MIS CANCIONES

Publicado: 18-11-2014 en Sin categoría

 Afino con la misma frecuencia con que pasan cometas.

 En los primeros años de NOS-Y-OTROS –allá por 1983 a 1987– Luis Felipe, León, Aldo y yo tratamos de componer y grabar canciones, la mayor parte en inglés, otras en español. Aunque los instrumentos eran sumamente precarios (una guitarra rusa de cuerdas de acero, una armónica de juguete, percusión directamente sobre una mesa) y grabábamos en una toma y al aire frente a una pequeña grabadora mono, la verdadera razón de que los resultados fueran malos era que como músicos dejábamos muchísimo que desear. Yo, sobre todo: León era bastante afinado y en un día bueno podía imitar convincentemente a McCartney y Serrat, Luis Felipe y Aldo pasaban, pero no había manera de que yo consiguiera entonar las melodías que me sonaban en la cabeza. Para complicar las cosas, yo era el único, al menos al principio, que conocía algunos acordes en la guitarra –me los enseñó Molina, un socio que tocaba el bajo en el combo de la Lenin– pero como no tengo oído musical no podía acompañar a León, o a mí mismo, con los acordes correctos. Aldo fue el primero en desentenderse de nuestra, ejem, música; en 1988 León abandonó el GNYO, y Felipe y yo, junto con los nuevos ingresos, decidimos concentrarnos en la literatura y el teatro. Sin embargo, todavía en 1999 y 2000 nos reunimos un par de veces con León –por entonces ya Aldo vivía en Uruguay– y con el Keko Fajardo, el primer vocalista de Extraño Corazón, eficaz ejecutante de la armónica y buen socio, y grabamos algunos temas nuevos. Gracias a la paciencia del Keko, algunos pasajes casi sonaban como música; León había aprendido mucho en la guitarra, Felipe se sabía tres acordes, y yo, el flamante lead guitar, seguía sin poder afinar… en fin, fue la última vez. Aunque conservo las grabaciones; créanme que este es un mundo mejor sin ellas.

 Pero si malos éramos como músicos, la aventura sirvió para descubrir que podíamos escribir letras para otros. Lo primero que hice en este sentido fue, probablemente, dotar de partes cantables los temas Échale guarapo fresco y Afílame el lápiz, negra, compuestos por Edesio Alejandro paras las bandas sonoras de Kleines Tropikana (Daniel Díaz Torres, 1997) y Perfecto amor equivocado (Gerardo Chijona, 2004). Ese mismo año nació laBalada de Nicanor, en coautoría con Frank Delgado. Frank es uno de los mejores letristas que conozco, y no necesitaba –ni necesita– mi ayuda lírica, pero el tema era para el primer corto de Nicanor, y Frank me pidió le escribiera algunas frases que definieran poéticamente al personaje. Lo hice, él las recombinó para que rimasen y añadió otras frases de su cosecha y voilá, ahí estaba la canción. Fue una sensación rara, reconocer mis textos dando cuerpo a una melodía de verdad. Luego, más o menos según el mismo procedimiento de aportar un puñado de versos y dejar que Frank los redondeara, escribimos Tú dale al cuerpo lo que te pida, aunque sea candela y Los héroes para High Tech (2005) y Photoshop (2006) el segundo y tercer corto de la serie, e introduje también algunas ideas en Las cuerdas de la guitarra de Bob Dylan, un tema de Frank no destinado al cine.

 Santi Feliú, Carlos Varela, Gerardo Alfonso, William Vivanco, Raúl Torres, Dionisio Arce, Diana Fuentes y Fernando Bécquer grabaron sendas versiones de la Balada de Nicanor para los cortos de la serie; el único, de hecho, en que no apareció el tema fue el noveno, Pravda (2010), para el cual Los Aldeanos compusieron Nikanol, que bastó por sí solo. Para los créditos finales de algunas de esas películas coescribí piezas con los artistas enrolados: La ruta del yacaré con Vivanco para Intermezzo (2008) –que, rebautizada Anaconda, incluyó en su álbum El mundo está cambiao sin darme crédito–, El señor está improvisando con Raúl Torres para Brainstorm (2009), La maldita circunstancia con Dago para Pas de Quatre(2009), Paranoid con Harold López Nussa (para la voz de Diana) en Aché (2010), y Las putas verticales con Fernando Bécquer para Exit (2011). En ocasiones seguía el método ya probado con Frank, en otras yo pergeñaba una estrofa y el músico la otra y así sucesivamente; en algún caso escribí la letra íntegra.

