GUILLERMO TELL, revisited

Publicado: 03-05-2016 en Sin categoría

Después de terminado un Congreso del Partido en que la abrumadora mayoría de los delegados eran profesionales o dirigentes, blancos, y más del noventa por ciento mayores de treinta y cinco años –de edad física, se entiende; de edad mental probablemente todos rebasaban los setenta- me vienen a la mente la canción de Carlos Varela, el hijo de Tell y su anhelo por maniobrar con la ballesta del padre.

El grueso de mi generación, y tal vez también de la que me sucedió, aún quería utilizar esa ballesta que Tell estimaba podía estropearse en manos distintas a las suyas. Como los socialistas utópicos, confiábamos hasta cierto punto en que podríamos propiciar una sucesión generacional razonable si tan sólo conseguíamos convencer al rudo ballestero de Uri de cuán sensatos y bienintencionados éramos, de que la idea que nos movía era utilizar el arma de manera más cómoda, práctica y moderna, pero básicamente para lo que estaba diseñada, esto es, para tirar la flecha. Ingenuos, suponíamos que el padre se merecía un descanso y, una vez persuadido, agradecería nuestro ofrecimiento.

Hoy Tell y sus compadres no pueden, no ya tirar la flecha con un mínimo de seguridad de que dará en el blanco, sino cebar la ballesta, alinear la flecha, recordar cómo se dispara. Está viejo y cegato, pero es más tozudo que nunca, sigue proclamando que partirá la manzana por el medio y ni siquiera se da cuenta de que el bisnieto –pues el hijo tuvo descendencia- hace rato que se ha ido, y está en otro rincón de la plaza de Altdorf con su Iphone 6 en la mano, porque allí hay WiFi; precario y carísimo, pero conexión al fin. 

 Al bisnieto de Guillermo Tell no le interesa en lo más mínimo utilizar la ballesta familiar, ni ninguna otra. No quiere adaptarla a su manejo, tomar la responsabilidad de proponer un nuevo método de uso, ni siquiera exige que el anciano guerrero ocupe su lugar y se arriesgue al tiro. El chico sólo piensa en su progreso personal, en vivir mejor, en tener los derechos y posibilidades de cualquier otro joven del mundo, y su mente está limpia por completo de metarrelatos liberadores, de la idea de unirse para luchar por una causa, de enfrentar la injusticia y virar esta tierra –o cualquier otra- de una vez; si un estado de cosas no le conviene, se muda a otro sitio donde el statu quo sea más de su gusto. No quiere, en suma, cambiar el mundo, su proyecto de vida es pragmático y simple como un tema de reguetón.

Resulta estremecedor que a dos décadas y media de su estreno, la canción siga reflejando el enorme abismo generacional que divide a nuestra sociedad, esa grieta, diríase, de tierra ferozmente castigada por un sismo. Y cada vez es peor, naturalmente, pues los viejos son más viejos y los jóvenes… maduran. El lenguaje de Tell y los suyos sigue siendo el mismo, el del recelo, la desconfianza en las intenciones de cualquiera que no esté plenamente integrado a sus filas. (Y, como demuestra la historia reciente, incluso en las de aquellos que lo están). Según su modo de ver, ellos tienen la salvaguarda de la nación, y ningún otro proyecto, ningún otro discurso, ni la más mínima desviación son admisibles –bueno, a veces hay que tolerarlas estratégicamente, aunque la idea soterrada es volver atrás tan pronto sea posible- pues la nacionalidad misma se iría al  garete…

 Pero volvamos a tierra helvética y al siglo catorce. Guillermo suda, la mano le tiembla, no oye bien. Lo irónico es que no sólo el chico con la manzana en la cabeza ha cambiado, sino que ni la manzana es la misma. Tampoco hay público en la plaza de Altdorf, la gente se ha cansado de esperar, muchos se han ido refunfuñando que lo de la maravillosa puntería del ballestero era puro cuento, y los pocos fanáticos que aún vivaquean por allí están, como el bisnieto, ensimismados en sus tablets y teléfonos móviles. Ya no tienen fe, y han descubierto que se puede vivir así. Y no como cuando uno está sin pareja, que sabe que más tarde o más temprano aparecerá otra, sino que ahora comprenden que sin la fe se está más ligero, y se sigue siendo buena persona. Tal vez mejor persona, colige alguno, cínico. Entonces, entusiasmados por el hallazgo, le pasan un mensaje de texto a sus amigos, sin importar que muchos de ellos vivan en el tenebroso imperio de los Habsburgo…

P.S.: El 1ro de mayo falleció el guitarrista y compositor Sergio Vitier.

