SHHHH!

Publicado: 28-06-2016 en Sin categoría

Cuando era joven y estaban mis padres, a cada rato empezaba en voz alta la frase El problema es que el gobierno… o El comunismo lo que tiene es que… y enseguida mi padre freía huevos y mi mamá me decía muchacho, cállate, que te pueden oír. Yo lo hacía para joder, para provocar; ella ni siquiera sabía lo que venía a continuación, pero estaba convencida de que sólo podría acarrearme complicaciones. Es más, no importaba si la frase seguía o no, si el cierre era crítico o laudatorio: del gobierno y del comunismo no se hablaba, y punto.

Uno de tantos chistes brillantes del gran Álvarez Guedes era aquel del americano y el cubano que hablan de sus libertades civiles: el norteño afirma orgulloso que puede ir a ver a James Carter –bueno, es un chiste viejo-, pararse delante de James Carter y decirle a James Carter todo lo que a él le dé la gana decir de James Carter. Pues yo puedo ir a ver a Fidel Castro, replica el cubano, pararme delante de Fidel Castro y decirle a Fidel Castro todo lo que a mí me dé la gana de… James Carter. Uno lo escuchaba en el Pre o la Universidad y se reía, pero era una risa extraña, porque aquel chiste iba más allá de los taxis y las croquetas, más allá incluso del funcionario corrupto. Uno se daba cuenta entonces de que lo estaba oyendo en una copia de décima generación en un cassette resobado, bajito y con un grupo de socios haciendo pantalla…

En Adorables mentiras, de Chijona, el personaje de Nancy –interpretado por Mirta Ibarra– pone música cuando va a tratar un tema escabroso, y comenta Esto me lo enseñó uno de la Seguridad. En La otra orilla, refiriéndose a la mitad  de la familia que había emigrado, Frank Delgado canta que Había que hablar de ellos en voz baja, a veces con un tono de desprecio. Como los peces, precisa Carlos Varela. En tales casos y otros muchos el silencio, todo lo más el susurro para evitar que te escucharan. Podías poner salsa a todo volumen o tener una bronca con un vecino, pero los temas políticos, los criterios heréticos no debían rebasar el rango de murmullos. Es más, si veías a dos o más cubanos hablando bajito y mirando de reojo, podías apostar acerca del espectro de la conversación.

Carecemos de experiencia en faenas de diálogo, en hablar según el timbre de cada uno. Eso se cimentó durante décadas, y se nota, por ejemplo, cuando un periodista extranjero enfoca su cámara hacia un cubano: éste se siente incómodo antes de haber abierto la boca, porque una voz interior le advierte que lo que diga es irrelevante, que el verdadero crimen estriba simplemente en aceptar el reto, en asumir que uno tiene una opinión y derecho a expresarla. Conminados, los más se muestran radicales en su adhesión al gobierno y empiezan a repetir giros y frases de la retórica oficial, se ponen enérgicos asumiendo que ese es el único modo posible de hablar de política, virilizan el tono hasta hacerse irreconocibles, en tanto el que se atreve a mostrar su desacuerdo descubre que no encuentra las palabras, que tiene que calcular el alcance de cada una, y aunque se deja llevar por la embriaguez de la transgresión, el lado prudente de su ego chilla adentro ehhhh, te volviste loco… A los que consiguen expresar un pensamiento coherente y crítico, los demás los miran como se mira a quien acaba de descubrir una manchita rara en su radiografía.

 Durante mucho tiempo eso fue normal. Va cambiando, pero todavía es normal para mucha gente. Está insertado en nosotros, y es tan difícil de remover como el impulso de acaparar cualquier mercancía disponible, porque se acaba. No son pocos en la calle y en diferentes instancias del gobierno los que dan por sentado que las cosas tienen que ser así y después de algún bandazo volverán a serlo.

Tengo ganas de escuchar a muchos cubanos discutiendo de política como de pelota, al aire libre y a voz en cuello. De tener en cada parque una speakers’ corner como la de Hyde Park. De que los conocidos no se aparten del que disiente, y se atreve a decirlo, como si tuviera algo contagioso en la piel. Lo cierto es que la gente cada vez tiene menos miedo, o menos que perder, o da menos importancia a lo que perdería. Alguien me dijo que ahora el chiste es más o menos a la inversa: Caballeros, si van hablar bien del gobierno háganlo bajito, que miren cuánta gente hay aquí, se van a buscar un bateo

(28 de junio 2016)

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BOOTLEGS

Publicado: 21-06-2016 en Sin categoría

El coleccionista necesita tener algo que no todos posean.