 Uno es osado y le coge el gusto a las cosas, así que para mi documental GNYO de 2009 escribí el tema Sólo para adultos con Tony Ávila. En ese caso nos reunimos en la sala de su casa en Cárdenas y finiquitamos el texto de una sentada; más tarde lo grabamos en el estudio de Osamu. Hice laCanción del descreído con Dago para el making de Exit, y también con él I love meat para los créditos de Omega 3.

 Durante la grabación de algunos de esos temas me acostumbré a sugerir ideas en el campo de la producción musical. Incluso a lo largo del trabajo con Osvaldo Montes para las bandas sonoras de Vinci (2011) y Omega 3 (2014), resultó que a menudo mis sugerencias tenían sentido. Lo difícil para mí sigue siendo transmitir lo que pienso cuando el más sencillo tarareo es un martirio.

 Osamu se embulló tanto con Sólo para adultos que la regrabó a su vez para su segundo disco, así que le regalé una letra (en realidad el texto de una vieja canción de NOS-Y-OTROS) que empezaba Sabes cuándo reír, sabes cuándo callar, sabes lo que decir, sabes cuándo llorar… a la cual le añadió un estribillo; el tema acabó llamándose Ciudadano correcto y abriendo el fonograma. Me encantó el sonido de la canción, de modo que un par de años después le envié otra letra; a esta le cambió bastante más para adaptarla a su estilo, aunque manteniendo el sentido y el título, e invitó a David Blanco a cantarla con él. Se titula Ya no más, integra su más reciente álbum y, por lo que sé, está sonando bastante.

(18 de noviembre 2014)

EL AÑO 2000

Publicado: 11-11-2014 en Sin categoría

 Durante mi infancia y adolescencia, el año 2000 era sinónimo de futuro remoto, ciencia ficción, progreso inimaginable.

 Seguramente cosas como la novela Looking backward (1888) del escritor socialista norteamericano Edward Bellamy, publicada en Cuba en 1969 como El año 2000 por la Colección Dragón, prepararon el terreno. En cualquier caso, cuando uno apenas cuenta diez o doce años, la perspectiva de los 37 (la edad que yo tendría a la llegada del 2000) parece increíblemente remota. Suponía que para entonces habría paz mundial y viviríamos en el comunismo desarrollado, ir a la Luna sería tan sencillo como un viaje interprovincial, nadaríamos en la abundancia… En fin, era lo que aseguraban los mayores. Como casi siempre ocurre con las predicciones, el mundo se empeñó en tomar para otro lado: el muro comunista se vino abajo y quedó en pie el peor ladrillo, Corea del Norte; cada vez hay más guerras, la gente no nada en la abundancia sino más bien hacia ella… Sólo una cosa resultó cierta: ir a la Luna sigue teniendo más o menos el mismo nivel de dificultad que un viaje interprovincial.

 Paradójicamente, el año 2000 fue muy bueno para mí. La editorial habanera Extramuros publicó mi libro de cuentos fantásticos Los viajes de Nicanor, un homenaje a Simbad y Gulliver. Salió la película Hacerse el sueco, de Daniel Díaz Torres –con guión a dos manos entre el director y yo– que obtuvo el Premio del Público en el Festival de la Habana y ganaría otros al año siguiente en Innsbruck y Friburgo. Además, por razones de trabajo viajé muchísimo: en marzo a un festival en Suiza y de ahí, por un mes, a una beca literaria en un sitio llamado Hawthornden Castle, en Escocia, a ocho millas de Edinburgh, donde escribí la primera versión del guión de Perfecto amor equivocado (mi nuevo proyecto cinematográfico, ahora con Gerardo Chijona, que vería la luz en 2004). Algún día a la semana tomaba un bus de doble cubierta hasta Edinburgh para husmear en las tiendas de discos de segunda mano y asomar la nariz al Castillo de los Estuardo; en cambio, no fui a una visita que organizaron los demás becarios al Loch (lago, en gaélico) Ness porque costaba casi sesenta libras y, seamos francos, uno no paga por el paisaje sino con la inconfesada esperanza de que el monstruo haga acto de presencia, en caso contrario es sólo otro lago bonito y demasiado caro. Entre Suiza y Escocia pasé unos días en Londres, que empleé en visitar el British Museum, la Tate Gallery y asistir a un concierto de Sting en el Royal Albert Hall el 4 de abril.

