AMOR

Publicado: 02-08-2016 en Sin categoría

Tengo un amigo, C, que vive en La Habana y durante tres años tuvo una novia en Morón. Por razones en las que husmear no es pertinente, la muchacha se negaba a mudarse, le iba bien allá, y mi amigo es workaholic, tiene un trabajo absorbente con el que se siente realizado. Entonces, el enamorado empezó a ir a Morón cada quince días, de viernes a domingo. Ininterrumpidamente, por tres años, lo que significa alrededor de setenta y ocho viajes de una punta a otra del país. Cuenta C que después de un tiempo podía ir dormitando en el ómnibus, sentir un bache afuera, y sin abrir los ojos, decir: Ah, Ciego de Ávila

Amor. Yo he tenido amores a distancia durante varios años, en Innsbruck y Santiago de Chile, pero C me supera. Todo el mundo sabe que Morón está más lejos.

 

Con este texto cierro el blog y el website. Me he prodigado a fondo, son 313 artículos desde 2010, dan para la primera parte de unas Memorias concienzudas. Todo el tiempo mantuve mi propósito inicial de que fuera un espacio variado, donde junto a artículos de corte político aparecieran textos sobre literatura, cine, música, recuerdos y curiosidades. Mi vida y mi trabajo seguirán su curso, pero la verdad es que, si bien estoy satisfecho con el conjunto de lo que he publicado en el blog, a estas alturas me siento un poco harto de la disciplina de un artículo semanal que después no voy a ver de todas maneras. Gracias al blog he establecido contactos profesionales, hecho algún amigo, reencontrado a otros; he asumido riesgos y comprendido que siempre habrá quien te aplauda por lo que eres y quien te ataque por la misma razón. Quisiera pensar que a entusiastas y detractores les ha servido de algo leer este puñado de trabajos. Y si así no fuera, desde luego me han servido a mí.

All things must pass. Buena suerte a todos.

E.

(2 de agosto 2016)

LOS VIEJOS RESTAURANTES

Publicado: 29-07-2016 en Sin categoría

Hace unos días andaba por la Rampa con unos amigos, y una muchacha sugirió comer en El Mandarín.

Durante mi infancia y adolescencia, ese era el tipo de restaurantes a los que resultaba complicadísimo entrar. Para El Mandarín, el Polinesio, el Conejito, el Cochinito, Doña Rosina, Siete Mares, Pekín, había que reservar con antelación o en el mejor de los casos sonarse estoicamente una larguísima cola. Eran restaurantes estatales, los únicos restaurantes posibles en los años 70, así que la cosa no estaba tanto en que su cocina fuese espectacular como en que constituían la única opción con clase para comer afuera, en familia o con una chica a la que se deseaba impresionar. De hecho, la mayoría eran mediocres, otros realmente buenos, o así los recuerdo, pues ofrecían platos raros y exóticos en un país al que por entonces no afectaba tanto la escasez como la uniformidad. Comer en La Torre era el non plus ultra de la distinción, el nirvana gastronómico.

Serían alrededor de las ocho cuando entramos al Mandarín y no había casi nadie. Aun así, la mitad de los platos sólo existían en la carta y tuvimos que esperar un buen rato por el pedido. La calidad era mediocre, las raciones exiguas, los precios razonables si los convertías a CUC, imposiblemente altos si los considerabas en relación a un sueldo promedio en MN; elevados, en todo caso, como pago por el servicio prestado. El sitio mantiene cierta distinción kitsch, ese tipo de distinción desabrida de establecimientos que han conocido tiempos mejores.

Los viejos restaurantes siguen ahí, como si nada hubiera pasado. Sobreviven porque son del Estado, tienen cierta tradición y un grupo de empleados a la vez cínicos y estoicos, pero no se esfuerzan siquiera en competir. Sobrepasados por los restaurantes privados, están vacíos y la comida es mala… y a nadie le importa. No tratan de aparentar lo que no son. Han sido derrotados pero se saben impunes. Son espacios grandes y desérticos que la iniciativa privada –o, hasta cierto punto, cualquier iniciativa– renovaría y pondría a funcionar, pero nadie baja la orientación, y entretanto los administradores no pueden diversificar su oferta cambiando de proveedor, adoptando tácticas comerciales más agresivas. Así, el proceso degenerativo es indetenible: los chinos ya no tienen de china más que la decoración, en los italianos se manufacturan esas pizzas gordas y gomosas al estilo cubano, los cerdos criollos son la única raza porcina del mundo sin piernas, puras piel y barriga.