Si cualquiera pudiera ser dueño de un Penny black original, los filatelistas perderían todo interés. El poseedor de un incunable disfruta mostrándolo a los conocedores pues da por sentadas la admiración y la envidia. Toda colección exige piezas únicas, o por lo menos lo bastante raras para que no baste entrar a la tienda más próxima y encargar una.

Quien atesora grabaciones piratas siente una proximidad especial a sus ídolos, como de voyeur, mientras aquéllos intentaban diversos abordajes de un tema que luego se haría conocido, o se imagina grabadora en mano en un concierto que tal vez tuvo lugar antes de su nacimiento. El experto en la obra de los Beatles necesita que sus fascinados amigos escuchen cómo, en esta toma concreta, Harrison se equivocó o Lennon soltó un chiste. Quiere sentir que los entiende, que casi estaba ahí, que es cómplice del proceso creativo de sus dioses.

Se dice que los primeros álbumes piratas que circularon en el mundo del rock fueron el Great White Wonder de Bob Dylan y el Kum Back de los Beatles, ambos de 1969; con outtakes de The Basement Tapes, demos y material en vivo el primero, en tanto el segundo recogía algunas de las grabaciones realizadas por los Fab Four en los estudios Twickenham y Savile Row (Apple) durante enero de ese año. Los managers descubrieron, alarmados, que cualquier muchacho emprendedor podía grabar un concierto o pedirle a un amigo con acceso a los estudios le copiara cintas de ensayos y tomas falsas, pasarlos al acetato y venderlos, pues siempre habría un público ávido de rarezas y material nuevo. En pocos años, las tiendecitas menos conspicuas de cualquier área comercial se apertrecharon de grabaciones inéditas que los coleccionistas buscaban como los tesoros que eran.

Desde los años 20 ha habido pequeñas casas discográficas independientes, pero por lo general fichaban a artistas nuevos, a menudo con estilos o géneros aún no aceptados por el mercado masivo. Sin embargo, quienes producen y distribuyen bootlegs piratean material de bandas y solistas que ya tienen contrato con alguna de las grandes firmas. Si se vende es ilegal, naturalmente, pero hay demanda. Los productores lo saben: en diciembre de 2013 Apple Records lanzó en iTunes 59 grabaciones de los Beatles no publicadas hasta entonces (en su mayoría, tomas alternas de temas conocidos), para evitar que entrasen al dominio público después de permanecer inéditas durante casi cincuenta años, lo que significaría que se les irían de las manos sin sacarles un centavo. Shake your money maker

Por paradójico que parezca a primera vista, los coleccionistas aprecian ante todo los bootlegs originales, de primera generación si es posible: aquellos de una edición concreta, publicados por una casa pirata seria: Mistral Music, Musik Für Alle, Little Big Man, Mighty Diamonds, Lingasong Records, The Godfather Records, Racoon Records, Sister Morphine, Great Dane, Vigotone, Yellow Dog, las exquisitas reediciones japonesas, las remasterizadas y pulidas por figuras míticas como Dr. Ebbett… Otras se hacían pasar sin ambages  por ediciones de Capitol, Sony, EMI, Decca, o eran alteraciones, a menudo humorísticas, de los nombres y sellos de respetadas casas discográficas: Pearl por Apple, OMI por EMI. Bootlegs con fecha de lanzamiento, bootlegs con historia. Para el cazador de rarezas, encontrar esas joyitas en una tienda discreta –en fundas o cajas atractivas y bien diseñadas, al fondo de una fila de ediciones oficiales- es la sustanciación repentina de un sueño. Se han pagado decenas de miles de libras, euros o dólares por cintas recién exhumadas. No importa si las ejecuciones son imperfectas y el sonido deficiente; su valor para el coleccionista, como queda dicho, rebasa el meramente musical y se emparenta con el que suele atribuirse a las reliquias de santos.