 Meses más tarde fui a Managua a impartir un breve curso de escritura de guión en la Universidad Centroamericana (UCA), y en los ratos libres navegué por el lago Nicaragua e hice breves escapadas a las ciudades de Granada y León. Luego volé a Hamburgo, contratado para desarrollar el tratamiento y eventualmente el guión para un largometraje de un director llamado Peter Timm, proyecto del que me desentendí más tarde; allí recorrí Sankt Pauli y la Reeperbahn, con el antiguo enclave del Star Club, donde tan a menudo tocaron los Beatles, y vi a Oasis en el Sporthalle (de hecho, un Oasis incompleto, pues por enésima vez Noel Gallagher se había encabronado con su hermano Liam y marchado directamente a Inglaterra, pero los demás decidieron cumplir con sus compromisos y contrataron a un guitarrista suplente para losgigs que restaban; broncas como estas terminarían por joder la banda en 2009). Finalmente, en octubre, fui a Nueva York, invitado por una entidad llamada Videoteca del Sur a dirigir un taller de guión con alumnos que no podían costearse un profesor más caro, dominicanos y panameños que ambicionaban ver sus proyectos en pantalla. Fueron quince días, durante los cuales aproveché para visitar el MOMA, el Museo de Historia Natural, ir –invitado por Enrisco– a un concierto de Steve Howe en el Bottomline, subir al Empire State, tomarme una foto ante las Torres Gemelas del WTC, maravillarme con la noche de Halloween, peregrinar al Dakota y Strawberry Fields, dictar una conferencia en una universidad de Harlem… en fin, cuanto se puede hacer en dos semanas intensas en una de las más fascinantes ciudades del mundo.

 Sí, fue un buen año a nivel personal; al mundo le bastó con que no hubiera una hecatombe informática. Sin embargo, no comprenderíamos cuán bueno había sido hasta que pudimos compararlo, en retrospectiva, con el terrible 2001, cuando se nos vino encima la tragedia del 11 de septiembre y el mundo cambió. Para peor, naturalmente. Desde que el futuro es pasado han llegado nuevas guerras en nombre de la democracia, nuevos crímenes y peores crisis, seguimos destrozando el planeta y negándonos a aprender. Y la Luna parece más lejos que nunca.

 Ahora no tenemos un año tan redondo y adecuado como meta. ¿El 3000? Bueno, yo ya seré muy viejo, aunque para entonces sí, seguro, este será un país desarrollado. Esto me trae a la memoria una frase genial que le escuché al gran humorista Héctor Zumbado: lo malo del comunismo son los primeros seiscientos años, ya después se pone bueno…

(11 de noviembre 2014)

WELLS

Publicado: 04-11-2014 en Sin categoría

 ¡Los marcianos avanzan hacia Londres! ¡Huyamos por el camino de Surrey!

 Eso le decía un personaje a otro en la portada de aquella edición de La guerra de los mundos de Ediciones Huracán de 1968, diseñada por Raúl Martínez y con un memorable prólogo de Oscar Hurtado. En dicho texto introductorio, Hurtado contaba que, en vida, Wells gozó de merecida fama de profeta; también observaba que, si alguna vez los extraterrestres decidían por fin revelar su presencia, Wells tendría todo el derecho a decir a la humanidad ¿de qué se sorprenden? Estaban advertidos.

 Lo que más impresiona de la obra de Herbert George Wells (1866-1946) no son tanto las predicciones, acertadas o no, frecuentes en su obra, sino el hecho de que abordó, reformuló y en algunos casos creó todos los grandes temas de la ciencia ficción contemporánea. En sus novelas aparecen el viaje por el tiempo (The time machine, 1895), las guerras interplanetarias y las invasiones extraterrestres (The war of the worlds, 1898), la exploración de la Luna (The first men on the Moon, 1901), la manipulación biológica (en The island of Dr. Moreau, [1896] se convierte a animales en hombres, en The food of the Gods and how it came to Earth [1904], se obtiene un alimento transgénico capaz de garantizar el crecimiento continuo), la invisibilidad (The invisible man, 1897), las distopías (The world set free [1914], donde aparecen bombas atómicas lanzadas desde aviones, y The shape of things to come [1933], en cuyas páginas Wells vaticina la guerra mundial para 1940). En relatos breves hallamos ideas igualmente fundacionales: la consecución de velocidades tan increíbles (The new accelerator) que provocarían ese efecto, tantas veces visto en el cine, en que todo -personas, animales y objetos- parece detenerse mientras el protagonista camina libremente entre ellos; en The truth about Pyecraft un gordo decidido a adelgazar consigue literalmente perder todo su peso, con lo que sigue obeso pero flota en el aire, pegado al techo; en Empire of the ants se refiere a una colonia de hormigas inteligentes; en Aepyornis island un náufrago cría y luego convive con un gigantesco pájaro extinguido, pero luego no puede probarlo. Como si no bastara, el británico explora el género fantástico en relatos como The magic shop, A story of the Stone Age, The crystal egg, The story of the inexperienced ghost, Mr Skerlmersdale in Fairyland