(3 de mayo 2016)

IDEOLOGICAL PROBLEMS, ME?

Publicado: 26-04-2016 en Sin categoría

A propósito del concierto de The Rolling Stones en La Habana el pasado 25 de marzo, la prensa –internacional, sobre todo, y algunos blogs del patio- repitió con frecuencia que el rock había estado prohibido en Cuba, que durante varias décadas por escuchar la música del enemigo se iba a la cárcel; se habló de diversionismo ideológico y de la desconfianza del régimen hacia el género musical. Comprendo que los periodistas tienen que vivir, que los titulares y las noticias han de ser pegadizos, pero como ocurre con casi todo lo relacionado con Cuba, ahí hay simplificación deliberada, mucho de miren-lo-que-ha-pasado-en-ese-país-comunista-raro-y-exótico. A mi modo de ver, eso tiene algo de cierto, algo de falso y muchísimos matices.

Veamos: el 13 de marzo de 1963, en la clausura del acto para conmemorar el VI Aniversario del Asalto al Palacio Presidencial, Fidel Castro dijo:

(…) Claro, por ahí anda un espécimen, otro subproducto que nosotros debemos de combatir. Es ese joven que tiene 16, 17, 15 años, y ni estudia, ni trabaja; entonces, andan de lumpen, en esquinas, en bares, van a algunos teatros, y se toman algunas libertades y realizan algunos libertinajes. […] Claro que no chocan contra la Revolución como sistema, pero chocan contra la ley, y de carambola se vuelven contrarrevolucionarios. […] Muchos de esos pepillos vagos, hijos de burgueses, andan por ahí con unos pantaloncitos demasiado estrechos; algunos de ellos con una guitarrita en actitudes «elvispreslianas», y que han llevado su libertinaje a extremos de querer ir a algunos sitios de concurrencia pública a organizar sus shows feminoides por la libre.

Que no confundan la serenidad de la Revolución y la ecuanimidad de la Revolución con debilidades de la Revolución. Porque nuestra sociedad no puede darles cabida a esas degeneraciones. […] Estoy seguro de que independientemente de cualquier teoría y de las investigaciones de la medicina, entiendo que hay mucho de ambiente, mucho de ambiente y de reblandecimiento en ese problema (…)

Ahí empezó todo: Fidel no sólo estigmatizaba al rockero con pantalones demasiado estrechos que anda con una guitarra y va a teatros (¡!), identificando moda con ideología e ideología con preferencia sexual, levantando así el banderín para que los que eran más revolucionarios que nadie reprimieran a cuanto joven les pareciera retratado, sino que apelaba a sentimientos aún más profundos: el machismo y el nacionalismo (o mejor chovinismo), la desconfianza, el odio a cuanto estuviera, o aun pareciera, contaminado de ambigüedad. Dice Ernesto Juan Castellanos en su ensayo de 2008 El diversionismo ideológico del rock, la moda y los enfermitos

(…) hubo por aquella época muchos casos de autotitulados «revolucionarios de Patria o Muerte» que, escudados tras uniformes y carnés de los más diversos orígenes, solían organizar piquetes de furibundos extremistas y, empuñando filosas tijeras, acudían a las zonas más concurridas de El Vedado, sobre todo La Rampa, para arremeter contra cualquier joven cuya apariencia personal no fuera de su agrado. Entonces, al estilo de las cuadrillas de linchamiento de las películas de Hollywood, inmovilizaban a la víctima, le desmochaban el cabello, le cortaban los pantalones a lo largo de toda la pierna si no estaban suficientemente holgados, y le caían a trompones y patadas al «culpable» si se defendía, casi siempre con absoluta impunidad ante las autoridades que acudían al lugar y se llevaban detenida a la víctima por «escándalo público» y «conducta impropia».

El ejemplo más subido de color de estas represalias contra la juventud que se resistía a la moda del almidón y los pantalones con filo, ocurrió en la noche del 25 de septiembre de 1968, cuando un operativo policial a gran escala arrestó y confinó durante días, semanas e incluso meses, a numerosos grupos de jóvenes que se encontraban en La Rampa, cerca del hotel Capri y de la heladería Coppelia, en El Vedado.