Y también están los videos piratas. Cualquier grabación hecha en concierto o transmitida por televisión pero no editada oficialmente en DVD o Blu ray es inmediatamente cotizada por los rastreadores. La edición del documental que recoge grabaciones de los Stones correspondientes a su álbum Stripped de 1995 circuló por ahí durante años, hasta el 3 de junio pasado en que la banda sacó la edición oficial.

Internet ha democratizado y, a la vez, complicado las cosas. Hay un montón de páginas que rebosan de grabaciones hechas con cámaras no profesionales o teléfonos móviles, que si bien son de libre acceso y no se venden les joden la jugada a los artistas: tal vez más tarde sacarán un Blu ray espectacular, pero mucha gente se siente satisfecha con ver el video en Youtube. (Aunque no es exactamente el mismo fenómeno, la de las descargas ilegales es una batalla perdida, como comprobó Lars Ulrich tras el fracaso de su cruzada contra Napster para detenerlas. Los artistas han tenido que tomárselo, pues, con filosofía, y buscar otras maneras de hacer dinero más allá de la deprimida industria discográfica tradicional). Lo cierto, entretanto, es que no resulta difícil descargar paquetes enteros de discos piratas de los Beatles, los Stones, Zeppelin, quien sea, con portadas y todo. Para el coleccionista, así no tiene gracia. Por lo menos, esas copias fácilmente localizables: continúan buscando originales -a pesar de que no pocas casas piratas han sido clausuradas por la policía y muchas de esas tiendas han cerrado o se metamorfosearon en restaurantes, boutiques, establecimientos de telefonía- o en todo caso intercambian a través de la red grabaciones en formato FLAC, sin pérdida de calidad, y crean foros para debatir y comparar sus posesiones. El asunto es continuar experimentando el estado de gracia del gourmet…

Con todo y lo difícil que resulta desde acá, soy un coleccionista de bootlegs. No le hago ascos al mp3, por plebeyo que resulte para otros, pero he conseguido además un apreciable número de piratas originales de algunos de mis artistas favoritos: Beatles (juntos y separados), Stones (ídem), Led Zeppelin, Deep Purple, Oasis, Metallica, Dylan, Silvio Rodríguez… Tengo, por ejemplo, tres ediciones diferentes del concierto de los Beatles en el Star Club de Hamburgo el 31 de diciembre de 1962 (la de Rockartoon, la de Lingasong y la japonesa de CBS, estas últimas en 2 CDs cada una); la Anthology More y la Anthology 2000 de los Beatles, por OMI también en dos discos cada una; un concierto de Wings en Montreux el 22 de julio de 1972, por la italiana Mistral; la Anthology de los Rolling Stones en cuatro CDs, espuriamente atribuida a DECCA; el concierto de sus Majestades Satánicas en el Madison Square Garden el 18 de enero del 2003, en 2 lujosos CDs; el concierto de Oasis en Manchester el 14 de diciembre de 1997, también en 2 CDs; Metallica en el Roskilde Festival en 2003 -una edición, irónicamente, de Napster Records- y muchos más. Aprendí adónde ir en Madrid, Barcelona, Hamburgo o Santiago de Chile para encontrar esas preciadas rarezas.

Total, hay gente que colecciona chapitas de refrescos…

P.S.: El viernes 24 estrenaré en mi peña el segundo y último de los trabajos cinematográficos que he proyectado para el presente año: Stones pá ti, un documental de cuarenta minutos acerca del concierto de la banda británica en La Habana el pasado 25 de marzo.

(21 de junio 2016)

ZUMBADO

Publicado: 14-06-2016 en Sin categoría

Una mañana, allá por los remotos ochenta, los NOS-Y-OTROS fuimos a casa de Zumbado a proponerle un nuevo relato para la sección La Bobería de Bohemia. Enardecidos, le leímos el texto, que creo recordar era de Luis Felipe. Se trataba de un falso ensayo histórico; en cierto momento, el personaje iba al hipódromo y apostaba todo su dinero a un caballo al que apodaban La babosa lenta. A nosotros nos parecía graciosísimo… pero a Zumbado no tanto. La idea es buena, nos dijo, pero el chiste se pasa, es excesivo, farsesco; hay que buscar una variante más sutil. Primero discutimos -yo sobre todo, pues Felipe es de talante más bien dulce- pero aun haciéndolo empezamos a buscar lo que nos exigía el maestro. Al cabo, di con que al caballo lo llamaran Software. Eso es, dijo Zumbado, Software dice lo mismo, pero deja que el lector ponga de su parte, lo hace sentir inteligente al descifrar el pequeño acertijo que le proponemos, ¿se dan cuenta? Elegancia, insistió, esa es la clave.

