LA CULTURA SUMERGIDA

Publicado: 26-07-2016 en Sin categoría

Hace poco me invitaron a una peña que se celebra en una casa del Vedado. Ya había ido antes, pero la verdad es que entonces no presté mucha atención a los trovadores y poetas que se presentaban. Esta vez fue diferente: escuché a David del proyecto OMNI Zona Franca, me conmoví con las canciones y los clips del primer disco de Juan Carlos Piñol, un vecino mío a quien conozco desde comienzos de los noventa, cuando yo actuaba con GNYO en el Acapulco y él era allí técnico de audio. Me gustó la poesía declamada, la spoken word de un negro joven y flaco a quien veo con frecuencia en otras peñas y en FAC, cuyo nombre no recuerdo. Una chica hizo versiones de Summertime, Oh darling y Ain’t no sunshine, acompañada estupendamente a la guitarra eléctrica por otra muchacha. Y todavía hubo más gente proponiendo lo suyo, mientras tomábamos ron con cola y hablábamos de literatura, política y tatuajes.

El malogrado festival Rotilla, proyectos como La Manigua, OMNI Zona Franca y Espacio Irreverente, las productoras cinematográficas Quinta Avenida, La Tiñosa Autista o Sex Machine, el disco de Piñol (con invitados de lujo como Kelvis Ochoa, Hansel Arrocha y Rolando Luna) y otros como ese, grabados en estudios privados… Hay una extensísima, inagotable riada de gente con ideas y talento, buscando –y consiguiendo- vías alternativas para su arte, porque las instituciones no les prestan atención… o les prestan demasiada, como a Rotilla. Ya no se trata sólo de obras concretas sino de proyectos multidisciplinarios, plataformas creativas que abarcan música, diseño, artes visuales, poesía, que se promocionan y hacen contactos para conseguir lo que necesitan sin ceder en sus ideas para que el Ministerio de Cultura los acepte. Y vaya si lo consiguen. Hay un cansancio de fondo, la certeza de que las vías institucionales son con frecuencia inoperantes y encima exigen un precio demasiado alto. Algunos espacios abiertos a partir de iniciativa privada logran visibilidad social, como ese milagro llamado FAC; otros no tanto, manteniéndose como una guerrilla cultural urbana. No todo es bueno, desde luego, no todo en la cultura sumergida está destinado a perdurar, pero también es cultura cubana y merece espacios y oportunidades que deberían pertenecerle no a guisa de dádiva sino por derecho.

 La parte visible del iceberg sigue ignorando a la otra. Lo interesante es que a la otra ya no le importa. En definitiva, aun sumergida, es mucho más grande.

P.S.: Recomiendo la serie de novelas de fantasía heroica del autor polaco Andrzej Sapkowski centradas en su personaje Geralt de Rivia. Aun traducidas, impresionan el uso del lenguaje, el humor subyacente, la originalidad de su universo.

P.P.S.: Mi documental Stones pá ti, acerca del estupendo concierto de la banda británica en La Habana el pasado 25 de marzo, ya está en la red. Pueden verlo en  https://youtu.be/fWtiPWXcggo

(26 de julio 2016)

COSITAS

Publicado: 19-07-2016 en Sin categoría

Una noche, durante el pasado Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, una muchacha me comentaba su impresión acerca de cierto largometraje cubano recién exhibido en el evento. La gente me habló maravillas de la película, pero yo fui a verla y le cogí cositas, comentó la chica, oficiosa y evidentemente rezumando autoestima. A continuación me enumeró algunas cositas, errores del guión según ella, pese a que hasta donde la conozco no ha recibido una sola conferencia o leído un libro sobre guión en su vida. A mí me había gustado la película, así que discutimos un rato, y lo dejé ahí.

