Desde que nací soy alérgico al huevo.
Como es de suponer, he escuchado millares de veces cuanto chiste se puede hacer al respecto. Y también, desde 1993, una serie de exclamaciones de solidaria perplejidad: ¿cómo te las arreglas para sobrevivir? Porque la vida puede ser muy complicada para un alérgico del patio, en particular durante los noventa, cuando en la mayoría de los hogares cubanos el huevo constituía el festín del fin de semana.
Lo irónico es que puedo comer pollo, que, bien mirado, no es otra cosa que un huevo llevado a su máxima expresión. Eso me condujo a formularme interrogantes de raíz filosófica, desconcertantes ontologías personales: ¿en qué preciso momento el huevo-que-mata deja de ser tal para convertirse en pollo-que-alimenta? ¿Recién salido del cascarón? Bueno, pero ¿también me hacía daño diez segundos antes? La dificultad para llegar a certezas por la vía de la experimentación me condena a una eterna ignorancia. Es como cuando me preguntan si sólo soy alérgico al huevo de gallina y no a los de caguama, pato o avestruz; siento deseos de replicar al curioso: ¿y por qué no averiguas qué concentración exacta de ácido sulfúrico reduce tus tejidos a pulpa sanguinolenta?
En el mundo hay cada vez más alérgicos. No es de extrañar, habida cuenta de cómo le va, de cómo prolifera toda suerte de intolerancias. Conozco alérgicos a los mariscos, a los lácteos, al chocolate, a la penicilina u otros medicamentos, y muchos, muchísimos al polvo y la humedad, pero -salvo casos extremos- ese es el nivel amateur, la cinta blanca para el aspirante: quienes rechazan el polvo y la humedad constituyen el proletariado de la población alérgica. La mía, en cambio, es una alergia de línea dura, porque no hay que pensar sólo en el huevo en sí y para sí, sino en cakes, pastelería, arroz frito, carnes empanadas, bombones con determinados rellenos, frituras, incluso algunos tipos de pan y ciertas pastas italianas; platos deliciosos, o eso me dicen, cuyo sabor moriré sin conocer.
De ordinario, mi alergia es tan fuerte que me protege, pues a la primera cucharada de un plato sospechoso ya mi garganta empieza a hincharse, y eso me salva de ingerir cantidades fatales. Claro que aun así hay sorpresas: una vez por poco me voy del aire en casa de un amigo, pues algo me hacía daño y no sabía qué, y para aliviarme la garganta dejé de comer y tomé un vaso tras otro de vino casero… hasta que mi aterrado colega recordó que su padre, para clarificar el vino a la vieja usanza, echaba una clara en el barril. Otras veces ocurre que, pese a todas mis advertencias, los anfitriones creen que mi aprensión es mera paja intelectual, y me dan una pasta de bocaditos que “casi no tiene huevo” sin comprender que el casi en tal situación corresponde a la diferencia entre seguir vivo o terminar dando nombre a un grupo de Cine Aficionado en la Casa de Cultura de Palma Soriano.
Cuando estudiaba en la Vocacional Lenin, acudía al expediente de cambiar el masarreal o el pastel de la merienda por la malta, la tortilla del almuerzo por el pan, etcétera. (Claro que los interesados pronto descubrieron que, si se negaban a darme algo a cambio, al final de todos modos terminaría regalando la porción apetecida). Más tarde, cuando salí de Cuba por primera vez, descubrí que haberle cogido la vuelta a la cocina criolla no me resolvía ningún problema en ultramar: cualquier salsita, cualquier crema podía esconder al enemigo. Es curioso que ni mis padres ni mis hijas son alérgicos al huevo, aunque un poco de asma haya por ahí; vaya, da la impresión de que el tipo que diseñaba nuestro ADN fue a tomarse una cerveza y dejó a su hijo menor jugando con las complicadas cadenas genéticas.
¿Cómo he sobrevivido? Bueno, tomándolo con filosofía. Filosofía casera, desde luego, porque de la preparada en otro sitio uno nunca conoce los ingredientes.
10 de junio, 2013