 Como ocurría desde las Palabras a los intelectuales de junio de 1961, los delimitadores de primaveras tenían la mesa servida. Si te gustaba el rock en inglés serías sin duda homosexual y vago y te gustarían las drogas, así que la sociedad tenía que reprimirte y reformularte. A este respecto, es curioso que no en todos los países socialistas el rock era considerado un peligro: como dice el crítico español Diego Manrique

(…) en Bulgaria, Rumania o Cuba se reprimía a los músicos y a sus seguidores de pelos largos. Por el contrario, la República Democrática Alemana se esforzaba en desarrollar equivalentes a las estrellas de la República Federal, una política de Estado que se concretó en el llamado Ostrock (rock del Este). La descentralizada Yugoslavia permitía la coexistencia de potentes escenas musicales que se expresaban en serbio, esloveno o croata. Checoslovaquia, con su base industrial, era proveedora de instrumentos musicales —incluyendo sintetizadores— a los otros países del COMECON (…).

Pero nada es exclusivamente en blanco o negro. Todo el tiempo tendemos a mirar el pasado según la lógica del presente, a olvidarnos de la perspectiva histórica. Fidel erraba, y su error era más grave por cuanto lanzaba no tanto una prohibición como una campaña purificadora, pero téngase en cuenta, primero, que en 1963 ya había ocurrido el atentado de la Coubre, el bombardeo a los aeropuertos militares y la invasión a Bahía de Cochinos, varios atentados contra su vida, diversos sabotajes, la Crisis de Octubre… Los procesos de Hollywood contra los comunistas y sus simpatizantes, a fines de los años 40 y durante los 50, evidenciaron cómo funcionaba el mundo de la Guerra Fría: la ideología enemiga entendida como una suerte de infección que ataca el cerebro si se le da la menor entrada, de manera que al individuo contaminado hay que segregarlo para que no contagie al resto. Por demás, no sólo en el socialismo se recelaba del rock, se prohibían canciones y cancelaban conciertos. En 1966, la reacción contra la frase de Lennon de que los Beatles eran más populares que Cristo, con multitudes de adolescentes quemando los discos de los Beatles ante la mirada cómplice de la policía; la censura de A day in the life por la BBC (por referencia a las drogas) y parte de la letra de Let´s spend the night together en el Ed Sullivan Show (por implicaciones sexuales); el polémico arresto de Jagger y Richards en 1967 (el affaire Who breaks a butterfly on a wheel?); al año siguiente, la reacción de las autoridades religiosas ante Sympathy for the devil o la prohibición en USA del single Street fighting man de los Stones (ambas por razones políticas); la campaña emprendida en 1985, ya en época de Reagan, por las damas decentes y encumbradas de la PMRC contra el rock and roll porque, según ellas, glorificaba la drogadicción y la violencia, son sólo algunos ejemplos de una larga lista. En los 60, los mismos Stones eran considerados por los padres británicos unos monos gritones y desaseados con los que jamás dejarían salir a su hija (lo que fue inteligentemente manejado por su manager Andrew Loog Oldham) y sufrieron numerosas cancelaciones de gigs a uno y otro lado del Atlántico porque las autoridades de esta o aquélla ciudad se negaban a dejarlos actuar; en 1964 Dean Martin se burló de ellos en el Hollywood Palace Show de la TV norteamericana… Y, de la misma manera que acá se tenía al rock por un arma de penetración ideológica imperialista, las voces conservadoras en USA aseguraban airadas que el rock y los hippies eran parte de una estrategia comunista para hundir a los jóvenes en drogas y perversiones sexuales y anular así su conciencia social y política…

Pero, dirán algunos, la diferencia es que esa represión, esa descalificación del Otro no se convirtió en política de Estado en Occidente, se limitó a hechos aislados y remotos, y en todo caso había una legalidad, a la peor se llevaba a juicio a los rockeros, no se les excomulgaba sin más explicaciones, eso ya no pasa en los países democráticos. Bueno, ¿y qué hay con el campo de prisioneros en Guantánamo, y con el prejuicio actual de Europa y USA contra las personas que profesan el Islam, e incluso que lucen árabes? Todo el mundo sabe que en los aeropuertos los revisan y apartan más que a cualquier otro pasajero, en las grandes ciudades se les mira con recelo, se les acosa constantemente, los aparatos represivos y de inteligencia les tienen por los primeros sospechosos. De acuerdo, ocurrieron y ocurren esos terribles atentados en New York, Londres, París, y hay que prevenir nuevos actos criminales, pero ¿acaso cada musulmán es terrorista, y merece de antemano un trato discriminatorio, sólo por su color de piel? Una cosa es comprender y otra, muy distinta, disculpar: si admitimos la situación descrita en atención a las circunstancias, ¿no estamos a un paso de justificar la represión contra los rockeros, también nacida en circunstancias delicadísimas?

