “para ser hecha en Cuba, está bastante bien”. También aclaró que no es un filme de muchos disparos y acción; hay los necesarios, pero lo más importante es la tesis filosófica que lo sustenta.

 No pueden sino resultar alentadores los propósitos de Eduardo del Llano. Que los logre es otra cosa.

 Omega 3 se ubica en una guerra futura en la que los humanos no estarán divididos por naciones o razas, sino por su dieta. Los bandos serán Cars (carnívoros), Olis (ovo lácteos), Vegs (no me quedó claro si vegetarianos o veganos, porque los vegetarianos no excluyen los lácteos de su dieta), Fruts (frutíferos), Macs (macrobióticos). No se lucha por la paz mundial, sino por la imposición de una dieta. Hasta ahí, la sinopsis… y también la película. Los diálogos y las escenas no aportan nada a lo descrito en la sinopsis.

 Aunque los humanos han demostrado su capacidad para aniquilarse unos a otros por razones políticas y religiosas, y no es descabellado pensar que podrían hacerlo por criterios de alimentación, lo que podría resultar interesante como tesis filosófica se pierde entre diálogos sosos, escenas sin tensión que se resuelven con parlamentos ligeramente graciosos.

 Curiosamente, en ese mundo futuro, a diferencia del presente, parece haber suficiente comida para todos: suficiente carne, suficientes verduras, suficientes alimentos integrales, suficientes frutas. No hay escasez. Las incongruencias, las actuaciones de Daylenis Fuentes, Héctor Noas y Carlos Gonzalvo, entre otros, que no logran salvar el (insalvable) guión, y para rematar, el final, imposibilitan tomarse en serio lo que sucede en el filme.

 Lo que más agradecí en Omega 3 –también en su predecesora, Vinci–, es la brevedad: solo 74 minutos. Es meritorio que todo haya sido hecho en Cuba, por cubanos. A excepción del creador de la banda sonora, argentino. Aunque no es exactamente la primera película cubana de ciencia ficción, Omega 3 plantea un nuevo reto a los directores del país, y permite a los espectadores soñar con otros géneros dentro de nuestra cinematografía. Ya tenemos nuestra película de zombis (Juan de los Muertos), la de tema homosexual (así se promocionó Verde, verde, de Enrique Pineda Barnet). Ahora llega Omega 3, de ciencia ficción.

 En uno de los diálogos del filme, entre la prisionera oli y el veg, ella dice que extraña el cine. Alguien, detrás de mí en la sala, dijo irónicamente: “yo también”.

 Me sumo. También extraño el cine, el buen cine cubano, sin importar el género.

Yusimí Rodríguez López, 26 agosto 2014

 

 Omega 3 o la disidencia alimentaria         

 Omega 3, un suplemento creativo con sabor a futuro

 La exhibición de Omega 3 en la Cinemateca de Cuba evidencia que no siempre el buen arte encuentra mercado en el gran público. No llegaban a doscientas las personas en la sala Chaplin el pasado viernes durante la tanda nocturna. Muchas menos fueron las que aplaudieron al acabar la función. Sin embargo, la última película del director y guionista Eduardo del Llano posee innegables valores pocas veces vistos en la cinematografía cubana.

Se trata de un estreno en varios sentidos. Primero, la ciencia ficción en el cine nacional es prácticamente desconocida. Un país misérrimo no podría regalarse los efectos especiales de la gran industria de Hollywood, cuyas grandes producciones son tan conocidas como disfrutadas por el público cubano.

 Más bien, la ciencia ficción en Omega 3 parece la justificación o el vehículo para un discurso que coloca al espectador en la realidad actual del país, dando una perspectiva más paralela que futurista. De hecho, el fragmento de película que toca a la ciencia ficción es bastante pequeño y no constituye, en absoluto, un alarde de tecnología o un intento de imitar valores foráneos, aunque no pueden faltar ciertos elementos clásicos del género como las pantallas holográficas o los rifles al estilo Star Wars.

 La trama se enmarca en un mundo en que las personas son discriminadas por lo que comen hasta el punto de haber iniciado una guerra que no parece terminar. En esta sociedad imaginaria, un disidente será aquel que no coma lo mismo que sus semejantes. Más allá de eso: será un enemigo, dado que no hay espacio alguno para la aceptación de la diferencia. ¿Algún parecido con la Cuba de este lado de la pantalla?

 Haberse escogido como elemento central algo tan trascendental, y a la vez mundano, como la comida no es fortuito. Las generaciones de cubanos que observamos el filme hemos convivido toda nuestra vida –o la mayor parte de ella– con una escasez alimenticia en la que no solo la carne es difícil de conseguir, sino que también ser vegetariano es casi imposible.

 El banquete de una de las escenas finales provoca comentarios y expresiones entre el público. Con evidente intención de burla, el director coloca una enorme langosta en primer plano sobre una mesa dispuesta de forma envidiable. Prohibido preguntar de dónde salió el marisco.

 En el Chaplin, el escaso público presente permanece la mayor parte del tiempo en silencio. Algún espectador comenta a otro en voz baja “mira a Mente’pollo” cuando desde el principio reconocen al protagonista, Carlos Gonzalvo, un popular actor de la televisión nacional y reconocido humorista.

 El también guionista y director de la serie de cortos sobre Nicanor O´Donnell, nos trae una propuesta nada fácil de “digerir”, sin facilismos ni bocadillos pegadizos, de estética y técnica atrevida. Eduardo del Llano logró un filme que no provoca tumultos a las afueras de los cines, pero que hace reflexionar. Quizá en ese futuro impreciso que nos aguarda,Omega 3 quede como una película de culto o como punto de partida para una exploración que ahora se ha demostrado posible.

Víctor Ariel González, agosto 26, 2014

 

 Crónica de un espectador

 Antes de ir a verla, la principal preocupación era si los efectos especiales, la ambientación futurista y todos los demás componentes básicos que conforman una película de ciencia ficción (en estos tiempos de superproducciones comerciales millonarias) serían capaces de amparar la carga de tesis filosóficas que se le había anunciado a Omega 3.

 Los primeros minutos del metraje, y otros que se recrearían más tarde, resultan estimulantes en cuanto a la elaboración de un mundo creíble sin necesidad de enfrentamientos galácticos, monstruos armados de rayos láser y demás agregados espectaculares que hoy dominan la taquilla internacional, aunque a veces, por suerte, aparecen filmes artísticamente encomiables.

 Superada la primera prueba de la técnica artística en función de las ideas, tocaba el turno entonces a la historia misma de Omega 3, su dramaturgia, las actuaciones y un factor esencial en cualquier obra de ficción, ya sea literatura o cine, el tono.

 Eduardo del Llano, guionista de éxito en largometrajes filmados por otros, parece impreciso ahora como director en los tiempos dramáticos del conflicto que asume sin acabar de precisar ese dichoso tono narrativo (¿serio, menos serio, gracioso, lo uno y lo otro?) esencial para que un guión resulte, al menos, aceptable.

 Puede que en el papel, su historia de guerra futurista entre diferentes bandos, no por convicciones políticas, religiosas o ideológicas, sino por lo que se come, resulte interesante en sí misma y hasta por la metáfora referida a la intolerancia humana en aceptar la preferencia de los otros. Pero la plasmación de tales conceptos en imágenes, una vez planteado el conflicto, se sustenta en buena medida en situaciones desarticuladas y diálogos escasos de sustancia y, por lo tanto, insuficientes para desplegar un nivel dramático que sostenga, en su escasa hora y minutos, la atención del público.

 Pareciera como si el director, que con no poca gracia y soltura, maneja los diálogos cotidianos en sus historias nacionales, tuviera problemas de verosimilitud a la hora de ponerse serio.

 Un filme al que le falta aire para madurar tensiones y los golpes de elipsis a los que recurre más bien confunden, en lugar de subir el ánimo de la historia y del espectador.

 Con tales antecedentes de imprecisiones, extendidas también a la hechura de los personajes, no es mucho lo que pueden hacer Carlos Gonzalvo, Daylenis Fuentes y Héctor Noas en los papeles principales de esta Omega 3, muy a medio camino de lo que, en los primeros minutos, parecía.

 Rolando Pérez Betancourt,  Granma

 

 Omega 3: Una pelea cubana contra el colesterol

 Para el guionista y realizador Eduardo del Llano (famoso por sus cortos, sobre todo de la serie Nicanor), el cine cubano tiene que trascender el inmediatismo, ese circunscribirse siempre, y tan solo, a la realidad contemporánea, para explorar otros terrenos.

 Predicando con el ejemplo, se remontó al Renacimiento con su película anterior (Vinci, 2012), y ahora se adelanta un siglo en un lugar no definido, enrumbándose por los senderos de la ciencia ficción –con pocos precedentes aquí en la imagen móvil– aunque insertándose a la vez en una tradición no menos prestigiosa, donde sí contamos con títulos memorables: el cine “culinario”.

 En Omega 3, su nueva entrega, grupos de militantes en diversos y opuestos “partidos gastronómicos” afrontan una guerra… con cuartel. Los vegs (vegetarianos), los macs (macrobióticos) y los ollies (ovolácteos) tratan de imponer sus regímenes dietéticos como únicos y por tanto, absolutos; con tal objetivo descalifican a los otros, los enfrentan o –siguiendo la anécdota– unos caen prisioneros de quien trata de “convertir” a los reos por la fuerza a su banda, o sea, a su manera de concebir la alimentación.