Los restaurantes privados no sólo han multiplicado el guarismo de sitios adonde salir a comer, no se limitan a ofrecernos platos étnicos, cocina de autor, ingenio y limpieza: nos han devuelto, además, el placer inherente a la degustación. Durante mucho tiempo, aquí uno comía para no caerse muerto. Recuerdo en una ocasión, allá por el 96, en que llevé a un socio austriaco a un Rápido y pedimos pollo frito. Cuando mi amigo terminó de lidiar con su pedazo de volátil reseco, le pregunté: Was it good? Me miró con melancolía y respondió Well, it was something to eat. Tenía razón: se trataba de algo para comer y punto, un trozo de comida funcional y deslavado como el rostro de un robot, impersonal como un televisor visto por detrás. No había placer involucrado. Entre aquel fragmento de pollo y un plato con sabor y estilo había la misma distancia que media entre unos Kikos plásticos de los setenta y un par de zapatos Gucci.

Los restaurantes privados tratan de seducirnos –y algunas veces engañarnos, qué duda cabe, pero la mentira es parte de la seducción- mientras los viejos restaurantes estatales se rigen más por la filosofía de Muerde y huye o Lo que te den, cógelo.

 Hay procesos irreversibles. Ya nadie se cree especial porque lo inviten a comer al Cochinito. Ya nadie espera que un camarero lo trate bien y se esfuerce en personalizar el servicio en un viejo restaurant. Resultaría sospechoso. Tengo para mí que si esos sitios se volvieran de pronto los mejores del mundo, nadie lo notaría.

 Los viejos restaurantes son todo un símbolo.

 (29 de julio 2016)

LA CULTURA SUMERGIDA

Publicado: 26-07-2016 en Sin categoría

Hace poco me invitaron a una peña que se celebra en una casa del Vedado. Ya había ido antes, pero la verdad es que entonces no presté mucha atención a los trovadores y poetas que se presentaban. Esta vez fue diferente: escuché a David del proyecto OMNI Zona Franca, me conmoví con las canciones y los clips del primer disco de Juan Carlos Piñol, un vecino mío a quien conozco desde comienzos de los noventa, cuando yo actuaba con GNYO en el Acapulco y él era allí técnico de audio. Me gustó la poesía declamada, la spoken word de un negro joven y flaco a quien veo con frecuencia en otras peñas y en FAC, cuyo nombre no recuerdo. Una chica hizo versiones de Summertime, Oh darling y Ain’t no sunshine, acompañada estupendamente a la guitarra eléctrica por otra muchacha. Y todavía hubo más gente proponiendo lo suyo, mientras tomábamos ron con cola y hablábamos de literatura, política y tatuajes.

El malogrado festival Rotilla, proyectos como La Manigua, OMNI Zona Franca y Espacio Irreverente, las productoras cinematográficas Quinta Avenida, La Tiñosa Autista o Sex Machine, el disco de Piñol (con invitados de lujo como Kelvis Ochoa, Hansel Arrocha y Rolando Luna) y otros como ese, grabados en estudios privados… Hay una extensísima, inagotable riada de gente con ideas y talento, buscando –y consiguiendo- vías alternativas para su arte, porque las instituciones no les prestan atención… o les prestan demasiada, como a Rotilla. Ya no se trata sólo de obras concretas sino de proyectos multidisciplinarios, plataformas creativas que abarcan música, diseño, artes visuales, poesía, que se promocionan y hacen contactos para conseguir lo que necesitan sin ceder en sus ideas para que el Ministerio de Cultura los acepte. Y vaya si lo consiguen. Hay un cansancio de fondo, la certeza de que las vías institucionales son con frecuencia inoperantes y encima exigen un precio demasiado alto. Algunos espacios abiertos a partir de iniciativa privada logran visibilidad social, como ese milagro llamado FAC; otros no tanto, manteniéndose como una guerrilla cultural urbana. No todo es bueno, desde luego, no todo en la cultura sumergida está destinado a perdurar, pero también es cultura cubana y merece espacios y oportunidades que deberían pertenecerle no a guisa de dádiva sino por derecho.