Hay un grupo de personas que entienden el cine como un desafío a su capacidad de encontrar errores. En especial cuando se trata de películas del patio. Es algo como este realizador cree que ha hecho la gran cosa, pero mi trabajo es descubrir sus fallas para bajarle los humos. En mi opinión, es una triste manera de perderse, de mirar el dedo que señala al sol. No se trata de ignorar los errores o excusarlos, sino de no limitar el disfrute a un ejercicio cinegético. Si ves un drama conmovedor, con estupendas actuaciones y sólida estructura, y lo único que se te ocurre decir es que la película es mala porque en la escena tal se vio la sombra del boom o el reloj que tenía el tipo se puso de moda diez años después, hay algo muy jodido en tu manera de entender el cine.

Hay sitios de Internet dedicados exclusivamente a reportar gazapos en las películas. De nuevo, me parece genial que los encuentren, y es cierto que una vez que los percibes no puedes dejar de verlos, pero uno se pregunta si esa gente además disfrutó la película, hasta el punto en que la película fuera disfrutable. Reducir el hecho cinematográfico a sus errores es como decir que Hey Jude es una mala canción pues a los 2:58, debajo de then you begin, se escucha a McCartney decir fucking hell tras equivocarse en una nota.

Hay quien da por errores cosas que no lo son, decisiones artísticas que no entiende, asumiendo que los realizadores son estúpidos, que nadie de un equipo de profesionales que se reunieron en infinidad de ocasiones y revisaron otras tantas el producto final se dio cuenta de algo que él con su sagacidad acaba de descubrir. Bueno, todas las películas tienen errores, quién lo duda, desde Citizen Kane hasta La vita é bella, y los profesionales pueden ciertamente equivocarse, pero no pocas veces ese iluminado toma por una pifia ajena lo que es más bien una expresión de su propia ignorancia.

El síndrome, cómo no, inficiona también eventualmente a los especialistas del cine; he escuchado más de una vez a un director de fotografía decir cosas como esa película es un desastre, descubrí tres errores de iluminación y dos de macheo. Ahí es más comprensible, claro, pues un sonidista, aunque esté en el cine con su familia durante el fin de semana, no puede evitar fijarse ante todo en la banda sonora de una película, en tanto para el guionista el guión está en primer plano, los actores ven sólo actuaciones y así sucesivamente. Pero una película es más que eso: una conjunción más o menos feliz de elementos para contar una historia que te seduzca, que te encandile y ofrezca ídolos y arquetipos, de una manera no muy diferente a la que emplea un griot africano para hilvanar su relato frente a los fascinados aldeanos.

 (19 de julio 2016)

BOLLYWOOD ET AL .

Publicado: 12-07-2016 en Sin categoría

La primera vez que intenté ver películas hindúes sin ningún compromiso que me atara fue hace algunos años, en una muestra de cine contemporáneo de la India que se ofrecía en el Chaplin. Logré rebasar la primera –pese a que venía con esos subtítulos automáticos que resultan incoherentes las más de las veces, la verdad es que la trama era bastante sencilla y se explicaba por sí misma– pero no conseguí terminar la segunda, un drama amoroso de tres horas y pico. Es muy raro que yo no termine una película o un libro que he comenzado, pero esa me venció. Todo me resultaba extraño: la actuación, los diálogos, los interludios musicales… Salí del cine con la convicción de que el cine de Bollywood y yo íbamos a estar mucho tiempo sin hablarnos.

En realidad, no han pasado diez años y ya soy un consumidor bastante regular de cine hindú. No se trata en rigor del mecanismo que me permite disfrutar ahora de fenómenos musicales que detesté en mi adolescencia, como los Bee Gees, pues yo no siento nostalgia por el cine de Bollywood, no está asociado a ningún momento previo de mi vida; simplemente, fui aceptando los códigos estéticos de esa y otras cinematografías, empecé a comprender la grandeza y las estructuras narrativas de obras diferentes, a descolonizar la mirada. Es cierto que la mayoría de las producciones contemporáneas en hindi se han occidentalizado bastante, lo que facilita el proceso, pero siguen siendo larguísimometrajes de dos y tres horas con números musicales soberbiamente coreografiados, argumentos sencillos y moralizantes con enrevesadas peripecias, mucho amor y poquísimo sexo: las más de las veces los amantes se olfatean, amagan el beso, pero sus labios no se tocan. (Y si eso ocurre con un simple beso, qué decir de escarceos más profundos). Ahora bien, el espectáculo es fastuoso, los paisajes increíbles, los efectos digitales de primera, y las mujeres… es difícil ver a  Aishwarya Rai, Deepika Padukone, Kajol o Freida Pinto y no acometer urgentes reestructuraciones del panteón personal.