 Está clara la transferencia metafórica: Del Llano impugna con esta parábola los fundamentalismos de cualquier signo –políticos, ideológicos, religiosos– que tanto daño han hecho durante toda la historia de la humanidad, generando constantes guerras (desde las intestinas hasta las mundiales) junto a las intolerancias cotidianas y personales que no generan daños menores.

 Válido el abrazo al “cine de género”, concretamente a esta modalidad que él mismo ha empleado en alguno de sus cortos. Pero Omega 3 carece, en casi todo su desarrollo, de ritmo y dinámica. La cinta, que maneja decorosamente los pocos recursos de que disponía a nivel de producción (magros, comparados con las superproducciones hollywoodenses para este tipo de filmes) y consigue mediante ellos notables efectos especiales, se estanca desde su arrancada, demora en presentar el conflicto y después no lo despliega adecuadamente, extraviándose en frases y gestos, expresivos en sí pero que no logran desencadenar acciones, ni las peripecias que todo cine de ciencia ficción debe echar a andar.

 Sin embargo, hay valores también innegables que avalan a los respetables profesionales que trabajaron en los diferentes rubros; habría que encomiar la fotografía preciosista de José Manuel Riera, atenta a claroscuros que completan los contrastes conceptuales que propone la obra; la dirección de arte (Jorge R. Zarza) con esos escenarios futuristas donde se enfrentan frecuentemente civilización y barbarie; el vestuario (Vladimir Cuenca y Celia Ledón), muy en concordancia con los perfiles de los personajes; o la música, del avezado argentino Osvaldo Montes (El lado oscuro del corazón), quien ya trabajara con Del Llano en Vinci, y que repite la hazaña mediante una partitura saludablemente ecléctica, rica, muy sintonizada con las coordenadas del relato según sus modulaciones diegéticas y –en este caso– también, claro… dietéticas.

 No quedan detrás las actuaciones; entre varios desempeños de esos que siempre se rubrican como “especiales” –Omar Franco, Edith Mazola…– y algún debut para seguir (Yernadi Basart). Sobresalen los protagónicos: Carlos Gonzalvo, Héctor Noas y Dialenys Fuentes, quienes se revelan ajustados a sus roles, matizados, convincentes.

 Con limitaciones y conquistas, hay que agradecer en Omega 3, sobre todo, la posibilidad de ensanchar los territorios expresivos y estéticos del cine cubano.

Frank Padrón, Trabajadores

 

 Omega 3: nuestras guerras absurdas del futuro

 Para refrescar las pantallas habaneras en medio del sofocante verano tropical, acaba de llegar Omega 3, la primera película realizada en Cuba que se inscribe totalmente en el género de ciencia-ficción.

 El filme del escritor, guionista y director cubano nacido en Rusia, Eduardo del Llano y protagonizado por Carlos Gonzalvo, Dailenys Fuentes y Héctor Noas, cuenta una historia que transcurre en un lugar y un tiempo futuro indefinidos, en los que el mundo no se divide por países, creencias o ideologías, sino por lo que come cada cual. Así, se enfrentan Vegs, (vegetarianos), Macs (macrobióticos), Ollies (ovolácteos) y Carns (carnívoros), en una guerra encarnizada donde el fanatismo lleva a la muerte a los que comen diferente.

 Sin grandes efectos especiales, con un presupuesto mínimo, en locaciones ya existentes en su mayoría y con materiales muchas veces de desecho, Omega 3 no pretende competir con las grandes superproducciones del género en espectacularidad, pero consigue centrar la atención en las atmósferas, los personajes, la historia.

 Referencias al mejor cine bélico, especialmente en la escenografía y ambientación de algunas locaciones, remiten a obras como Liberación (Osvobozhdenie)

 “En Liberación busqué el aspecto del Estado mayor de generales como Zhúkov, esas habitaciones semienterradas, con paredes de madera y una mesa central para los mapas. La oficina del Oficial Mac interpretado por Héctor Noas tiene estas características, y él mismo es una mezcla de Himmler y Beria”, refirió Del Llano, en declaraciones para RIA Nóvosti.

 Y es que, para Eduardo, el cine soviético fue un importante referente cultural que de alguna manera nos devuelve aquí. Nada extraño para cualquier cubano de más de 40 años, aunque en su caso tal vez el hecho de nacer en Moscú –sus padres fueron de los primeros estudiantes de la isla en graduarse de economía en la Universidad Lomonósov– le hiciera acercarse más a la filmografía del país eslavo.

 “En esta película hablo de un tema universal, la intolerancia, la adhesión ciega a un dogma”, expresó Del Llano. “Conocemos el proceso por el cual una buena idea que en principio busca el bien del ser humano, llevada al extremo se convierte en una razón para dividir y matar”.

 Y es que, si bien en la forma Omega 3 es una propuesta muy diferente a lo realizado anteriormente por Eduardo del Llano (y a lo acostumbrado en la filmografía nacional) en esencia aborda los mismos temas que le preocupan a él y a muchos.

 En eso, no difiere demasiado de la decena de películas en las que ha participado en calidad de guionista, entre las que se encuentran títulos como Alicia en el pueblo de maravillas, de Daniel Díaz Torres o La Vida es silbar, de Fernando Pérez.

 También se puede encontrar cierta continuidad con su obra anterior como director, entre la que destaca la serie de cortometrajes del personaje Nicanor (escritos y producidos además por él mismo) inspirados en los absurdos que muchas veces desbordan la realidad cubana. Monte Rouge, Brainstorm o Pravda son algunos de los títulos que se han convertido en grandes éxitos saltando de una computadora a otra, sin exhibiciones oficiales.

 Aunque muchos de los males que reflejan estos cortos continúan ahí, han sido sin dudas un necesario llamado de atención sobre fenómenos como el burocratismo, la censura o el control sobre las personas.

 “No creo que el arte cambie una sociedad. Sí puede cambiar a los individuos”, dijo Del Llano.

 En momentos en que el mundo se ve una vez más envuelto en guerras absurdas, Omega 3, puede ayudarnos a todos a reflexionar sobre las verdaderas motivaciones de estos conflictos y a pensar en qué podemos hacer cada uno para legarles un mejor planeta a nuestros hijos.

Natasha Vázquez, Novosti

 

 Película cubana Omega 3, en cines medios vacíos

 El largometraje de ciencia-ficción Omega 3 del realizador Eduardo del Llano proyectado en cines de estreno va siendo una de las películas cubanas menos taquilleras de los últimos tiempos. Las salas permanecen vacías, situación poco usual ya que los cubanos se muestran ávidos de verse retratados en la pantalla.

 Algunos espectadores son atraídos por la sinopsis del filme: “A cien años del presente, ocurre una guerra mundial por imponer una forma alimenticia sana, entre los cars (carnívoros), macs (macrobióticos), olis (ovo lácteo) y vegs (vegetarianos). Un vegs resulta prisionero de los macs y conoce a una prisionera olis, entre ambos buscan estrategias para escapar o al menos por sobrevivir’’.

 El lenguaje (verbalista) entre los protagonistas Carlos Gonzalvo (conocido por su nombre humorístico Mente Pollo) y Dianelys Fuentes y Héctor Noas, trata de sustituir –en vano– los imprescindibles efectos especiales del género.

 Debe reconocerse el intento del director de satirizar la penosa realidad cubana de subsistencia, al situar el filme en un futuro donde sobran los alimentos. Pero sin naves cósmicas, ingravidez, robots, el público bosteza. En Omega 3, Del Llano fracasó en el intento de realizar ciencia ficción de cartón.

 Eduardo Del Llano, bien conocido por sus cortos satíricos que circularon de manera clandestina por Internet, estrenará su cortometraje crítico No somos nada en septiembre.

Manuel Guerra Pérez, agosto 28, 2014

 

 A Omega 3 le faltan flavonoides, fibra, sazón y ángel cinematográfico

 Hace bastante, cuando todavía faltaban años para el surgimiento de piezas cinematográficas como Molina’s Solarix (Jorge Molina, 2006), Juan de los muertos (Alejandro Brugués, 2011) o Los desastres de la guerra (Tomás Piard, 2012), publiqué un artículo entonces tildado de “soñador”, donde apostaba por la existencia de un cine de género en Cuba.

 No tardó tanto el futuro para que, además de dichas obras de ciencia ficción o zombies antes estrenadas, ahora esté por llegar un filme vampírico, quizá más adelante otro del oeste, y se exhiba ya en las pantallas cubanas, Omega 3 (Eduardo del Llano, 2014), la tercera incursión insular de acción real en la sci-fi –no la primera, como erróneamente repiten medios no especializados.

 A diferencia de la literatura, con una tradición extendida desde Oscar Hurtado a Daína Chaviano, Yoss o hasta el propio Del Llano –autor de la novela Obstáculo y del cuento homónimo en el cual se base el filme–, aún somos casi vírgenes en el tema, en materia de séptimo arte.

 Del Llano viene con el precedente, en cine, de varios trascendentes guiones, algunos de ellos emblemáticos en la pantalla de los ’90; y tanto la escritura como la dirección del decálogo independiente de cortos humorísticos protagonizados por el personaje de Nicanor O’Donnell, compuesto por Luis Alberto García. De su período pre-ICAIC como realizador, este comentarista se decanta en preferencias no por la por muchos escogida Monte Rouge (2004), sino por Brainstorm (2009), lúdico corte en canal a las manquedades de la prensa cubana que debía pasarse al inicio de cada Congreso de la UPEC. Luego, a la vera del ente, filmó Vinci (2011), biopic parcial de perfil histórico contextualizada en ambientes europeos durante el período carcelario del genio renacentista Leonardo Da Vinci, en la Florencia de 1476. El filme no complació a todos los gustos; sí a quien escribe, que en su momento lo respaldó.