 La parte visible del iceberg sigue ignorando a la otra. Lo interesante es que a la otra ya no le importa. En definitiva, aun sumergida, es mucho más grande.

P.S.: Recomiendo la serie de novelas de fantasía heroica del autor polaco Andrzej Sapkowski centradas en su personaje Geralt de Rivia. Aun traducidas, impresionan el uso del lenguaje, el humor subyacente, la originalidad de su universo.

P.P.S.: Mi documental Stones pá ti, acerca del estupendo concierto de la banda británica en La Habana el pasado 25 de marzo, ya está en la red. Pueden verlo en  https://youtu.be/fWtiPWXcggo

(26 de julio 2016)

COSITAS

Publicado: 19-07-2016 en Sin categoría

Una noche, durante el pasado Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, una muchacha me comentaba su impresión acerca de cierto largometraje cubano recién exhibido en el evento. La gente me habló maravillas de la película, pero yo fui a verla y le cogí cositas, comentó la chica, oficiosa y evidentemente rezumando autoestima. A continuación me enumeró algunas cositas, errores del guión según ella, pese a que hasta donde la conozco no ha recibido una sola conferencia o leído un libro sobre guión en su vida. A mí me había gustado la película, así que discutimos un rato, y lo dejé ahí.

Hay un grupo de personas que entienden el cine como un desafío a su capacidad de encontrar errores. En especial cuando se trata de películas del patio. Es algo como este realizador cree que ha hecho la gran cosa, pero mi trabajo es descubrir sus fallas para bajarle los humos. En mi opinión, es una triste manera de perderse, de mirar el dedo que señala al sol. No se trata de ignorar los errores o excusarlos, sino de no limitar el disfrute a un ejercicio cinegético. Si ves un drama conmovedor, con estupendas actuaciones y sólida estructura, y lo único que se te ocurre decir es que la película es mala porque en la escena tal se vio la sombra del boom o el reloj que tenía el tipo se puso de moda diez años después, hay algo muy jodido en tu manera de entender el cine.

Hay sitios de Internet dedicados exclusivamente a reportar gazapos en las películas. De nuevo, me parece genial que los encuentren, y es cierto que una vez que los percibes no puedes dejar de verlos, pero uno se pregunta si esa gente además disfrutó la película, hasta el punto en que la película fuera disfrutable. Reducir el hecho cinematográfico a sus errores es como decir que Hey Jude es una mala canción pues a los 2:58, debajo de then you begin, se escucha a McCartney decir fucking hell tras equivocarse en una nota.

Hay quien da por errores cosas que no lo son, decisiones artísticas que no entiende, asumiendo que los realizadores son estúpidos, que nadie de un equipo de profesionales que se reunieron en infinidad de ocasiones y revisaron otras tantas el producto final se dio cuenta de algo que él con su sagacidad acaba de descubrir. Bueno, todas las películas tienen errores, quién lo duda, desde Citizen Kane hasta La vita é bella, y los profesionales pueden ciertamente equivocarse, pero no pocas veces ese iluminado toma por una pifia ajena lo que es más bien una expresión de su propia ignorancia.

El síndrome, cómo no, inficiona también eventualmente a los especialistas del cine; he escuchado más de una vez a un director de fotografía decir cosas como esa película es un desastre, descubrí tres errores de iluminación y dos de macheo. Ahí es más comprensible, claro, pues un sonidista, aunque esté en el cine con su familia durante el fin de semana, no puede evitar fijarse ante todo en la banda sonora de una película, en tanto para el guionista el guión está en primer plano, los actores ven sólo actuaciones y así sucesivamente. Pero una película es más que eso: una conjunción más o menos feliz de elementos para contar una historia que te seduzca, que te encandile y ofrezca ídolos y arquetipos, de una manera no muy diferente a la que emplea un griot africano para hilvanar su relato frente a los fascinados aldeanos.