Elegancia sería, desde luego, una buena palabra para definir a Héctor Zumbado. Y no en meros asuntos de vestimenta. Zumbado era un tipo con clase, y eso se notaba al tratarlo, pero sobre todo leyéndolo. Su humor no era feroz aun cuando hiciera pedazos la petulancia del burócrata, la obtusa fidelidad del funcionario. Hay un montón de textos suyos que uno quisiera haber escrito, clásicos absolutos que te llevan a pensar coño, después de esto ya uno puede morirse. Pero Zumbado tomó la muerte sin prisa y el absurdo con la sonrisa en los labios. Para mucha gente, la sonrisa es un arma social, como el auto o el móvil; para el humorista, su estado natural, la única manera de estar vivo.

Zumbado ejerció ese suave magisterio, que no necesita de aula -aunque probablemente de un mojito- con cuantos le rodeaban. Con NOS-Y-OTROS fue particularmente gentil. Nos hizo una entrevista para Somos Jóvenes allá por 1986, escribió una crónica para Juventud Rebelde en 1988, por el sexto aniversario del grupo. Desde luego, a esas alturas él no lo necesitaba para rellenar su CV; nosotros sí.  Nos integró al consejo de redacción de La Hiena Triste, una revista de la Sección de Humorismo de la UNEAC, junto a figuras legendarias como Juan Ángel Cardi, Evora Tamayo o él mismo. Nos llamó a colaborar en La Bobería cuando le ofrecieron dirigir la sección. Vio, o creyó ver, algo en nosotros, algo que lo llevó a apostar por el grupo una y otra vez. Y en ese entonces éramos mozalbetes de veintidós, veinticinco años, que aún no habíamos demostrado nada. O casi nada.

Como tuvimos frecuentes reuniones en su apartamento, alguna vez me asomé a su cuarto y vi que encima de la cama tenía un enorme cartel, que seguramente tomaría prestado por ahí, que rezaba Aquí no se rinde nadie. De nuevo elegancia, intertextualidad, ingenio.

La cubanía de los textos de Zumbado está fuera de duda. Hay fenómenos y tipos sociales que definió, clasificó y nombró como un Adán, como Ortiz, Cuvier o Humboldt: el sinflictivo, Chapucio, la muela, el guaguabol, Don Quijote de la Cancha, el anti-pan, el asere aegypti, la harakrítica, Audacio, Timoncio, Festivaldo… Si Vampiros en la Habana, de Juan Padrón, ha sido la película que mayor cantidad de frases populares ha recogido o convertido en tales, los textos de Zumbado son su equivalente literario.

Limonada (1978), Riflexiones (1980), Amor a primer añejo (1980), ¡Esto le zumba! (1981), Prosas en ajiaco (1984), Riflexiones II (1985), Nuevas riflexiones (1985), Kitsch kitsch bang bang (1988)… por ahí quedaron esos y otros libros, esas crónicas de sencillez inigualable que permanecerán en el gusto de la gente mientras la gente lea y recuerde. En ellos se encuentran piezas concretas que otros humoristas como Virulo y Carlos Ruiz de la Tejera (EPD) llevaron a escena o arroparon con música: La guagua, El hombre que quería enlatar el sol, La croqueta, Amor a primer añejo…  A este respecto tengo, creo, una buena noticia. Después de graduarme de Historia del Arte en 1985, trabajé por un tiempo en el Ministerio de Cultura, primero en la Dirección de Divulgación y luego en la de Aficionados; allí tuve un jefe, Leyva, con espíritu creativo, que se las arregló para fundar un boletín del centro. Para el primer número me pidió “chico, tú que tienes guara con Zumbado, pídele que escriba algo especial para nosotros”. Lo hice, y el buen samaritano encontró tiempo para pergeñar Riflexionando acerca de las Casas de Cultura, un texto breve que hasta el día de hoy permanece inédito… fuera, claro, de los límites del boletín Hontanar (nombre un poco rebuscado, de acuerdo).