 ¿Quién puede olvidar al enloquecido vicario de La guerra de los mundos? Cuando leí por primera vez la novela, a la altura de mis diez años, no tenía la menor idea de qué era un vicario y qué representaba –la verdad, me sonaba a algo así como un vendedor de flores– pero me impresionó la labia fanática del personaje. ¿Quién no recuerda ese momento escalofriante en que el tentáculo exploratorio del marciano llega a palparle al protagonista una de las botas? Y es que Wells era un maestro en descripciones estilizadas, diálogos ingeniosos y personajes que casi podemos ver y tocar. Tal vez no clasifique entre los estilistas más originales de la lengua inglesa, pero no cabe duda de que fue un gran humorista. Convencido de la validez de la sátira, y siendo como era un hombre de ideas izquierdistas que veía en la educación y la erradicación de la pobreza el camino a la transformación del mundo, se burló de los prejuicios sociales (Miss Winchelsea´s heart), alertó de los peligros que podrían derivar del uso irracional de la tecnología (en The food of the Gods, el alimento manipulado da como resultado seres humanos de doce metros) y la creciente desigualdad de clases (así, The time machine puede ser entendida como una proyección al futuro de la sociedad burguesa, con los capitalistas convertidos en Eloi y los trabajadores en Morlocks). Resulta aleccionador que, como el Lemuel Gulliver de Swift de vuelta del país de los Houyhnhnms, el protagonista de The island of Dr Moreau a su regreso descubra bajo la máscara de civilidad de sus contemporáneos gestos y actitudes animales; no es casual que Griffin, el hombre invisible, sea albino y discriminado por ello. Wells criticó la guerra, el imperialismo británico y se adelantó a muchas causas y campañas que hoy nos resultan familiares, como la lucha por la igualdad de la mujer.

 Además, si la maniera de Verne se centraba ante todo en el aspecto científico de las historias, las ensoñaciones de Wells eran poéticas: el viajero del tiempo trae del futuro, como única prueba de su viaje, una flor marchita, y regresa luego al año 802701 no sólo por altruismo, sino por amor; Mr Skelmersdale se enamora de un hada y luego no puede regresar, y la nostalgia lo consume…

 NOS-Y-OTROS tenía un sketch (publicado en el volumen Anodino y la lámpara maravillosa, Ediciones Alarcos, 2009) en que la máquina del tiempo era un servicio público no muy diferente a una guagua; la pieza se desarrollaba en una parada donde coincidían viajeros que iban a diferentes siglos. En la presentación yo hacía referencia a H. G. Wells, “a quien sus amigos llamaban cariñosamente Herbert George Wells”.

 El autor británico es también uno de los más llevados al cine. Incluso hay al menos una película que lo convierte en protagonista, Time after time (1979) de Nicholas Meyer, en que Jack the Ripper viaja a finales del siglo XX y Wells lo persigue. Byron Haskin (con George Pal como productor) y Steven Spielberg realizaron sendas adaptaciones de The war of the worlds en 1953 y 2005 respectivamente; el propio Pal y Simon Wells (bisnieto, por cierto, de Herbert George) de The time machine, en 1960 y 2002; The island of Dr Moreau ha tenido numerosas versiones fílmicas, la más reciente –y la peor, a pesar de contar con Val Kilmer, David Thewlis y un vetusto Marlon Brando– por John Frankenheimer en 1996; Things to comepor William C. Menzies en 1936; First men in the Moon en 1964 por Nathan Juran; The invisible man en 1933 por James Whale, etcétera. Contrariamente a la opinión de muchos, creo que hay casos en que las películas mejoran los originales literarios. Wells no es uno de ellos: la magia de su prosa no admite sucedáneo.

(4 de noviembre 2014)

MIEDOS

Publicado: 29-10-2014 en Sin categoría

 Este es un mundo lleno de fobias con nombre propio.

 Mi socio Augusto es biólogo, así que tenía un árbol en la sala de su apartamento del Nuevo Vedado. En el árbol vivía un chipojo de unos treinta centímetros. (O tal vez menos; a mí me aterraba, así que probablemente le pongo de más). En una ocasión Augusto se lo subió al hombro para mostrarme que era inofensivo. Dio un paso, y ya yo estaba en la puerta. Deja al puñetero bicho en el árbol o no vuelvo a venir aquí aunque empieces a vender carne de puerco a cuatro pesos la libra, le advertí.