 (19 de julio 2016)

BOLLYWOOD ET AL .

Publicado: 12-07-2016 en Sin categoría

La primera vez que intenté ver películas hindúes sin ningún compromiso que me atara fue hace algunos años, en una muestra de cine contemporáneo de la India que se ofrecía en el Chaplin. Logré rebasar la primera –pese a que venía con esos subtítulos automáticos que resultan incoherentes las más de las veces, la verdad es que la trama era bastante sencilla y se explicaba por sí misma– pero no conseguí terminar la segunda, un drama amoroso de tres horas y pico. Es muy raro que yo no termine una película o un libro que he comenzado, pero esa me venció. Todo me resultaba extraño: la actuación, los diálogos, los interludios musicales… Salí del cine con la convicción de que el cine de Bollywood y yo íbamos a estar mucho tiempo sin hablarnos.

En realidad, no han pasado diez años y ya soy un consumidor bastante regular de cine hindú. No se trata en rigor del mecanismo que me permite disfrutar ahora de fenómenos musicales que detesté en mi adolescencia, como los Bee Gees, pues yo no siento nostalgia por el cine de Bollywood, no está asociado a ningún momento previo de mi vida; simplemente, fui aceptando los códigos estéticos de esa y otras cinematografías, empecé a comprender la grandeza y las estructuras narrativas de obras diferentes, a descolonizar la mirada. Es cierto que la mayoría de las producciones contemporáneas en hindi se han occidentalizado bastante, lo que facilita el proceso, pero siguen siendo larguísimometrajes de dos y tres horas con números musicales soberbiamente coreografiados, argumentos sencillos y moralizantes con enrevesadas peripecias, mucho amor y poquísimo sexo: las más de las veces los amantes se olfatean, amagan el beso, pero sus labios no se tocan. (Y si eso ocurre con un simple beso, qué decir de escarceos más profundos). Ahora bien, el espectáculo es fastuoso, los paisajes increíbles, los efectos digitales de primera, y las mujeres… es difícil ver a  Aishwarya Rai, Deepika Padukone, Kajol o Freida Pinto y no acometer urgentes reestructuraciones del panteón personal.

Bollywood ha asumido el cine de género occidental  y con no poca frecuencia plagiado historias y motivos argumentales. Entrega una visión idealizada de un país a la vez conservador y moderno, donde los remanentes del sistema de castas y la pobreza extrema coexisten con la tecnología de punta. Por otra parte, hay detrás una cultura tan potente y multifacética que el producto sigue resultando fascinante y exótico y, de alguna manera, auténtico. Danny Boyle lo sabía cuando rodó Slumdog Millionaire en 2008 a partir de la novela de un escritor hindú.

Es bastante conocido el hecho de que Bollywood produce centenares de películas al año; lo es mucho menos que Nollywood, la industria de cine de Nigeria, se le ha ido por delante en la última década.

He visto poco cine no ya nigeriano, sino de toda África. Tampoco es que resulte fácil hacerlo: fuera del circuito de festivales, y no en todos, las películas africanas son prácticamente incapturables. Lo que conozco se lo debo a Innsbruck, Munich y Fribourg, y a eventuales semanas temáticas en la cinemateca de Cuba. Algunos de los directores más conocidos viven total o parcialmente en Europa pero filman en sus países de origen, a menudo con ayuda francesa o suiza: Gastón Kaboré, Idrissa Ouedraogo, Mohammed Soudani, Abderrahmane Sissako… A menudo las historias son interesantes, pero me chocan el estilo de actuación, el ritmo, la realización minimalista: en una palabra, otra estética a la que es preciso acostumbrarse. Recuerdo un corto en clave de comedia, me parece que producido en el Congo, que vi hace años en un festival europeo: unos guardias de seguridad vigilan la entrada de la casa de un político. Al frente hay un largo muro; en cierto momento, un hombre pasa y orina furtivamente contra él. Aburridos, los guardias de seguridad deciden divertirse: van, detienen al tipo y le exigen el pago de una multa por la infracción, digamos cinco francos. El tipo, asustado, apela a la compasión de los soldados, pero estos se mantienen inflexibles. Vencido y ante la perspectiva de ir a la cárcel, el hombre les entrega un billete de diez francos. No tengo cambio, dice. Nosotros tampoco, replican los soldados, pero no queremos quedarnos con tu dinero, no somos ladrones, así que dale, mea otra vez, mea ahora, aquí, delante de nosotros, o vas preso…

 

P.S.: El lunes 4 murió el gran cineasta iraní Abbas Kiarostami.