Hace muchos años Zumbado tuvo un accidente acerca del que circularon rumores: que si estaba borracho y se cayó, que si lo atacaron, que si fue una emboscada… Lo cierto es que el suceso le dejó secuela, le costaba trabajo comunicarse, hilvanar sus palabras. Desde entonces dejó de ser noticia, no volvió a publicar, se convirtió en otro de esos grandes de la cultura cubana (en el sentido amplio, esto es, incluyendo a científicos y deportistas) de los que la gente y las autoridades pronto se olvidan aunque todavía citen sus frases y sus hechos. Para variar, hace un par de años aparecieron dos antologías casi simultáneas; tengo una de ellas, la compilada por Antonio Berazaín, que me parece estupenda. Y el 24 de octubre de 2012 el Centro Promotor del Humor le hizo un homenaje en la sala Llauradó en ocasión del lanzamiento de Un zoom a Zumbado (la mencionada antología del Bera) al que asistió, vacilante y casi mudo pero todavía sonriente, el anciano genial. Allí, admiradores y discípulos escucharon a Carlos Ruiz, Virulo y Osvaldo Doimeadiós contar anécdotas y escenificar textos de Zumbado. Fue la última vez que lo vi.

Pero nunca dejaré de leerlo.

(14 de junio 2016)

SOY ESQUIMAL

Publicado: 10-06-2016 en Sin categoría

 

Como he dicho antes, ando hace unos días por Europa, invitado a un par de festivales de cine. Me he reencontrado con algunos amigos y he conocido, como es natural, a mucha gente. Todos, al saber que soy cubano, me miran de arriba abajo y enseguida se sienten en la necesidad de preguntarme cómo veo la  Cuba de hoy, qué creo del desfile de Chanel y la visita de Obama.También se te acercan algunos compatriotas emigrados, ansiosos por hablar en cubano fresco.
La curiosidad es comprensible: Cuba vuelve a ser noticia, a estar de moda.  Lo que sucede es que a menudo siento deseos de convocar a los preguntones en cualquier espacio público y responder a todos de una vez, si prometen dejarme tranquilo más tarde. Estoy urgido de normalidad, esa normalidad por la que clamaba Padura. Los cubanos necesitamos ser normales, no destacar más allá de nuestros propios méritos y diferencias, despojarnos del cartel y la flecha que nos señalan como exóticos y, a los ojos de aduaneros y policías, un poquito peligrosos. En Austria la camiseta más popular entre los turistas es la que reza: In Austria there are no kangaroos. De eso hablo. Y no les habrá sido fácil, siendo la patria de Hitler, de Freud y casi de Mozart. No me entiendan mal: estoy orgulloso de mi nacionalidad. Lo que me incomoda es la maldición de que mi nacionalidad me convierta en un freak.
No es ni mucho menos mi primera vez por estos lares, pero los términos han variado poco: históricamente he escuchado desde las preguntas más ingenuas (¿Ustedes saben lo que es una computadora? ¿Tienen computadoras en Cuba?) hasta otras que tendrían que ser redirigidas al inner circle de Raúl Castro. El rango de curiosos abarca desde los que me pegan una palmada en el hombro y me instan, con voz conmovida, al sacrificio (¡Resistan, compañeros!) hasta aquellos que dan por sentado que voy a emigrar, que sólo vine para quedarme. Si digo que, con todo y sus contradicciones, quiero vivir en mi país, mueven comprensivos la cabeza y piensan: Claro, pobrecito, eso es lo que está obligado a decir. Si critico con dureza alguna arista de la realidad cubana, asumen que lo hago porque estoy en Europa. Dicho de otro modo, tus palabras siempre pasan por un filtro diseñado por los medios masivos.
Mentiría si dijera que no disfruto, hasta cierto punto, la situación descrita. Eres interesante, eres especial sin abrir la boca. Pero el momento en que empiezo a sentirme incómodo llega bastante rápido…  cuando comprendes que no puedes hacer nada, que varias décadas programáticamente apartados del mundo nos conviertieron en una suerte de buenos salvajes, que a cada paso tropezamos con trámites que te exigen una cuenta bancaria o inodoros de indescifrable manejo. La imagen del cubano turista es reciente y todavía insólita, en tanto la del cubano en funciones de trabajo aún sugiere cierto tinte oficialista. Te miran como un bicho raro porque lo eres, y tomará mucho tiempo y muchos cambios volver al montón.
Son pocos los que me preguntan de arte, de influencias, de gustos. Con un cubano, al parecer, se habla de política de la misma manera que con un nativo de Liverpool se habla de los Beatles. Para eso estamos, es lo que nos toca en la distribución mundial de clichés. Por mucha información que se tenga al alcance del teclado, el ciudadano común se entera de lo que ocurre en el mundo por los noticieros, no pocas veces sólo por los titulares, y ya se sabe de la traza que por lo general ostentan los titulares sobre nosotros.
La próxima vez diré que soy esquimal. Seguiré siendo raro, pero por lo menos no me preguntarán de política.
Claro que entonces no tendré un abrigo adecuado. Ya saben, uno siempre guarda en el fondo del closet un abrigo grueso que en Cuba no usa jamás, o en el mejor de los casos uno o dos días al año, cuando el termómetro se va de juerga. Ese es el abrigo de viajar… sólo que es el tipo de prenda que estaba de moda cuando Elvis empezaba a usar vaselina. En el pelo. Es un abrigo que se ve viejo y huele a viejo; en otras palabras, no es un abrigo esquimal, sino cubano, así que los europeos seguirán mirándome de arriba abajo y diciendo “Pobrecito…”
Como decía Ramón Fernández Larrea, es difícil vivir sobre los puentes.
(10 de junio 2016)