 En el ámbito zoológico, además de los lagartos grandes, me asustan las serpientes. He sostenido un jubo, pero yo estaba más nervioso que él. Reptiles aparte, tolero bastante bien al resto del reino animal. Mucha gente –mi madre, por ejemplo– no soporta las ranas; otros las cucarachas o las mariposas nocturnas. Yo no tomo precisamente a estas criaturas a guisa de mascotas, pero puedo convivir con ellas en el mismo kilómetro cuadrado.

 También padezco de vértigo, un vértigo feroz. Subí a la pirámide del Sol de Teotihuacán, pero me mareo en un tercer piso. Puedo ver una ladera desde dos mil metros de altura y no pasa nada; el problema son los abismos, los bordes cortados a pico.

 Me asustan las fotos de los libros de medicina, esas de llagas, cánceres y chancros.

 Algunos miedos se difuminan con la edad. Recuerdo la primera vez que vi The time machine, la versión de George Pal de 1960. Yo tendría unos ocho años, y me asustaron tanto los morlocks que esa noche, por única vez, me fui a dormir a la cama de mis padres. (Ahora los veo como unos enanos bajitos con cortes de pelo a lo The sweet). También tengo un recuerdo confuso de una noche, a mis cinco años o así, en que, pensando y atando cabos, comprendí la muerte. Es decir, me enfrenté a la noción de que alguna vez no voy a estar. Fue terrible.

 Como hay pánicos que se van, otros se te enciman porque vives, porque sales a la calle o tomas partido. Tengo miedo a adocenarme, a preferir un día no decir lo que pienso, a optar por la prudencia y la blandura. Por supuesto, también tengo miedo a estar preso –en Cuba me han detenido tres veces, pero por pocas horas; la más larga, desde la tarde hasta la mañana siguiente– y al mismo tiempo, tengo miedo a ser cobarde. Ya saben, de verme abocado a uno de esos momentos en que hay que resistir la presión e incluso la tortura, o en que es preciso sacrificarse por alguien o algo y no atreverme, o peor, reaccionar como un miserable. Hasta ahora no tengo nada serio que reprocharme, pero supongo que nadie sabe nunca cómo va a portarse hasta que lo sorprende una situación de alto calibre. Ahí está la extraordinaria Ascensión (1976), de Larisa Shepitko, donde el guerrillero que parece duro se quiebra enseguida y el indisciplinado muere como un hombre.

 Nadie es héroe porque planifique serlo.

(28 de octubre 2014)

YO, EL ESPELEÓLOGO

Publicado: 21-10-2014 en Sin categoría

 Debió ser allá por abril o mayo de 1979. Fabio Popowski, Gustavo Loret de Mola, Jorge González y yo cursábamos el onceno grado en la Lenin; una noche salíamos del estudio individual cuando unos tipos de grado doce nos cerraron el paso al pie de una escalera y nos preguntaron si queríamos integrar un grupo de Espeleología que iría durante el verano al valle de Pica Pica, más allá de Sumidero, en la Sierra de los Órganos de Pinar del Río. Mis amigos y yo teníamos dieciséis años y buena parte de las aburridas sesiones de estudio las pasábamos hablando de libros y música, escribiendo cuentos o soñando con las bellas del aula. Naturalmente, dijimos que sí.

 Pasé algo más de un mes tratando de convencer, sobornar o imponerme a mis padres, que se negaban en redondo a dejarme ir una semana con otros muchachos de mi edad a unas cuevas remotas, sin control adulto de ninguna clase. Es más, ellos trataban de convencerme o sobornarme a mí; la noche antes el viejo llegó a proponerme la exorbitante cifra de cincuenta pesos si abandonaba la idea. Al día siguiente él y un amigo suyo me llevaron al cine Lido, donde habíamos quedado en vernos para salir hacia Pinar del Río. La primera contrariedad fue descubrir que ni Fabio, Gustavo o Jorge estaban allí, pero cuando los mayores comprobaron que los expedicionarios no eran un mazacote de maricones sino estudiantes bastante normales –una o dos muchachas incluidas– mi padre, aún reticente, me dejó ir.