P.P.S.: Del 3 al 10 se celebró el festival Aquelarre en los teatros de la calle Línea (Raquel Revuelta, Bertolt Brech, Llauradó) y el Karl Marx. Lo más destacado para mi gusto fue El gran robo, de la Leña del Humor de Santa Clara, El muro, del grupo Komotú de Guantánamo, y sobre todo Súper Bandaclown, de Teatro Tuyo de Las Tunas, un espectáculo de clown absolutamente brillante, de perfecta ejecución, de nivel mundial (de hecho, me recordó a los argentinos del Clú del cloun, y a una compañía francesa de mimo que se presentó en La Habana en los tempranos noventa, cuyo nombre no recuerdo). Por otra parte, mi corto Épica obtuvo el Primer Premio y el Premio de Actuación masculina, compartido entre Luis Alberto García y Carlos Gonzalvo, en la categoría Ficción de la competencia audiovisual. Y también esta semana –ley de Murphy– fue el Vida, te perdono, Encuentro de trovadores en El Sauce, que incluyó conciertos de Silvio Rodríguez, Frank Delgado, Pedro Luis Ferrer, Polito Ibáñez et al.

(12 de julio 2016)

UN PASO ADELANTE, DOS PASOS ATRÁS

Publicado: 05-07-2016 en Sin categoría

Una amiga volvió hace poco de un país, pongamos que europeo. Se fue con ilusiones y regresó harta y asustada de lo que supo y vivió; este es el mejor país del mundo, repetía, aquí hay tranquilidad, aquí está mi familia, de acá no me muevo.

Unos meses después, mi amiga ya no está tan segura. Allí la cosa estaba del carajo, nos tiraron a mierda y tenía miedo, pero la ciudad era fascinante, siempre pasaba algo, siempre había dónde ir, en tanto acá en La Habana no pasa nada, esto no va a ninguna parte.

La comprendo. Este país se mueve, pero más como un péndulo (y nosotros como bacterias en un cultivo) que a la manera de un cuerpo libre. Es lento, es aburrido, es como un trabajo sin vacaciones. Seguro, sí, y tranquilo, pero en demasía, y todos necesitamos un poco de riesgo. Incluso en el ámbito cultural uno se desplaza como a través de la ciudad: de un punto conocido a otro, a través de terreno yermo.

Y las fuerzas a las que incluso ese escaso movimiento les parece excesivo siguen esforzándose porque todo sea como antes. A cada rato uno se entera de transacciones y convenios que debieron consultarnos y acontecieron, en cambio, a nuestras espaldas; de sucesos que uno creía inherentes al pasado y han vuelto a ocurrir; de retrocesos y bandazos. Las fuerzas conservadoras hablan de los setenta como de los viejos buenos tiempos, de los mitines de repudio y la gritería como la única manera posible de tratar al que disiente. Todavía siguen ahí esos autos mediocres a precio de Jaguar y Lamborghini. Bajan, es cierto, los precios de algunos productos… y en un abrir y cerrar de ojos desaparecen los productos y las tiendas vuelven a estar semivacías. Todo se rompe, todo se complica, todo lo nuevo degenera tras unos meses.

Como diría Lenin, tras cada paso adelante hay dos atrás. Como diría Lennon, everybody´s talking, and no one says a word

El chiste en la calle es que quien vino no fue Obama, sino Julio Iglesias, porque la vida sigue igual.

La inmovilidad no es revolucionaria. Es, de hecho, todo lo contrario.

Cualquier día mi amiga vuelve a irse.

(5 de julio 2016)

SHHHH!