Bollywood ha asumido el cine de género occidental  y con no poca frecuencia plagiado historias y motivos argumentales. Entrega una visión idealizada de un país a la vez conservador y moderno, donde los remanentes del sistema de castas y la pobreza extrema coexisten con la tecnología de punta. Por otra parte, hay detrás una cultura tan potente y multifacética que el producto sigue resultando fascinante y exótico y, de alguna manera, auténtico. Danny Boyle lo sabía cuando rodó Slumdog Millionaire en 2008 a partir de la novela de un escritor hindú.

Es bastante conocido el hecho de que Bollywood produce centenares de películas al año; lo es mucho menos que Nollywood, la industria de cine de Nigeria, se le ha ido por delante en la última década.

He visto poco cine no ya nigeriano, sino de toda África. Tampoco es que resulte fácil hacerlo: fuera del circuito de festivales, y no en todos, las películas africanas son prácticamente incapturables. Lo que conozco se lo debo a Innsbruck, Munich y Fribourg, y a eventuales semanas temáticas en la cinemateca de Cuba. Algunos de los directores más conocidos viven total o parcialmente en Europa pero filman en sus países de origen, a menudo con ayuda francesa o suiza: Gastón Kaboré, Idrissa Ouedraogo, Mohammed Soudani, Abderrahmane Sissako… A menudo las historias son interesantes, pero me chocan el estilo de actuación, el ritmo, la realización minimalista: en una palabra, otra estética a la que es preciso acostumbrarse. Recuerdo un corto en clave de comedia, me parece que producido en el Congo, que vi hace años en un festival europeo: unos guardias de seguridad vigilan la entrada de la casa de un político. Al frente hay un largo muro; en cierto momento, un hombre pasa y orina furtivamente contra él. Aburridos, los guardias de seguridad deciden divertirse: van, detienen al tipo y le exigen el pago de una multa por la infracción, digamos cinco francos. El tipo, asustado, apela a la compasión de los soldados, pero estos se mantienen inflexibles. Vencido y ante la perspectiva de ir a la cárcel, el hombre les entrega un billete de diez francos. No tengo cambio, dice. Nosotros tampoco, replican los soldados, pero no queremos quedarnos con tu dinero, no somos ladrones, así que dale, mea otra vez, mea ahora, aquí, delante de nosotros, o vas preso…

 

P.S.: El lunes 4 murió el gran cineasta iraní Abbas Kiarostami.

P.P.S.: Del 3 al 10 se celebró el festival Aquelarre en los teatros de la calle Línea (Raquel Revuelta, Bertolt Brech, Llauradó) y el Karl Marx. Lo más destacado para mi gusto fue El gran robo, de la Leña del Humor de Santa Clara, El muro, del grupo Komotú de Guantánamo, y sobre todo Súper Bandaclown, de Teatro Tuyo de Las Tunas, un espectáculo de clown absolutamente brillante, de perfecta ejecución, de nivel mundial (de hecho, me recordó a los argentinos del Clú del cloun, y a una compañía francesa de mimo que se presentó en La Habana en los tempranos noventa, cuyo nombre no recuerdo). Por otra parte, mi corto Épica obtuvo el Primer Premio y el Premio de Actuación masculina, compartido entre Luis Alberto García y Carlos Gonzalvo, en la categoría Ficción de la competencia audiovisual. Y también esta semana –ley de Murphy– fue el Vida, te perdono, Encuentro de trovadores en El Sauce, que incluyó conciertos de Silvio Rodríguez, Frank Delgado, Pedro Luis Ferrer, Polito Ibáñez et al.

(12 de julio 2016)

UN PASO ADELANTE, DOS PASOS ATRÁS

Publicado: 05-07-2016 en Sin categoría

Una amiga volvió hace poco de un país, pongamos que europeo. Se fue con ilusiones y regresó harta y asustada de lo que supo y vivió; este es el mejor país del mundo, repetía, aquí hay tranquilidad, aquí está mi familia, de acá no me muevo.