 Yo no le había contado al viejo el objetivo supremo de la expedición, porque entonces ni la elocuencia de Cicerón me habría permitido salirme con la mía. En realidad, íbamos a cazar al Megalocnus rodens. Me explico: hasta hace unos pocos miles de años vivió en Cuba un gigantesco mamífero herbívoro, con la apariencia de un oso pero emparentado con los perezosos, al cual probablemente los taínos llegaron a conocer y cazar, pero que ya se había extinguido a la llegada de los españoles. Bueno, pues unos meses antes de nuestra aventura, unos campesinos de la zona avistaron un animal grande y peludo en una de las lomas de Pica Pica, y lo reportaron a la Academia de Ciencias, donde trabajaba un conocido del jefe de nuestro grupo o algo así. Si los campesinos vieron un perro jíbaro, estaban borrachos o de verdad se toparon con un Megalocnus sobreviviente no se supo nunca, pero a efectos de mi relato eso es irrelevante; el punto es que nosotros fuimos allá a capturar al animal prehistórico.

 La estancia en el valle fue una verdadera aventura. Dormíamos dentro de Cueva Clara, una caverna que comunicaba a Pica Pica con el valle adyacente, nos bañábamos en el río –la mayor parte del tiempo, la verdad, andábamos sucios como salvajes– y por las noches hacíamos una fogata y comíamos el contenido de las latas de conserva traídas desde La Habana. Todos los días nos íbamos a explorar, subíamos y bajábamos por corredores estrechos alumbrándonos con linternas y faroles, nos aventurábamos en cuevas de varios kilómetros de longitud, descubriendo la majestuosidad y belleza de los paisajes subterráneos del oeste cubano; recorrimos salas enormes, profundas espeluncas, complejos sistemas de túneles donde encontrábamos todas las formaciones posibles: estalagmitas y estalactitas, gours, helictitas, concreciones y columnas, mientras bandadas de murciélagos nos pasaban veloces por el lado y alguna que otra araña nos contemplaba incrédula. Al atardecer, felices y hambrientos, regresábamos a Cueva Clara.

 Los peligros más probables eran perderse, caer y pescar la histoplasmosis, pero la peculiar naturaleza de nuestra expedición aportaba riesgos exclusivos. O eso esperábamos. En una ocasión escuchamos unos ruidos dentro de una galería y allá fui yo de voluntario, pensando que nadie iba a quitarme la gloria del primer encuentro con el Megalocnus. El túnel se estrechaba hasta que tuve que arrastrarme, pero no veía animal alguno; en un momento determinado apunté con la linterna a la pared y allí, a diez centímetros de mi cara, había un… cangrejo, probablemente tan asustado como yo. Recuerdo haber tenido un solo pensamiento, diáfano como una revelación: ¿qué coño estoy haciendo aquí? Ignoro lo que pensaría el crustáceo.

 De regreso, me quedé unos días en Pinar del Río, donde tengo familia. Mis abuelos no podían entender qué encontraba yo de fascinante en pasar trabajo y hambre toda una semana. Luego, en septiembre, Fabio, Gustavo y Jorge se justificaron con razones fantasiosas y oblicuas. Sabiendo lo que me costó convencer a mi padre, imaginé la verdad de fondo.

 Del colectivo de bisoños espeleólogos recuerdo a Val, Baqués, Eduardo Lorenzo, Monty (otro socio de mi año que al fin se incorporó al grupo), El Cazador… Al año siguiente fuimos de nuevo a Pica Pica, y luego un montón de veces a Cueva del Agua, un sitio no lejos de San José de las Lajas, y varias cavernas más. Asistimos a alguna conferencia en la Academia de Ciencias, y en algunos casos cartografiamos las cuevas con rigor científico, como ellos nos enseñaron. Cuando comencé en la Universidad me fui distanciando; a otros les ocurrió lo mismo. Nunca supe si el grupo continuó y por cuánto tiempo, y si algún archivo guarda nuestros croquis, si las muestras que reunimos sirvieron para algo.

 En los años que siguieron, recién casado con cada una de mis tres esposas –y también, en su momento, con alguna novia entusiasta– marchaba de guerrilla para algún sitio de Pinar del Río: Guanahacabibes, el Pan de Guajaibón, las cuevas no turísticas de Viñales… Todavía en el 2002, a punto de redondear los cuarenta, fui con un grupo de amigos –y mi hija Ana, a la sazón de catorce años– a una cueva entre la Habana y Matanzas, no lejos del puente de Bacunayagua, ésta con los atractivos adicionales de un lago subterráneo y una pictografía aborigen.  Durante tres días volví a sumergirme bajo la piel de la isla, a cocinar sobre una fogata, a participar en juegos de ingenio y luego dormir en el piso. Y otra vez fue la maravilla.

 Cualquier día de estos…

(21 de octubre 2014)

APARTHEID

Publicado: 14-10-2014 en Sin categoría

 Del 6 al 12 de octubre se celebró acá la IV semana de cine sudafricano. Fueron presentadas películas como Sarafina (1992) y Cry, the beloved country (1995) de Darrell Roodt, Drum (2003) de Zola Maseko y White wedding (2009) de Jann Turner. Las tres primeras, y alguna otra que no vi, tratan sobre los tiempos del apartheid en esa tierra meridional. La última, ambientada en el presente,  es una comedia romántica.