 Es Eduardo un cineasta versátil, ecléctico, inteligente, provisto de conocimientos fílmicos, dueño de intereses temáticos amplios y hasta en ocasiones sorprendentes, si los vemos dentro de nuestra dinámica de creación interna. Además, valiente y sin miedo al fracaso, al error, sabedor de que si se le cierra siempre la puerta correremos el riesgo de dejar fuera la verdad.

 Por lo anterior, se tiró de frente contra un género de escasísima tradición regional, hecho que, de entrada, concita respeto a todo quien sepa cuanto demanda; mas lo hace con un guion anclado a base argumental ya en el mismísimo papel poco maleable a trasuntos fílmicos. Omega 3 pasa, con aprobado, en cuanto más temía (el apartado tecnológico, salvado con imaginación, pragmáticas soluciones espaciales/ambientales, y también tecnología: que somos pobres pero no facinerosos) y se ve levantada en el aspecto formal merced a la fotografía de Pepe Riera y la banda sonora de Osvaldo Montes; sin embargo, reprueba en lo fundamental: el relato. Huérfano de numen; carente de flavonoides, fibra, sazón y sal –para ilustrarlo acorde con las analogías culinarias del filme–, el metraje discurre deslavazado, monocorde, plúmbeo. El ángel del cine no quiso posarse sobre estos fotogramas habitados por el engolamiento, la gelidez discursiva, diálogos soporíferos en cuya concepción poco interés se percibe por esquivar su matriz literaria, actuaciones dispares, una puesta en escena irregular y desbalanceado ritmo narrativo. Resulta punible aquí el reemplazo de la fluencia cinemática a favor de una sucesión de parlamentos inductivos, subrayados y, por momentos, francamente agobiantes.

 Presunto ejercicio de tesis, esta historia de tribus del futuro en pugna por la hegemonía de su menú alimenticio (Vegs, Macs, Ollies) pudiera articularse como el amago de un polisémico diagrama a la inherente beligerancia y proclividad faccional de la especie desde tiempos inmemoriales hasta un presente grupal de reparteros, maras, fraternidades, sectas e infinidad de tendencias gregarias y un mañana cercano donde seguiremos, como siempre, en franjas rivales enfrentadas por algo que, si acaso no fuese un plato macrobiótico, sí podría ser el agua común, el aire, la carne humana, nuestros propios órganos… ¿Quién sabe?

 Ahora bien, el dardo no llega a diana, porque el por el propio realizador confeso aunque nunca concreto a la larga mega objetivo conceptual (una impugnación “a la intolerancia y el fanatismo ideológico o religioso”, Del Llano dixit) se diluye en la hojarasca verborreica desfocada que pinta con barniz de poca fiabilidad un escenario solemne a ultranza, sin posibilidad alguna —para colmo— de  distensión de cualquier tipo.

 No solo por funcional necesidad de visualizar su supermercado futurista con arreglo a sus intenciones, sino igual quizá intuyendo lo anterior, el realizador opta por el inserto de animación en rotoscopía, el cual beneficia de forma considerable a la narración, pese a que resulta mucho más abrupta e inorgánica su irrupción que, por ejemplo, la análoga ejecutada por Quentin Tarantino en Kill Bill. Dichos cuatro minutos constituyen los momentos más cinematográficos de Omega 3, pues representan la antítesis de toda la otra parte del relato, al ser portadores de libertad narrativa, frescura, planimetría ritmática, charme.

 Héctor Noas, merced a su probado oficio, impide la anegación completa del segmento interpretativo, no obstante la discutible escena del llanto catártico y esa decisión de vestuario que lo dibuja menos cual jefe militar de Liberación que en tanto suerte de rara versión dominatrix masculina de su personaje de Verde, verde. Pese a salir airoso con Juan Carlos Cremata en El premio flaco y con Eduardo en Vinci, como hicimos constar en nuestras respectivas críticas de ambas cintas, a Carlos Gonzalvo –¿nuevo actor fetiche de Del Llano?, pues ya suman cuatro los trabajos conjuntos– le es imposible defender su acartonado personaje; mientras que su contraparte Dailenis Fuentes aún tiene mucho por delante que pulir en materia histriónica.

 Omega 3, en resumidas cuentas, deviene experiencia válida, tanteo necesario en el incipiente desandar por los géneros del cine isleño y muestra inequívoca del arrojo de su creador (con quien resulta harto difícil no concordar en su criterio de que la pantalla cubana precisa abrirse, como lo hace aquí; y que no todo puede ser dentro de esta “pobreza, marginalidad y represión a los gays”), mas a la vez representa el intento no fraguado de rubricar una sólida sci-fi de planteamientos discursivos. Nada para lamentar, empero; sino pie para exhortar al director a que no ceje en empeños similares u otros, a la postre del todo plausibles en el camino de la consolidación de un cine nacional más distendido, completo e inclusivo.

Julio Martínez Molina

 

 Ayer tuve la oportunidad de ver Omega 3 en el Chaplin, en la tanda de las 5 de la tarde. Me pareció una película interesante, al menos diferente, que no me hizo avergonzarme del cine que últimamente se hace en el país. Los efectos especiales me sorprendieron, creí entender lo que explicaba Eduardo en tv sobre el entusiasmo con que todo el equipo asumió el reto de realizar la primera película completamente de ciencia ficción en Cuba; la animación espectacular igualmente. Omega 3 demuestra que se pueden hacer cosas interesantísimas y de buena calidad en nuestro país, sin tener que recurrir al manido pretexto de la falta de recursos, todo está en ponerle ganas y evitar el facilismo.

 No obstant me pareció corta la película, me quedé con deseos de más….ah, tampoco me gustó el maquillaje de la herida de Gonzalvo en la cara; todo lo demás me pareció bien logrado. Felicidades a Eduardo por su film.

Leonardo Baster Paz, comentario en este mismo blog, 22 de agosto 2014

 

 Desconcierto del paladar habituado

 El filme cubano Omega 3 ha sido el centro por estos días de una polémica capaz de rizar al menos nuestro alaciado contexto cultural.  Puesta fuera de cartelera a todo correr, y denostada por críticos y público en inusual coincidencia, la película pretende saltar, en un solo intento, el inmenso valladar que significa la ausencia de tradición y precedentes con una anécdota futurista, que vaticina enconadas guerras entre diversos grupos fundamentalistas, los unos partidarios de comer solo carne, los otros huevos y leche, los de más acá adictos a los vegetales, a la macrobiótica, a las frutas…

 Desde la misma anécdota, que se anuncia original, inusitada, en nuestro panorama audiovisual, se aprecia una de las contradicciones que le fue imposible resolver a su guionista y director Eduardo del Llano: la oposición  de tono, forma y esencia requerida por un tema tan trascendental como la reflexión sobre la intolerancia que provoca guerras y violencia, y la cierta ligereza requerida por una farsa que juega con el absurdo y el humor negro en tanto burla de las diferencias, incluso en cuanto a modos de alimentarse, que empujan a los seres humanos a matarse entre ellos. La anterior paradoja, entre la solemnidad y la humorada, entre la trascendencia y el desatino que provoca risa, le impide al espectador identificarse con personajes que al principio enfrentan una misión a cumplir, un recorrido del héroe propio de cualquier filme de acción y aventuras, mientras que unos cuantos minutos después la acción se reduce al mínimo, y todo se concentra en el diálogo informativo, que describe conflictos elementales de gustos y preferencias. Al menos yo carezco de prejuicios contra las películas verbalistas, pero es que en este caso los diálogos tampoco cumplen aquel alto contenido filosófico, o metafórico, asignado a los parlamentos en el Stalker tarkovskiano, o en el Blade Runner de Ridley Scott.

 Entonces, creo yo, porque me ocurrió también a mí, el público pasa de la decepción al aburrimiento. Porque aparece una nave espacial en las primeras escenas y nadie en el mundo puede explicar su presencia en la película al nivel de la historia y de los personajes; hay soldados armados con tecnología de punta y detectores computadorizados estilo Terminator y Minority Report, pero al igual que la nave espacial, la parafernalia visual cumple con un solo propósito, bastante pueril: asegurar que en Cuba también podemos hacer ciencia ficción. Por supuesto que podemos hacerlo, y Eduardo del Llano sigue siendo uno de los más seguros postulantes para proyectos de este corte, pero ojalá que la próxima vez consiga aunar voluntad temática, tono discursivo y códigos genéricos que provean lo que principalmente se extraña en Omega 3: coherencia, energía unificadora, capacidad para decidir si la esencia argumental se asume desde la gravedad culminante o desde el chiste de sobremesa.

 Tampoco funcionan, y se atraviesan entre la historia y sus posibilidades de cautivar al público, el modo en que está contada la historia y la duración de ciertas escenas. En cuanto al primer factor de los mencionados, me parece errado iniciar el filme con una escena, injustificadamente larga, cuya comprensión deberá aguardar a que el espectador llegue al final, y entienda que se trata de una de esas películas de estructura circular, es decir que al principio y al final ocurre más o menos lo mismo, como para sugerir la eternización de los conflictos presentados. Pero ocurre que un niño aficionado a los crucigramas, inapetente y aburrido, a quienes los padres requieren para que se alimente, jamás puede ser alegoría de la intolerancia con la opinión o los gustos ajenos. También puede ser que mi percepción sea corta, y no alcanzara a comprender lo que me sugería esta y otras escenas de una película que, en mi opinión, pierde el colimador desde el principio y luego empieza a disparar a cualquier parte, como si ninguno de los implicados supiera cuál es la diana.