Unos meses después, mi amiga ya no está tan segura. Allí la cosa estaba del carajo, nos tiraron a mierda y tenía miedo, pero la ciudad era fascinante, siempre pasaba algo, siempre había dónde ir, en tanto acá en La Habana no pasa nada, esto no va a ninguna parte.

La comprendo. Este país se mueve, pero más como un péndulo (y nosotros como bacterias en un cultivo) que a la manera de un cuerpo libre. Es lento, es aburrido, es como un trabajo sin vacaciones. Seguro, sí, y tranquilo, pero en demasía, y todos necesitamos un poco de riesgo. Incluso en el ámbito cultural uno se desplaza como a través de la ciudad: de un punto conocido a otro, a través de terreno yermo.

Y las fuerzas a las que incluso ese escaso movimiento les parece excesivo siguen esforzándose porque todo sea como antes. A cada rato uno se entera de transacciones y convenios que debieron consultarnos y acontecieron, en cambio, a nuestras espaldas; de sucesos que uno creía inherentes al pasado y han vuelto a ocurrir; de retrocesos y bandazos. Las fuerzas conservadoras hablan de los setenta como de los viejos buenos tiempos, de los mitines de repudio y la gritería como la única manera posible de tratar al que disiente. Todavía siguen ahí esos autos mediocres a precio de Jaguar y Lamborghini. Bajan, es cierto, los precios de algunos productos… y en un abrir y cerrar de ojos desaparecen los productos y las tiendas vuelven a estar semivacías. Todo se rompe, todo se complica, todo lo nuevo degenera tras unos meses.

Como diría Lenin, tras cada paso adelante hay dos atrás. Como diría Lennon, everybody´s talking, and no one says a word

El chiste en la calle es que quien vino no fue Obama, sino Julio Iglesias, porque la vida sigue igual.

La inmovilidad no es revolucionaria. Es, de hecho, todo lo contrario.

Cualquier día mi amiga vuelve a irse.

(5 de julio 2016)

SHHHH!

Publicado: 28-06-2016 en Sin categoría

Cuando era joven y estaban mis padres, a cada rato empezaba en voz alta la frase El problema es que el gobierno… o El comunismo lo que tiene es que… y enseguida mi padre freía huevos y mi mamá me decía muchacho, cállate, que te pueden oír. Yo lo hacía para joder, para provocar; ella ni siquiera sabía lo que venía a continuación, pero estaba convencida de que sólo podría acarrearme complicaciones. Es más, no importaba si la frase seguía o no, si el cierre era crítico o laudatorio: del gobierno y del comunismo no se hablaba, y punto.

Uno de tantos chistes brillantes del gran Álvarez Guedes era aquel del americano y el cubano que hablan de sus libertades civiles: el norteño afirma orgulloso que puede ir a ver a James Carter –bueno, es un chiste viejo-, pararse delante de James Carter y decirle a James Carter todo lo que a él le dé la gana decir de James Carter. Pues yo puedo ir a ver a Fidel Castro, replica el cubano, pararme delante de Fidel Castro y decirle a Fidel Castro todo lo que a mí me dé la gana de… James Carter. Uno lo escuchaba en el Pre o la Universidad y se reía, pero era una risa extraña, porque aquel chiste iba más allá de los taxis y las croquetas, más allá incluso del funcionario corrupto. Uno se daba cuenta entonces de que lo estaba oyendo en una copia de décima generación en un cassette resobado, bajito y con un grupo de socios haciendo pantalla…

En Adorables mentiras, de Chijona, el personaje de Nancy –interpretado por Mirta Ibarra– pone música cuando va a tratar un tema escabroso, y comenta Esto me lo enseñó uno de la Seguridad. En La otra orilla, refiriéndose a la mitad  de la familia que había emigrado, Frank Delgado canta que Había que hablar de ellos en voz baja, a veces con un tono de desprecio. Como los peces, precisa Carlos Varela. En tales casos y otros muchos el silencio, todo lo más el susurro para evitar que te escucharan. Podías poner salsa a todo volumen o tener una bronca con un vecino, pero los temas políticos, los criterios heréticos no debían rebasar el rango de murmullos. Es más, si veías a dos o más cubanos hablando bajito y mirando de reojo, podías apostar acerca del espectro de la conversación.