Publicado: 28-06-2016 en Sin categoría

Cuando era joven y estaban mis padres, a cada rato empezaba en voz alta la frase El problema es que el gobierno… o El comunismo lo que tiene es que… y enseguida mi padre freía huevos y mi mamá me decía muchacho, cállate, que te pueden oír. Yo lo hacía para joder, para provocar; ella ni siquiera sabía lo que venía a continuación, pero estaba convencida de que sólo podría acarrearme complicaciones. Es más, no importaba si la frase seguía o no, si el cierre era crítico o laudatorio: del gobierno y del comunismo no se hablaba, y punto.

Uno de tantos chistes brillantes del gran Álvarez Guedes era aquel del americano y el cubano que hablan de sus libertades civiles: el norteño afirma orgulloso que puede ir a ver a James Carter –bueno, es un chiste viejo-, pararse delante de James Carter y decirle a James Carter todo lo que a él le dé la gana decir de James Carter. Pues yo puedo ir a ver a Fidel Castro, replica el cubano, pararme delante de Fidel Castro y decirle a Fidel Castro todo lo que a mí me dé la gana de… James Carter. Uno lo escuchaba en el Pre o la Universidad y se reía, pero era una risa extraña, porque aquel chiste iba más allá de los taxis y las croquetas, más allá incluso del funcionario corrupto. Uno se daba cuenta entonces de que lo estaba oyendo en una copia de décima generación en un cassette resobado, bajito y con un grupo de socios haciendo pantalla…

En Adorables mentiras, de Chijona, el personaje de Nancy –interpretado por Mirta Ibarra– pone música cuando va a tratar un tema escabroso, y comenta Esto me lo enseñó uno de la Seguridad. En La otra orilla, refiriéndose a la mitad  de la familia que había emigrado, Frank Delgado canta que Había que hablar de ellos en voz baja, a veces con un tono de desprecio. Como los peces, precisa Carlos Varela. En tales casos y otros muchos el silencio, todo lo más el susurro para evitar que te escucharan. Podías poner salsa a todo volumen o tener una bronca con un vecino, pero los temas políticos, los criterios heréticos no debían rebasar el rango de murmullos. Es más, si veías a dos o más cubanos hablando bajito y mirando de reojo, podías apostar acerca del espectro de la conversación.

Carecemos de experiencia en faenas de diálogo, en hablar según el timbre de cada uno. Eso se cimentó durante décadas, y se nota, por ejemplo, cuando un periodista extranjero enfoca su cámara hacia un cubano: éste se siente incómodo antes de haber abierto la boca, porque una voz interior le advierte que lo que diga es irrelevante, que el verdadero crimen estriba simplemente en aceptar el reto, en asumir que uno tiene una opinión y derecho a expresarla. Conminados, los más se muestran radicales en su adhesión al gobierno y empiezan a repetir giros y frases de la retórica oficial, se ponen enérgicos asumiendo que ese es el único modo posible de hablar de política, virilizan el tono hasta hacerse irreconocibles, en tanto el que se atreve a mostrar su desacuerdo descubre que no encuentra las palabras, que tiene que calcular el alcance de cada una, y aunque se deja llevar por la embriaguez de la transgresión, el lado prudente de su ego chilla adentro ehhhh, te volviste loco… A los que consiguen expresar un pensamiento coherente y crítico, los demás los miran como se mira a quien acaba de descubrir una manchita rara en su radiografía.

 Durante mucho tiempo eso fue normal. Va cambiando, pero todavía es normal para mucha gente. Está insertado en nosotros, y es tan difícil de remover como el impulso de acaparar cualquier mercancía disponible, porque se acaba. No son pocos en la calle y en diferentes instancias del gobierno los que dan por sentado que las cosas tienen que ser así y después de algún bandazo volverán a serlo.

Tengo ganas de escuchar a muchos cubanos discutiendo de política como de pelota, al aire libre y a voz en cuello. De tener en cada parque una speakers’ corner como la de Hyde Park. De que los conocidos no se aparten del que disiente, y se atreve a decirlo, como si tuviera algo contagioso en la piel. Lo cierto es que la gente cada vez tiene menos miedo, o menos que perder, o da menos importancia a lo que perdería. Alguien me dijo que ahora el chiste es más o menos a la inversa: Caballeros, si van hablar bien del gobierno háganlo bajito, que miren cuánta gente hay aquí, se van a buscar un bateo

(28 de junio 2016)