 En el segundo segmento del filme aparece el protagonista, el héroe, a quien muy rápidamente se le otorga la misión y él la asume resignado, a través de tres o cuatro escenas filmadas y ambientadas con una grandilocuencia e imaginería impactantes, muy en la línea de El quinto elemento, o de Total Recall. Y ahí mismo comienzan a remontarse las expectativas de un espectador acostumbrado a la asociación entre los géneros de ciencia ficción y el cine de acción y aventuras, con abundancia de incidentes que cambien el curso de la trama y un héroe más o menos redentor.  Aproximadamente a los veinte minutos de comenzadas las supuestas hazañas, este acontecer se interrumpe, el protagonista es atrapado, y hecho prisionero, y el restante decurso del filme se verifica a través de un prolongado ciclo de conversatorios y discusiones en el interior de la cárcel.

 A estas alturas de la trama ya da igual si estamos delante de un héroe o de un antihéroe, el caso es que este pobre hombre, interpretado con variedad de recursos y dominio escénico por Carlos Gonzalvo, se encuentra en cautiverio todo el resto del metraje, y por tanto quedan pocos recursos disponibles más allá de la palabrería y la teatralización, por muchos efectos visuales que intenten aligerar la restricción espacial impuesta por el argumento, y la paliza verbal ordenada por el guión. Ambos excesos resultan doblemente notables cuando los personajes se mantienen todo el tiempo enunciando, describiendo, como si estuviéramos en el primer acto, introductorio, de un filme cuyos principales conflictos se van a dilucidar y resolver luego. Porque una vez que hemos comprendido a cabalidad todo lo que ha ocurrido con cada secta, triunfante o disidente, ocurre que se acaba la película, como si al guión se le hubiera acabado el combustible, y luego de presentar determinadas situaciones faltaran no sé si ideas, recursos, deseos o ánimo para que el filme trascendiera la categoría de esbozo, de esquema avispado, mediometraje que promete mucho y entrega poco.

 Memorable, porque contiene la semilla que Omega 3 pudo desarrollar si quería alcanzar mayor entidad y estamento, es el fragmento animado, porque demuestra en una consecución de acciones dramáticas mínimas y grandiosas imágenes, la idea de ese mundo futuro regido por un fundamentalismo conducente a la intolerancia, las fobias, la discriminación y finalmente las guerras. El corto animado vale por sí mismo, y es tan redondo e independiente que se enseñorea sobre la película y todo lo demás parece prólogo o apéndice de este muy valioso núcleo.

 Por otra parte, sería injusto olvidar el brillante desempeño, entre autoirónico y festivo, de Héctor Noas, quien fue dirigido, quizás, en un registro distinto a los demás actores, porque al parecer fue el único de los intérpretes que comprendió a cabalidad las posibilidades latentes en el guión para la exageración humorística. La mejor escena en ese sentido, que llega a ser incluso hilarante, es aquella en que el malo de pacotilla que hace Noas, invita a su prisionera a que toque su musculatura para demostrar la superioridad de la dieta macrobiótica. La muchacha palpa bíceps y pectorales, y nuestro canijo héroe, evidentemente celoso, protesta airado alegando que eso es tortura. La muchacha, que un segundo antes intentaba defenderse de todo acercamiento físico esgrimiendo la Convención de Ginebra, evidentemente se ha erotizado con la musculatura del malo, el eros la arrastra, y trata de hacer callar al flacucho que quiere defenderla para poder seguir amasando al fortachón macrobiótico. En una sola escena, Del Llano resumió, ahora desde la comedia, el sentido de un filme cuya totalidad resulta imposible de salvar a pesar del vigor indudable de los pasajes mencionados.

 Y no se discuta más: es cierto que los efectos especiales parecen “yumas”. Eso ya lo sabemos y todo el mundo lo concede con ánimo entre optimista y perdonavidas. De modo que si esa era la meta, pueden darla por cumplida a cabalidad. Y ahora más en serio: debe anotarse que el vestuario consigue, con una perfección sorprendente, ese look alienígena y estrafalario, mientras el maquillaje no pudo cumplir a cabalidad con el realismo de unas heridas que evidencian su carácter de prótesis plástica. Si en vez de consagrarse a competir por la validación en las inalcanzables ligas de las superproducciones internacionales, los efectos especiales, el vestuario, el maquillaje y la película toda hubiera optado por la carnavalización, la ironía e incluso el cinismo, Omega 3 tal vez sería esa gran película que solo a ratos se asoma a través de este boceto corto y presuroso. 

 Cuando casi al final, aparece Yory haciendo una versión cabaretera de “La era está pariendo un corazón”, con una ropa sacada del armario que le sirvió a Bob Fosse para vestir a los figurantes de All That Jazz, aparece una última ráfaga de ingenio sarcástico, la vena más fuerte de Eduardo del Llano, esa que extravió esta vez entre prosopopeyas efectistas y caricaturas a medio cocinar sobre la infinita frivolidad, y demoledora intransigencia, del porvenir que nos aguarda.

Joel del Río, On Cuba

 

 Omega 3: ciberpunk a la cubana

 Es harto conocido que la literatura y el cine de ciencia ficción suelen criticar aspectos políticos o sociales de la época en que surge cada obra, además de tratar cuestiones filosóficas. Pero siempre, por mucho vuelo imaginativo que se despliegue, algo queda dentro de los límites de la experiencia humana y, en algunos casos, puede haber tal grado de credibilidad que llegue a crear una oleada de pánico, como ocurrió con la versión radial de La guerra de los mundos, célebre novela de H. G. Wells.

 Cuando la sci-fi logró superar la socorrida fórmula del ataque marciano –muy común durante la guerra fría, periodo en que fue empleada para construir parábolas en relación con la amenaza comunista–, se mantuvo en auge el temor hacia la automatización  y la deshumanización de la sociedad postindustrial, así como el desasosiego por una posible hecatombe universal a consecuencia de invenciones tecnológicas, entre otros tópicos.

 Luego de esa referida variabilidad de sujetos fílmicos según las circunstancias del momento, no es de extrañar que Omega 3el primer largometraje cubano que asume la sci-fi a plenitud–, lejos de preocuparse por desastres nucleares, rebeliones de robots o mutantes genocidas, opte por algo más cercano para su público potencial como puede ser una crisis provocada por razones alimentarias.

Sin demasiada alharaca, el drama escrito y dirigido por el realizador Eduardo del Llano evidencia desde sus primeros minutos que discurrirá sobre una problemática universal: la necesidad del respeto ―más que la tolerancia― a la diferencia en asuntos que pueden ser/parecer tan frugales como el propio acto de comer lo que más nos plazca. Para desarrollar el argumento, el autor lo sitúa en el contexto de una supuesta guerra mundial a cien años del presente, en la cual varios grupos humanos se enfrentan por sus hábitos alimentarios desde hace más de una década. De ellos, prevalecen en la trama los Vegs (vegetarianos), los Macs (macrobióticos) y los Ollies (ovolácteos).

 Pero el filme, oportunamente, no se detiene en mostrar ni un solo combate. La guerra se mantiene en estado latente y los elementos de ciencia ficción no son más que la epidermis, el empaque que disimula a la verdadera Caja de Pandora; pues al realizador le interesa desviar su lente hacia el desgaste de sus protagonistas, agotados por una conflagración  innecesaria y absurda que nadie sabe cuándo acabará.

 De esa manera logra recrear un mundo distópico –antítesis de una sociedad ideal–. Este es uno de los ítems más populares de la ficción especulativa desde filmes como La jetée (Chris Marker, 1962), El planeta de los simios (Franklin J. Schaffner, 1968), o el más reciente Doce monos (Terry Gilliam, 1995), nacidos durante la guerra fría; hasta algunos clásicos del subgénero cyberpunk –el cual suele mezclar desarrollo científico-técnico con algún grado de desintegración o cambio radical en el orden social– como Blade Runner (Ridley Scott, 1982) o la trilogía de Matrix, de los hermanos Wachosky.

 Para articular la diégesis, Del Llano privilegia los conflictos internos mediante la construcción de uno de los clásicos arquetipos del camino del héroe con tres ingredientes fundamentales: la víctima, su amada y el victimario. A esta tríada suma la prisión como espacio y, por supuesto, el deseo de escapar de los protagonistas o la supervivencia como fin último. Contrario a lo que la imaginería fílmica nos ha inoculado, el rol protagónico recae en un actor sin gota de garbo y en un personaje cuyo valor más visible es la cobardía. Nick, encarnado por el popular humorista Carlos Gonzalvo, es una víctima del azar y del deterioro de esa contienda bélica de doce años en la cual ha estado por obligación.

 De manera similar a Vincisu largometraje anterior–,  donde privilegiaba el lado menos épico del gran artista del Renacimiento; aquí el posible héroe funciona más bien como antihéroe y parodia al ideal apolíneo. Con un ethos ya cuestionable si tenemos en cuenta alguna de sus acciones durante la trama –él lucha a mordidas con Ana, su compañera de prisión, en una escena bastante patética, y casi llora cuando le apuntan con una pistola en la cabeza–; para colmo de males, sus escasos aflores de valentía terminan ridiculizados por los Macs.