Carecemos de experiencia en faenas de diálogo, en hablar según el timbre de cada uno. Eso se cimentó durante décadas, y se nota, por ejemplo, cuando un periodista extranjero enfoca su cámara hacia un cubano: éste se siente incómodo antes de haber abierto la boca, porque una voz interior le advierte que lo que diga es irrelevante, que el verdadero crimen estriba simplemente en aceptar el reto, en asumir que uno tiene una opinión y derecho a expresarla. Conminados, los más se muestran radicales en su adhesión al gobierno y empiezan a repetir giros y frases de la retórica oficial, se ponen enérgicos asumiendo que ese es el único modo posible de hablar de política, virilizan el tono hasta hacerse irreconocibles, en tanto el que se atreve a mostrar su desacuerdo descubre que no encuentra las palabras, que tiene que calcular el alcance de cada una, y aunque se deja llevar por la embriaguez de la transgresión, el lado prudente de su ego chilla adentro ehhhh, te volviste loco… A los que consiguen expresar un pensamiento coherente y crítico, los demás los miran como se mira a quien acaba de descubrir una manchita rara en su radiografía.

 Durante mucho tiempo eso fue normal. Va cambiando, pero todavía es normal para mucha gente. Está insertado en nosotros, y es tan difícil de remover como el impulso de acaparar cualquier mercancía disponible, porque se acaba. No son pocos en la calle y en diferentes instancias del gobierno los que dan por sentado que las cosas tienen que ser así y después de algún bandazo volverán a serlo.

Tengo ganas de escuchar a muchos cubanos discutiendo de política como de pelota, al aire libre y a voz en cuello. De tener en cada parque una speakers’ corner como la de Hyde Park. De que los conocidos no se aparten del que disiente, y se atreve a decirlo, como si tuviera algo contagioso en la piel. Lo cierto es que la gente cada vez tiene menos miedo, o menos que perder, o da menos importancia a lo que perdería. Alguien me dijo que ahora el chiste es más o menos a la inversa: Caballeros, si van hablar bien del gobierno háganlo bajito, que miren cuánta gente hay aquí, se van a buscar un bateo

(28 de junio 2016)

BOOTLEGS

Publicado: 21-06-2016 en Sin categoría

El coleccionista necesita tener algo que no todos posean.

Si cualquiera pudiera ser dueño de un Penny black original, los filatelistas perderían todo interés. El poseedor de un incunable disfruta mostrándolo a los conocedores pues da por sentadas la admiración y la envidia. Toda colección exige piezas únicas, o por lo menos lo bastante raras para que no baste entrar a la tienda más próxima y encargar una.

Quien atesora grabaciones piratas siente una proximidad especial a sus ídolos, como de voyeur, mientras aquéllos intentaban diversos abordajes de un tema que luego se haría conocido, o se imagina grabadora en mano en un concierto que tal vez tuvo lugar antes de su nacimiento. El experto en la obra de los Beatles necesita que sus fascinados amigos escuchen cómo, en esta toma concreta, Harrison se equivocó o Lennon soltó un chiste. Quiere sentir que los entiende, que casi estaba ahí, que es cómplice del proceso creativo de sus dioses.

Se dice que los primeros álbumes piratas que circularon en el mundo del rock fueron el Great White Wonder de Bob Dylan y el Kum Back de los Beatles, ambos de 1969; con outtakes de The Basement Tapes, demos y material en vivo el primero, en tanto el segundo recogía algunas de las grabaciones realizadas por los Fab Four en los estudios Twickenham y Savile Row (Apple) durante enero de ese año. Los managers descubrieron, alarmados, que cualquier muchacho emprendedor podía grabar un concierto o pedirle a un amigo con acceso a los estudios le copiara cintas de ensayos y tomas falsas, pasarlos al acetato y venderlos, pues siempre habría un público ávido de rarezas y material nuevo. En pocos años, las tiendecitas menos conspicuas de cualquier área comercial se apertrecharon de grabaciones inéditas que los coleccionistas buscaban como los tesoros que eran.