En Cuba, la satanización del rock y sus seguidores –y la consideración de que el inglés era la lengua del diablo- tuvo su peor momento a fines de los sesenta; luego las cosas fueron cambiando poco a poco, aunque todavía ahora mucha gente en el gobierno -con todo y haber canonizado a Lennon- piensa que los melenudos son unos depravados peligrosos. En mi artículo El rock como estigma (revisited) digo que (…) El rock en Cuba de Humberto Manduley (Atril Ediciones musicales, 2001), es el primer libro que se aventuró a contar la historia invisible. Todavía recuerdo una frase de Manduley durante el lanzamiento del libro en la Cabaña: durante varias décadas, la única institución revolucionaria que se interesó por el rock cubano fue la PNR. Y en verdad, por varias décadas rarísima fue la banda, si alguna hubo, que no tuviera frecuentes encontronazos con las fuerzas represivas, como relata estremecido el propio (Juanito) Camacho en La verdad acerca del G2, o Frank Delgado en su pieza Los Almas contra Tropas Especiales.

Pero, como queda dicho, no todo –ni todo el tiempo– fueron burócratas miedosos e inflexibles tratando de ostentar lealtades a costa de los sufridos jóvenes y sus preferencias musicales. Por un lado, sé de gente que fue expulsada de una escuela, castigada o al menos severamente reprendida por escuchar rock y lucir rockero, especialmente en los 60 y tempranos 70. Por otro, la represión coexistía con el pragmatismo, la lucidez y la rebeldía: yo estudié en la Vocacional Lenin durante esa última década, y recuerdo que más de una vez vino algún especialista a darnos una charla sobre los riesgos del diversionismo ideológico, y sin embargo los miércoles había bailables en las plazas de formación… y se ponía rock. Todos nosotros seguíamos el hit parade norteamericano e intercambiábamos grabaciones en cassettes, y prácticamente cada sábado había fiesta en casa de alguien y se ponía rock… y bueno, Feliciano y Roberto Carlos. Nadie entró nunca a requisarnos los discos o a meternos presos. En la radio estaba el programa Now, que insistía en la decadencia del capitalismo, decadencia que ilustraban con música norteamericana y británica. Juanito Camacho recuerda otros espacios anteriores, de la segunda mitad de los 60: Escenas de la vida norteamericana, Sorpresa Musical, De, ¿Qué tal, gente joven? y desde luego Nocturno, que no sólo radiaba temas de rock como Let´s spend the night together o Hush, sino que tuvo una pieza de los Yardbirds (Hot house of Omagarashid) y otra de los Beatles (Hey Jude) como tema de cierre. Y añade Ernesto Juan Castellanos: (…) resulta irónico que mientras las escuelas, la radio y la televisión gastaban sus mejores empeños en desterrar la música popular anglosajona del gusto de la juventud cubana, en uno de los edificios del ICR, a un costado del Pabellón Cuba, se prensaran placas con la selección musical preferida hasta por los más exigentes, que pagaban $5 por un disco de cartón de dos canciones y $20 por uno de aluminio con ocho temas. Y el extremo de la falta de lógica era que, mientras estaba prohibido hablar sobre los Beatles y el rock en las escuelas, Juventud Rebelde, el órgano de prensa de la Unión de Jóvenes Comunistas, los mencionaba para bien y casi diario, a fines de los años 60.

A la larga, Porno para Ricardo tenía razón: ¡viva el diversionismo ideológico!

P.S.: Falleció Prince. No era de mis artistas favoritos, pero igual se trataba de un gran músico y, lo que es peor, de un hombre relativamente joven.

P.P.S.: Acabo de ganar, en el 12 Festival de Cine Pobre de Gibara, el Premio Especial del Jurado de Guion Inédito otorgado por el Brooklyn Filmmakers Collective (BFC) al Mejor Guión Inédito de Largometraje de Ficción, por mi guión Making. 