 Instaurado en 1948 –aunque aplicado desde mucho antes por la población bóer, de origen holandés, contra los nativos– y abolido paulatinamente de 1992 a 1994, el apartheid es, para mucha gente, historia antigua, como la guerra de Viet Nam y el bloque socialista… pero estuvo ahí la mayor parte de mi vida. Nelson Mandela fue condenado a cadena perpetua en 1963 y liberado en 1990, así que para mí siempre estuvo preso: desde mi más remota infancia me son familiares los reclamos por su libertad, las canciones que hablaban de él. Recuerdo textos educativos de primaria y artículos de prensa que se referían a la inhumana institución afrikáner, a Pier Botha, a la masacre de Soweto; recuerdo también el entusiasmo mundial cuando Frederik de Klerk liberó a Mandela y Sudáfrica empezó a cambiar.

 A pesar de la fuerte oposición internacional, el apartheid se mantuvo, entre otras cosas, gracias al apoyo de Estados Unidos y Gran Bretaña, que veían en el régimen de Pretoria un oportuno aliado contra la expansión de regímenes de izquierda en Mozambique y Angola. La geopolítica era, evidentemente, más importante para esos gobiernos democráticos que los derechos de millones de negros africanos.

 El cine mantuvo una activa denuncia del apartheid: desde Cry freedom (1987) del recientemente fallecido Richard Attenborough hasta la polisémica District 9, de Neill Bloomkamp (2009). La música también, de Miriam Makeba –quien, por cierto, actúa en Sarafina– a Peter Gabriel, pasando por Sun City, el tema grabado en 1985 por un grupo de artistas de mentalidad progresista para boicotear el centro turístico surafricano de ese nombre (y criticar a otros, como Julio Iglesias o Queen, que habían actuado allá).

 Aunque el apartheid ya no existe en Sudáfrica, no ha desaparecido del planeta. La discriminación, el racismo y la xenofobia siguen ahí, presentes a cada paso.

 En Europa, que durante la primera mitad del siglo XX fue un gigantesco emisor de emigrantes, no hay país sin grupos de extrema derecha que aplican directamente la violencia contra musulmanes, negros, latinos o rumanos; sin partidos que abominan de los inmigrantes y dicen que ya, ni uno más, que la cultura y la nación están en peligro por culpa de ellos.

 Para los ojos occidentales, en la cultura musulmana la mujer y los homosexuales enfrentan graves limitaciones de sus derechos.  

 Estados Unidos abolió la esclavitud en su territorio en 1865, tras la Guerra de Secesión, pero mantuvo la segregación hasta 1965. Y tiene un muro que lo separa de México, y voluntarios que, por deporte, van a cazar inmigrantes. Organizaciones supremacistas como el KKK persisten hasta hoy. Otro de sus aliados favoritos, Israel, aplica un feroz apartheid hacia los palestinos.

 En países de América Latina como México y Chile la discriminación de los pueblos indígenas dista mucho de ser cosa del pasado: el primero, con su televisión llena de rubios; el segundo, al acorralar a los mapuches y desdeñar a los emigrantes peruanos.

 …Y llegamos a Cuba, donde hay un verdadero rosario de manifestaciones discriminatorias. Para empezar, en el lenguaje: ¿quién no ha dicho alguna vez eso detenía que ser negro o aquello de vamos hacer las cosas como los blancos?

 Aunque el racismo clásico no es institucional y la Revolución se empeñó en dar iguales oportunidades a todos, la mentalidad segregacionista sigue ahí, en policías y funcionarios y padres de familia. En general, para los negros todo es más difícil.

 Mientras en el resto del mundo la xenofobia es un problema, aquí la crisis de los noventa nos trajo la xenofilia: todos los extranjeros son ricos e inteligentes y su palabra la voz de Dios. Y, por supuesto, el xenocentrismo: la idea de que los cubanos somos inferiores, brutos, perezosos, incapaces de competir. De ahí que para ciertas voces los más atrofiados somos quienes decidimos vivir y trabajar en Cuba.