Desde los años 20 ha habido pequeñas casas discográficas independientes, pero por lo general fichaban a artistas nuevos, a menudo con estilos o géneros aún no aceptados por el mercado masivo. Sin embargo, quienes producen y distribuyen bootlegs piratean material de bandas y solistas que ya tienen contrato con alguna de las grandes firmas. Si se vende es ilegal, naturalmente, pero hay demanda. Los productores lo saben: en diciembre de 2013 Apple Records lanzó en iTunes 59 grabaciones de los Beatles no publicadas hasta entonces (en su mayoría, tomas alternas de temas conocidos), para evitar que entrasen al dominio público después de permanecer inéditas durante casi cincuenta años, lo que significaría que se les irían de las manos sin sacarles un centavo. Shake your money maker

Por paradójico que parezca a primera vista, los coleccionistas aprecian ante todo los bootlegs originales, de primera generación si es posible: aquellos de una edición concreta, publicados por una casa pirata seria: Mistral Music, Musik Für Alle, Little Big Man, Mighty Diamonds, Lingasong Records, The Godfather Records, Racoon Records, Sister Morphine, Great Dane, Vigotone, Yellow Dog, las exquisitas reediciones japonesas, las remasterizadas y pulidas por figuras míticas como Dr. Ebbett… Otras se hacían pasar sin ambages  por ediciones de Capitol, Sony, EMI, Decca, o eran alteraciones, a menudo humorísticas, de los nombres y sellos de respetadas casas discográficas: Pearl por Apple, OMI por EMI. Bootlegs con fecha de lanzamiento, bootlegs con historia. Para el cazador de rarezas, encontrar esas joyitas en una tienda discreta –en fundas o cajas atractivas y bien diseñadas, al fondo de una fila de ediciones oficiales- es la sustanciación repentina de un sueño. Se han pagado decenas de miles de libras, euros o dólares por cintas recién exhumadas. No importa si las ejecuciones son imperfectas y el sonido deficiente; su valor para el coleccionista, como queda dicho, rebasa el meramente musical y se emparenta con el que suele atribuirse a las reliquias de santos.

Y también están los videos piratas. Cualquier grabación hecha en concierto o transmitida por televisión pero no editada oficialmente en DVD o Blu ray es inmediatamente cotizada por los rastreadores. La edición del documental que recoge grabaciones de los Stones correspondientes a su álbum Stripped de 1995 circuló por ahí durante años, hasta el 3 de junio pasado en que la banda sacó la edición oficial.

Internet ha democratizado y, a la vez, complicado las cosas. Hay un montón de páginas que rebosan de grabaciones hechas con cámaras no profesionales o teléfonos móviles, que si bien son de libre acceso y no se venden les joden la jugada a los artistas: tal vez más tarde sacarán un Blu ray espectacular, pero mucha gente se siente satisfecha con ver el video en Youtube. (Aunque no es exactamente el mismo fenómeno, la de las descargas ilegales es una batalla perdida, como comprobó Lars Ulrich tras el fracaso de su cruzada contra Napster para detenerlas. Los artistas han tenido que tomárselo, pues, con filosofía, y buscar otras maneras de hacer dinero más allá de la deprimida industria discográfica tradicional). Lo cierto, entretanto, es que no resulta difícil descargar paquetes enteros de discos piratas de los Beatles, los Stones, Zeppelin, quien sea, con portadas y todo. Para el coleccionista, así no tiene gracia. Por lo menos, esas copias fácilmente localizables: continúan buscando originales -a pesar de que no pocas casas piratas han sido clausuradas por la policía y muchas de esas tiendas han cerrado o se metamorfosearon en restaurantes, boutiques, establecimientos de telefonía- o en todo caso intercambian a través de la red grabaciones en formato FLAC, sin pérdida de calidad, y crean foros para debatir y comparar sus posesiones. El asunto es continuar experimentando el estado de gracia del gourmet…