P.P.P.S.: Recién he terminado mi nuevo corto, La leyenda de los Abominables Hombres de Confianza. El estreno será en mi peña de la Casa del ALBA, en Línea y D, este viernes 29, a las 8 pm.

(26 de abril 2016)

Publicado: 21-04-2016 en Sin categoría
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Smokey Robinson y Usher en Fábrica de Arte, 20 de abril 2016

Publicado: 21-04-2016 en Sin categoría
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Dave Matthews y Usher en Fábrica de Arte, 20 de abril 2016

RÉQUIEM POR LA COMEDIA

Publicado: 19-04-2016 en Sin categoría

Hablemos de cine cubano.

Ya he dicho antes que si en los noventa se criticaba en comedia, ahora se critica en drama. Aparte de La cosa humana, de Gerardo Chijona, los capítulos de Crematorio de Juan Carlos Cremata, los animados de Ernesto Piña y mis propios trabajos, no hay gran cosa. En el pasado 37 FINCL, de nueve largometrajes cubanos en concurso –por demás, con una saludable variedad genérica y temática– sólo uno, el de Chijona citado más arriba, era una comedia. La situación se torna particularmente árida entre los cineastas emergentes: año tras año, y cada vez más, la abrumadora mayoría de los trabajos presentados a la Muestra de Cine Joven apuesta por la tragedia trágicamente narrada, el drama, la seriedad. Es como si volviera a ganar fuerza la vieja tesis de que los temas serios hay que tratarlos dramáticamente, que la comedia es para la gozadera y sólo su adusta hermana vale a la hora de ponernos profundos, atrevidos y artísticos.

Es cierto que dos décadas atrás eran comedias casi todas las películas del patio, no tanto porque los cineastas encontraran divertidísimo el Período Especial como porque era lo que interesaba a los coproductores extranjeros. Una historia ágil, con abundantes risas, música cubana y nuestras exóticas sensualidad y pobreza de telón de fondo, vendía. Antes de juzgar con excesiva severidad a los realizadores, téngase en cuenta que no se trataba de elegir entre hacer una comedia o un drama, sino entre hacer una comedia y no hacer nada: a mediados de la década la producción nacional cayó prácticamente a cero, había que buscar partners o esperar estoicamente por un milagro equivalente al de los panes y los peces. El coproductor no sólo ponía el dinero y abría camino a la película en mercados y festivales, sino que seleccionaba el tono, y con no poca frecuencia exigía que el papel protagónico recayera en determinado actor porque resultaba conocido en Europa. Al realizador le quedaba un margen exiguo para hacer evidente su maniera, su estilo personal. A veces lo lograba. A veces nada más.

Pero lo anterior no significa, ni mucho menos, que la comedia sea o deba ser tratada como un género menor, indigno de abordar temas importantes. Para no ponernos universales y hablar de Chaplin, de Allen o Benigni, habría que recordar que algunos de los más conspicuos maestros del cine cubano, Titón y Tabío, recurrieron a ella una y otra vez. Clásicos como Las doce sillas, La muerte de un burócrata, Los sobrevivientes, Se permuta o Plaff! son comedias sabiamente construidas. Los Noticieros dirigidos por Santiago Álvarez, Aventuras de Juan Quinquín, Son o no son de Julio García Espinosa (que, triste noticia, nos dejó esta semana), toda la obra de Juan Padrón, echan mano a la sátira, el pastiche y la ironía.

¿Qué ocurre, entonces? La explicación no radica, evidentemente, en que los tiempos sean malos: lo son, claro, pero no peores que el punto álgido del Período Especial, y ya vimos lo que se hacía en esa época. Por lo general, la necesidad aguza el ingenio: a unos les da por jinetear, a otros por abrir cafeterías o vender discos quemados, a los artistas los surte de angustias y temas urgentes. ¿Será tal vez que los tiempos, ahora, son demasiadobuenos? Yo diría que no. Nadie diría que sí, ¿verdad?