GUTENBERG

Publicado: 07-06-2016 en Sin categoría

 Sería probablemente en 2001 cuando cuatro alemanes sonrientes se nos acercaron a Daniel Díaz Torres y a mí en el festival de Fribourg, Suiza, donde presentábamos Hacerse el sueco, su más reciente película, y dijeron que querían hablarnos. Fuimos a cenar y uno de ellos, con un sospechoso parecido a Eric Idle de Monty Python, nos explicó de qué se trataba: planeaban invitarnos al pequeño festival que celebraban en Frankfurt, dedicado al cine cubano. Dijimos que sí, naturalmente, y unos meses después estábamos allá. Desde entonces he visitado la vieja ciudad en cinco o seis ocasiones, incluida esta que comenzó ayer por la tarde.

 Como mis cortos pasan miércoles y jueves, un socio nativo me invitó a aprovechar el martes visitando Mainz y Wiesbaden, dos ciudades cercanas. Mainz, Maguncia, la antigua Mogontiacum romana, capital de Renania-Palatinado, es además y sobre todo la ciudad natal de Johannes Gensfleisch (carne de ganso) Gutenberg, el inventor (en el hemisferio occidental) de la imprenta, y en ese sentido tal vez la personalidad más relevante del pasado milenio. Visité el museo donde se conservan dos ejemplares de su famosa Biblia, el primer libro impreso en gran escala de la historia (occidental). Pasé rápidamente por la iglesia de San Stephan, con los famosos vitrales realizados por Marc Chagall a fines de los años setenta del siglo pasado, y luego un buen rato en las instalaciones del canal televisivo ZDF, evocando con tristeza las descojonadas instalaciones de la televisión cubana. Luego fuimos a Wiesbaden, enclave en la antigüedad de termas romanas…

Pero Gutenberg se llevó la palma. Su invento cambió la historia como ningún otro. Las cuarenta y dos líneas por página de su Biblia diseñaron el mundo moderno. Antes, todo lo copiaban los monjes; a partir de él, sólo tenían que venir los iluminadores a hacer las letras capitulares a mano, y otro especialista las primeras líneas, en rojo, del texto de cada sección… Poca cosa, comparada con la parte que ponía Gutenberg con sus tipos móviles y su imprenta, cuya plancha de impresión, por cierto, era una vieja prensa de uvas de las que se empleaban habitualmente en esa región vinícola.

Qué poca cosa somos ante hombres como ese…

Ps: Ha muerto Héctor Zumbado. Qué tristeza. Fue un buen socio y un maestro, uno de los grandes. Con él los NOS-Y-OTROS aprendimos muchísimo, y nos tiró tremendos cabos.

(7 de junio 2016)

 

ARTE Y LEYENDA

Publicado: 03-06-2016 en Sin categoría

Gracias a una amiga, ya están en YouTube mis cortos Arte (2015) y La leyenda de los Abominables Hombres de Confianza (2016). Que los disfruten.