Con todo y lo difícil que resulta desde acá, soy un coleccionista de bootlegs. No le hago ascos al mp3, por plebeyo que resulte para otros, pero he conseguido además un apreciable número de piratas originales de algunos de mis artistas favoritos: Beatles (juntos y separados), Stones (ídem), Led Zeppelin, Deep Purple, Oasis, Metallica, Dylan, Silvio Rodríguez… Tengo, por ejemplo, tres ediciones diferentes del concierto de los Beatles en el Star Club de Hamburgo el 31 de diciembre de 1962 (la de Rockartoon, la de Lingasong y la japonesa de CBS, estas últimas en 2 CDs cada una); la Anthology More y la Anthology 2000 de los Beatles, por OMI también en dos discos cada una; un concierto de Wings en Montreux el 22 de julio de 1972, por la italiana Mistral; la Anthology de los Rolling Stones en cuatro CDs, espuriamente atribuida a DECCA; el concierto de sus Majestades Satánicas en el Madison Square Garden el 18 de enero del 2003, en 2 lujosos CDs; el concierto de Oasis en Manchester el 14 de diciembre de 1997, también en 2 CDs; Metallica en el Roskilde Festival en 2003 -una edición, irónicamente, de Napster Records- y muchos más. Aprendí adónde ir en Madrid, Barcelona, Hamburgo o Santiago de Chile para encontrar esas preciadas rarezas.

Total, hay gente que colecciona chapitas de refrescos…

P.S.: El viernes 24 estrenaré en mi peña el segundo y último de los trabajos cinematográficos que he proyectado para el presente año: Stones pá ti, un documental de cuarenta minutos acerca del concierto de la banda británica en La Habana el pasado 25 de marzo.

(21 de junio 2016)

ZUMBADO

Publicado: 14-06-2016 en Sin categoría

Una mañana, allá por los remotos ochenta, los NOS-Y-OTROS fuimos a casa de Zumbado a proponerle un nuevo relato para la sección La Bobería de Bohemia. Enardecidos, le leímos el texto, que creo recordar era de Luis Felipe. Se trataba de un falso ensayo histórico; en cierto momento, el personaje iba al hipódromo y apostaba todo su dinero a un caballo al que apodaban La babosa lenta. A nosotros nos parecía graciosísimo… pero a Zumbado no tanto. La idea es buena, nos dijo, pero el chiste se pasa, es excesivo, farsesco; hay que buscar una variante más sutil. Primero discutimos -yo sobre todo, pues Felipe es de talante más bien dulce- pero aun haciéndolo empezamos a buscar lo que nos exigía el maestro. Al cabo, di con que al caballo lo llamaran Software. Eso es, dijo Zumbado, Software dice lo mismo, pero deja que el lector ponga de su parte, lo hace sentir inteligente al descifrar el pequeño acertijo que le proponemos, ¿se dan cuenta? Elegancia, insistió, esa es la clave.

Elegancia sería, desde luego, una buena palabra para definir a Héctor Zumbado. Y no en meros asuntos de vestimenta. Zumbado era un tipo con clase, y eso se notaba al tratarlo, pero sobre todo leyéndolo. Su humor no era feroz aun cuando hiciera pedazos la petulancia del burócrata, la obtusa fidelidad del funcionario. Hay un montón de textos suyos que uno quisiera haber escrito, clásicos absolutos que te llevan a pensar coño, después de esto ya uno puede morirse. Pero Zumbado tomó la muerte sin prisa y el absurdo con la sonrisa en los labios. Para mucha gente, la sonrisa es un arma social, como el auto o el móvil; para el humorista, su estado natural, la única manera de estar vivo.