Me temo que se cierra un ciclo y se abre otro en la vieja batalla de los cultores de la comedia por demostrar que el género está a la altura. En sustancia, es lo mismo que ocurre a quienes apuestan por la ciencia ficción, el terror o el cine policial: todo el mundo se divierte con sus obras, pero son pocos quienes las toman en serio (por lo menos, en el momento de su estreno; algunos se vuelven clásicos dos décadas más tarde). Creo que los realizadores están llenos de rabia y ganas de develar lo que el discurso oficial soslaya, y eso está bien; lo preocupante es que opinen que la tarea sólo puede acometerse a través del drama. Y, a menudo, de un drama críptico al que siempre parecen faltarle algunas piezas. Por si fuera poco, hay un puñado de críticos que piensa lo mismo: mientras más lenta y complicada, más atormentada y difícil es una película, mejor es; si el público pasa más allá de dos o tres sonrisas amargas durante la proyección, enseguida el crítico levanta desdeñosamente una ceja. El equivalente en el ámbito literario sería, supongo, considerar que fuera de la obra de James Joyce nada merece ser escrito.

La comedia no es banal per se: hay universos de distancia entre The gold rush o Dr Strangelove y cualquier, ejem, obra con Adam Sandler o Will Ferrell. Es verdad que los cubanos, fieles a aquello de que no llegamos o nos pasamos, a menudo hacemos –y preferimos– piezas demasiado escoradas hacia la farsa. Pero, insisto, ese no es problema del género, sino de los realizadores.

A ver si les hacemos más chistes en la EICTV o la FAMCA, antes de que sea demasiado tarde… 

(19 de abril 2016)

PURO TEATRO

Publicado: 12-04-2016 en Sin categoría

Aunque después de disuelto GNYO en 1997 he escrito cosas para humoristas como Rigoberto Ferrera, Los Hepáticos, Klaro o Punto y Coma, nunca me he lanzado con el teatro dramático. Generalmente, si se me ocurre una historia termina convertida en un cuento o una novela y tal vez luego, con mucha suerte, en una película.

Como espectador me tomaba el teatro tibiamente. En mi juventud, allá por los ochenta, seguía los estrenos y festivales (recuerdo en particular el del Monólogo); luego vino GNYO y me involucré con el teatro humorístico, y en las últimas dos décadas apenas si asistí una o dos veces al año a estrenos de El Público en el Trianón, y poco más. Fue así hasta 2012, cuando una novia (bueno, ex novia ya) me arrastró casi literalmente a una puesta tras otra y a la larga hizo revivir en mí el interés por el arte de Melpómene y Talía.

En la ciudad la vida teatral es bastante activa, con un público cómplice y alerta que llena una y otra vez las salas y forma una saludable matazón en ciertos estrenos. Durante el Festival de Teatro de la Habana, por ejemplo. Tengo que admitir que en materia escénica mi gusto personal es más bien clásico, necesito una anécdota y algo de peripecia, me aburre el llamado teatro posdramático y su anulación, o poco menos, de la historia. El problema debe ser mío, porque una buena parte del teatro cubano contemporáneo parece marchar por ahí. Es audaz, fuerte, crítico… y no cuenta nada, o muy poco. Aunque el suyo no es mi teatro, respeto a un dramaturgo prolífico como Rogelio Orizondo, y bastante menos a sus epígonos. Eso sí, cambio toda su obra por una sola comedia de Héctor Quintero.

Los montajes de El Público son fastuosos y magníficos, qué duda cabe, pero si vas a ver La Celestina o La duodécima noche más te vale conocer previamente la obra o te perderás entre el diseño de vestuario, las actuaciones y los desnudos. Las puestas de Cremata son (eran) igualmente provocadoras, llenas de travestis y chistes tan soeces como certeros, pero las más de las veces podías además seguir la historia. Me gusta particularmente Argos Teatro, el grupo de Carlos Celdrán. Hace unos días asistí al estreno de su obra 10 millones, que es la historia de mi generación: las escuelas en el campo, la injustificable ferocidad de los actos de repudio y las heridas jamás cicatrizadas que dejó en la familia cubana, el vacío de hoy… Es un drama sobrio, y me encantó el estilo de dirección: los actores no te gritan su drama, lo cuentan desde los posos de la amargura. En particular me impresionaron las actuaciones de Daniel Romero, Maridelmis Marín y Caleb Casas. 

Desde mi modesta luneta de aficionado, creo que en el teatro cubano falta levedad. El simple goce de contar una historia sin pretender que cada obra denuncie al régimen, sea crípticamente moderna y explique a cada paso la condición humana.