 Gonzalvo representa un carácter endeble sin motivaciones bien definidas, más risible cuanto más trascendental pretende ser. Y pese a los intentos por dotarlo de un aire dramático, prevalece una cuerda farsesca que afecta el tono narrativo del relato fílmico. Aporta muy poco, por ejemplo, la escena en que el jefe de los Macs –interpretado por el versátil Héctor Noas– demuestra su superioridad física, ordenándole a Ana que toque sus pectorales y bíceps.

 Sin embargo, Ana –encarnada por la joven Dailenys Fuentes– logra mantener un tono más serio durante toda la puesta en cámara en su condición de coprotagónica. Ella, condenada a ser el otro agnus dei de la nutrición y la Eva probeta de ese experimento que probaría la importancia del compuesto Omega 3, termina enamorándose de Nick a pesar de sus diferencias y cae en la misma espiral de la resignación. La joven odia la carne ya que el gusto por este alimento provocó la muerte de su padre cuando aún era una niña y resulta un poco incongruente su rápido tránsito hacia una pasividad que rompe con la rebeldía que exudaba en un principio. Además, se extrañan más datos sobre su personalidad, dados desde el trabajo orgánico de la actriz.

 Héctor Noas, en cambio, con su papel de “malo refinado” –epítome del fundamentalismo achacado a los macrobióticos– construye un antagonista metódico, de elegante crueldad, que goza al mostrar la superioridad de su modus vivendi. Apoyado por un diseño de imagen que recuerda al más acérrimo de los oficiales nazis, hace gala de su camaleónica capacidad para transitar de un estado a otro en cuestiones de segundos y robarse la atención en la escena. Noas sabe dónde hacer el énfasis preciso para enriquecer el juego del gato y el ratón que establece con los prisioneros y logra un tono satírico que le da una gran riqueza al personaje; pero lo hace desentonar con el resto de las actuaciones, si bien todas pecan de verbalismo excesivo y se explota muy poco el trabajo con acciones físicas que expresen el estado interno de los personajes.

 Por otra parte, el filme –que tiene el privilegio de ser la primera producción grabada en una resolución de 4K en Cuba– gana con la cuidadosa dirección de arte de Rafael Zarza, eficaz para diferenciar los diferentes grupos en que se dividen los humanos por sus preferencias alimentarias. El vestuario, el maquillaje y el tratamiento de las pocas locaciones en que se desarrolla la trama logran, además de situar al espectador en un mundo distópico, causar una sensación claustrofóbica.

 De igual manera, la fotografía de José Manuel Riera sigue esa pauta haciendo prevalecer el uso de close ups y planos medios, estética que llega a resultar abusiva; pues aunque se usan otras soluciones como paneos y dollys generalmente situacionales, faltan –quizás– algunos picados y contrapicados con fines dramáticos más que meramente descriptivos o composiciones de cuadro con mayor acción interna. La iluminación también carece de riqueza expresiva a la hora de recrear una atmósfera más íntima para los personajes.

 Un aparte merece la animación ―realizada mayormente con la técnica de rotoscopía y elementos de 3D, en algunos fragmentos―, uno de los mayores aciertos de la película. Justificados como flash backs ―al igual que hace Tarantino en Kill Bill― desde el punto de vista del protagonista, para recrear una historia que lo vincula a Ana en el pasado. Si bien al principio los segmentos animados pueden parecer un tanto fuera de lugar, logran solucionar coherentemente la necesidad narrativa de presentar un supermercado del futuro.

 Contrario a lo que muchos esperarían de un producto de ciencia ficción producido desde un país tercermundista, son una fortaleza de Omega 3 los efectos digitales de posproducción; como, por ejemplo: visores infrarrojos que aparecen cuando el punto de vista narrativo muta hacia la perspectiva subjetiva de algún personaje; hologramas que responden a estímulos táctiles –uno de los recursos  más usados para denotar alta tecnología en Minority report y otros filmes–; junto a otros artilugios futuristas, ya sean armas, implantes cibernéticos o avanzados equipos de laboratorio. Paradójicamente, los pocos baches de verosimilitud existentes responden más a cuestiones actorales –la farseada gestualidad del androide que interpreta Jazz Vilá, por ejemplo– o del maquillaje de efectos, que no logra darle un toque verista a las cicatrices faciales de Nick.

 La música –conformada fundamentalmente por temas de rock, blues, reggae, tangos y hasta por una canción del cubano Bola de Nieve– cumple por lo general una función extradiegética que no deja claro si pretende acompañar o parodiar las situaciones dramáticas. A veces las acentúa al punto de lo lacrimógeno cuando la desesperanza absorbe a la pareja de prisioneros; otras, raya en el  ridículo, como en las escenas donde aparecen los soldados Macs para trasladar a otro sitio a sus prisioneros. Pese al buen desempeño interpretativo de la actriz y cantante Yoraisy Gómez en el restaurante donde ameniza la «idílica» velada de Nick y Ana, la interacción de números como “La era” –con todas las connotaciones que pueda tener, sobre todo para un público cubano– no logra dialogar coherentemente con el resto de los acontecimientos y el pastiche resulta un poco maniqueo. Igualmente, el trabajo con el sonido pudo ser más creativo en la conformación de atmósferas sonoras que subrayaran la claustrofobia de los personajes; pero, al menos, es bastante efectivo en la limpieza de los diálogos.

 Sin embargo, pese a las inconformidades que provoque en determinados seguidores de la ciencia ficción, Omega 3 no deja de ser una película arriesgada y oportuna, capaz de ponernos a reflexionar sobre el derecho a elegir lo que deseemos ser. No desestimo que, al salir del cine, muchos espectadores se preguntaban cuáles de los alimentos que ingerían diariamente contenían ese compuesto vital para el buen funcionamiento del cerebro; quizás alguno, al llegar a su casa, descubriría con asombro el anuncio de «Contiene Omega 3» en el pomo de aceite de soya, justo cuando se disponía, con premura, a freír un bistec.

Lázaro J. González González

 

 Y para terminar, una entrevista.

 

 Omega 3: Ciencia ficción fílmica… a la cubana

 (Entrevista a su director, Eduardo Del Llano Rodríguez)

 Por Yoss

 Aunque los espectadores de la isla la adoren, al ICAIC (Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos) no parece gustarle mucho la ciencia ficción. Será tal vez por considerar (sin mucha razón) que producir un filme de este género requeriría recursos que exceden los de un pequeño país caribeño, o porque en la situación que vive Cuba  desde 1959 hablar del futuro podría ser bastante comprometedor…

 El caso es que elementos de ciencia ficción sólo aparecen en unos pocos filmes cubanos, como La vida en rosa; Sueño tropical; y la segunda parte de Madrigal de Fernando Pérez. Más recientemente en Los desastres de la guerra, de Tomás Piard; y algunos insisten en que también en Juan de los Muertos, de Alejandro Brugués, aunque sea más de terror ¡zombies!

 Al menos hasta este 20 de agosto, que tuvo lugar en el cine Charles Chaplin de 23 entre 10 y 12 el preestreno de Omega 3, segundo largometraje de Eduardo del Llano Rodríguez.

 Este no es el debut cinematográfico de Eduardo; en 2012 ya había regalado al público cubano otro largometraje, Vinci. E incluso antes ya era bien conocido por los 10 cortos de su Decálogo de Nicanor y algunos otros cortos de ficción (por ejemplo, G2 y Casting) o documentales independientes, como GNYO, en el que hace la historia del famoso grupo humorístico Nos-Y-Otros (1982-1997) gracias precisamente al cual el nombre de este cubano nacido en Moscú en 1962 comenzó a ser familiar para el público cubano, hace ya tres décadas…. por cierto, casi el mismo tiempo que nos conocemos y, creo que puedo decirlo sin temor a exagerar, somos amigos, más que simples colegas en el mundo de la narrativa.

 En estos años he tenido la oportunidad, incluso de hacerle alguna que otra entrevista… así que supongo que lo más difícil en esta será, precisamente, no repetirnos, ni entrevistador ni entrevistado.

 P1: Eduardo, para ir calentando los motores, una sencillita: tus comienzos en el arte fueron como escritor humorístico, faceta en la que muchos creemos que has logrado tus mayores éxitos, con múltiples premios y libros publicados que desaparecen de las librerías cubanas casi el mismo día de su presentación. Pero luego Nos-Y-Otros se convirtió en un grupo humorístico escénico y también te tocó hacer de actor, un rol al que todavía rindes homenaje con breves “cameos” en muchos de tus trabajos como director. Más tarde aún fuiste guionista, acumulando un amplio currículum de colaboraciones en tal calidad, con Daniel Díaz Torres, Gerardo Chijona y Fernando Pérez. Y finalmente te has convertido en todo un director de cine. ¿Te parece una evolución lógica para tus inquietudes como creador? Y ¿en cuál de estas cuatro disciplinas: literatura, actuación, guión o dirección te sientes hoy en día más a gusto?

 Básicamente sigo siendo un escritor con la cara muy dura. Después de varios años learning by doing creo ser un director algo más que competente, un actor aceptable y un guionista profesional, pero continúo teniendo sentido de pertenencia, ya ves, al ingrato terreno literario. 

 P2: Conozco tu afición por la ciencia ficción, literaria o fílmica. Sé que has escrito numerosos relatos que podrían enmarcarse dentro de este género (he incluido al menos 4 en diversas antologías), y hasta alguna que otra novela juvenil a la que alguna vez te referiste como “afortunadamente inédita”. Pero, concretamente ¿qué te llevó a decidir que tu segundo largometraje fuese de ciencia ficción? ¿No chocaste con escepticismo y desconfianza contra el género dentro del ICAIC?