Zumbado ejerció ese suave magisterio, que no necesita de aula -aunque probablemente de un mojito- con cuantos le rodeaban. Con NOS-Y-OTROS fue particularmente gentil. Nos hizo una entrevista para Somos Jóvenes allá por 1986, escribió una crónica para Juventud Rebelde en 1988, por el sexto aniversario del grupo. Desde luego, a esas alturas él no lo necesitaba para rellenar su CV; nosotros sí.  Nos integró al consejo de redacción de La Hiena Triste, una revista de la Sección de Humorismo de la UNEAC, junto a figuras legendarias como Juan Ángel Cardi, Evora Tamayo o él mismo. Nos llamó a colaborar en La Bobería cuando le ofrecieron dirigir la sección. Vio, o creyó ver, algo en nosotros, algo que lo llevó a apostar por el grupo una y otra vez. Y en ese entonces éramos mozalbetes de veintidós, veinticinco años, que aún no habíamos demostrado nada. O casi nada.

Como tuvimos frecuentes reuniones en su apartamento, alguna vez me asomé a su cuarto y vi que encima de la cama tenía un enorme cartel, que seguramente tomaría prestado por ahí, que rezaba Aquí no se rinde nadie. De nuevo elegancia, intertextualidad, ingenio.

La cubanía de los textos de Zumbado está fuera de duda. Hay fenómenos y tipos sociales que definió, clasificó y nombró como un Adán, como Ortiz, Cuvier o Humboldt: el sinflictivo, Chapucio, la muela, el guaguabol, Don Quijote de la Cancha, el anti-pan, el asere aegypti, la harakrítica, Audacio, Timoncio, Festivaldo… Si Vampiros en la Habana, de Juan Padrón, ha sido la película que mayor cantidad de frases populares ha recogido o convertido en tales, los textos de Zumbado son su equivalente literario.

Limonada (1978), Riflexiones (1980), Amor a primer añejo (1980), ¡Esto le zumba! (1981), Prosas en ajiaco (1984), Riflexiones II (1985), Nuevas riflexiones (1985), Kitsch kitsch bang bang (1988)… por ahí quedaron esos y otros libros, esas crónicas de sencillez inigualable que permanecerán en el gusto de la gente mientras la gente lea y recuerde. En ellos se encuentran piezas concretas que otros humoristas como Virulo y Carlos Ruiz de la Tejera (EPD) llevaron a escena o arroparon con música: La guagua, El hombre que quería enlatar el sol, La croqueta, Amor a primer añejo…  A este respecto tengo, creo, una buena noticia. Después de graduarme de Historia del Arte en 1985, trabajé por un tiempo en el Ministerio de Cultura, primero en la Dirección de Divulgación y luego en la de Aficionados; allí tuve un jefe, Leyva, con espíritu creativo, que se las arregló para fundar un boletín del centro. Para el primer número me pidió “chico, tú que tienes guara con Zumbado, pídele que escriba algo especial para nosotros”. Lo hice, y el buen samaritano encontró tiempo para pergeñar Riflexionando acerca de las Casas de Cultura, un texto breve que hasta el día de hoy permanece inédito… fuera, claro, de los límites del boletín Hontanar (nombre un poco rebuscado, de acuerdo).

Hace muchos años Zumbado tuvo un accidente acerca del que circularon rumores: que si estaba borracho y se cayó, que si lo atacaron, que si fue una emboscada… Lo cierto es que el suceso le dejó secuela, le costaba trabajo comunicarse, hilvanar sus palabras. Desde entonces dejó de ser noticia, no volvió a publicar, se convirtió en otro de esos grandes de la cultura cubana (en el sentido amplio, esto es, incluyendo a científicos y deportistas) de los que la gente y las autoridades pronto se olvidan aunque todavía citen sus frases y sus hechos. Para variar, hace un par de años aparecieron dos antologías casi simultáneas; tengo una de ellas, la compilada por Antonio Berazaín, que me parece estupenda. Y el 24 de octubre de 2012 el Centro Promotor del Humor le hizo un homenaje en la sala Llauradó en ocasión del lanzamiento de Un zoom a Zumbado (la mencionada antología del Bera) al que asistió, vacilante y casi mudo pero todavía sonriente, el anciano genial. Allí, admiradores y discípulos escucharon a Carlos Ruiz, Virulo y Osvaldo Doimeadiós contar anécdotas y escenificar textos de Zumbado. Fue la última vez que lo vi.

Pero nunca dejaré de leerlo.

(14 de junio 2016)