(12 de abril 2016)

LA EDAD, EL OLVIDO

Publicado: 05-04-2016 en Sin categoría

El anciano protagonista de Monólogo, la canción de Silvio, les muestra a los adolescentes con quienes sostiene un breve encuentro una foto de los tiempos en que actuaba, lo aclamaban multitudes y se divertía entre amigos y citas. Ellos no tienen la más puta idea de quién es y, a juzgar por los frecuentes llamados del viejo a que no se molesten, es probable que estén locos por irse e intercambien risitas entre ellos. Uno puede imaginar que tal vez una chica es la única que escucha, y el viejo se aferra a su frágil interés pues así casi revive, por unos segundos, sus orgullos perdidos: el éxito profesional y la habilidad de Casanova.

La imagen de la canción es a la vez tierna y aterradora, y no sólo para los artistas, aunque especialmente para nosotros. Tierna en tanto nos revela necesitados y vulnerables, pues cada uno quisiera para su vejez éxito y compañía; aterradora porque sabemos que la súplica del anciano cae en el emporio de la crueldad juvenil, esa banda aparte que siempre cree que el mundo surgió con ellos y que su generación es la única que importa, cuando lo cierto es que la corta edad no es un mérito en sí misma: hay jóvenes conservadores, acomodados, sin idealismo, sin ningún interés por cambiar nada. Cada generación forja sus propios héroes… aunque esta del Ipod no es que desdeñe el pasado, es que no sabe que ha existido. Pero, al mismo tiempo, el viejo hizo lo suyo: lo recuerden o no, su obra está ahí, sus vivencias lo salvan.

Aunque en lo personal todavía me falta un buen trecho para ser un anciano –el de la canción u otro con mejor suerte- es inevitable pensar a cada rato cómo será todo en treinta años, si estaré vivo, si alguien buscará todavía mis libros o sonreirá con mis películas. El arte es cada vez más un producto para usar y tirar, fugaz como el reinado de un color de ropa o un corte de pelo. 

 Hay otro olvido más abrupto, más feroz, que sobreviene cuando algo te sale mal y te dan por acabado. El artista cuyo nuevo álbum, libro o película significa un revés –y todos lo hemos tenido, de Chaplin a Spielberg, de los Beatles a García Márquez– sólo se salva si vuelve a crear, si retoma su viejo camino o se labra uno nuevo. Es sabido que no siempre el talento obtiene el triunfo que merece, ni todo lo exitoso es bueno, pero por otra parte tampoco puede uno refugiarse sistemáticamente en aquel razonamiento, en el papel del genio incomprendido que ya descubrirán y revalorizarán en el futuro; no, al menos, como excusa para cansarse de intentarlo, para dejar de crear y asumir la derrota como un halo romántico. La verdadera muerte está en rendirse, en acallar el alien que te rebulle adentro.

Peor es cuando el poder te utiliza y luego te echa a un lado. Mi padre, Candidato a Doctor en Ciencias Económicas, era el director de Cuba Socialista, una publicación teórica que, como casi todas las demás, teóricas o no, dejó de publicarse con el Período Especial; varios años después esos tipos de arriba decidieron volver a sacarla, nombraron un director de estreno… y el viejo, que no fue tronado ni mucho menos, que de hecho todo ese tiempo siguió cobrando como director, se enteró por el periódico de que su revista salía de nuevo… pues nadie se tomó siquiera el trabajo de llamarlo. La amargura resultante decoloró los últimos años de su vida, y no se recuperó de ella.

Al evocar la infinita tristeza del viejo, de cómo fue derrotado por el olvido, no estoy hablando de posiciones políticas, sino de supervivencia: en cualquier profesión o sistema social, por la causa que sea, quien está por encima puede hacernos víctimas de hijoeputadas semejantes, olvidarnos, botarnos como envases usados. Todos tenemos reveses, a todos nos tiran a mierda alguna vez, y es difícil rebasar esa sensación de que el mundo se acaba y tu existencia perdió sentido, pues no es ya que no te recuerde la posteridad, sino que te entierran en vida.

Pero en cualquier caso hay que seguir. No importa, ni hay receta infalible para saber si te recordarán o no. En definitiva, ¿cuántos de esos carcamales insensibles o esos adolescentes burlones podrán alguna vez tener delante un público en adoración, sentir que alguien encontró una respuesta vital después de leer tu libro o escuchar tu canción? ¿Cuántos conocen el placer de crear?

¿Cuántos saben lo que se siente?

   

P.S.: Hace unos días murió el realizador cubano Rogelio París.

(5 de abril 2016)