 De hecho tropecé con mucho más escepticismo y desconfianza fuera del ICAIC. Allí la gente ya me tiene por loco, lo raro sería que no me apareciera cada vez con algo inesperado.

 La preocupación siguiente, que también era mía, era si podríamos conseguir las locaciones, los materiales, los especialistas. Bueno, aparecieron todos. Aquí hay mucha gente con talentos raros que sueña con oportunidades así.

 P3: Omega 3 podría definirse como una fábula sobre la intolerancia llevada a sus extremos… pero también como un divertimento, por momentos incluso en tono de farsa, sobre las consecuencias de preocuparse demasiado por la alimentación. ¿Qué piensas al respecto? Y, personalizando un poquito: ¿tuvo el hecho de que seas alérgico al huevo algo que ver con la génesis de tu cuento original, en el que luego basaste la película?

 No estoy muy seguro en lo que atañe a divertimento y farsa, aunque sí en lo de intolerancia y hedonismo, ahí está la clave de la película.

 Tuvo que ver con una exsuegra que empezó a coquetear con la Macrobiótica estando enferma de cáncer, lo que es comprensible, y que siguió coqueteando con ella después de curarse, lo que ya lo es menos. Creo que hay que tener una alimentación sana y balanceada, entendiendo balanceada como la palabra clave. George Harrison y Linda McCartney eran veganos, no fumaban, vivían una vida sin estrés… y murieron de cáncer antes de los 60; Keith Richards se ha metido de todo y sigue ahí. Da que pensar, ¿no? Después que veamos la primera generación de Veganos o Macrobióticos viviendo 150 años, empezaré a creer. Entretanto, digo con Frank Delgado que hay que darle al cuerpo lo que te pida, aunque sea candela. Y aprovecho aquí para zaherir levemente a mi entrevistador: no tomas alcohol, macho, y eso puede tener sentido si hablamos de aguardientes, pero en lo tocante al vino… vaya, no tienes idea de lo que te estás perdiendo.

 P4: Normalmente, la ciencia ficción cinematográfica solemos asociarla a deslumbrantes y costosísimos efectos especiales postproducciones; de hecho, en el discurso de presentación de Omega 3 el miércoles 20 de agosto en el cine Chaplin mencionaste como ejemplo a Pacific Rim. ¿No te asusta un poco que el público cubano compare tu filme con esos referentes tan visualmente impactantes? Háblanos de los efectos especiales digitales y la postproducción de tu película, a cargo de Jorge Céspedes. ¿Lo supervisaste de cerca o le diste relativa libertad para crear? ¿Cómo lo contactaste y qué tal fue trabajar con él?

 Que comparen es inevitable, pero la película tiene los efectos que necesita. Stalker no tiene ninguno, y es un clásico. Por demás, la historia de Omega 3 es infinitamente superior a la de Pacific rim.

 Céspedes ya había convertido a Osvaldo Doimeadiós en un lisiado sin brazos ni piernas en mi corto Exit, y aun antes, en Pas de Quatre, a un viejo botero quieto en los estudios de Cubanacán en un taxi que se mueve por La Habana; en Vinci también pulió algunos detalles. Me lo presentó por allá por 2009 Alejandro Pérez (Compota) el insigne Director de Fotografía, que trabajó conmigo en nueve de los diez cortos de Nicanor.

 Céspedes es un nerd en toda la línea, sospecha de cuanto no es digital. Pero es brillante en lo suyo: en un plano de Omega 3, por ejemplo, le pedí que pusiera un láser cerrando una herida. Bueno, hizo bastante más que eso: diseñó y construyó en su ordenador todo un complejo aparato médico futurista. Y así fue con cada plano a su cuidado. Yo soy muy exigente y probablemente insoportable, pero haber dirigido a los Nos-y-Otros desarrolló mi don de líder, de espolear a la gente hasta un centímetro antes de que estallen. Y funciona.

 P5: En el filme hay una notable secuencia en dibujos animados, lograda a partir de la actuación de personas reales por el método conocido como rotoscopía. Es la primera vez que esta técnica se utiliza en Cuba, pese a la larga tradición de animación que existe en nuestro país… aunque sólo recientemente, con Meñique, de Ernesto Padrón, hayamos incursionado en la animación 3D. Sé que el dibujante, historietista y animador Luis Arturo Palacios fue uno de los encargados del fragmento animado de Omega 3. Cuéntanos de esta experiencia y si crees que tendrá trascendencia para la historia del cine cubano… ¿y continuadores?

 El grupo principal lo conformaban Palacios, Alejandro Rodríguez y Lidia Morales. Al comienzo trabajaron con cierta lentitud, pues aún daban los toques finales a Meñique, pero luego aceleraron. Mi plan era tener la película lista en junio y ellos empezaron a trabajar desde noviembre, o sea, dispusieron de algo más de seis meses. Fueron muy creativos. Si uno se fija bien, prácticamente en cada plano de la secuencia hay detallitos interesantes. Y los seis primeros planos de presentación del supermercado futurista en que se desarrolla la escena fueron completamente nuevos, es decir, no filmados previamente con actores: ahí todos, en particular Palacios, se pusieron como niños con un juguete nuevo. Hay que entender que estos muchachos son devoradores de películas de CF, tienen las paredes de sus sitios de trabajo cubiertos de pósters que van de UnderworldPacific Rim, pasando por Harry Potter y Riddick, de manera que la posibilidad de trabajar en algo del género los galvanizó a todos.

 P6: Existían grandes expectativas sobre Omega 3; la acogida de los que asistieron a su preestreno puede calificarse de entusiasta sin temor a exagerar. Entonces ¿cuál crees que sea la reacción del gran público cubano a tu filme? ¿y de la crítica cinematográfica nacional?

 Por lo pronto, cierto vaticinio previo en el sentido de que la gente se levantaría y saldría a los 20 minutos porque no iba a entender la película resultó falso.

 Mira, no es una película para mayorías, como no lo fue Vinci. Y hay cierto resquemor y quizás cierta envidia en estudiantes de cine, escritores de CF y críticos que les impide elogiar abiertamente una película cubana, en particular en un género donde la competencia hollywoodense es tan dura. Ahora bien, yo estoy convencido de que he hecho la nueva Blade Runner (que, por cierto, se convirtió en película de culto años después de su estreno, y al principio fue desdeñada por la crítica).

 P7: El estreno de Vinci en 2012 estuvo envuelto en polémicas, relacionadas sobre todo con la exclusión del filme del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de ese año… según se dijo, por no abordar una problemática regional. ¿Piensas que Omega 3 caerá en el mismo saco, empujada por falsos purismos? O, incluso, siendo un provocador nato, como buen humorista ¿tuviste muy en cuenta esta posibilidad a la hora de filmar este tu segundo largometraje?

 Lo pensé, naturalmente, pero la razón principal para hacer la película fue que creí tener una muy buena historia entre manos y que estoy convencido de que el cine cubano, sin dejar de tocar temas medulares de la cotidianidad, debe abrirse además al cine de género.

 ¿Si la aceptarán en el Festival de la Habana? No sé, espero que sí. El director del Festival, Iván Giroud, ya la vio y le gustó mucho.

 P8: En tu doble carácter de escritor y director, a menudo llevas a la pantalla textos tuyos, incluso ya publicados. ¿Escribes entonces guión, a pesar de todo, o usas el cuento como referente directo para filmar? ¿Cómo hiciste, en concreto, para Omega 3?

 Escribo guión, por supuesto, pues este es un instrumento no sólo para mí, sino para el fotógrafo, la producción, el vestuario… en fin, para todos los departamentos. Un productor con sólo leer el cuento no puede saber si hay tres o diecisiete escenas nocturnas. Por demás, el cuento tiene apenas cinco páginas, y personajes clave como Ana la Ollie no aparecen en él. Cuando me decidía a ir adelante con el proyecto, escribí una primera versión del guión en que aparecía un montón de personajes y situaciones nuevas. Ahora bien, el contar con una fuente literaria –y propia, además- es siempre una ventaja porque ya existe una estructura dramática previa.

 P9: Se dice que algunos directores tienen “actores fetiche”. Carlos Gonzalvo, muy familiar para el público cubano por su humorística interpretación del Profesor Mentepollo en el espacio televisivo Déjame que te cuente, trabajó ya contigo en Vinci, y ahora es uno de los protagonistas de Omega 3. Cuéntanos de tus experiencias con este actor.

 Carlitos trabajó conmigo en Vinci, Casting, Omega 3 y No somos nada, un corto de próxima aparición. Es un actor estupendo y, aunque no exactamente guapo, tiene una presencia muy interesante en pantalla. Es muy dúctil, entiende de inmediato lo que quiero y me ayuda a traducirlo a los otros actores, porque conoce el lenguaje del teatro mejor que yo. En todas esas películas fue el actor que tuve en mente desde el principio, escribí los personajes pensando en él.

 P10: ¿Qué significó para Eduardo del Llano como director trabajar con un actor tan sólido y experimentado como Héctor Noas? Alguien que incluso había ya incursionado dentro de la ciencia ficción, en la recordada serie televisiva Shiralad, a principios de los 90.

 Héctor también fue mi primera opción para el personaje del oficial Mac. En esos momentos no vivía en Cuba, pero se comprometió con el personaje nada más leer el guión. Gonzalvo, en particular, estaba exultante ante la posibilidad de trabajar con él, lo admira mucho. Fue muy fácil montar sus escenas, es la clase de actor inteligente que se construye enseguida su cadena de acciones y redondea y mejora lo que como director hayas podido indicarle.