(3 de junio 2016)

 

LOSER

Publicado: 31-05-2016 en Sin categoría

Me inquieta el concepto de que la vida es una batalla en la que, para ganar, hay que joder al otro. Y encima, escarnecerlo con epítetos como perdedor o fracasado.

A juzgar por las películas americanas, la de perdedor parece casi una profesión. Steve is a loser, dice un personaje con el tono con el que afirmaría que Steve es músico, equilibrista o diabético. Uno diría que Steve no sólo escogió ese camino sino que ya no puede salirse de él, que es un perdedor nato de la misma manera en que puede ser pelirrojo o enano. Steve padece una condición que lo hace inelegible para ciertas alianzas, para determinadas misiones. Ser un perdedor es peor que tener alguna discapacidad física, pues el discapacitado inspira simpatía y es políticamente incorrecto segregarlo, en tanto al perdedor lo rehúye todo el mundo.

El mundo de hoy nos exige el éxito, la delgadez y la sonrisa. Mantenerse joven. No tener escrúpulos y sí buen sentido de la oportunidad. Saber usar a los demás: la solidaridad es cosa de las ONG.

Más que como un lobo, el hombre se comporta como un espermatozoide en relación con sus semejantes: sólo uno puede ganar, los demás son basura para tirar. Ahora bien, resulta obvio que, de la misma manera que el que pierde en un concurso (musical, literario, de agilidad mental, lo que sea) no es necesariamente mediocre o fracasado, sólo que hay un montón de aspirantes y un único premio, los Steve de este mundo no tienen por qué ser perdedores sistemáticos: ese mismo concursante puede ganar la próxima vez y el vencedor de ahora resultar derrotado. Sin embargo, el triunfador inexperto cree que sólo consiguió el éxito gracias a sus méritos, a su talento, a que es un winner desde el ADN. Al considerar su victoria tiende a soslayar variables como la suerte, el azar y el coeficiente de hijoeputez en sus relaciones con los demás, y prefiere creer que está empotrado en una casta a la que pertenece por derecho. Evita el roce con los perdedores y los satiriza y fustiga cuando puede. Si de algo está seguro es de que nunca será como ellos.

De Spencer a Trump las sociedades modernas, en especial la norteamericana, han educado a los jóvenes para competir ferozmente, han repetido que sobreviven los fuertes, que hay que luchar como sea para llegar arriba, que nadie te ayudará o te regalará nada, que no puedes ayudar a nadie. The rejection, un cuento de Woody Allen, refleja sabiamente esa rivalidad que rige a todos los niveles: un magnate de origen ruso se angustia porque a su hijo no lo han aceptado en el mejor parvulario de Manhattan, lo que desde su punto de vista ya significa que el chico va a ser un fracasado, un loser durante el resto de su vida.

Competir es saludable y necesario, pero aplastar al derrotado y considerarlo inferior resulta enfermizo, una exacerbación del darwinismo social, una manera elegante del fascismo. Tampoco es que el igualitarismo superficial, abrumador y abúlico del socialismo real sea la solución ni mucho menos: descreo de toda igualdad levantada sobre la abolición de la iniciativa. La ambición personal es un buen motor para el progreso… mientras respete el derecho ajeno, como diría Juárez, mientras no justifique y estimule dar de puntapiés al desdichado que atraviesa circunstancias adversas. No es ganar a cualquier precio: tener cada vez más dinero y, en consecuencia, mayor poder, es una filosofía pragmática y deshumanizada, el súmmum del individualismo, que genera frases como la bondad es debilidad o si muestras lo que sientes podrá ser -y será- usado en tu contra.

En la Cuba de hoy ciertos cambios instrumentales están ocurriendo muy de prisa, en tanto los estructurales se dilatan o simulan; mucha gente, ahora, cree que asumiendo la actitud de este es un mundo competitivo que yo no inventé, yo voy a lo mío y lo que te ocurra no es mi problema es más moderna, e incluso que parece más americana.

Tal vez, diciendo esto, estoy fuera de moda. Tal vez soy un poquito como el necio de la canción de Silvio. O quizás, simplemente, me estoy poniendo viejo.

(31 de mayo 2016)