 Tuvimos discriminación por motivos religiosos y políticos. El primero se ha difuminado, pero todavía se segrega a los opositores. Pese a los encomiables esfuerzos por combatirlo, persisten el maltrato y el doble rasero hacia las mujeres y los homosexuales.                                                                             

 Por ser cubanos, durante casi un cuarto de siglo padecimos el injustificable apartheid turístico: no podíamos alojarnos en hoteles ni tener teléfonos móviles. La imposibilidad de viajar libremente al extranjero o de vender nuestras propias casas duró todavía más tiempo, y hace apenas un año y medio hemos recobrado ese derecho que no debimos perder en primer lugar. Aunque oficialmente abolidas, esas disposiciones humillantes tienen ramificaciones y matices que siguen ahí, todavía ciertas autoridades asumen que nos pueden maltratar y no hay que explicar o consultarnos nada porque Ellos saben lo que nos conviene, lo que en definitiva implica que nos discriminan a todos porque somos la Masa, y nuestros derechos, letra muerta.

(14 de octubre 2014)

CINCUENTA Y DOS

Publicado: 07-10-2014 en Sin categoría

Eduardo 52

 El 9 de octubre cumplo cincuenta y dos años.

 Nací, en palabras de Mick Jagger, in a crossfire hurricane: en Moscú, unos días antes de la crisis de los misiles. El mío fue un mundo sin computadoras personales, sin teléfonos móviles, un mundo en que poblar otros planetas sonaba como algo que iba a ocurrir durante tu vida; un mundo, en fin, donde el comunismo no parecía sólo una opción, sino la opción viable. Tuve el primer televisor a los trece años, y era, naturalmente, en blanco y negro y con dos canales; hasta entonces vi mis programas favoritos en casa de amigos y vecinos. Y leía mucho. Entonces los cines se llenaban, la gente leía.

 La aceleración es un hecho. Un hecho sicológico, al menos. Cuando uno estaba inmerso en ella, la infancia parecía eterna; la adolescencia, larguísima, llenas una y otra de descubrimientos y hechizos. Es después de los veinticinco que la máquina del tiempo empieza a acelerar, un año se hace indistinguible del precedente y zas, de un día para otro estás enfrascado en una de esas edades obscenas. Llegado que eres ahí, descubres que la tan cacareada experiencia es principalmente un timo –volvería a cometer sin pestañear la mayoría de mis errores– y, a la vez, como Borges (sí, uno de los privilegios de la edad es echar mano a un montón de citas de gente que admiro) aprendes a valorar los momentos que perdiste y los que te han tocado en suerte. 

 De los cincuenta y uno acá mi película Casting obtuvo el Coral al Mejor Corto o Mediometraje en el 35 Festival del Nuevo Cine Latinoamericano; terminé y exhibí el largometraje Omega 3 y el corto No somos nada. El primero ya ha dado muchísimo que hablar, y sospecho que lo seguirá haciendo; el segundo apenas ha asomado la nariz, pero estoy igualmente persuadido de que generará polémica. Ahora me tomo un respiro cinematográfico y empiezo a escribir algunos cuentos. En otras palabras, mi modesta fuente de ideas y mi energía no muestran indicios de agotarse.

 Aunque cada vez me descubro más casero, durante el último año estuve en Santa Clara y México DF. El 13 de agosto nació Oliver, mi primer nieto, retoño de Ana, mi primogénita. Perdí, en cambio, a otro buen amigo, un ser humano muy especial: Santiago Feliú.

 La mayoría de la gente dice que quiere vivir tranquila. Me parece muy bien para quienes en verdad prefieren días sin sobresaltos. Yo necesito correr riesgos, hacer planes que puedan implicar empezar de cero. Para mí la tranquilidad no es tanto una meta como un estado sólo tolerable en tanto transitorio. Los resultados están a la vista: a estas alturas, las convenciones sociales suponen que tengas un trabajo estable, esposa y familia, una casa, que te muevas en auto propio… y yo me he divorciado tres veces y tengo una vida privada bastante desordenada –por decir lo menos- he esbozado proyectos de vida en Innsbruck, Madrid y Santiago de Chile y más tarde renunciado a ellos, nunca me ha interesado aprender a conducir y trabajo para el ICAIC, pero no en el ICAIC. Soy, como diría Silvio, un embutido de ángel y bestia: cultivo odios magníficos, y sin embargo mantengo una peña mensual por la que no cobro un centavo, no sé decir que no cuando me reclutan para dar conferencias gratis o un casi desconocido me pide ayuda. Definitivamente, tengo que aprender a ser un adulto mayor clásico. Por lo pronto, cada vez me descubro más gruñón, más obsesivo con los detalles, con que las cosas vayan en su sitio.

 Llevo este blog hace cuatro años, así que ya saben cómo termina esto: beban un trago a mi salud. Y otro a la suya. Y varios más por si la idea no quedó suficientemente clara.

(7 de octubre 2014)