 P11: Siguiendo con el fetichismo y las personalidades; en Omega 3 la música la hizo Osvaldo Montes, uno de los más famosos compositores argentinos para cine. Y en algunos temas tocó la guitarra nuestro común amigo Dagoberto Pedraja, que ya había trabajado contigo en G2 y en otras obras. Cuéntanos sobre la experiencia de trabajar con semejante par de monstruos musicales.

 Genial. Osvaldo es un músico fabuloso, todoterreno, con una vena rockera que se abrió por completo en este trabajo. El Dago y él hicieron buenas migas. Hay fragmentos en el making y en el clip musical del tema Omega 3 (el rock a lo Cream de los créditos iniciales) donde se nos ve a los tres trabajando. Fue una gozada absoluta, pues yo, aunque alevosamente desafinado, suelo tener buenas ideas para la producción musical, qué arreglos me suenan en la cabeza, que ahora haya un solo de este instrumento, que aquí entre la pandereta, esas cosas.

 P12: Esta es la clásica pregunta con la que en una entrevista te avisan subliminalmente de que se está acabando… pero, no te relajes, que todavía falta un poco: ¿Tras Omega 3, qué? ¿Tienes proyectos fílmicos futuros? ¿continuarás con la ciencia ficción, o será tu próxima elección algún género igual de preterido… digamos el terror o la fantasía heroica?

 Mi próximo proyecto de largometraje es un falso documental a lo Zelig, la obra maestra de Woody Allen. Una historia absolutamente diferente, claro está, pero con esa estética. Por cierto, ambientada en Cuba, en un momento concreto del siglo pasado.

 Sin embargo, no voy a abandonar completamente el mundo de Omega 3. Arturo Palacios y yo trabajamos en un comic ambientado en ese universo. Se llama El día de la Ira y el personaje principal es una Car (carnívora); concretamente, la exesposa de Nick el Veg.

 Y ahora ya relájate, pero no del todo, que viene la ráfaga de preguntas. Muchas de las respuestas ya las conozco, y probablemente hasta las hayas escrito en decenas de entrevistas, pero otras… bueno, ya verás. A que te sorprendo…

 P13: Si pudieras viajar en el tiempo ¿a qué personaje histórico te gustaría conocer y qué le preguntarías… o le harías?

 A Marilyn Monroe. Me encantaría discutir con ella acerca de la repoblación forestal de Sudáfrica.

 P14: Para mantener el tono diétetico de Omega 3: ¿Carne o pescado?

 Carne.

 P15: ¿Cuál es tu peor pesadilla? Y no se vale poner que nadie vaya a ver Omega 3, que conste…

 Rendirme. Ser un anciano opaco aconsejando prudencia a la juventud.

 P16: Si tuvieras que ir a pasar una temporada en una isla desierta ¿qué 5 cosas te llevarías?

 Un sincrofasotrón, para presumir ante los náufragos de islas aledañas. Tres revistas porno. Un libro de Tom Sharpe, Terry Pratchett o Luis Piedrahita.

 P17: Como fanático de la ciencia ficción: ¿Star Wars o Star Trek?

 Star Wars, indiscutiblemente.

 P18: Seguimos con ciencia ficción, pero ahora en el cine: ¿qué película del género es tu favorita y cuál (o cuáles) no volverías a ver ni aunque te pagaran?

 Mi favorita es Blade Runner.

 Supongo que no hay ninguna tan mala para no querer volver a verla y aprender algo de ella. Sabes que colecciono malas películas (Plan 9 from outer space y cosas así) pues de tan malas se convierten en buenas. Dicho eso, sagas como Iron man y Transformers me parecen verdaderas inmundicias.

 P19: Para mantenernos al paso de los tiempos: cine en 3D ¿sí o no?

 Sí que lo haya. Personalmente no me gusta, me mareo.

 P20: ¿Título del último libro que has leído?

 Me releí los Apócrifos de Karel Capek. Lo máximo.

 P21: ¿Qué tipo de música prefieres escuchar? Con una coda: ¿qué opinas del reggaetón? (jeje)

 Rock de los 50, 60 y 70, o rock posterior que suene así. Jazz viejo. Canción de autor en español, desde Silvio a Sabina, pasando por Leo Masliah, Frank Delgado y Calle 13. Y una tajadita de música clásica como postre.

 El reguetón es una mierda, pero, por suerte para muchos, la coprofagia no es un delito tipificado en el Código Penal.

 P22: Si pudieras tener un único superpoder ¿cuál sería?

 Destruir las aduanas. Sería Travelman.

 P23: Si pudieras elegir entre filmar una película con Steven Spielberg como productor, o curarte para siempre de tu sempiterna alergia al huevo y poder empezar a disfrutar de helados y cakes a mansalva ¿cuál opción escogerías?

 Filmar con Spielberg, por supuesto.

 P24: ¿Qué pregunta siempre has querido que te hagan en una entrevista y nadie nunca da pie con bola con ella? Y respóndela, de paso.

 ¿Cuál es tu primer recuerdo?

 Un sueño que tuve a los tres años. Corría a lo largo de un pasillo con carapachos de carey colgados en las paredes.

 P25: Y, como se dice en inglés, last but not least; la más personal de todas. ¿Qué se siente siendo abuelo a los 52? De verdad…

 Tengo un amigo de 41 años que va a ser abuelo antes de diciembre.

 Mira, es conmovedor sentir que tus hijos no sólo crecieron, sino que se están reproduciendo. Entiendes al fin que en una manada ya serías un estorbo; menos mal que no somos de esa clase de animales. Pero sobre todo sientes un inmenso orgullo, una dulzura a prueba de balas.

22 de agosto de 2014

APUROS

Publicado: 23-09-2014 en Sin categoría

 Todos hemos pasado por situaciones apuradas, momentos en que cuanto puede salir mal sale mal y nos parece que estamos soñando o en una película. Les cuento una historia, pintoresca donde las haya, en que me vi envuelto hace algunos años.

 En la primavera de 2003 fui invitado una vez más a Innsbruck, en el Tirol austriaco, para participar en el IFFI, el Festival Internacional de Cine que allí se celebra. Cuando todavía estaba en Cuba, mi amigo Helmut llamó para consultarme algo: “mira, cosa de un mes antes del Festival nosotros tenemos que ir a Cannes, ¿quisieras venir antes y acompañarnos?”. ¿Existirá otra pregunta más inocente que esa? Dije que sí, naturalmente, y durante cinco o seis días estuve en Cannes sin hacer otra cosa que ver películas, ir a restaurantes y a la playa. Que por cierto, es de topless.

 Cuando terminaba Cannes, aún faltaba un par de semanas para el arranque del IFFI. Se me ocurrió ir a Barcelona. Nunca había estado allí, y ya yo había cumplido cuarenta años y tenía algo de dinero. En lugar de estar dos semanas en Innsbruck estorbando a Helmut –habitualmente me quedaba en su casa–, pensé, mejor me voy a Barcelona por mi cuenta, es una aventura, uno de esos lugares que hay que ver de todos modos, tengo amigos allí y, argumento decisivo, están las cosas de Gaudí. Hice unas llamadas, y resultó que el novio de la hermana de una amiga mía, la escritora cubana Karla Suárez, podía alojarme unos días en el apartamento que alquilaba nada menos que frente a la Sagrada Familia. Mis socios austriacos me llevaron al tren y me dejaron solo. Atravesé el sur de Francia con una breve parada en Montpellier, entré en España –donde los rieles son más estrechos– y unas horas más tarde estaba en Barcelona. Los próximos días fueron de fábula: dormía en un cuarto que, cuando abrías el balcón, tenías la Sagrada Familia ahí, al otro lado de la calle, casi al alcance de la mano. Visité a mi amigo Ramón Fernández Larrea, con quien había trabajado en Cuba en El Programa de Ramón una docena de años antes, a otros conocidos como el locutor José Luis Bergantiños (también del Programa de Ramón), al trovador Adrián Morales… Me sumergí en el piélago de tiendecitas de bootlegs en la calle Tallers, visité todos los edificios de Gaudí… La segunda semana me mudé al apartamento de otro conocido, el caricaturista cubano Félix, en un barrio costero que se llama la Barceloneta. Y aquí comienza la parte dramática de la historia. 

 Saqué pasaje por tren hasta Munich, que está a dos horas de Innsbruck. La noche antes, Félix tenía que marchar a Madrid, y me dice: mira, un amigo mío vendrá al amanecer, dale a él la llave del apartamento antes de irte. Por la mañana entregué la llave y me fui a la estación… para descubrir que había una huelga de los ferroviarios franceses que afectaba a todos los trenes entre Cataluña y el resto de Europa, pues claro, para llegar desde allí a cualquier otro país europeo hay que atravesar Francia. Ya yo llevaba dos semanas en Barcelona, andaba con una maleta relativamente pesada y me quedaban cosa de doscientos euros. Me dije: bueno, a casa de Félix no puedo regresar, mejor tomo un tren hasta la frontera francesa, desde allí puedo quizás hacer auto stop… En fin, llegué a la frontera, y de auto stop nada, era peor que salir a la Novia del Mediodía a coger botella. Después de un par de horas intentando en vano largarme de allí, se me ocurrió llamar a un conocido en Barcelona que me había insistido en que acudiera a él ante cualquier problema: el ensayista y teórico del arte Iván de la Nuez. Le dije: Iván, necesito al menos dónde pasar la noche en Barcelona, quizás mañana la huelga haya terminado… Las huelgas duran varios días, me contestó, mejor ven para acá, yo te compro un pasaje en avión para mañana, y después me lo pagas cuando puedas. Lo dicho, compré un boleto de regreso y volví a Barcelona con mi maleta, menos dinero y el rabo entre las piernas. Iván me recibió y se portó como un amigo de toda la vida: esa noche reservó a mi nombre en un hotel que no llegué a usar, pues me llevó al restaurant de un cubano, y los tres estuvimos bebiendo y tomando otras sustancias interesantes hasta el amanecer. A esa hora me fui a casa de Iván, eché una cabezada de un par de horas, y mi anfitrión me expidió al aeropuerto.

 Calculen mi desconcierto cuando, llegado al aeropuerto, supe que los trabajadores de las aerolíneas se habían sumado a la huelga de los puñeteros ferroviarios. Mi solidaridad con la clase trabajadora gala bajó hasta picar en la zona roja. Ahora bien, me dijeron, hay vuelos que no salen, pero algunos sí. Hitchcock habría envidiado el suspense que siguió, mientras averiguaba si mi vuelo salía o estaba condenado. Para mi gran alegría, el enlace con Munich se mantenía. Uf, ya salí del bache, me dije mientras el avión despegaba.

 Pero no, no era tan fácil. Cuando llegué a Munich me quedaban cien euros. Bueno, pues al comemierda aquí presente no se le ocurrió nada mejor que tomar un taxi hasta la Hauptbanhof, la Estación Central de Ferrocarriles. El chofer del taxi empezó a conversar conmigo, y enseguida a mirarme con suspicacia: estábamos en 2003, año y medio después del 11 de septiembre, y he aquí a un cubano sin demasiada pinta de cubano que habla inglés y algo de alemán, que dice ser cineasta, al parecer tiene dinero y cuenta una historia inverosímil… Sin embargo, más que la opinión del chofer me aterraba otra cosa: el taxímetro iba marcando diez, veinte, treinta, cuarenta euros y aún no llegaba a la Estación, y cuando arribe allí todavía tengo que comprar el pasaje en tren de Munich a Innsbruck, que no sé cuánto cuesta, y me quedan sesenta euros… cincuenta y cinco… cincuenta… 

 Cuando el taxista me dejó en la Hauptbanhof me quedaban cuarenta y cuatro euros. Caminé lentamente hasta la ventanilla. Si el boleto cuesta más me veo quedándome en la estación cagándome de hambre y frío, reflexionaba, pues no conozco a casi nadie en Munich e igual no tengo los teléfonos de los dos o tres que podría llamar, no tengo tarjeta de crédito, soy un cubano improbable sin nada más que una maleta que cada minuto pesa más y cuarenta y cuatro euros… Esforzándome por esconder el pánico, pedí un boleto a Innsbruck.

 – Treinta y ocho euros –me dijo el empleado.

 El dinero me alcanzó todavía para comprarme un par de sándwiches repletos de colesterol, una Coca Cola y un chocolate y desplomarme en mi asiento como Colón, Marco Polo o Livingstone. Llegué a Innsbruck a la una de la mañana, fui a casa de Helmut, Helmut no estaba, lo busqué en el sitio más probable, lo encontré allí, me dio la llave de su casa, me fui allá y dormí como una momia hasta que el sol estuvo muy, muy alto en el cielo.

 Este es mi apuro. Cuéntame el tuyo.

 

 Ps: Esta semana se ha celebrado en el Chaplin una semana dedicada a la familia Bichir, los actores mexicanos. Vinieron Odiseo y Demián, a Bruno le resultó imposible. Han pasado películas como Rojo amanecer (1989) y El callejón de los milagros (1995) de Jorge Fons, Un dulce olor a muerte (1998) de Gabriel Retes, Hidalgo: la historia jamás contada (2010) de Antonio Serrano…

 Pps: El jueves 18 se estrenó mi corto No somos nada en los cines habaneros. Ya anda por ahí…   

(23 de septiembre 2014)

VIAJAR

Publicado: 16-09-2014 en Sin categoría

 Un buen amigo me contó que, siendo niño, allá por los tempranos setenta, le pidió muy seriamente a su madre que cuando sacaran polvo de hadas en la tienda le comprara un cartuchito. Además de una inocencia casi irresistible y una obvia devoción por las buenas lecturas juveniles –James Matthew Barrie en este caso– la anécdota sugiere la curiosa imagen de una cola de amas de casa cogiendo calzoncillos por este cupón, jabón por aquel otro y dos onzas de polvo de hadas –es un núcleo de cuatro, señora, no podemos darle más, lo estipulado es media onza por persona, ¿adónde pretende usted volar con tanto polvo?– en una maltrecha bodega de barrio.

 Un primo mío de Pinar del Río aseguraba, también en nuestra infancia, que cuando se hiciera grande quería ser diplomático. Para viajar a otros países, añadía astutamente.

 Hoy mi amigo es un emigrado y mi primo sigue empotrado en Pinar del Río. El primero, fuera de ese viaje que lo llevó adonde ahora lleva una vida digna, no ha podido visitar terceros países: el trabajo apenas si le deja tiempo libre, que emplea justamente en venir a La Habana a ver a los suyos. El segundo terminó estudiando para ingeniero agrónomo, y no sólo no ha salido de Cuba, sino que muy raramente viaja a La Habana.

 Mi amigo y mi primo simplemente querían volar. Salir de la rutina, de la vida opaca, ver otros lugares, maravillarse ante montañas y edificios, centros comerciales y nevadas. Tener aventuras con muchachas exóticas, perderse en ciudades fascinantes y terribles, encontrar el Necronomicon en una librería de segunda mano.

 Querían vivir.

 Tengo otros amigos que no han viajado nunca o lo han hecho por primera vez a los cincuenta años. Que oyeron con perplejidad la histórica tontería de Alarcón en la UCI, cuando aseguró que los cubanos no viajábamos porque el espacio aéreo se saturaría. Que se esperanzaron en enero de 2013 al ver abolido el permiso de salida, y volvieron a enfurruñarse más tarde porque la mayoría de las embajadas multiplicó los trámites para otorgar visas. Que no saben lo que es el Metro, un foro de Internet o cenar en un restaurant con su salario. Que, en una palabra, se cortarían una oreja si con eso pudieran pagar unos gramos de polvo de hadas en bolsa negra. 

 Ps: Ya estoy de vuelta en Cuba.

(16 de septiembre 2014)

TEOTIHUACÁN

Publicado: 09-09-2014 en Sin categoría
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 Entre 1990 y 1995 fui profesor de Arte Latinoamericano en la Facultad de Artes y Letras de la UH. (Antes de eso trabajé tres años en las Direcciones de Divulgación y Aficionados del Ministerio de Cultura, hasta que salió la oposición para la plaza de profesor). Me especialicé en el período Precolombino, que siempre me fascinó. Creo que conseguí transmitir a mis alumnos algo de ese hechizo, de la maravilla y el enigma que envolvían a las antiguas civilizaciones, y para ello eché mano a todo, desde los más recientes hallazgos arqueológicos hasta Azteca de Gary Jennings e incluso las fabulaciones de Von Danicken. Lo curioso es que estuve cinco años impartiendo dicha materia sin haber pisado nunca otro país latinoamericano que no fuera Cuba: conocía el tema por libros, documentales en VHS y diapositivas descoloridas. Después he visitado Nicaragua, Chile, Brasil y México, pero aún no he visto, por ejemplo, Sacsayhuaman, Tiwanaku o Macchu Picchu en Perú o las ciudades mayas de Guatemala.
 El sábado estuve en Teotihuacán, uno de los mayores centros urbanos y ceremoniales de la América precolombina, donde se encuentra además una de las mayores pirámides, la del Sol. Floreció en el periodo clásico, esto es, entre los siglos III y VII de nuestra era, de manera que ningún europeo llegó a conocerlo. Los Aztecas lo llamaban Teotihuacán, que en náhuatl significa “el sitio donde uno se convierte en dios”, pero ni los mexicas ni nadie sabía cuál fue el pueblo que erigió las colosales estructuras y qué fue de ellos más tarde. Aunque se ha averiguado mucho a partir de mitos y excavaciones, Teotihuacán sigue siendo un sitio extraño y misterioso, una urbe magnífica.
 Padezco de un vértigo terrible, pero me porté como un hombrecito y subí los más de sesenta metros de la pirámide del Sol. Aunque no se sabe a ciencia cierta si también se destinaba a sacrificios humanos –como muchas pirámides mayas y aztecas, en las que un ceñudo sacerdote armado con un cuchillo de pedernal u obsidiana te esperaba en la cima para abrirte el pecho y sacarte el corazón– o a propósitos más nobles, imaginé que de ser cierto el primer caso más de un cautivo habría muerto de un piadoso infarto antes de llegar arriba. Luego subí también a la pirámide de la Luna, esto es, hasta donde está permitido -algo más de la mitad de su altura- y desanduve los dos kilómetros largos de la Calzada de los Muertos.
 Se siente a la vez pasmo y orgullo ante semejantes obras humanas. Sin necesidad de involucrar a los extraterrestres, que ya estarán bastante ocupados sin eso, Teotihuacán es prueba –como las pirámides de Egipto o los moais de Rapa Nui, la Gran Muralla China o la torre Eiffel– de la tremenda capacidad del hombre para construir edificios perdurables. Luego uno regresa a La Habana, mira las secundarias en el campo o los edificios de Alamar y piensa con nostalgia en el Homo Sapiens, esa vieja especie extinta.
(9 de septiembre 2014)